Hace años, durante unas Conversaciones de Formentor, coincidimos en el ascensor del hotel con una escritora que tuvo un lapsus linguae simpático. Refiriéndose a las palabras que Francisco Ferrer Lerín (Barcelona, 1942) había dirigido al público esa mañana, dijo: “La intervención que más me ha gustado ha sido la del ornitorrinco”, antes de caer en la cuenta del error y echarse a reír. Pese a las dudas razonables, Ferrer Lerín no es ornitorrinco, sino ornitólogo, un oficio que ejerció durante décadas como quien juega a un juego perverso, es decir, infantil. Su especialidad son las aves necrófagas, que le permitieron aprender mucho acerca de la desaparición de la carne y la muerte como sustento de la belleza. Sin embargo, la confusión de la escritora operó como un acierto, porque el ornitorrinco es una criatura excéntrica e inclasificable (nada es inclasificable si un académico se empeña en embalsamarlo, pero ya me entienden), términos que casan bien con nuestro protagonista.
Hace años, durante unas Conversaciones de Formentor, coincidimos en el ascensor del hotel con una escritora que tuvo un lapsus linguae simpático. Refiriéndose a las palabras que Francisco Ferrer Lerín (Barcelona, 1942) había dirigido al público esa mañana, dijo: “La intervención que más me ha gustado ha sido la del ornitorrinco”, antes de caer en la cuenta del error y echarse a reír. Pese a las dudas razonables, Ferrer Lerín no es ornitorrinco, sino ornitólogo, un oficio que ejerció durante décadas como quien juega a un juego perverso, es decir, infantil. Su especialidad son las aves necrófagas, que le permitieron aprender mucho acerca de la desaparición de la carne y la muerte como sustento de la belleza. Sin embargo, la confusión de la escritora operó como un acierto, porque el ornitorrinco es una criatura excéntrica e inclasificable (nada es inclasificable si un académico se empeña en embalsamarlo, pero ya me entienden), términos que casan bien con nuestro protagonista. Seguir leyendo
Hace años, durante unas Conversaciones de Formentor, coincidimos en el ascensor del hotel con una escritora que tuvo un lapsus linguae simpático. Refiriéndose a las palabras que Francisco Ferrer Lerín (Barcelona, 1942) había dirigido al público esa mañana, dijo: “La intervención que más me ha gustado ha sido la del ornitorrinco”, antes de caer en la cuenta del error y echarse a reír. Pese a las dudas razonables, Ferrer Lerín no es ornitorrinco, sino ornitólogo, un oficio que ejerció durante décadas como quien juega a un juego perverso, es decir, infantil. Su especialidad son las aves necrófagas, que le permitieron aprender mucho acerca de la desaparición de la carne y la muerte como sustento de la belleza. Sin embargo, la confusión de la escritora operó como un acierto, porque el ornitorrinco es una criatura excéntrica e inclasificable (nada es inclasificable si un académico se empeña en embalsamarlo, pero ya me entienden), términos que casan bien con nuestro protagonista.
Entre las muchas ideas geniales de Ferrer Lerín, destaca la del arte casual, una categoría que se inventó para referirse a escenas cotidianas que adoptan una forma artística impremeditada, por ejemplo, los trazos que dejó una salsa en el plato, cascotes y maderos arrojados en el descampado de cualquier manera (pero una manera cualquiera que resulta armónica o sugestiva), un desconchado pintoresco, etcétera. Pues bien, tiene gracia que llamar ornitorrinco a Ferrer Lerín sea una muestra de crítica casual. El ornitorrinco es mamífero aunque tiene algo de aviar, su amabilidad esconde un espolón venenoso, la historia de su nombre es compleja y se trata de un animal poco común. Todo ello es muy pertinente para hablar de un escritor que nació en el seno de una familia burguesa de Barcelona, un hijo de médico que probó y abandonó él mismo los estudios de medicina, y que se ganó buenas pesetas con su talento para el póquer durante unos años sesenta en los que aquella ciudad era el hervidero cultural y político donde se forjó la generación de los Novísimos. Por supuesto, el más novísimo era él, lo que sin duda explica la ausencia de su nombre en la antología de Castellet.
El asunto con Ferrer Lerín es que arrastra una condición mítica. Es lo que sucede cuando una biografía tiene carácter y la acompaña una obra desobediente. En el caso que nos ocupa, el autor solo había publicado dos poemarios, De las condiciones humanas y La hora oval, cuando en 1971 inauguró un silencio literario que no se rompería hasta 2005 (con la única excepción de otro libro de poemas, Cónsul, en 1987). Tres décadas de ausencia que se interrumpen cuando Ferrer Lerín descubre lo mucho que le divierte internet, la comunicación directa con sus lectores en blogs y redes sociales, y entonces se produce un estallido creativo y editorial, con una obra que se acumula, reconfigura, piensa y repiensa, vierte y subvierte, un hilo difícil de seguir de libros que aparecen en editoriales grandes (Tusquets, Anagrama, Galaxia Gutenberg), medianas y minúsculas, una literatura de fragmentos que corrobora lo insólito de la mente que se escondía tras aquella vida tan poco convencional que durante tantos años pasó del mundillo literario para deslizarse por derroteros inesperados, desde el trabajo en varias empresas hasta la disposición exquisita de cadáveres putrefactos en Jaca para que sirvieran de banquete al buitre majestuoso: admitamos que es todo mucho más divertido que las clásicas desventuras del escritor medio de este país, siempre un poco funcionarial.
Pero el mito no debería distorsionar la obra. La escritura de Ferrer Lerín es extraordinaria. Sus pequeños relatos se sitúan en un espacio a caballo entre lo onírico y la crónica científica. Son divertidos y crueles, sin miedo a la violencia cruda. Tienen una sensualidad ruda, pero elegante. Al autor le gusta explorar etimologías, inventar o redefinir toponimias, bautizar a algunos de sus personajes con gracia caricaturesca, y sacarle modernidad a un castellano que viene de muy atrás, de lugares que en otras manos resultarían arcaizantes. De hecho, si en algo falla la etiqueta de “ornitorrinco” aplicada a él, es en que ese bicho es ajeno a los ecosistemas de la península ibérica. Porque Ferrer Lerín se ha inventado una forma peculiar de enlazar con la gran tradición de la literatura española, de ser un escritor español moderno en un momento en que lo estadístico entre nosotros es o dárselas de cosmopolita (con mayor o, sobre todo, menor éxito) o sonar anticuado. En su obra, en cambio, la vanguardia europea y la ferocidad hispana casan en una sonrisa carnívora. Quien quiera comprobarlo, puede acercarse a cualquiera de sus muchos libros, pero destaquemos, por ejemplo, la novela-memoria Familias como la mía (Tusquets, 2001), el volumen de Poesía reunida (Tusquets, 2023) o las prosas de Papur (Días contados, 2022) o Mansa chatarra (Jekyll & Jill, 2014, edición del recientemente fallecido José Luis Falcó).
Precisamente, la zaragozana y extraordinaria Jekyll & Jill, con Víctor Gomollón a los mandos, acaba de publicar Metazoa. Presencias faunísticas, otra puerta de entrada fabulosa al mundo de Ferrer Lerín. Todo lo dicho hasta aquí vale para este volumen. Mejor literatura que esta no se publicará en 2026, créanme. Tampoco se publicará nada con mayor cuidado por el diseño general del libro o por el texto de contracubierta (debido a Tes Nehuén). Metazoa se presenta como un catálogo de contactos con el reino animal, mamíferos, aves, invertebrados, anfibios, reptiles. Los textos resultantes pueden ser fábulas sin moraleja, juegos de manos estilísticos, ensoñaciones naturalistas, accidentes sórdidos con gesto sardónico, avistamientos sangrientos, seducciones diablescas, “ruina odiada pero nutricia”. El sentido del humor en Ferrer Lerín es crudo e infalible, y aquí asoma a cada rato: yo, desde luego, me río a carcajadas. De todos modos, lo más importante en este autor es, por supuesto, el lenguaje, ese cruce entre la precisión taxonómica, la crónica medieval, el dadaísmo, la visión insolada, el realismo biológico, el sueño lúcido o la ocurrencia amistosa. Todo ello, regido por la doble convicción de que las cosas pequeñas son las que revelan la naturaleza el mundo, y que nuestro paso por ese mismo mundo es un fenómeno tan milagroso como irrelevante.
“No es bueno mentir en sueños”, leemos en Metazoa, y Ferrer Lerín escribe como sueña.

Francisco Ferrer Lerín
Jekyll & Jill, 2026
209 páginas. 20,90 euros
EL PAÍS
