En el instante en el que Eva Gevorgyan pone sus manos sobre el piano y nace el sonido hay un abismo. La joven intérprete, que ha entrado por la puerta del club Metrópolis, se ha dirigido hacia una de las salas discretamente, con la mirada hacia el suelo, sin apenas hacer ruido. Sin embargo, con el primer compás de Malagueña se ha transformado en un monstruo del piano, no en el sentido temible de la palabra, sino en su forma más absoluta, magnética y desbordante. Su cabeza se inclina y se levanta siguiendo corrientes invisibles ; su largo cabello se mueve como si respondiera a un viento interno; y la expresión de su rostro es un mapa de emociones que se conmueven y se revelan al mismo tiempo. Cada gesto es una prueba de existencia, un encuentro con la música que la reclama, la atraviesa y la expone.En ese instante, Eva deja de ser ella y se convierte en un instrumento que respira, vibra y gobierna un espacio donde lo humano y lo extraordinario se confunden. Quizá es porque lo lleva tatuado en las entrañas. «Cuando nací, mi madre todavía estaba estudiando en el conservatorio de Moscú y siempre escuchaba cómo practicaba. Desde la infancia iba con ella a conciertos y quería ser como ella y le pedí que me comprara un violín pequeño. Pero cuando lo compró, fue una historia graciosa porque lo rompí. Era una niña muy entusiasta. Quería tocar inmediatamente, así que rompí el violín y mi madre dijo: no a la música. No quería que fuera músico, pero desde muy pequeña entendí que era mi sueño de vida y le pedí mucho que me dejara intentar con el piano y así empezó todo», comenta la pianista de 21 años que tocará el próximo 7 de abril en el Auditorio Nacional en el ciclo de grandes intérpretes de la Fundación Scherzo.Noticia relacionada No No Los hermanos Jussen: con el piano en las manos y el balón en los pies Clara Molla PagánHay quienes trabajan durante años hasta transformarse en artistas; y luego están aquellos que nacen ya así, con un don que parece haber sido concebido únicamente para la música, como si su existencia misma estuviera destinada a este acto. Eva Gevorgyan pertenece a esa segunda categoría. «Creo que desde el momento en que empecé a tocar me di cuenta de que era esto. Era feliz cuando tocaba». No es de extrañar, entonces, que su virtuosismo haya sido reconocido más allá de cualquier frontera con más de cincuenta premios internacionales, entre ellos el Prix du Piano de Berna en 2023 y el Gran Premio del Concurso de Orquestas Nacionales de Rusia en 2021. « Creo que me han ayudado mucho con la presión en el escenario porque subía al escenario muy a menudo. Cada año participaba en muchos concursos, así que preparaba mucho repertorio y adquiría mucha más experiencia. Ahora, por supuesto, sigo estando nerviosa porque siento responsabilidad, pero no tanto como antes», confiesa.Aunque su camino, como el de cualquier intérprete, ha contado con idas y venidas. «Nunca me he planteado dejarlo completamente, pero muchas veces estás cansada. No somos robots, somos seres humanos. Si trabajas duro hay momentos en los que piensas que quizá deberías parar, pero creo que esos son los momentos más importantes. Son los momentos en los que creces. Si continúas, crecerás mucho como persona y como músico. Así que intento trabajar todo lo que puedo», confiesa. Sin embargo, eso no le impide ser libre de la expectativa que tienen los demás sobre ella de ser perfecta. «Necesitamos ser perfectos y todo el mundo espera que lo seamos, pero debemos recordar que todos somos seres humanos. Hay días malos a veces, pero creo que cada día, sea bueno o malo, forma parte de la vida y sin días malos no podríamos crecer. Tomo la experiencia de cada día e intento hacerlo lo mejor posible todo el tiempo».La pianista en el club Metrópolis de Madrid Isabel PermuySe pregunta mucho a los músicos por el sonido y poco por el silencio. «Se presta demasiada atención al sonido y deberíamos prestar más atención al silencio porque a veces funciona incluso con más intensidad. El silencio después de un gran sonido, el ‘subito piano’, como lo llamamos en el mundo de la música, es algo que realmente capta la atención del público. Especialmente ahora, trabajo mucho para que las pausas sean realmente intensas», confiesa. Eva Gevorgyan es una promesa que lentamente se va viendo cumplida. «Lo más gratificante es cuando veo a la gente después del concierto y a veces dicen que recuerdan algo incluso años después. Ese es el objetivo; que la gente entienda algo y se vaya a casa no solo con buenas sensaciones, sino también con algo que quieran hacer en su vida, que quieran cambiar su vida. Creo que la música cura el alma de las personas y esa es la parte más increíble».Gevorgyan es hija de su tiempo y las redes sociales son imprescindibles. «Mucha gente piensa de manera diferente sobre esto, pero creo que es muy importante, sobre todo para los músicos jóvenes, mostrarse a una audiencia más amplia. Funcionan porque muchas personas ven un vídeo y luego van al concierto». Y al mismo tiempo es hija predilecta de la tradición, de la escuela rusa que ha enseñado a generaciones a escuchar la música desde el centro mismo del sonido, a sentir el color de cada nota y la respiración que hay entre ellas. Cada gesto suyo parece brotar de esa herencia donde la prisa no existe y la memoria de quienes le precedieron se puede intuir en sus notas. «Siempre hay nuevas generaciones. El tiempo no se detiene, avanza. Creo que somos diferentes de la generación anterior y siempre será así, pero debemos recordar las tradiciones. Por ejemplo, para mí los pianistas más importantes son Vladimir Horowitz o Michelangeli. Siempre escucho sus grabaciones y no intento copiar, pero intento recrear ese sonido increíble en pianos antiguos. No puedo imaginar tocar sin escuchar a los grandes maestros».En la tradición encuentra también el consuelo de cuando algo no sale como debería. «Cuando leo o escucho biografías de grandes compositores o grandes maestros, veo que todos han tenido dificultades, días malos. Intento recordarme que es normal, que es la vida. Todos luchamos, incluso si alguien parece tener una vida perfecta». La joven carga sobre sus espaldas una misión: la de atraer al mundo a la música clásica. «Hay una tendencia a ir más rápido en todo en la vida. Creo que la música clásica debería curar el alma y me gustaría que la gente se sentara, se relajara y disfrutara de la música sin prisas. Creo que también es parte de nuestro trabajo, no solo tocar, sino hacer que la gente se enamore de lo que hacemos». En el instante en el que Eva Gevorgyan pone sus manos sobre el piano y nace el sonido hay un abismo. La joven intérprete, que ha entrado por la puerta del club Metrópolis, se ha dirigido hacia una de las salas discretamente, con la mirada hacia el suelo, sin apenas hacer ruido. Sin embargo, con el primer compás de Malagueña se ha transformado en un monstruo del piano, no en el sentido temible de la palabra, sino en su forma más absoluta, magnética y desbordante. Su cabeza se inclina y se levanta siguiendo corrientes invisibles ; su largo cabello se mueve como si respondiera a un viento interno; y la expresión de su rostro es un mapa de emociones que se conmueven y se revelan al mismo tiempo. Cada gesto es una prueba de existencia, un encuentro con la música que la reclama, la atraviesa y la expone.En ese instante, Eva deja de ser ella y se convierte en un instrumento que respira, vibra y gobierna un espacio donde lo humano y lo extraordinario se confunden. Quizá es porque lo lleva tatuado en las entrañas. «Cuando nací, mi madre todavía estaba estudiando en el conservatorio de Moscú y siempre escuchaba cómo practicaba. Desde la infancia iba con ella a conciertos y quería ser como ella y le pedí que me comprara un violín pequeño. Pero cuando lo compró, fue una historia graciosa porque lo rompí. Era una niña muy entusiasta. Quería tocar inmediatamente, así que rompí el violín y mi madre dijo: no a la música. No quería que fuera músico, pero desde muy pequeña entendí que era mi sueño de vida y le pedí mucho que me dejara intentar con el piano y así empezó todo», comenta la pianista de 21 años que tocará el próximo 7 de abril en el Auditorio Nacional en el ciclo de grandes intérpretes de la Fundación Scherzo.Noticia relacionada No No Los hermanos Jussen: con el piano en las manos y el balón en los pies Clara Molla PagánHay quienes trabajan durante años hasta transformarse en artistas; y luego están aquellos que nacen ya así, con un don que parece haber sido concebido únicamente para la música, como si su existencia misma estuviera destinada a este acto. Eva Gevorgyan pertenece a esa segunda categoría. «Creo que desde el momento en que empecé a tocar me di cuenta de que era esto. Era feliz cuando tocaba». No es de extrañar, entonces, que su virtuosismo haya sido reconocido más allá de cualquier frontera con más de cincuenta premios internacionales, entre ellos el Prix du Piano de Berna en 2023 y el Gran Premio del Concurso de Orquestas Nacionales de Rusia en 2021. « Creo que me han ayudado mucho con la presión en el escenario porque subía al escenario muy a menudo. Cada año participaba en muchos concursos, así que preparaba mucho repertorio y adquiría mucha más experiencia. Ahora, por supuesto, sigo estando nerviosa porque siento responsabilidad, pero no tanto como antes», confiesa.Aunque su camino, como el de cualquier intérprete, ha contado con idas y venidas. «Nunca me he planteado dejarlo completamente, pero muchas veces estás cansada. No somos robots, somos seres humanos. Si trabajas duro hay momentos en los que piensas que quizá deberías parar, pero creo que esos son los momentos más importantes. Son los momentos en los que creces. Si continúas, crecerás mucho como persona y como músico. Así que intento trabajar todo lo que puedo», confiesa. Sin embargo, eso no le impide ser libre de la expectativa que tienen los demás sobre ella de ser perfecta. «Necesitamos ser perfectos y todo el mundo espera que lo seamos, pero debemos recordar que todos somos seres humanos. Hay días malos a veces, pero creo que cada día, sea bueno o malo, forma parte de la vida y sin días malos no podríamos crecer. Tomo la experiencia de cada día e intento hacerlo lo mejor posible todo el tiempo».La pianista en el club Metrópolis de Madrid Isabel PermuySe pregunta mucho a los músicos por el sonido y poco por el silencio. «Se presta demasiada atención al sonido y deberíamos prestar más atención al silencio porque a veces funciona incluso con más intensidad. El silencio después de un gran sonido, el ‘subito piano’, como lo llamamos en el mundo de la música, es algo que realmente capta la atención del público. Especialmente ahora, trabajo mucho para que las pausas sean realmente intensas», confiesa. Eva Gevorgyan es una promesa que lentamente se va viendo cumplida. «Lo más gratificante es cuando veo a la gente después del concierto y a veces dicen que recuerdan algo incluso años después. Ese es el objetivo; que la gente entienda algo y se vaya a casa no solo con buenas sensaciones, sino también con algo que quieran hacer en su vida, que quieran cambiar su vida. Creo que la música cura el alma de las personas y esa es la parte más increíble».Gevorgyan es hija de su tiempo y las redes sociales son imprescindibles. «Mucha gente piensa de manera diferente sobre esto, pero creo que es muy importante, sobre todo para los músicos jóvenes, mostrarse a una audiencia más amplia. Funcionan porque muchas personas ven un vídeo y luego van al concierto». Y al mismo tiempo es hija predilecta de la tradición, de la escuela rusa que ha enseñado a generaciones a escuchar la música desde el centro mismo del sonido, a sentir el color de cada nota y la respiración que hay entre ellas. Cada gesto suyo parece brotar de esa herencia donde la prisa no existe y la memoria de quienes le precedieron se puede intuir en sus notas. «Siempre hay nuevas generaciones. El tiempo no se detiene, avanza. Creo que somos diferentes de la generación anterior y siempre será así, pero debemos recordar las tradiciones. Por ejemplo, para mí los pianistas más importantes son Vladimir Horowitz o Michelangeli. Siempre escucho sus grabaciones y no intento copiar, pero intento recrear ese sonido increíble en pianos antiguos. No puedo imaginar tocar sin escuchar a los grandes maestros».En la tradición encuentra también el consuelo de cuando algo no sale como debería. «Cuando leo o escucho biografías de grandes compositores o grandes maestros, veo que todos han tenido dificultades, días malos. Intento recordarme que es normal, que es la vida. Todos luchamos, incluso si alguien parece tener una vida perfecta». La joven carga sobre sus espaldas una misión: la de atraer al mundo a la música clásica. «Hay una tendencia a ir más rápido en todo en la vida. Creo que la música clásica debería curar el alma y me gustaría que la gente se sentara, se relajara y disfrutara de la música sin prisas. Creo que también es parte de nuestro trabajo, no solo tocar, sino hacer que la gente se enamore de lo que hacemos».
En el instante en el que Eva Gevorgyan pone sus manos sobre el piano y nace el sonido hay un abismo. La joven intérprete, que ha entrado por la puerta del club Metrópolis, se ha dirigido hacia una de las salas discretamente, con la mirada … hacia el suelo, sin apenas hacer ruido. Sin embargo, con el primer compás de Malagueña se ha transformado en un monstruo del piano, no en el sentido temible de la palabra, sino en su forma más absoluta, magnética y desbordante. Su cabeza se inclina y se levanta siguiendo corrientes invisibles; su largo cabello se mueve como si respondiera a un viento interno; y la expresión de su rostro es un mapa de emociones que se conmueven y se revelan al mismo tiempo. Cada gesto es una prueba de existencia, un encuentro con la música que la reclama, la atraviesa y la expone.
En ese instante, Eva deja de ser ella y se convierte en un instrumento que respira, vibra y gobierna un espacio donde lo humano y lo extraordinario se confunden. Quizá es porque lo lleva tatuado en las entrañas. «Cuando nací, mi madre todavía estaba estudiando en el conservatorio de Moscú y siempre escuchaba cómo practicaba. Desde la infancia iba con ella a conciertos y quería ser como ella y le pedí que me comprara un violín pequeño. Pero cuando lo compró, fue una historia graciosa porque lo rompí. Era una niña muy entusiasta. Quería tocar inmediatamente, así que rompí el violín y mi madre dijo: no a la música. No quería que fuera músico, pero desde muy pequeña entendí que era mi sueño de vida y le pedí mucho que me dejara intentar con el piano y así empezó todo», comenta la pianista de 21 años que tocará el próximo 7 de abril en el Auditorio Nacional en el ciclo de grandes intérpretes de la Fundación Scherzo.
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Clara Molla Pagán
Hay quienes trabajan durante años hasta transformarse en artistas; y luego están aquellos que nacen ya así, con un don que parece haber sido concebido únicamente para la música, como si su existencia misma estuviera destinada a este acto. Eva Gevorgyan pertenece a esa segunda categoría. «Creo que desde el momento en que empecé a tocar me di cuenta de que era esto. Era feliz cuando tocaba». No es de extrañar, entonces, que su virtuosismo haya sido reconocido más allá de cualquier frontera con más de cincuenta premios internacionales, entre ellos el Prix du Piano de Berna en 2023 y el Gran Premio del Concurso de Orquestas Nacionales de Rusia en 2021. «Creo que me han ayudado mucho con la presión en el escenario porque subía al escenario muy a menudo. Cada año participaba en muchos concursos, así que preparaba mucho repertorio y adquiría mucha más experiencia. Ahora, por supuesto, sigo estando nerviosa porque siento responsabilidad, pero no tanto como antes», confiesa.
Aunque su camino, como el de cualquier intérprete, ha contado con idas y venidas. «Nunca me he planteado dejarlo completamente, pero muchas veces estás cansada. No somos robots, somos seres humanos. Si trabajas duro hay momentos en los que piensas que quizá deberías parar, pero creo que esos son los momentos más importantes. Son los momentos en los que creces. Si continúas, crecerás mucho como persona y como músico. Así que intento trabajar todo lo que puedo», confiesa. Sin embargo, eso no le impide ser libre de la expectativa que tienen los demás sobre ella de ser perfecta. «Necesitamos ser perfectos y todo el mundo espera que lo seamos, pero debemos recordar que todos somos seres humanos. Hay días malos a veces, pero creo que cada día, sea bueno o malo, forma parte de la vida y sin días malos no podríamos crecer. Tomo la experiencia de cada día e intento hacerlo lo mejor posible todo el tiempo».
(Isabel Permuy)
Se pregunta mucho a los músicos por el sonido y poco por el silencio. «Se presta demasiada atención al sonido y deberíamos prestar más atención al silencio porque a veces funciona incluso con más intensidad. El silencio después de un gran sonido, el ‘subito piano’, como lo llamamos en el mundo de la música, es algo que realmente capta la atención del público. Especialmente ahora, trabajo mucho para que las pausas sean realmente intensas», confiesa. Eva Gevorgyan es una promesa que lentamente se va viendo cumplida. «Lo más gratificante es cuando veo a la gente después del concierto y a veces dicen que recuerdan algo incluso años después. Ese es el objetivo; que la gente entienda algo y se vaya a casa no solo con buenas sensaciones, sino también con algo que quieran hacer en su vida, que quieran cambiar su vida. Creo que la música cura el alma de las personas y esa es la parte más increíble».
Gevorgyan es hija de su tiempo y las redes sociales son imprescindibles. «Mucha gente piensa de manera diferente sobre esto, pero creo que es muy importante, sobre todo para los músicos jóvenes, mostrarse a una audiencia más amplia. Funcionan porque muchas personas ven un vídeo y luego van al concierto». Y al mismo tiempo es hija predilecta de la tradición, de la escuela rusa que ha enseñado a generaciones a escuchar la música desde el centro mismo del sonido, a sentir el color de cada nota y la respiración que hay entre ellas. Cada gesto suyo parece brotar de esa herencia donde la prisa no existe y la memoria de quienes le precedieron se puede intuir en sus notas. «Siempre hay nuevas generaciones. El tiempo no se detiene, avanza. Creo que somos diferentes de la generación anterior y siempre será así, pero debemos recordar las tradiciones. Por ejemplo, para mí los pianistas más importantes son Vladimir Horowitz o Michelangeli. Siempre escucho sus grabaciones y no intento copiar, pero intento recrear ese sonido increíble en pianos antiguos. No puedo imaginar tocar sin escuchar a los grandes maestros».
En la tradición encuentra también el consuelo de cuando algo no sale como debería. «Cuando leo o escucho biografías de grandes compositores o grandes maestros, veo que todos han tenido dificultades, días malos. Intento recordarme que es normal, que es la vida. Todos luchamos, incluso si alguien parece tener una vida perfecta». La joven carga sobre sus espaldas una misión: la de atraer al mundo a la música clásica. «Hay una tendencia a ir más rápido en todo en la vida. Creo que la música clásica debería curar el alma y me gustaría que la gente se sentara, se relajara y disfrutara de la música sin prisas. Creo que también es parte de nuestro trabajo, no solo tocar, sino hacer que la gente se enamore de lo que hacemos».
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