El gijonés José Luis Llada guarda muchas, muchísimas entradas de conciertos de Joaquín Sabina . Pero hay algunas que son especialmente valiosas para él, «como la del que dio el día del atentado de Hipercor, en 1987», explica al teléfono desde Gijón. «Le dijeron que quizá no era buena idea actuar después de lo que había pasado, pero él respondió que no le iban a callar porque eso era lo que querían hacer con todos nosotros, y siguió adelante».Aquel año Llada apenas acababa de empezar a coleccionar objetos sabineros, una afición que nació prácticamente a la par que su amor por su música, desencadenado por un flechazo instantáneo en un concierto. «Mi hermano mayor entró de voluntario en Protección Civil, y a veces le mandaban a espectáculos a echar una mano con la vigilancia. Un día vino Sabina con Viceversa a presentar el disco ‘Hotel Dulce Hotel’, me llevó con él y al verlo, me quedé pilladísimo. Era la primera vez que lo escuchaba, y nada más salir hice lo posible para conseguir una cinta de canciones suyas».Lo siguiente fue otra cinta, y otra, y otra, hasta que empezó a recopilar todo tipo de objetos relacionados con su ídolo, «sobre todo desde la llegada de internet, que me abrió un mundo», asegura. «Ahí ya entraron los posters, libros, recortes de periódicos, DVDs, camisetas, tazas, muñecos, dibujos, entradas de conciertos, pegatinas y todo lo que me encontrase que tuviera que ver con él». En el verano de 1997, Sabina fue a Gijón con la gira ‘En paños menores’ y se hospedó en el hotel Begoña Park, «en la misma habitación donde una vez durmieron los Rolling Stones », y José Luis se presentó allí para conseguir un autógrafo. «Me firmó el disco ‘Malas compañías’ y se metió en el taxi para irse al concierto. Pero al día siguiente, monté guardia con mi bici de montaña, y cuando salió a comer pregunté en recepción a dónde iba, y me dijeron que al restaurante Las Delicias. Fui para allá detrás de ellos pedaleando como un loco y llegué un poco antes porque conocía un atajo. Le pedí una foto con él, nos la hicimos y cuando le pregunté si me firmaría un disco, se quitó las gafas, y con los ojos más rojos que el demonio, seguro que por haber estado toda la noche de fiesta, me dijo: ‘¿Y qué pongo? ¿Para Induráin?’ (risas) Ese fue mi primer contacto físico con él». Desde entonces se ha encontrado muchas veces con Joaquín, que nunca se ha olvidado de que su fan número uno vive en Gijón. «Lo sé a ciencia cierta porque una vez hablé con su asistente personal para comentarle lo de mi colección, y me dijo: ‘Sí, sí, sabemos quién eres, tenemos recortes de los artículos que se han escrito sobre ti’. Y en otra ocasión, después de hacernos otra foto en Oviedo, me dijo (imita su voz): ‘Ya te he visto en el periódico’ . Para mí fue un honor, porque si para los monárquicos el Rey es lo más grande, o para los cristianos el Papa, para mí lo es él». De los 1.800 objetos que acumula en su casa -«para desesperación de mi mujer», dice medio en broma-, uno de los que más aprecia es «un muñeco de cartón, conocido como el botones, que se usó para la promoción del disco ‘Hotel dulce hotel’», explica José Luis, que evidentemente tiene muchos otros favoritos: « Una entrada de su primer concierto en Las Ventas , una botella de cerveza personalizada con su cara, discos descatalogados firmados, una edición limitadísima de un libro que se hizo en Cuba que salió gracias a que Joaquín renunció a cobrar sus derechos, un dibujo hecho por él mismo… el valor sentimental de la colección es infinito, y el económico, difícil de calcular».Desde que comparte su pasión en redes sociales, YouTube y una página web, José Luis se ha convertido en una suerte de ‘influencer’ y al hacerse conocido recibe muchos mensajes de gente que quiere mandarle objetos para su casa museo, donde tiene incluso clics de Playmobil personalizados por él mismo y hasta alguna cosa inconfesable. Todo «comprimido como en un Tetris», asegura ‘el sabinero de Gijón’, que tiene la suerte de tener una esposa comprensiva. «La última vez que reorganicé todo tuve que poner muchas cosas en nuestra cama, y se me hizo tan tarde que ella acabó yéndose a dormir a la habitación de nuestra hija». ¿Y qué hay de esa siguiente generación? ¿Querrán hacerse cargo de la colección cuando él ya no esté? MÁS INFORMACIÓN Opinión Joaquín Sabina vence a las nuevas generaciones: ha facturado más en taquilla que Aitana o Manuel Carrasco«No tienen mucho interés, y mi mujer dice que cuando me muera, estaré en la sala 1 del tanatorio y las salas 2 y 3 serán el mercadillo sabinero», ríe José Luis, que quizá hable algún día con alguna institución cultural sobre el asunto. Pero eso ya llegará más adelante. Ahora, toca lamerse las heridas por el adiós de su héroe. «El último concierto que vi fue en Santander. A Madrid no quise ni ir, aunque estaba invitado. No hubiera podido soportarlo» El gijonés José Luis Llada guarda muchas, muchísimas entradas de conciertos de Joaquín Sabina . Pero hay algunas que son especialmente valiosas para él, «como la del que dio el día del atentado de Hipercor, en 1987», explica al teléfono desde Gijón. «Le dijeron que quizá no era buena idea actuar después de lo que había pasado, pero él respondió que no le iban a callar porque eso era lo que querían hacer con todos nosotros, y siguió adelante».Aquel año Llada apenas acababa de empezar a coleccionar objetos sabineros, una afición que nació prácticamente a la par que su amor por su música, desencadenado por un flechazo instantáneo en un concierto. «Mi hermano mayor entró de voluntario en Protección Civil, y a veces le mandaban a espectáculos a echar una mano con la vigilancia. Un día vino Sabina con Viceversa a presentar el disco ‘Hotel Dulce Hotel’, me llevó con él y al verlo, me quedé pilladísimo. Era la primera vez que lo escuchaba, y nada más salir hice lo posible para conseguir una cinta de canciones suyas».Lo siguiente fue otra cinta, y otra, y otra, hasta que empezó a recopilar todo tipo de objetos relacionados con su ídolo, «sobre todo desde la llegada de internet, que me abrió un mundo», asegura. «Ahí ya entraron los posters, libros, recortes de periódicos, DVDs, camisetas, tazas, muñecos, dibujos, entradas de conciertos, pegatinas y todo lo que me encontrase que tuviera que ver con él». En el verano de 1997, Sabina fue a Gijón con la gira ‘En paños menores’ y se hospedó en el hotel Begoña Park, «en la misma habitación donde una vez durmieron los Rolling Stones », y José Luis se presentó allí para conseguir un autógrafo. «Me firmó el disco ‘Malas compañías’ y se metió en el taxi para irse al concierto. Pero al día siguiente, monté guardia con mi bici de montaña, y cuando salió a comer pregunté en recepción a dónde iba, y me dijeron que al restaurante Las Delicias. Fui para allá detrás de ellos pedaleando como un loco y llegué un poco antes porque conocía un atajo. Le pedí una foto con él, nos la hicimos y cuando le pregunté si me firmaría un disco, se quitó las gafas, y con los ojos más rojos que el demonio, seguro que por haber estado toda la noche de fiesta, me dijo: ‘¿Y qué pongo? ¿Para Induráin?’ (risas) Ese fue mi primer contacto físico con él». Desde entonces se ha encontrado muchas veces con Joaquín, que nunca se ha olvidado de que su fan número uno vive en Gijón. «Lo sé a ciencia cierta porque una vez hablé con su asistente personal para comentarle lo de mi colección, y me dijo: ‘Sí, sí, sabemos quién eres, tenemos recortes de los artículos que se han escrito sobre ti’. Y en otra ocasión, después de hacernos otra foto en Oviedo, me dijo (imita su voz): ‘Ya te he visto en el periódico’ . Para mí fue un honor, porque si para los monárquicos el Rey es lo más grande, o para los cristianos el Papa, para mí lo es él». De los 1.800 objetos que acumula en su casa -«para desesperación de mi mujer», dice medio en broma-, uno de los que más aprecia es «un muñeco de cartón, conocido como el botones, que se usó para la promoción del disco ‘Hotel dulce hotel’», explica José Luis, que evidentemente tiene muchos otros favoritos: « Una entrada de su primer concierto en Las Ventas , una botella de cerveza personalizada con su cara, discos descatalogados firmados, una edición limitadísima de un libro que se hizo en Cuba que salió gracias a que Joaquín renunció a cobrar sus derechos, un dibujo hecho por él mismo… el valor sentimental de la colección es infinito, y el económico, difícil de calcular».Desde que comparte su pasión en redes sociales, YouTube y una página web, José Luis se ha convertido en una suerte de ‘influencer’ y al hacerse conocido recibe muchos mensajes de gente que quiere mandarle objetos para su casa museo, donde tiene incluso clics de Playmobil personalizados por él mismo y hasta alguna cosa inconfesable. Todo «comprimido como en un Tetris», asegura ‘el sabinero de Gijón’, que tiene la suerte de tener una esposa comprensiva. «La última vez que reorganicé todo tuve que poner muchas cosas en nuestra cama, y se me hizo tan tarde que ella acabó yéndose a dormir a la habitación de nuestra hija». ¿Y qué hay de esa siguiente generación? ¿Querrán hacerse cargo de la colección cuando él ya no esté? MÁS INFORMACIÓN Opinión Joaquín Sabina vence a las nuevas generaciones: ha facturado más en taquilla que Aitana o Manuel Carrasco«No tienen mucho interés, y mi mujer dice que cuando me muera, estaré en la sala 1 del tanatorio y las salas 2 y 3 serán el mercadillo sabinero», ríe José Luis, que quizá hable algún día con alguna institución cultural sobre el asunto. Pero eso ya llegará más adelante. Ahora, toca lamerse las heridas por el adiós de su héroe. «El último concierto que vi fue en Santander. A Madrid no quise ni ir, aunque estaba invitado. No hubiera podido soportarlo»
El gijonés José Luis Llada guarda muchas, muchísimas entradas de conciertos de Joaquín Sabina. Pero hay algunas que son especialmente valiosas para él, «como la del que dio el día del atentado de Hipercor, en 1987», explica al teléfono desde Gijón. «Le dijeron que … quizá no era buena idea actuar después de lo que había pasado, pero él respondió que no le iban a callar porque eso era lo que querían hacer con todos nosotros, y siguió adelante».
Aquel año Llada apenas acababa de empezar a coleccionar objetos sabineros, una afición que nació prácticamente a la par que su amor por su música, desencadenado por un flechazo instantáneo en un concierto. «Mi hermano mayor entró de voluntario en Protección Civil, y a veces le mandaban a espectáculos a echar una mano con la vigilancia. Un día vino Sabina con Viceversa a presentar el disco ‘Hotel Dulce Hotel’, me llevó con él y al verlo, me quedé pilladísimo. Era la primera vez que lo escuchaba, y nada más salir hice lo posible para conseguir una cinta de canciones suyas».
Lo siguiente fue otra cinta, y otra, y otra, hasta que empezó a recopilar todo tipo de objetos relacionados con su ídolo, «sobre todo desde la llegada de internet, que me abrió un mundo», asegura. «Ahí ya entraron los posters, libros, recortes de periódicos, DVDs, camisetas, tazas, muñecos, dibujos, entradas de conciertos, pegatinas y todo lo que me encontrase que tuviera que ver con él».
En el verano de 1997, Sabina fue a Gijón con la gira ‘En paños menores’ y se hospedó en el hotel Begoña Park, «en la misma habitación donde una vez durmieron los Rolling Stones», y José Luis se presentó allí para conseguir un autógrafo. «Me firmó el disco ‘Malas compañías’ y se metió en el taxi para irse al concierto. Pero al día siguiente, monté guardia con mi bici de montaña, y cuando salió a comer pregunté en recepción a dónde iba, y me dijeron que al restaurante Las Delicias. Fui para allá detrás de ellos pedaleando como un loco y llegué un poco antes porque conocía un atajo. Le pedí una foto con él, nos la hicimos y cuando le pregunté si me firmaría un disco, se quitó las gafas, y con los ojos más rojos que el demonio, seguro que por haber estado toda la noche de fiesta, me dijo: ‘¿Y qué pongo? ¿Para Induráin?’ (risas) Ese fue mi primer contacto físico con él».
Desde entonces se ha encontrado muchas veces con Joaquín, que nunca se ha olvidado de que su fan número uno vive en Gijón. «Lo sé a ciencia cierta porque una vez hablé con su asistente personal para comentarle lo de mi colección, y me dijo: ‘Sí, sí, sabemos quién eres, tenemos recortes de los artículos que se han escrito sobre ti’. Y en otra ocasión, después de hacernos otra foto en Oviedo, me dijo (imita su voz): ‘Ya te he visto en el periódico’. Para mí fue un honor, porque si para los monárquicos el Rey es lo más grande, o para los cristianos el Papa, para mí lo es él».
De los 1.800 objetos que acumula en su casa -«para desesperación de mi mujer», dice medio en broma-, uno de los que más aprecia es «un muñeco de cartón, conocido como el botones, que se usó para la promoción del disco ‘Hotel dulce hotel’», explica José Luis, que evidentemente tiene muchos otros favoritos: «Una entrada de su primer concierto en Las Ventas, una botella de cerveza personalizada con su cara, discos descatalogados firmados, una edición limitadísima de un libro que se hizo en Cuba que salió gracias a que Joaquín renunció a cobrar sus derechos, un dibujo hecho por él mismo… el valor sentimental de la colección es infinito, y el económico, difícil de calcular».
Desde que comparte su pasión en redes sociales, YouTube y una página web, José Luis se ha convertido en una suerte de ‘influencer’ y al hacerse conocido recibe muchos mensajes de gente que quiere mandarle objetos para su casa museo, donde tiene incluso clics de Playmobil personalizados por él mismo y hasta alguna cosa inconfesable. Todo «comprimido como en un Tetris», asegura ‘el sabinero de Gijón’, que tiene la suerte de tener una esposa comprensiva. «La última vez que reorganicé todo tuve que poner muchas cosas en nuestra cama, y se me hizo tan tarde que ella acabó yéndose a dormir a la habitación de nuestra hija». ¿Y qué hay de esa siguiente generación? ¿Querrán hacerse cargo de la colección cuando él ya no esté?
«No tienen mucho interés, y mi mujer dice que cuando me muera, estaré en la sala 1 del tanatorio y las salas 2 y 3 serán el mercadillo sabinero», ríe José Luis, que quizá hable algún día con alguna institución cultural sobre el asunto. Pero eso ya llegará más adelante. Ahora, toca lamerse las heridas por el adiós de su héroe. «El último concierto que vi fue en Santander. A Madrid no quise ni ir, aunque estaba invitado. No hubiera podido soportarlo»
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