Janis Joplin tenía una voz de perfecto cataclismo, de milagro malherido. Casi podríamos pensar que nunca existió, porque fue más bien un incendio, o una pesadilla. Pero sí, estuvo y se fue, como un ángel hippie que vino a gritar lo que no se suele gritar. No le hace falta a Joplin un pretexto para una glosa, porque es figura de inagotable literatura. Pero se cumplen 83 años desde su nacimiento. De modo que aquí estamos. Se cruzó en ella la virgen de infiernos y la mendiga del cielo. Era el alma femenina de aquella época en que la libertad también se llamaba locura y la rebeldía se llamaba amor. En los festivales, con su boa de plumas, su botella y su risa, parecía una sacerdotisa borracha preparando otra misa eléctrica. La adoraban las multitudes como se adora lo que destruye. Ella daba todo, echando por encima de la canción el cuerpo entero. Porque cantaba con el hígado, y con los pulmones, y con las heridas nunca resueltas. Hizo de ‘Piece of My Heart’ una súplica de carne abierta. ‘Cry Baby’ en un evangelio de la desesperación. Nadie ha llorado con tanto estilo, nadie ha bebido con tanto talento. Si te pones una canción suya, el clima se llena de whisky, fiebre, y verdad. Nació en Texas, en una ciudad de tedio donde el viento olía a gasolina y moral. Desde allí escapó con una garganta de alarido, con un grito que era mitad oración, mitad maldición. Le dieron premios póstumos, homenajes, discos recopilatorios, documentales. Aunque ella hubiera preferido otra botella de Southern Comfort y una guitarra afinada . Se ha escrito mucho que fue víctima del exceso, pero no. Fue víctima de la sinceridad. Murió de ser demasiado. En un mundo que aplaude o reverencia lo tibio, no veo forma más noble de desaparecer. En 1969, en Woodstock, cantó como si supiera que el fin del mundo quedaba a un soplo. ‘Ball and Chain’, aquella descarga de lamentos, fue su epitafio adelantado. Dos años después, a los 27, el cuerpo ya no pudo más. Una dosis de heroína le cerró la garganta, pero no la voz. Desde entonces su eco sigue flotando entre guitarras atardecidas, caravanas irreales y lunas psicodélicas. En el hotel donde murió, fue un alarido el silencio. Janis Joplin tenía una voz de perfecto cataclismo, de milagro malherido. Casi podríamos pensar que nunca existió, porque fue más bien un incendio, o una pesadilla. Pero sí, estuvo y se fue, como un ángel hippie que vino a gritar lo que no se suele gritar. No le hace falta a Joplin un pretexto para una glosa, porque es figura de inagotable literatura. Pero se cumplen 83 años desde su nacimiento. De modo que aquí estamos. Se cruzó en ella la virgen de infiernos y la mendiga del cielo. Era el alma femenina de aquella época en que la libertad también se llamaba locura y la rebeldía se llamaba amor. En los festivales, con su boa de plumas, su botella y su risa, parecía una sacerdotisa borracha preparando otra misa eléctrica. La adoraban las multitudes como se adora lo que destruye. Ella daba todo, echando por encima de la canción el cuerpo entero. Porque cantaba con el hígado, y con los pulmones, y con las heridas nunca resueltas. Hizo de ‘Piece of My Heart’ una súplica de carne abierta. ‘Cry Baby’ en un evangelio de la desesperación. Nadie ha llorado con tanto estilo, nadie ha bebido con tanto talento. Si te pones una canción suya, el clima se llena de whisky, fiebre, y verdad. Nació en Texas, en una ciudad de tedio donde el viento olía a gasolina y moral. Desde allí escapó con una garganta de alarido, con un grito que era mitad oración, mitad maldición. Le dieron premios póstumos, homenajes, discos recopilatorios, documentales. Aunque ella hubiera preferido otra botella de Southern Comfort y una guitarra afinada . Se ha escrito mucho que fue víctima del exceso, pero no. Fue víctima de la sinceridad. Murió de ser demasiado. En un mundo que aplaude o reverencia lo tibio, no veo forma más noble de desaparecer. En 1969, en Woodstock, cantó como si supiera que el fin del mundo quedaba a un soplo. ‘Ball and Chain’, aquella descarga de lamentos, fue su epitafio adelantado. Dos años después, a los 27, el cuerpo ya no pudo más. Una dosis de heroína le cerró la garganta, pero no la voz. Desde entonces su eco sigue flotando entre guitarras atardecidas, caravanas irreales y lunas psicodélicas. En el hotel donde murió, fue un alarido el silencio.
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