Dicen que lo importante es la primera impresión, pero lo que perdura son los finales. Después de que los creadores de ‘Stranger Things’ nos crujieran los oídos hablando de que no querían decepcionar como ‘Juego de tronos’ y de cómo iban a enderezar su Mundo del Revés para que no se torciera como el desenlace de los Siete Reinos, pensaba yo que en Hawkins nos esperaban cosas raras de verdad y no solo Winona Ryder moviendo los ojos como Bitelchús , de un lado a otro pero sin ver nada. La serie de Netflix empezó con cinco niños y dos adultos y ha terminado con tantos personajes, siempre juntos, que no caben ni en los planos. Le han robado el sitio hasta a los monstruos, que al principio parecían una jauría y se despidieron atacando como lobos solitarios . En eso ‘Juego de tronos’ fue más valiente y se atrevió a matar a un puñado. Todos, además, parecen Sheldon Cooper pero con cardados, inventando teorías sin sentido. Para no entender nada prefiero perderme con las ventas en corto de ‘Industry’ y enredarme con sus líos y puñaladas. Las finanzas me interesan tan poco como a sus personajes, el culebrón, en cambio… Lo mejor del adiós de ‘Stranger Things’ son sus últimos veinte minutos. Sobran y bastan como un homenaje a lo que fue, y lo que fuimos todos alguna vez. Ese regreso al pasado, a la infancia, del grupo de amigos que vuelven por unos minutos a ser niños después de todo lo que han pasado. Que juegan una última partida de ‘Dragones y mazmorras’ , que tiran los dados y, por qué no, confían en que la suerte, o la imaginación, dé un vuelco a la mierda de vida que les (y también nos) ha tocado. La confianza en el futuro está bajo mínimos. La IA puede quitarte el trabajo, Trump extraerte si pones un mal tuit. Los ayatolás se mueren matando y Groenlandia dentro de nada va a ser otro terruño del Medio Oeste americano donde los agentes del ICE busquen ciudadanos sin papeles. Mañana es un mal plan y pasado, un mal recuerdo. Porque el pesimismo nos inunda, como la bañera de Once. Merece la pena confiar en que la noche es más oscura justo antes de amanecer. Merece la pena creer en los finales felices, incluso en contra de toda lógica. Yo también elijo creer, como Mike, en que otro mundo es posible. Dicen que lo importante es la primera impresión, pero lo que perdura son los finales. Después de que los creadores de ‘Stranger Things’ nos crujieran los oídos hablando de que no querían decepcionar como ‘Juego de tronos’ y de cómo iban a enderezar su Mundo del Revés para que no se torciera como el desenlace de los Siete Reinos, pensaba yo que en Hawkins nos esperaban cosas raras de verdad y no solo Winona Ryder moviendo los ojos como Bitelchús , de un lado a otro pero sin ver nada. La serie de Netflix empezó con cinco niños y dos adultos y ha terminado con tantos personajes, siempre juntos, que no caben ni en los planos. Le han robado el sitio hasta a los monstruos, que al principio parecían una jauría y se despidieron atacando como lobos solitarios . En eso ‘Juego de tronos’ fue más valiente y se atrevió a matar a un puñado. Todos, además, parecen Sheldon Cooper pero con cardados, inventando teorías sin sentido. Para no entender nada prefiero perderme con las ventas en corto de ‘Industry’ y enredarme con sus líos y puñaladas. Las finanzas me interesan tan poco como a sus personajes, el culebrón, en cambio… Lo mejor del adiós de ‘Stranger Things’ son sus últimos veinte minutos. Sobran y bastan como un homenaje a lo que fue, y lo que fuimos todos alguna vez. Ese regreso al pasado, a la infancia, del grupo de amigos que vuelven por unos minutos a ser niños después de todo lo que han pasado. Que juegan una última partida de ‘Dragones y mazmorras’ , que tiran los dados y, por qué no, confían en que la suerte, o la imaginación, dé un vuelco a la mierda de vida que les (y también nos) ha tocado. La confianza en el futuro está bajo mínimos. La IA puede quitarte el trabajo, Trump extraerte si pones un mal tuit. Los ayatolás se mueren matando y Groenlandia dentro de nada va a ser otro terruño del Medio Oeste americano donde los agentes del ICE busquen ciudadanos sin papeles. Mañana es un mal plan y pasado, un mal recuerdo. Porque el pesimismo nos inunda, como la bañera de Once. Merece la pena confiar en que la noche es más oscura justo antes de amanecer. Merece la pena creer en los finales felices, incluso en contra de toda lógica. Yo también elijo creer, como Mike, en que otro mundo es posible.
La ventana indiscreta
La confianza en el futuro está bajo mínimos. Merece la pena confiar en que la noche es más oscura justo antes de amanecer y creer, como en ‘Stranger Things’, en los finales felices, incluso en contra de toda lógica
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