Quizás el primer paso lo dio el jazz. Atraídos por el alma del flamenco, Miles Davis y Gil Evans firmaron en 1960 el celebérrimo Sketches of Spain. Desde entonces, se han sucedido hitos en ambos sentidos: es un hecho que han sido muchos los músicos flamencos que, de manera recíproca, han sabido ver en el jazz una fuente abundante en recursos —la improvisación no es el único—con los que enriquecer el lenguaje del género.
Quizás el primer paso lo dio el jazz. Atraídos por el alma del flamenco, Miles Davis y Gil Evans firmaron en 1960 el celebérrimo Sketches of Spain. Desde entonces, se han sucedido hitos en ambos sentidos: es un hecho que han sido muchos los músicos flamencos que, de manera recíproca, han sabido ver en el jazz una fuente abundante en recursos —la improvisación no es el único—con los que enriquecer el lenguaje del género. Seguir leyendo

Quizás el primer paso lo dio el jazz. Atraídos por el alma del flamenco, Miles Davis y Gil Evans firmaron en 1960 el celebérrimo Sketches of Spain. Desde entonces, se han sucedido hitos en ambos sentidos: es un hecho que han sido muchos los músicos flamencos que, de manera recíproca, han sabido ver en el jazz una fuente abundante en recursos —la improvisación no es el único—con los que enriquecer el lenguaje del género.
Con el legado de este largo y consolidado diálogo en la mochila, no es de extrañar que una nueva generación de creadores ensanche y ahonde en esta relación. Dos recientes registros subrayan la viveza del fenómeno: los discos Ibérica (Cezanne / Altafonte), del pianista Chico Pérez y el flautista Sergio de Lope, y Marea Viva (Aria Fusión), del también pianista Andrés Barrios. Con aproximaciones bien diversas, ambas grabaciones comparten libertad a la hora de mirar la raíz y, aun tratándose de instrumentistas de música flamenca, cuentan con el cante como anclaje en la tradición.
Tanto Chico Pérez (Jaén, 31 años) como Sergio de Lope (Priego de Córdoba, 40 años) gozan de una acreditada trayectoria. Con un par de discos en solitario cada uno de ellos, en esta ocasión han decidido aunar sus fuerzas en un proyecto que se percibe ambicioso: la grabación de ocho temas propios en los que sus interpretaciones, además de por una sólida sección de ritmo, están respaldadas por las líneas de vientos de la Big Band Ciudad de Mérida: más de una docena de intérpretes repartidos entre saxos altos y tenores, trompetas y trombones que suenan a compás. La existencia de experiencias anteriores con esta formación de jazz clásico — Flamenco Big Band (2008), del saxofonista Perico Sambeat, Delirium Tremens (2018), de Rosario La Tremendita, o el proyecto Caótico (2018), del guitarrista José Quevedo “Bolita”—, no impide que la escucha de esta nueva aproximación se disfrute con toda la frescura y vigor que exhibe.

Ibérica ofrece una estimulante y expresionista música flamenca y goza de suficientes argumentos instrumentales, pero sus autores no han dudado en contar con el cante, que para Pérez es “el ancla, la base y el fundamento de todo”. Coincide con su compañero De Lope en que “la aparición de la voz, de los estilos con su letra, contribuye a que el oyente se sitúe en el contexto, para así comprender mejor el motivo de la composición y lo que se quiere transmitir con ella”. De esta manera, los cantes incluidos en la grabación están muy cuidados y se diría que nunca han estado mejor arropados por la lustrosa exuberancia de los vientos, que les aportan calor y brillo. Los intérpretes también han sido elegidos con esmero y en siete de las ocho composiciones del disco se puede disfrutar de estilos como los fandangos huelvanos tradicionales que suenan en la voz de Argentina; de la marchenera guajira con aires de garrotín, que canta Arcángel, o de unas letras por bulerías que flamencamente dice Lela Soto. Antes de que Delia Membrive recuerde a Lorca con unos tangos granaínos, el taranto de José Valencia es un remanso de belleza con los vientos pausados y asordinados. María Terremoto luce temperamento y abrocha la grabación con su acostumbrada fuerza en un corte que concluye a compás con un recuerdo final a Fernanda y Bernarda.
También incorpora cante el pianista Andrés Barrios (Utrera, Sevilla, 29 años) en su cuarta grabación de estudio. Para él, la voz es “el instrumento más directo y a la vez más sencillo de transmisión de la música, además de algo que completa la parte instrumental”. Su forma de tratarla es integradora: “Si a la hora de componer, la música me lo pide, no tengo prejuicio en añadirla”. La particularidad estriba en que la voz que añade es la suya propia, como hace en seis de los 10 cortes del disco, curiosamente dispuestos en dos bloques de tres, al principio y al final. Su funcionalidad muda según la intención: en alguna ocasión los cantes se acompañan sencillamente a compás, mientras que, en otras, una única letra constituye la base de un largo desarrollo pianístico no exento de improvisaciones. En el tramo final, un tema muestra la vertiente más jazzística antes de un cierre que persigue el clímax con colaboraciones vocales, palmas y hasta baile.
Andrés Barrios incorpora y reconoce también otras inspiraciones, que van del nacionalismo español de Falla, Albéniz y Granados hasta las llamadas músicas del mundo
De carácter muy distinto son los cuatro cortes exclusivamente instrumentales, con puntuales acompañamientos de la sección de ritmo. Son composiciones que muestran un pianismo lleno de sutileza, que trasciende los límites del flamenco y la influencia del jazz. Con esos géneros en su bagaje, el pianista incorpora y reconoce otras inspiraciones, que van del nacionalismo español (Falla, Albéniz, Granados y Turina) a las llamadas músicas del mundo. El primero de esos cortes, ‘SOL-O’, se desvela como el más experimental, arrancando con un piano preparado que se vuelve lírico en el ostinato de la frase inicial.
Sencillas frases musicales también dan paso a los tres siguientes temas, pero lo que les sigue con amplios y largos desarrollos, cada uno con vida propia y distintiva. Componen la Trilogía del Sur (‘Marea Viva’, ‘Nudo de sal’ y ‘Noche andaluza’) y, aunque son producto de la improvisación, su autor ha decidido fijarlos en partitura. Una naturaleza muy ecléctica, en cuanto aspira a integrar todas esas músicas que rodean a Barrios, preside estas composiciones: en unos momentos se reivindica el flamenco, visitando la cadencia andaluza, y en otros se viaja por lugares lejanos para regresar al punto de partida. La huella del nacionalismo español es palpable en ‘Noche andaluza’, pero también lo popular y otras muchas influencias se revelan dentro de una obra que es contemporánea, que contiene tanto intimismo como solemnidad, y que muestra una singular delicadeza.

Ibérica
Chico Pérez y Sergio de Lope
Cezanne / Altafonte

Marea Viva
Andrés Barrios
Aria Fusión
EL PAÍS
