Imaginemos por un momento que el presidente del Gobierno convoca una rueda de prensa. Es lunes y acaba de anunciar las líneas maestras de su nueva política migratoria, pero la actualidad es otra. —Señor presidente, ¿condena abiertamente el atentado contra el séptimo arte perpetrado por Emerald Fennell en ‘ Cumbres borrascosas ‘?—Tenemos que mantenernos al margen del cine. Aquí hemos venido a hablar de política— responde él, muy institucional. La frase se queda en el aire, revoloteando por toda la habitación. Los periodistas murmullan, envían whatsapps, se indignan con una valentía tan digital que el presidente se ve obligado a romper el silencio, cada vez más incómodo. —Nosotros somos el contrapeso del cine, lo opuesto a los cineastas: tenemos que hacer el trabajo de la gente, no de los cinéfilos— insiste. Al día siguiente, varios cronistas parlamentarios denuncian la situación en sus respectivas cabeceras. Es intolerable que un presidente tan fotogénico se niegue a hablar de cine, escriben. En las puertas del Congreso varias decenas de personas agitan sus pancartas. «Democracia cinéfila ya», gritan. Dentro, un diputado independentista reconvertido a hombre de Estado convoca un corrillo. «Quiero condenar desde aquí las palabras del señor presidente. Decir a estas alturas que la política no es cine es una absoluta vergüenza. Y lo que es inadmisible es escudarse en ese argumento para blanquear la obra de Emerald Fennell, a la que hace mucho que deberíamos haber declarado persona non grata en este país. Mañana mismo lo propondremos en el pleno, así como el veto en cartelera al resto de películas de Margot Robbie y Jacob Elordi. Ni un paso atrás frente a los genocidas culturales». Fuera, las cámaras de televisión graban a los manifestantes, que cantan: «Desde el libro hasta el mar, Emily Brontë vencerá». Cuando vuelve a casa, el presidente abre X y lee: «Si no es en versión original no es mi revolución». Aún no ha visto, pero lo hará, ese vídeo de TikTok en el que una influencer cercana a la oposición sentencia: «Si no distingue a Kiarostami de Kaurismäki no te lo f*****». Esa misma noche decide suscribirse a Filmin. Mientras tanto, en Berlín, Wim Wenders duerme a pierna suelta. Imaginemos por un momento que el presidente del Gobierno convoca una rueda de prensa. Es lunes y acaba de anunciar las líneas maestras de su nueva política migratoria, pero la actualidad es otra. —Señor presidente, ¿condena abiertamente el atentado contra el séptimo arte perpetrado por Emerald Fennell en ‘ Cumbres borrascosas ‘?—Tenemos que mantenernos al margen del cine. Aquí hemos venido a hablar de política— responde él, muy institucional. La frase se queda en el aire, revoloteando por toda la habitación. Los periodistas murmullan, envían whatsapps, se indignan con una valentía tan digital que el presidente se ve obligado a romper el silencio, cada vez más incómodo. —Nosotros somos el contrapeso del cine, lo opuesto a los cineastas: tenemos que hacer el trabajo de la gente, no de los cinéfilos— insiste. Al día siguiente, varios cronistas parlamentarios denuncian la situación en sus respectivas cabeceras. Es intolerable que un presidente tan fotogénico se niegue a hablar de cine, escriben. En las puertas del Congreso varias decenas de personas agitan sus pancartas. «Democracia cinéfila ya», gritan. Dentro, un diputado independentista reconvertido a hombre de Estado convoca un corrillo. «Quiero condenar desde aquí las palabras del señor presidente. Decir a estas alturas que la política no es cine es una absoluta vergüenza. Y lo que es inadmisible es escudarse en ese argumento para blanquear la obra de Emerald Fennell, a la que hace mucho que deberíamos haber declarado persona non grata en este país. Mañana mismo lo propondremos en el pleno, así como el veto en cartelera al resto de películas de Margot Robbie y Jacob Elordi. Ni un paso atrás frente a los genocidas culturales». Fuera, las cámaras de televisión graban a los manifestantes, que cantan: «Desde el libro hasta el mar, Emily Brontë vencerá». Cuando vuelve a casa, el presidente abre X y lee: «Si no es en versión original no es mi revolución». Aún no ha visto, pero lo hará, ese vídeo de TikTok en el que una influencer cercana a la oposición sentencia: «Si no distingue a Kiarostami de Kaurismäki no te lo f*****». Esa misma noche decide suscribirse a Filmin. Mientras tanto, en Berlín, Wim Wenders duerme a pierna suelta.
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«Señor presidente, ¿condena abiertamente el atentado contra el séptimo arte perpetrado por Emerald Fennell en ‘Cumbres borrascosas’?»
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