El otro día sacaron en directo y a través de una conexión telefónica a un joven al que identificaron, para que el público se pudiera hacer una composición de lugar con el volumen a cero, que es como se ve bien la tele, con uno de esos títulos de crédito cuya ridiculez tiene, a las malas, la virtud de arrojar luz sobre el mundo al que nos dirigimos o al que nos llevan. «Afectado concierto Bad Bunny», ponía debajo de la ventana por la que asomaba el mozo, cuyas dramáticas credenciales lo sitúan en la esfera mágica de un victimismo en el que caben ya incluso los autónomos del sector de la ‘creación de contenidos’, damnificados que sufren las apreturas e incomodidades propias del rock de estadio , formato de ocio del siglo pasado que para el usuario consiste ahora en disponer de la anchura y el margen de maniobra suficientes para grabar con el móvil al cantante que actúa sobre el escenario. Esto merece otra encíclica papal, pero de momento nos vamos apañando con la ‘Magnifica humanitas’ y con el testimonio de un perjudicado del montón, valga la redundancia.Apenas sobrecoge la existencia, ya verificada, de un afectado por el concierto de Bad Bunny en un panorama marcado por la especialización más extrema y en el que la gente se pone unos títulos cada vez más extravagantes, reflejo del cambio social y laboral que registra un mundo sometido a la mudanza tecnológica que subyace en las encíclicas vaticanas. Donde antes ponía escritor, pintor, matemático, diputado, médico, cantante, cura o tendero, profesiones que quizá desaparezcan bajo la ola deshumanizadora de la IA, hoy no solo vemos a un afectado por el concierto de Bad Bunny, sino a los portavoces oficiales de los investigados por corrupción, defensores televisivos que ejercen su oficio en los juicios paralelos que celebran las emisoras.La cosa comenzó con el portavoz de Víctor de Aldama, habitual en la mesa del consenso horizontal –«y yo más», inversión del «y tú más» de las tertulias frentistas– que presiden Jiménez & Porter, y ha terminado con el debut del portavoz de Zapatero, cuya condición de expresidente no solo le proporcionaba despacho, gemólogo y secretaria, sino emisario. El buen hombre, ateneísta de salón , hace lo que puede en una coyuntura de tráfico de ‘influencers’ que no solo documenta la irrupción de nuevos desempeños laborales, sino que desenmascara a quienes hasta ahora actuaban como agentes dobles en el campo de la opinión y la seudoinformación.Ánimo, Àngels, que lo mismo pillas cacho, y gordo. El otro día sacaron en directo y a través de una conexión telefónica a un joven al que identificaron, para que el público se pudiera hacer una composición de lugar con el volumen a cero, que es como se ve bien la tele, con uno de esos títulos de crédito cuya ridiculez tiene, a las malas, la virtud de arrojar luz sobre el mundo al que nos dirigimos o al que nos llevan. «Afectado concierto Bad Bunny», ponía debajo de la ventana por la que asomaba el mozo, cuyas dramáticas credenciales lo sitúan en la esfera mágica de un victimismo en el que caben ya incluso los autónomos del sector de la ‘creación de contenidos’, damnificados que sufren las apreturas e incomodidades propias del rock de estadio , formato de ocio del siglo pasado que para el usuario consiste ahora en disponer de la anchura y el margen de maniobra suficientes para grabar con el móvil al cantante que actúa sobre el escenario. Esto merece otra encíclica papal, pero de momento nos vamos apañando con la ‘Magnifica humanitas’ y con el testimonio de un perjudicado del montón, valga la redundancia.Apenas sobrecoge la existencia, ya verificada, de un afectado por el concierto de Bad Bunny en un panorama marcado por la especialización más extrema y en el que la gente se pone unos títulos cada vez más extravagantes, reflejo del cambio social y laboral que registra un mundo sometido a la mudanza tecnológica que subyace en las encíclicas vaticanas. Donde antes ponía escritor, pintor, matemático, diputado, médico, cantante, cura o tendero, profesiones que quizá desaparezcan bajo la ola deshumanizadora de la IA, hoy no solo vemos a un afectado por el concierto de Bad Bunny, sino a los portavoces oficiales de los investigados por corrupción, defensores televisivos que ejercen su oficio en los juicios paralelos que celebran las emisoras.La cosa comenzó con el portavoz de Víctor de Aldama, habitual en la mesa del consenso horizontal –«y yo más», inversión del «y tú más» de las tertulias frentistas– que presiden Jiménez & Porter, y ha terminado con el debut del portavoz de Zapatero, cuya condición de expresidente no solo le proporcionaba despacho, gemólogo y secretaria, sino emisario. El buen hombre, ateneísta de salón , hace lo que puede en una coyuntura de tráfico de ‘influencers’ que no solo documenta la irrupción de nuevos desempeños laborales, sino que desenmascara a quienes hasta ahora actuaban como agentes dobles en el campo de la opinión y la seudoinformación.Ánimo, Àngels, que lo mismo pillas cacho, y gordo.
El otro día sacaron en directo y a través de una conexión telefónica a un joven al que identificaron, para que el público se pudiera hacer una composición de lugar con el volumen a cero, que es como se ve bien la tele, con uno … de esos títulos de crédito cuya ridiculez tiene, a las malas, la virtud de arrojar luz sobre el mundo al que nos dirigimos o al que nos llevan. «Afectado concierto Bad Bunny», ponía debajo de la ventana por la que asomaba el mozo, cuyas dramáticas credenciales lo sitúan en la esfera mágica de un victimismo en el que caben ya incluso los autónomos del sector de la ‘creación de contenidos’, damnificados que sufren las apreturas e incomodidades propias del rock de estadio, formato de ocio del siglo pasado que para el usuario consiste ahora en disponer de la anchura y el margen de maniobra suficientes para grabar con el móvil al cantante que actúa sobre el escenario. Esto merece otra encíclica papal, pero de momento nos vamos apañando con la ‘Magnifica humanitas’ y con el testimonio de un perjudicado del montón, valga la redundancia.
Apenas sobrecoge la existencia, ya verificada, de un afectado por el concierto de Bad Bunny en un panorama marcado por la especialización más extrema y en el que la gente se pone unos títulos cada vez más extravagantes, reflejo del cambio social y laboral que registra un mundo sometido a la mudanza tecnológica que subyace en las encíclicas vaticanas. Donde antes ponía escritor, pintor, matemático, diputado, médico, cantante, cura o tendero, profesiones que quizá desaparezcan bajo la ola deshumanizadora de la IA, hoy no solo vemos a un afectado por el concierto de Bad Bunny, sino a los portavoces oficiales de los investigados por corrupción, defensores televisivos que ejercen su oficio en los juicios paralelos que celebran las emisoras.
La cosa comenzó con el portavoz de Víctor de Aldama, habitual en la mesa del consenso horizontal –«y yo más», inversión del «y tú más» de las tertulias frentistas– que presiden Jiménez & Porter, y ha terminado con el debut del portavoz de Zapatero, cuya condición de expresidente no solo le proporcionaba despacho, gemólogo y secretaria, sino emisario. El buen hombre, ateneísta de salón, hace lo que puede en una coyuntura de tráfico de ‘influencers’ que no solo documenta la irrupción de nuevos desempeños laborales, sino que desenmascara a quienes hasta ahora actuaban como agentes dobles en el campo de la opinión y la seudoinformación.
Ánimo, Àngels, que lo mismo pillas cacho, y gordo.
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