Joaquín Reyes está «entregado a la causa», dice. Hace menos de dos años no se había subido nunca a un escenario para interpretar teatro de texto y ya va a por su segundo asalto. Si en Mérida debutó con ‘La paz’, en esta ocasión, le toca ‘La verdad’ (en el Teatro Infanta Isabel, Madrid). «Todo son grandes conceptos».
–Estaba acostumbrado a los escenarios, pero no al teatro de texto. ¿Qué tiene esto para que repita?
–Sobre todo, que me ha supuesto un aprendizaje. Me ha sacado de lo que yo hacía. Tenía tablas, como se suele decir, desde 1999, pero no había hecho nunca esto. Como en la ‘Odisea’, como el héroe, rechacé varias llamadas antes de la de Rakel Camacho porque pensaba que se me iban a anotar las costuras. Es un riesgo, no tengo por qué meterme en esto.
–¿Existe el síndrome del impostor?
–Sí, es cierto. Aunque cuando acepté no quedaba otra que transitar el camino e involucrarme a tope, viviendo la experiencia y nutriéndome de ella. Suena un poco cursi, pero es verdad.
–Ahora le toca decir ‘La verdad’.
–Eso es. Conocía a Zeller de ‘La madre’ y ‘El padre’, pero no de esta comedia, que me ha parecido brillante; y el personaje, un regalo. Y luego está el género, la comedia, que es lo mío.
–¿Está sobrevalorada la verdad?
–Es un concepto muy complejo porque la verdad del día a día muchas veces roza con la mala educación. Se tiene que decir con tacto. Debe ser una cosa que te reclamen. Y después están las mentiras que son un lubricante social. Otra cosa son las grandes mentiras, la verdad alternativa, la posverdad…; o las mentiras dichas para divertir: los que trabajamos en la ficción no dejamos de ser unos mentirosos. Todo esto está sobre la mesa, aunque en esta obra, en concreto, está la mentira en las relaciones sentimentales. Mi personaje se tira la mitad de la obra ocultando la verdad y la otra mitad reclamándola, buscándola.
–¿Está nuestra sociedad de hoy basada en la mentira?
–Somos una sociedad posmoderna, sí. No me quiero poner pedante, pero ahí está la teoría del simulacro de Jean Baudrillard, donde se crea una «hiperrealidad». Y si a eso, si le añades la IA…, pues imagínate. Y luego hay una guerra por el relato que no deja de ser un enfoque subjetivo de la verdad. Ya me olía la tostada, pero te das cuenta de que hay muchos grises. No hay nada absoluto. Mi personaje dice: “No es lo mismo mentir que no decir la verdad”; y es así. Y por otra parte están las “fake news”, que debemos señalar y denunciar.
–¿Quién es Miguel, su piel en la función?
–Un hombre que me permite hacer muchas cosas en la escena y que retrata muy bien al mentiroso; porque los mentirosos llevan muy mal que se les mienta. Juega con los demás y al final descubre que los otros personajes están jugando con él.
–Ha contado que en Mérida se quedó en «blanco»: ¿tiene miedo a que se repita?
–No. Fue una lección y dije que no me iba a pasar más. En el estreno había salido bien y fue un exceso de confianza. Como en el teatro todo se ritualiza, se habla de la maldición de la segunda función: y a mí me pasó eso. No me concentré lo suficiente y mi cabeza se fue. Hacía clic en las carpetas y no había nada dentro. Me quise morir. Pero afortunadamente salí como pude. Fantaseaba con que me diera una embolia, que eso lo hubiera justificado todo.
–Hay muchas supersticiones en el teatro, ¿se le ha pegado alguna?
–Siempre entro por la parte derecha [para el público] del escenario. La sal, no me la puedes pasar. Siempre «toco madera». Tampoco suelo llevar nada en los bolsillos. Y algunas las hago al revés, como pasar por debajo de las escaleras. Cuando salgo de casa siempre doy al pomo: «¡Ping!»… Ese tipo de cosillas que no me impiden ser una persona funcional.
–¿Juan Carlos [Fischer, el director de la pieza] tiene que domar al cómico para que no se pase de gracioso?
–Ha habido momentos en los que me ha pedido que subiera la comedia. Esto no es una obra al servicio del cómico de turno, del famoso. La comedia siempre es ritmo, como la música. Las bromas tienen su momento para que la gente se divierta. No te puedes precipitar ni esperar mucho. Los que nos dedicamos a esto terminamos desarrollando esa intuición.
–¿Cómico se nace o se hace? Porque el mismo chiste contado por dos personas puede ser muy divertido o un aburrimiento.
–Existe una vis cómica. Luego puedes ir adquiriendo experiencia y herramientas, como en cualquier desempeño, pero tienes que nacer con ello.
–Si la RAE le permitiera meter una palabra en el diccionario, ¿cuál sería?
–»Gambitero”. Muy bonita fonéticamente y muy festiva.
–Y significa…
–Una persona que está siempre por ahí. Un bohemio, un “bon vivant”.
–¿Un Ernesto Sevilla?
–[Risas] Justo, aunque está menos «gambitero» que nunca porque, claro, la edad no perdona.
–En 2021 hacía una imitación de Trump que encaja a la perfección en 2026. “Estoy loco”, decía…
–¡Nos quedamos cortos! Es el alarde de la grosería y de la zafiedad.
–Pero triunfa y no deja de ganar adeptos.
–Porque es poderoso: rico y presidente el país más importante del mundo. Esa es su principal virtud. Si le desvistes de su poder no es nada, es un patán. Utiliza su poder para amedrentar y avasallar. Sitúa a la gente en unos escenarios horribles para conseguir tratos ventajosos y abusivos. Creo que vamos a pasar un síndrome postraumático. Pero esta gente no son flores que salen de la nada. Detrás hay una estrategia y un ideario.
Tras debutar en Mérida, el cómico regresa al teatro de texto con ‘La verdad’, de Florian Zeller, aunque esté convencido de que «las mentiras son un lubricante social»
Joaquín Reyes está «entregado a la causa», dice. Hace menos de dos años no se había subido nunca a un escenario para interpretar teatro de texto y ya va a por su segundo asalto. Si en Mérida debutó con ‘La paz’, en esta ocasión, le toca ‘La verdad’ (en el Teatro Infanta Isabel, Madrid). «Todo son grandes conceptos».
–Estaba acostumbrado a los escenarios, pero no al teatro de texto. ¿Qué tiene esto para que repita?
–Sobre todo, que me ha supuesto un aprendizaje. Me ha sacado de lo que yo hacía. Tenía tablas, como se suele decir, desde 1999, pero no había hecho nunca esto. Como en la ‘Odisea’, como el héroe, rechacé varias llamadas antes de la de Rakel Camacho porque pensaba que se me iban a anotar las costuras. Es un riesgo, no tengo por qué meterme en esto.
–¿Existe el síndrome del impostor?
–Sí, es cierto. Aunque cuando acepté no quedaba otra que transitar el camino e involucrarme a tope, viviendo la experiencia y nutriéndome de ella. Suena un poco cursi, pero es verdad.
–Ahora le toca decir ‘La verdad’.
–Eso es. Conocía a Zeller de ‘La madre’ y ‘El padre’, pero no de esta comedia, que me ha parecido brillante; y el personaje, un regalo. Y luego está el género, la comedia, que es lo mío.
–¿Está sobrevalorada la verdad?
–Es un concepto muy complejo porque la verdad del día a día muchas veces roza con la mala educación. Se tiene que decir con tacto. Debe ser una cosa que te reclamen. Y después están las mentiras que son un lubricante social. Otra cosa son las grandes mentiras, la verdad alternativa, la posverdad…; o las mentiras dichas para divertir: los que trabajamos en la ficción no dejamos de ser unos mentirosos. Todo esto está sobre la mesa, aunque en esta obra, en concreto, está la mentira en las relaciones sentimentales. Mi personaje se tira la mitad de la obra ocultando la verdad y la otra mitad reclamándola, buscándola.
–¿Está nuestra sociedad de hoy basada en la mentira?
–Somos una sociedad posmoderna, sí. No me quiero poner pedante, pero ahí está la teoría del simulacro de Jean Baudrillard, donde se crea una «hiperrealidad». Y si a eso, si le añades la IA…, pues imagínate. Y luego hay una guerra por el relato que no deja de ser un enfoque subjetivo de la verdad. Ya me olía la tostada, pero te das cuenta de que hay muchos grises. No hay nada absoluto. Mi personaje dice: “No es lo mismo mentir que no decir la verdad”; y es así. Y por otra parte están las “fake news”, que debemos señalar y denunciar.
–¿Quién es Miguel, su piel en la función?
–Un hombre que me permite hacer muchas cosas en la escena y que retrata muy bien al mentiroso; porque los mentirosos llevan muy mal que se les mienta. Juega con los demás y al final descubre que los otros personajes están jugando con él.
–Ha contado que en Mérida se quedó en «blanco»: ¿tiene miedo a que se repita?
–No. Fue una lección y dije que no me iba a pasar más. En el estreno había salido bien y fue un exceso de confianza. Como en el teatro todo se ritualiza, se habla de la maldición de la segunda función: y a mí me pasó eso. No me concentré lo suficiente y mi cabeza se fue. Hacía clic en las carpetas y no había nada dentro. Me quise morir. Pero afortunadamente salí como pude. Fantaseaba con que me diera una embolia, que eso lo hubiera justificado todo.
–Hay muchas supersticiones en el teatro, ¿se le ha pegado alguna?
–Siempre entro por la parte derecha [para el público] del escenario. La sal, no me la puedes pasar. Siempre «toco madera». Tampoco suelo llevar nada en los bolsillos. Y algunas las hago al revés, como pasar por debajo de las escaleras. Cuando salgo de casa siempre doy al pomo: «¡Ping!»… Ese tipo de cosillas que no me impiden ser una persona funcional.
–¿Juan Carlos [Fischer, el director de la pieza] tiene que domar al cómico para que no se pase de gracioso?
–Ha habido momentos en los que me ha pedido que subiera la comedia. Esto no es una obra al servicio del cómico de turno, del famoso. La comedia siempre es ritmo, como la música. Las bromas tienen su momento para que la gente se divierta. No te puedes precipitar ni esperar mucho. Los que nos dedicamos a esto terminamos desarrollando esa intuición.
–¿Cómico se nace o se hace? Porque el mismo chiste contado por dos personas puede ser muy divertido o un aburrimiento.
–Existe una vis cómica. Luego puedes ir adquiriendo experiencia y herramientas, como en cualquier desempeño, pero tienes que nacer con ello.
–Si la RAE le permitiera meter una palabra en el diccionario, ¿cuál sería?
–»Gambitero”. Muy bonita fonéticamente y muy festiva.
–Y significa…
–Una persona que está siempre por ahí. Un bohemio, un “bon vivant”.
–¿Un Ernesto Sevilla?
–[Risas] Justo, aunque está menos «gambitero» que nunca porque, claro, la edad no perdona.
–En 2021 hacía una imitación de Trump que encaja a la perfección en 2026. “Estoy loco”, decía…
–¡Nos quedamos cortos! Es el alarde de la grosería y de la zafiedad.
–Pero triunfa y no deja de ganar adeptos.
–Porque es poderoso: rico y presidente el país más importante del mundo. Esa es su principal virtud. Si le desvistes de su poder no es nada, es un patán. Utiliza su poder para amedrentar y avasallar. Sitúa a la gente en unos escenarios horribles para conseguir tratos ventajosos y abusivos. Creo que vamos a pasar un síndrome postraumático. Pero esta gente no son flores que salen de la nada. Detrás hay una estrategia y un ideario.
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