Christa Wolf (1929-2011) concibió August como regalo para su marido en su sexagésimo aniversario de boda. Buscaba, tal vez, dejar constancia de un retazo de vida que no habían compartido. Juntos habían superado, 20 años antes, la “campaña de odio” —en palabras de Wolf— que ésta sufrió tras la caída del muro, al relatar en Lo que queda (Seix Barral, 1991), siendo ya una escritora consagrada, la vigilancia a la que el estado la había sometido en la antigua RDA. Las reacciones, que la acusaban de publicar la obra a deshora, presentándose como víctima de un régimen al que ella misma había contribuido, llegaron a provocar que Günter Grass se lanzase a apoyarla.
Christa Wolf (1929-2011) concibió August como regalo para su marido en su sexagésimo aniversario de boda. Buscaba, tal vez, dejar constancia de un retazo de vida que no habían compartido. Juntos habían superado, 20 años antes, la “campaña de odio” —en palabras de Wolf— que ésta sufrió tras la caída del muro, al relatar en Lo que queda (Seix Barral, 1991), siendo ya una escritora consagrada, la vigilancia a la que el estado la había sometido en la antigua RDA. Las reacciones, que la acusaban de publicar la obra a deshora, presentándose como víctima de un régimen al que ella misma había contribuido, llegaron a provocar que Günter Grass se lanzase a apoyarla. Seguir leyendo
Christa Wolf (1929-2011) concibió August como regalo para su marido en su sexagésimo aniversario de boda. Buscaba, tal vez, dejar constancia de un retazo de vida que no habían compartido. Juntos habían superado, 20 años antes, la “campaña de odio” —en palabras de Wolf— que ésta sufrió tras la caída del muro, al relatar en Lo que queda (Seix Barral, 1991), siendo ya una escritora consagrada, la vigilancia a la que el estado la había sometido en la antigua RDA. Las reacciones, que la acusaban de publicar la obra a deshora, presentándose como víctima de un régimen al que ella misma había contribuido, llegaron a provocar que Günter Grass se lanzase a apoyarla.
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