El sábado 7 de noviembre de 2020, los trabajadores del Summa 112 entraron en un piso de La Latina y escucharon el pitido de su detector de monóxido de carbono. Dentro había dos personas, una mujer inconsciente y un hombre, su pareja, que había tenido mejor suerte, porque había salido un momento a por Coca-Cola: son cosas así las que te salvan de la muerte, crees que tienes resaca, que ese dolor de cabeza y ese cansancio no son nada grave, así que bajas a por algo para espabilarte y recuperar el día y gracias a eso tienes fuerzas para llamar a emergencias cuando tu novia se desploma en el baño y se abre la cabeza. Es por esa Coca-Cola que nunca se bebieron que hoy podemos contar esta historia, tener esta charla. Ella se llama Marta Jiménez Serrano , es escritora y acaba de publicar ‘Oxígeno’ (Alfaguara), donde convierte su experiencia cercana a la muerte en un libro que expande el suceso en todas las direcciones, también en el pasado, y que nos habla de la crisis de la vivienda desde la intimidad (ella vivía de alquiler y su casera se saltó las revisiones de la caldera). Esta es su primera incursión en la autoficción, después de su novela ‘Los nombres propios’ y su conjunto de cuentos ‘No todo el mundo’, que fue un éxito y la convirtió en autora revelación. —No quería escribir este libro. —Este libro no fue una decisión: yo me rendí. Era una experiencia cercana a la muerte: fue muy traumática, y rememorarla era angustioso, agobiante. —Dice María Negroni que al escribir abandonamos cosas y esas mismas cosas nos abandonan a nosotros. ¿Le ha liberado este libro?—Siempre que mando un libro a imprenta siento que me estoy despojando un poco de lo que cuenta el libro. Y en este caso… Es un poco como hablar de otra vida. Hablo de amigos que ya no son mis amigos, hablo de la persona que yo era antes del trauma, hablo de una relación de pareja que ya se ha terminado, de miedos que he llegado a tener muy vivos y que ahora mismo no tengo. Este libro es como un punto y final.—Es su primera incursión en la autoficción. ¿Cómo ha manejado el pudor? —Yo creo que hay que abandonar un poco el ego para escribir desde el yo, paradójicamente, hay que abandonar la vanidad. Siempre que escribimos desde el yo surge esta pregunta de a quién le va a importar mi vida. Y esta pregunta se resuelve muy rápido: mi vida no le importa a nadie. Pero todos tenemos una relación con el amor, una relación con la muerte, una relación con la casa. Se trata de entender que lo importante no soy yo, sino lo universal de la historia. O sea: el pudor se vence con humildad, entendiendo que da un poco igual mi vida, pero que hay que darle a la historia lo que necesite. Por ejemplo: yo he intentado no ser obscena, porque era un libro que se prestaba al morbo. He intentado mantener cierta sobriedad y cierta elegancia y contar lo justo y necesario. —De hecho, critica ese morbo. Cuando la bajaban inconsciente los servicios de emergencias, una vecina la grabó. Usted estaba en bragas. —Fue horrible: lo primero que recuerdo al abrir los ojos tumbada en la camilla fue a una vecina grabando desde un balcón… Yo creo que la literatura es el lugar que nos permite hablar de determinados temas importantes con un cierto decoro o de una manera profunda, y a la vez elegante. Estos mismos temas en un programa de televisión o en redes sociales serían otra cosa.«Hay que abandonar un poco el ego para escribir desde el yo, paradójicamente, hay que abandonar la vanidad»—En el fondo, este es un libro sobre el problema de la vivienda. Sobre la vida de alquiler, la precariedad…—Hemos escuchado muchos análisis económicos y sociales sobre el problema de la vivienda, pero es que eso influye en nuestra intimidad, en nuestra noción de hogar, en cómo nos relacionamos con el espacio en el que vivimos: eso es lo que me interesaba. Mis abuelas vivieron casi toda su vida en la misma casa, y yo a los treinta años ya tenía once mudanzas a mis espaldas. —Le cito: «Es difícil llamar casa a un lugar donde no puedes colgar un cuadro». —Claro, es que lo que a mí me pasó es evidentemente el máximo de gravedad, ¿no?, estuve a punto de morir por una negligencia de mi casera, que no se encargaba de revisar las instalaciones. Pero hay muchas cosas intermedias. De repente estamos pagando alquileres superelevados, pero la casera o el casero te dice que no puedes tener mascota, o que no puedes hacer fiestas, o que no puedes colgar un cuadro, o una estantería. Entonces, ¿podemos llamar casa a un lugar en el que no podemos celebrar nuestro cumpleaños? Creo que es la pregunta que nos deberíamos hacer, y creo que aquí hemos traspasado el umbral de lo lógico y de lo humano. Si tú estás pagando un alquiler, esa casa es tuya, para lo que tú quieras. —Es imposible realizarte como persona si no tienes una casa en la que poner flores. Esto lo dice Ray Loriga. —Absolutamente. De hecho, una parte del trauma de lo que ocurrió fue que no había casa a la que volver. Y hace falta una casa para poder salir al mundo y poder tener un sitio al que volver. Todos necesitamos un lugar de suelo y sin ese lugar de suelo es muy complicado vivir. Y ese lugar de suelo es emocional pero también es material. Si no hay un lugar al que ir a descansar es muy difícil salir al mundo y enfrentarse a las cosas.«¿Podemos llamar casa a un lugar en el que no podemos celebrar nuestro cumpleaños? Creo que es la pregunta que nos deberíamos hacer»—¿Cómo se relaciona con la muerte alguien que ha estado a punto de morir?—Me relaciono mejor, creo: tengo menos miedo. Creo que cuando algo nos da miedo es porque no nos hemos atrevido a mirarlo lo suficiente o porque no nos hemos atrevido a pensar sobre ello. Vivimos obsesionados con la felicidad, con la juventud, con la euforia, le damos la espalda a la muerte. Y a mí pensar en ella, ir a terapia y procesar todo esto me ha ayudado a relacionarme de una manera más sana y a valorar más la vida. Lo que ocurrió no tuvo consecuencias físicas, pero yo sí que sentí en un momento que podía tener consecuencias psicológicas irremediables. Entonces yo me trabajé mucho el no quedarme pillada a esos miedos que se habían activado. —Por cierto: ¿cree que la autoficción tiene demasiada mala prensa últimamente? —No lo sé: por un lado tiene mala prensa y por otro lado está de moda. Son las dos cosas y al mismo tiempo. Lo que sí puedo decir es que me parece un error cuando enfrentamos autoficción con imaginación. Porque la realidad también hay que imaginarla cuando la escribimos: es un debate pobre pensar en términos de imaginación frente a realidad. Por ejemplo: la portada de este libro es un cuadro de Isabel Quintanilla, que es una pintora hiperrealista, y yo siento que lo que yo he hecho podría ser un cuadro hiperrealista, una novela hiperrealista. No es la realidad, ni siquiera es una fotografía: es un cuadro que quiere aproximarse lo más posible a la realidad. El sábado 7 de noviembre de 2020, los trabajadores del Summa 112 entraron en un piso de La Latina y escucharon el pitido de su detector de monóxido de carbono. Dentro había dos personas, una mujer inconsciente y un hombre, su pareja, que había tenido mejor suerte, porque había salido un momento a por Coca-Cola: son cosas así las que te salvan de la muerte, crees que tienes resaca, que ese dolor de cabeza y ese cansancio no son nada grave, así que bajas a por algo para espabilarte y recuperar el día y gracias a eso tienes fuerzas para llamar a emergencias cuando tu novia se desploma en el baño y se abre la cabeza. Es por esa Coca-Cola que nunca se bebieron que hoy podemos contar esta historia, tener esta charla. Ella se llama Marta Jiménez Serrano , es escritora y acaba de publicar ‘Oxígeno’ (Alfaguara), donde convierte su experiencia cercana a la muerte en un libro que expande el suceso en todas las direcciones, también en el pasado, y que nos habla de la crisis de la vivienda desde la intimidad (ella vivía de alquiler y su casera se saltó las revisiones de la caldera). Esta es su primera incursión en la autoficción, después de su novela ‘Los nombres propios’ y su conjunto de cuentos ‘No todo el mundo’, que fue un éxito y la convirtió en autora revelación. —No quería escribir este libro. —Este libro no fue una decisión: yo me rendí. Era una experiencia cercana a la muerte: fue muy traumática, y rememorarla era angustioso, agobiante. —Dice María Negroni que al escribir abandonamos cosas y esas mismas cosas nos abandonan a nosotros. ¿Le ha liberado este libro?—Siempre que mando un libro a imprenta siento que me estoy despojando un poco de lo que cuenta el libro. Y en este caso… Es un poco como hablar de otra vida. Hablo de amigos que ya no son mis amigos, hablo de la persona que yo era antes del trauma, hablo de una relación de pareja que ya se ha terminado, de miedos que he llegado a tener muy vivos y que ahora mismo no tengo. Este libro es como un punto y final.—Es su primera incursión en la autoficción. ¿Cómo ha manejado el pudor? —Yo creo que hay que abandonar un poco el ego para escribir desde el yo, paradójicamente, hay que abandonar la vanidad. Siempre que escribimos desde el yo surge esta pregunta de a quién le va a importar mi vida. Y esta pregunta se resuelve muy rápido: mi vida no le importa a nadie. Pero todos tenemos una relación con el amor, una relación con la muerte, una relación con la casa. Se trata de entender que lo importante no soy yo, sino lo universal de la historia. O sea: el pudor se vence con humildad, entendiendo que da un poco igual mi vida, pero que hay que darle a la historia lo que necesite. Por ejemplo: yo he intentado no ser obscena, porque era un libro que se prestaba al morbo. He intentado mantener cierta sobriedad y cierta elegancia y contar lo justo y necesario. —De hecho, critica ese morbo. Cuando la bajaban inconsciente los servicios de emergencias, una vecina la grabó. Usted estaba en bragas. —Fue horrible: lo primero que recuerdo al abrir los ojos tumbada en la camilla fue a una vecina grabando desde un balcón… Yo creo que la literatura es el lugar que nos permite hablar de determinados temas importantes con un cierto decoro o de una manera profunda, y a la vez elegante. Estos mismos temas en un programa de televisión o en redes sociales serían otra cosa.«Hay que abandonar un poco el ego para escribir desde el yo, paradójicamente, hay que abandonar la vanidad»—En el fondo, este es un libro sobre el problema de la vivienda. Sobre la vida de alquiler, la precariedad…—Hemos escuchado muchos análisis económicos y sociales sobre el problema de la vivienda, pero es que eso influye en nuestra intimidad, en nuestra noción de hogar, en cómo nos relacionamos con el espacio en el que vivimos: eso es lo que me interesaba. Mis abuelas vivieron casi toda su vida en la misma casa, y yo a los treinta años ya tenía once mudanzas a mis espaldas. —Le cito: «Es difícil llamar casa a un lugar donde no puedes colgar un cuadro». —Claro, es que lo que a mí me pasó es evidentemente el máximo de gravedad, ¿no?, estuve a punto de morir por una negligencia de mi casera, que no se encargaba de revisar las instalaciones. Pero hay muchas cosas intermedias. De repente estamos pagando alquileres superelevados, pero la casera o el casero te dice que no puedes tener mascota, o que no puedes hacer fiestas, o que no puedes colgar un cuadro, o una estantería. Entonces, ¿podemos llamar casa a un lugar en el que no podemos celebrar nuestro cumpleaños? Creo que es la pregunta que nos deberíamos hacer, y creo que aquí hemos traspasado el umbral de lo lógico y de lo humano. Si tú estás pagando un alquiler, esa casa es tuya, para lo que tú quieras. —Es imposible realizarte como persona si no tienes una casa en la que poner flores. Esto lo dice Ray Loriga. —Absolutamente. De hecho, una parte del trauma de lo que ocurrió fue que no había casa a la que volver. Y hace falta una casa para poder salir al mundo y poder tener un sitio al que volver. Todos necesitamos un lugar de suelo y sin ese lugar de suelo es muy complicado vivir. Y ese lugar de suelo es emocional pero también es material. Si no hay un lugar al que ir a descansar es muy difícil salir al mundo y enfrentarse a las cosas.«¿Podemos llamar casa a un lugar en el que no podemos celebrar nuestro cumpleaños? Creo que es la pregunta que nos deberíamos hacer»—¿Cómo se relaciona con la muerte alguien que ha estado a punto de morir?—Me relaciono mejor, creo: tengo menos miedo. Creo que cuando algo nos da miedo es porque no nos hemos atrevido a mirarlo lo suficiente o porque no nos hemos atrevido a pensar sobre ello. Vivimos obsesionados con la felicidad, con la juventud, con la euforia, le damos la espalda a la muerte. Y a mí pensar en ella, ir a terapia y procesar todo esto me ha ayudado a relacionarme de una manera más sana y a valorar más la vida. Lo que ocurrió no tuvo consecuencias físicas, pero yo sí que sentí en un momento que podía tener consecuencias psicológicas irremediables. Entonces yo me trabajé mucho el no quedarme pillada a esos miedos que se habían activado. —Por cierto: ¿cree que la autoficción tiene demasiada mala prensa últimamente? —No lo sé: por un lado tiene mala prensa y por otro lado está de moda. Son las dos cosas y al mismo tiempo. Lo que sí puedo decir es que me parece un error cuando enfrentamos autoficción con imaginación. Porque la realidad también hay que imaginarla cuando la escribimos: es un debate pobre pensar en términos de imaginación frente a realidad. Por ejemplo: la portada de este libro es un cuadro de Isabel Quintanilla, que es una pintora hiperrealista, y yo siento que lo que yo he hecho podría ser un cuadro hiperrealista, una novela hiperrealista. No es la realidad, ni siquiera es una fotografía: es un cuadro que quiere aproximarse lo más posible a la realidad.
El sábado 7 de noviembre de 2020, los trabajadores del Summa 112 entraron en un piso de La Latina y escucharon el pitido de su detector de monóxido de carbono. Dentro había dos personas, una mujer inconsciente y un hombre, su pareja, que había tenido … mejor suerte, porque había salido un momento a por Coca-Cola: son cosas así las que te salvan de la muerte, crees que tienes resaca, que ese dolor de cabeza y ese cansancio no son nada grave, así que bajas a por algo para espabilarte y recuperar el día y gracias a eso tienes fuerzas para llamar a emergencias cuando tu novia se desploma en el baño y se abre la cabeza. Es por esa Coca-Cola que nunca se bebieron que hoy podemos contar esta historia, tener esta charla.
Ella se llama Marta Jiménez Serrano, es escritora y acaba de publicar ‘Oxígeno’ (Alfaguara), donde convierte su experiencia cercana a la muerte en un libro que expande el suceso en todas las direcciones, también en el pasado, y que nos habla de la crisis de la vivienda desde la intimidad (ella vivía de alquiler y su casera se saltó las revisiones de la caldera). Esta es su primera incursión en la autoficción, después de su novela ‘Los nombres propios’ y su conjunto de cuentos ‘No todo el mundo’, que fue un éxito y la convirtió en autora revelación.
—No quería escribir este libro.
—Este libro no fue una decisión: yo me rendí. Era una experiencia cercana a la muerte: fue muy traumática, y rememorarla era angustioso, agobiante.
—Dice María Negroni que al escribir abandonamos cosas y esas mismas cosas nos abandonan a nosotros. ¿Le ha liberado este libro?
—Siempre que mando un libro a imprenta siento que me estoy despojando un poco de lo que cuenta el libro. Y en este caso… Es un poco como hablar de otra vida. Hablo de amigos que ya no son mis amigos, hablo de la persona que yo era antes del trauma, hablo de una relación de pareja que ya se ha terminado, de miedos que he llegado a tener muy vivos y que ahora mismo no tengo. Este libro es como un punto y final.
—Es su primera incursión en la autoficción. ¿Cómo ha manejado el pudor?
—Yo creo que hay que abandonar un poco el ego para escribir desde el yo, paradójicamente, hay que abandonar la vanidad. Siempre que escribimos desde el yo surge esta pregunta de a quién le va a importar mi vida. Y esta pregunta se resuelve muy rápido: mi vida no le importa a nadie. Pero todos tenemos una relación con el amor, una relación con la muerte, una relación con la casa. Se trata de entender que lo importante no soy yo, sino lo universal de la historia. O sea: el pudor se vence con humildad, entendiendo que da un poco igual mi vida, pero que hay que darle a la historia lo que necesite. Por ejemplo: yo he intentado no ser obscena, porque era un libro que se prestaba al morbo. He intentado mantener cierta sobriedad y cierta elegancia y contar lo justo y necesario.
—De hecho, critica ese morbo. Cuando la bajaban inconsciente los servicios de emergencias, una vecina la grabó. Usted estaba en bragas.
—Fue horrible: lo primero que recuerdo al abrir los ojos tumbada en la camilla fue a una vecina grabando desde un balcón… Yo creo que la literatura es el lugar que nos permite hablar de determinados temas importantes con un cierto decoro o de una manera profunda, y a la vez elegante. Estos mismos temas en un programa de televisión o en redes sociales serían otra cosa.
«Hay que abandonar un poco el ego para escribir desde el yo, paradójicamente, hay que abandonar la vanidad»
—En el fondo, este es un libro sobre el problema de la vivienda. Sobre la vida de alquiler, la precariedad…
—Hemos escuchado muchos análisis económicos y sociales sobre el problema de la vivienda, pero es que eso influye en nuestra intimidad, en nuestra noción de hogar, en cómo nos relacionamos con el espacio en el que vivimos: eso es lo que me interesaba. Mis abuelas vivieron casi toda su vida en la misma casa, y yo a los treinta años ya tenía once mudanzas a mis espaldas.
—Le cito: «Es difícil llamar casa a un lugar donde no puedes colgar un cuadro».
—Claro, es que lo que a mí me pasó es evidentemente el máximo de gravedad, ¿no?, estuve a punto de morir por una negligencia de mi casera, que no se encargaba de revisar las instalaciones. Pero hay muchas cosas intermedias. De repente estamos pagando alquileres superelevados, pero la casera o el casero te dice que no puedes tener mascota, o que no puedes hacer fiestas, o que no puedes colgar un cuadro, o una estantería. Entonces, ¿podemos llamar casa a un lugar en el que no podemos celebrar nuestro cumpleaños? Creo que es la pregunta que nos deberíamos hacer, y creo que aquí hemos traspasado el umbral de lo lógico y de lo humano. Si tú estás pagando un alquiler, esa casa es tuya, para lo que tú quieras.
—Es imposible realizarte como persona si no tienes una casa en la que poner flores. Esto lo dice Ray Loriga.
—Absolutamente. De hecho, una parte del trauma de lo que ocurrió fue que no había casa a la que volver. Y hace falta una casa para poder salir al mundo y poder tener un sitio al que volver. Todos necesitamos un lugar de suelo y sin ese lugar de suelo es muy complicado vivir. Y ese lugar de suelo es emocional pero también es material. Si no hay un lugar al que ir a descansar es muy difícil salir al mundo y enfrentarse a las cosas.
«¿Podemos llamar casa a un lugar en el que no podemos celebrar nuestro cumpleaños? Creo que es la pregunta que nos deberíamos hacer»
—¿Cómo se relaciona con la muerte alguien que ha estado a punto de morir?
—Me relaciono mejor, creo: tengo menos miedo. Creo que cuando algo nos da miedo es porque no nos hemos atrevido a mirarlo lo suficiente o porque no nos hemos atrevido a pensar sobre ello. Vivimos obsesionados con la felicidad, con la juventud, con la euforia, le damos la espalda a la muerte. Y a mí pensar en ella, ir a terapia y procesar todo esto me ha ayudado a relacionarme de una manera más sana y a valorar más la vida. Lo que ocurrió no tuvo consecuencias físicas, pero yo sí que sentí en un momento que podía tener consecuencias psicológicas irremediables. Entonces yo me trabajé mucho el no quedarme pillada a esos miedos que se habían activado.
—Por cierto: ¿cree que la autoficción tiene demasiada mala prensa últimamente?
—No lo sé: por un lado tiene mala prensa y por otro lado está de moda. Son las dos cosas y al mismo tiempo. Lo que sí puedo decir es que me parece un error cuando enfrentamos autoficción con imaginación. Porque la realidad también hay que imaginarla cuando la escribimos: es un debate pobre pensar en términos de imaginación frente a realidad. Por ejemplo: la portada de este libro es un cuadro de Isabel Quintanilla, que es una pintora hiperrealista, y yo siento que lo que yo he hecho podría ser un cuadro hiperrealista, una novela hiperrealista. No es la realidad, ni siquiera es una fotografía: es un cuadro que quiere aproximarse lo más posible a la realidad.
Límite de sesiones alcanzadas
- El acceso al contenido Premium está abierto por cortesía del establecimiento donde te encuentras, pero ahora mismo hay demasiados usuarios conectados a la vez. Por favor, inténtalo pasados unos minutos.
Volver a intentar
Has superado el límite de sesiones
- Sólo puedes tener tres sesiones iniciadas a la vez. Hemos cerrado la sesión más antigua para que sigas navegando sin límites en el resto.
Sigue navegando
Artículo solo para suscriptores
RSS de noticias de cultura
