Hay frases, expresiones, latiguillos de moda o coloquiales y hay que procurar utilizarlos entre poco y nada; como ‘bueno no, lo siguiente’, ‘más pronto que tarde’ o el inevitable ‘brutal’ en su nueva acepción. Después de ver la película ‘Fjord’, del rumano Cristian Mungiu, caeremos en el pecado con un ‘esta sí que no la vi venir’. Un impresionante y bien hilado relato que mira con buenos ojos a la familia tradicional y con creencias religiosas al tiempo que desnuda por completo la progresía, el modelo de libertad controlada en las sociedades ‘avanzadas’, la educación de los hijos y la vigilancia del Estado, naturalmente del bienestar. Como es natural, en ‘Fjord’, que significa algo así como Fiordo, el espectador, muy acostumbrado a las películas ideológicamente domadas, se queda patidifuso…, ‘pero, pero… ¿esto no era al revés?’La historia ocurre en Noruega, en la cima de lo ‘democrático’, en un pequeño pueblo al que llega una familia, los Gheorghiu, rumanos, el padre ingeniero, la madre un pan bendito y cinco hijos de todos los tamaños. Todo perfecto entre gente tan comprensiva y progresista, hasta que la niña llega al colegio con un moratón y entran los blanditos y duros Servicios de Protección del Menor, que acusa a los padres y culpan de ello al uso de la Biblia , más peligroso que el de las redes sociales (¡no les dejan a sus pequeños hijos que moneen todo el día con el móvil!), y que una prohibición o una reprimenda es violencia al filo de lo penal. Es el protocolo para quitarles los hijos, incluso el bebé lactante, y que comience un calvario legal y un proceso absurdo e inhumano.Mungiu no lo puede hacer mejor, un ambiente limpio y fresco, una sociedad guapa y tranquila, y un aparato funcionarial amable y temible, que no perdona que alguien viva sus creencias en casa y que utilice expresiones como Gracias a Dios. Y sin una mala palabra, sin un grito o un mal gesto, te laminan la vida porque tienes una familia ‘clásica’ y porque consideras que el padre y la madre tienen que educar a sus hijos en sus creencias y buenas costumbres. Es una de esas películas que, por muy ‘progre’ que te creas, te enerva y exaspera ante la injusta impotencia a la que se somete a sus protagonistas, que son Sebastian Stan y Renate Reinsve , ambos muy de moda, él desde que hizo ‘Ther apprentice: La historia de Trump’, y ella por el éxito de ‘Valor sentimental’. Los dos aquí irreconocibles, tan serios, honestos, modestos y entregados a lo suyo.Cristian Mungiu, que ya ganó aquí una Palma de Oro por ‘4 meses, 3 semanas, 2 días’, es un cineasta con una narrativa que llega, que toca, y que aquí utiliza de manera hábil y comprensible para desmontar muchas de las contradicciones con las que vivimos. Es cierto que enfoca a una familia ejemplar a un lado del conflicto y, al otro, a unos pobres idiotas que no saben ni de dónde vienen ni a dónde van, pero que tienen ‘la verdad’ bien agarrada por las patas. Es imposible saber qué reacciones tendrá una película tan revolucionaria e incómoda como esta, tan bien peinada a contrapelo, tan lúcida y bien equilibrada de valores no ‘democráticos’, sino democráticos y familiares. Solo faltaría que le dieran un merecido premio. ‘L’inconnue’, de Arthur HarariLa otra película en la competición era la francesa ‘L’inconnue’, de Arthur Harari, el guionista de ‘Anatomía de una caída ‘, y que ha hecho el guion en esa ocasión con su hermano Lucas. Podría decirse que es un drama fantástico, o sea, de fantasía, en el que un hombre amanece en el cuerpo de una mujer, según parece porque la noche anterior le inoculó una especie de virus de transmisión sexual. Lo que vemos es que el actor Niels Schneider se convierte en Léa Seydoux tras una noche de sexo con ella. La cosa, claro, se complica para él que ahora es ella (lo que le pase a la ella real, no lo cuentan), y más aún con una nueva transmisión a una joven que se convierte en el antiguo él… Todo esto habrá quien lo vea como una soberana majadería algo conectada con ‘no me reconozco en mi cuerpo, o con mi sexo’, pero creo que se le puede quitar lo de soberana: una majadería sin más. Harari y su hermano Lucas se toman tan en serio su ‘fantasía’ que ni siquiera le ponen un pellizco de humor, algo que refresque esa cosa ampulosa e ‘infulosa’ como de gran obra. Pero, bueno, otra película aquí de Seydoux, que también estaba en ‘Gentle Monster’, de Marie Kreutzer. Hay frases, expresiones, latiguillos de moda o coloquiales y hay que procurar utilizarlos entre poco y nada; como ‘bueno no, lo siguiente’, ‘más pronto que tarde’ o el inevitable ‘brutal’ en su nueva acepción. Después de ver la película ‘Fjord’, del rumano Cristian Mungiu, caeremos en el pecado con un ‘esta sí que no la vi venir’. Un impresionante y bien hilado relato que mira con buenos ojos a la familia tradicional y con creencias religiosas al tiempo que desnuda por completo la progresía, el modelo de libertad controlada en las sociedades ‘avanzadas’, la educación de los hijos y la vigilancia del Estado, naturalmente del bienestar. Como es natural, en ‘Fjord’, que significa algo así como Fiordo, el espectador, muy acostumbrado a las películas ideológicamente domadas, se queda patidifuso…, ‘pero, pero… ¿esto no era al revés?’La historia ocurre en Noruega, en la cima de lo ‘democrático’, en un pequeño pueblo al que llega una familia, los Gheorghiu, rumanos, el padre ingeniero, la madre un pan bendito y cinco hijos de todos los tamaños. Todo perfecto entre gente tan comprensiva y progresista, hasta que la niña llega al colegio con un moratón y entran los blanditos y duros Servicios de Protección del Menor, que acusa a los padres y culpan de ello al uso de la Biblia , más peligroso que el de las redes sociales (¡no les dejan a sus pequeños hijos que moneen todo el día con el móvil!), y que una prohibición o una reprimenda es violencia al filo de lo penal. Es el protocolo para quitarles los hijos, incluso el bebé lactante, y que comience un calvario legal y un proceso absurdo e inhumano.Mungiu no lo puede hacer mejor, un ambiente limpio y fresco, una sociedad guapa y tranquila, y un aparato funcionarial amable y temible, que no perdona que alguien viva sus creencias en casa y que utilice expresiones como Gracias a Dios. Y sin una mala palabra, sin un grito o un mal gesto, te laminan la vida porque tienes una familia ‘clásica’ y porque consideras que el padre y la madre tienen que educar a sus hijos en sus creencias y buenas costumbres. Es una de esas películas que, por muy ‘progre’ que te creas, te enerva y exaspera ante la injusta impotencia a la que se somete a sus protagonistas, que son Sebastian Stan y Renate Reinsve , ambos muy de moda, él desde que hizo ‘Ther apprentice: La historia de Trump’, y ella por el éxito de ‘Valor sentimental’. Los dos aquí irreconocibles, tan serios, honestos, modestos y entregados a lo suyo.Cristian Mungiu, que ya ganó aquí una Palma de Oro por ‘4 meses, 3 semanas, 2 días’, es un cineasta con una narrativa que llega, que toca, y que aquí utiliza de manera hábil y comprensible para desmontar muchas de las contradicciones con las que vivimos. Es cierto que enfoca a una familia ejemplar a un lado del conflicto y, al otro, a unos pobres idiotas que no saben ni de dónde vienen ni a dónde van, pero que tienen ‘la verdad’ bien agarrada por las patas. Es imposible saber qué reacciones tendrá una película tan revolucionaria e incómoda como esta, tan bien peinada a contrapelo, tan lúcida y bien equilibrada de valores no ‘democráticos’, sino democráticos y familiares. Solo faltaría que le dieran un merecido premio. ‘L’inconnue’, de Arthur HarariLa otra película en la competición era la francesa ‘L’inconnue’, de Arthur Harari, el guionista de ‘Anatomía de una caída ‘, y que ha hecho el guion en esa ocasión con su hermano Lucas. Podría decirse que es un drama fantástico, o sea, de fantasía, en el que un hombre amanece en el cuerpo de una mujer, según parece porque la noche anterior le inoculó una especie de virus de transmisión sexual. Lo que vemos es que el actor Niels Schneider se convierte en Léa Seydoux tras una noche de sexo con ella. La cosa, claro, se complica para él que ahora es ella (lo que le pase a la ella real, no lo cuentan), y más aún con una nueva transmisión a una joven que se convierte en el antiguo él… Todo esto habrá quien lo vea como una soberana majadería algo conectada con ‘no me reconozco en mi cuerpo, o con mi sexo’, pero creo que se le puede quitar lo de soberana: una majadería sin más. Harari y su hermano Lucas se toman tan en serio su ‘fantasía’ que ni siquiera le ponen un pellizco de humor, algo que refresque esa cosa ampulosa e ‘infulosa’ como de gran obra. Pero, bueno, otra película aquí de Seydoux, que también estaba en ‘Gentle Monster’, de Marie Kreutzer.
Hay frases, expresiones, latiguillos de moda o coloquiales y hay que procurar utilizarlos entre poco y nada; como ‘bueno no, lo siguiente’, ‘más pronto que tarde’ o el inevitable ‘brutal’ en su nueva acepción. Después de ver la película ‘Fjord’, del rumano Cristian Mungiu, caeremos … en el pecado con un ‘esta sí que no la vi venir’. Un impresionante y bien hilado relato que mira con buenos ojos a la familia tradicional y con creencias religiosas al tiempo que desnuda por completo la progresía, el modelo de libertad controlada en las sociedades ‘avanzadas’, la educación de los hijos y la vigilancia del Estado, naturalmente del bienestar. Como es natural, en ‘Fjord’, que significa algo así como Fiordo, el espectador, muy acostumbrado a las películas ideológicamente domadas, se queda patidifuso…, ‘pero, pero… ¿esto no era al revés?’
La historia ocurre en Noruega, en la cima de lo ‘democrático’, en un pequeño pueblo al que llega una familia, los Gheorghiu, rumanos, el padre ingeniero, la madre un pan bendito y cinco hijos de todos los tamaños. Todo perfecto entre gente tan comprensiva y progresista, hasta que la niña llega al colegio con un moratón y entran los blanditos y duros Servicios de Protección del Menor, que acusa a los padres y culpan de ello al uso de la Biblia, más peligroso que el de las redes sociales (¡no les dejan a sus pequeños hijos que moneen todo el día con el móvil!), y que una prohibición o una reprimenda es violencia al filo de lo penal. Es el protocolo para quitarles los hijos, incluso el bebé lactante, y que comience un calvario legal y un proceso absurdo e inhumano.
Mungiu no lo puede hacer mejor, un ambiente limpio y fresco, una sociedad guapa y tranquila, y un aparato funcionarial amable y temible, que no perdona que alguien viva sus creencias en casa y que utilice expresiones como Gracias a Dios. Y sin una mala palabra, sin un grito o un mal gesto, te laminan la vida porque tienes una familia ‘clásica’ y porque consideras que el padre y la madre tienen que educar a sus hijos en sus creencias y buenas costumbres. Es una de esas películas que, por muy ‘progre’ que te creas, te enerva y exaspera ante la injusta impotencia a la que se somete a sus protagonistas, que son Sebastian Stan y Renate Reinsve, ambos muy de moda, él desde que hizo ‘Ther apprentice: La historia de Trump’, y ella por el éxito de ‘Valor sentimental’. Los dos aquí irreconocibles, tan serios, honestos, modestos y entregados a lo suyo.
Cristian Mungiu, que ya ganó aquí una Palma de Oro por ‘4 meses, 3 semanas, 2 días’, es un cineasta con una narrativa que llega, que toca, y que aquí utiliza de manera hábil y comprensible para desmontar muchas de las contradicciones con las que vivimos. Es cierto que enfoca a una familia ejemplar a un lado del conflicto y, al otro, a unos pobres idiotas que no saben ni de dónde vienen ni a dónde van, pero que tienen ‘la verdad’ bien agarrada por las patas. Es imposible saber qué reacciones tendrá una película tan revolucionaria e incómoda como esta, tan bien peinada a contrapelo, tan lúcida y bien equilibrada de valores no ‘democráticos’, sino democráticos y familiares. Solo faltaría que le dieran un merecido premio.
‘L’inconnue’, de Arthur Harari
La otra película en la competición era la francesa ‘L’inconnue’, de Arthur Harari, el guionista de ‘Anatomía de una caída‘, y que ha hecho el guion en esa ocasión con su hermano Lucas. Podría decirse que es un drama fantástico, o sea, de fantasía, en el que un hombre amanece en el cuerpo de una mujer, según parece porque la noche anterior le inoculó una especie de virus de transmisión sexual. Lo que vemos es que el actor Niels Schneider se convierte en Léa Seydoux tras una noche de sexo con ella. La cosa, claro, se complica para él que ahora es ella (lo que le pase a la ella real, no lo cuentan), y más aún con una nueva transmisión a una joven que se convierte en el antiguo él… Todo esto habrá quien lo vea como una soberana majadería algo conectada con ‘no me reconozco en mi cuerpo, o con mi sexo’, pero creo que se le puede quitar lo de soberana: una majadería sin más. Harari y su hermano Lucas se toman tan en serio su ‘fantasía’ que ni siquiera le ponen un pellizco de humor, algo que refresque esa cosa ampulosa e ‘infulosa’ como de gran obra. Pero, bueno, otra película aquí de Seydoux, que también estaba en ‘Gentle Monster’, de Marie Kreutzer.
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