«Abril es el mes más cruel», escribió Eliot, dando atrio a un tiempo en crisis, aquel tiempo suyo, y hasta la crisis del momento lo traigo, porque he vuelto en estos días a su obra monumental, ‘ La tierra baldía ‘. La vida de T. S. Eliot fue, en rápida síntesis, una disciplina de la fragmentación. No una entrega al caos, sino una tentativa de ordenarlo, un empeño de darle una horma que no lo eluda. En ‘La tierra baldía’, ese impulso alcanza una de sus expresiones más extremas, porque ahí el poema no reconstruye un criterio perdido, o un sentido perdido, sino que lo expone en su dispersión inapelable. He aquí una búsqueda. Y no tanto una búsqueda de unidad, sino de un énfasis de coherencia que no sea coherencia ilusoria, que no oculte la fractura bajo una armonía falsa. En Eliot, la pregunta no es sólo qué queda del mundo, sino qué puede hacer la poesía con aquello que del mundo queda . Su pregunta tiene hoy una vigencia total. Hay en él, además, una reflexión constante sobre la tradición, y no como peso muerto, sino como sistema de relaciones vivas en el que cada obra modifica retrospectivamente a las anteriores. Escribir no es, entonces, afirmar una voz aislada, sino inscribirse en una atmósfera de infinito donde el pasado sigue actuando, donde cada palabra resuena más allá de sí misma. Noticia relacionada No No Las claves de su éxito… y de su resistencia Harvard, la universidad de los 161 premios Nobel, en el ojo del huracán Carlos Manuel SánchezEsa concepción introduce una exigencia distinta al creador, al lector, al hombre. Resulta que el poeta no se limita a expresar su experiencia, sino que debe medirla frente a una historia que en rigor la desborda. De ahí el tono contenido de Eliot, su demorada distancia, su abierta desconfianza hacia la espontaneidad. La emoción, si se quiere verdadera, debe encontrar una forma que la trascienda . Estamos, con Eliot, no ante un herido en soledad sino ante un cartógrafo de la descomposición, alguien que convirtió la crisis de su tiempo en un texto que no niega esa crisis, ni la resuelve, pero sí prueba a hacerla legible en su complejidad. Hay en él mucho de poeta para una cultura en crisis, la de entonces, la de ahora, mucho de un cántico que aún sospecha que algo puede permanecer en pie. «Abril es el mes más cruel», escribió Eliot, dando atrio a un tiempo en crisis, aquel tiempo suyo, y hasta la crisis del momento lo traigo, porque he vuelto en estos días a su obra monumental, ‘ La tierra baldía ‘. La vida de T. S. Eliot fue, en rápida síntesis, una disciplina de la fragmentación. No una entrega al caos, sino una tentativa de ordenarlo, un empeño de darle una horma que no lo eluda. En ‘La tierra baldía’, ese impulso alcanza una de sus expresiones más extremas, porque ahí el poema no reconstruye un criterio perdido, o un sentido perdido, sino que lo expone en su dispersión inapelable. He aquí una búsqueda. Y no tanto una búsqueda de unidad, sino de un énfasis de coherencia que no sea coherencia ilusoria, que no oculte la fractura bajo una armonía falsa. En Eliot, la pregunta no es sólo qué queda del mundo, sino qué puede hacer la poesía con aquello que del mundo queda . Su pregunta tiene hoy una vigencia total. Hay en él, además, una reflexión constante sobre la tradición, y no como peso muerto, sino como sistema de relaciones vivas en el que cada obra modifica retrospectivamente a las anteriores. Escribir no es, entonces, afirmar una voz aislada, sino inscribirse en una atmósfera de infinito donde el pasado sigue actuando, donde cada palabra resuena más allá de sí misma. Noticia relacionada No No Las claves de su éxito… y de su resistencia Harvard, la universidad de los 161 premios Nobel, en el ojo del huracán Carlos Manuel SánchezEsa concepción introduce una exigencia distinta al creador, al lector, al hombre. Resulta que el poeta no se limita a expresar su experiencia, sino que debe medirla frente a una historia que en rigor la desborda. De ahí el tono contenido de Eliot, su demorada distancia, su abierta desconfianza hacia la espontaneidad. La emoción, si se quiere verdadera, debe encontrar una forma que la trascienda . Estamos, con Eliot, no ante un herido en soledad sino ante un cartógrafo de la descomposición, alguien que convirtió la crisis de su tiempo en un texto que no niega esa crisis, ni la resuelve, pero sí prueba a hacerla legible en su complejidad. Hay en él mucho de poeta para una cultura en crisis, la de entonces, la de ahora, mucho de un cántico que aún sospecha que algo puede permanecer en pie.
«Abril es el mes más cruel», escribió Eliot, dando atrio a un tiempo en crisis, aquel tiempo suyo, y hasta la crisis del momento lo traigo, porque he vuelto en estos días a su obra monumental, ‘La tierra baldía‘. La vida de T. … S. Eliot fue, en rápida síntesis, una disciplina de la fragmentación. No una entrega al caos, sino una tentativa de ordenarlo, un empeño de darle una horma que no lo eluda. En ‘La tierra baldía’, ese impulso alcanza una de sus expresiones más extremas, porque ahí el poema no reconstruye un criterio perdido, o un sentido perdido, sino que lo expone en su dispersión inapelable.
He aquí una búsqueda. Y no tanto una búsqueda de unidad, sino de un énfasis de coherencia que no sea coherencia ilusoria, que no oculte la fractura bajo una armonía falsa. En Eliot, la pregunta no es sólo qué queda del mundo, sino qué puede hacer la poesía con aquello que del mundo queda. Su pregunta tiene hoy una vigencia total.
Hay en él, además, una reflexión constante sobre la tradición, y no como peso muerto, sino como sistema de relaciones vivas en el que cada obra modifica retrospectivamente a las anteriores. Escribir no es, entonces, afirmar una voz aislada, sino inscribirse en una atmósfera de infinito donde el pasado sigue actuando, donde cada palabra resuena más allá de sí misma.
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Las claves de su éxito… y de su resistencia
Carlos Manuel Sánchez
Esa concepción introduce una exigencia distinta al creador, al lector, al hombre. Resulta que el poeta no se limita a expresar su experiencia, sino que debe medirla frente a una historia que en rigor la desborda. De ahí el tono contenido de Eliot, su demorada distancia, su abierta desconfianza hacia la espontaneidad. La emoción, si se quiere verdadera, debe encontrar una forma que la trascienda. Estamos, con Eliot, no ante un herido en soledad sino ante un cartógrafo de la descomposición, alguien que convirtió la crisis de su tiempo en un texto que no niega esa crisis, ni la resuelve, pero sí prueba a hacerla legible en su complejidad. Hay en él mucho de poeta para una cultura en crisis, la de entonces, la de ahora, mucho de un cántico que aún sospecha que algo puede permanecer en pie.
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