La historia taurina de Pamplona no siempre fue la maquinaria perfecta y milimetrada que hoy admiramos cada mañana de julio. Detrás del rito contemporáneo de los Sanfermines se esconde una evolución salpicada de sobresaltos, caprichos políticos y contratiempos sanitarios que moldearon la identidad de una de las ferias más importantes del planeta. El siglo XVIII, por ejemplo, estuvo a punto de dejar huérfana de toros a la capital navarra debido al desdén de monarcas como Carlos IV y Felipe V, quienes, en su cruzada ilustrada contra la Fiesta, vetaron los festejos en la ciudad hasta bien entrado 1804, reduciendo la celebración a los meros actos litúrgicos.
Cuando los toros regresaron, lo hicieron en una Pamplona amurallada donde el ingenio suplía la falta de infraestructuras. Antes de la irrupción del cemento, la emblemática Plaza del Castillo se transformaba cada verano en un gigantesco coso móvil y desmontable con capacidad para unos seis mil espectadores. En aquella época, el consistorio ejercía de promotor directo o arrendaba el espacio a empresarios locales, una gestión que cambió radicalmente de manos antes de que la Casa de la Misericordia asumiera el control que hoy ostenta. La feria del siglo XIX, concentrada entre el 6 y el 10 de julio, era breve pero de una intensidad feroz; se lidiaban veintisiete reses, se programaban dobles jornadas de mañana y tarde, e incluso se llegó a recurrir a perros de presa en el ruedo durante la década de 1830.
A la par de la evolución de las modas artísticas, la propia ciudad tuvo que batallar contra las alertas sanitarias de la época. Las temibles epidemias de cólera de 1832, 1855 y 1885 pusieron en jaque la celebración de los Sanfermines hasta el último minuto, obligando a las autoridades a improvisar severas medidas higiénicas ante el temor a que el aluvión de forasteros propagara el contagio. Del mismo modo, la arquitectura taurina de la ciudad sufrió sus propios colapsos: un primer coso fijo inaugurado en 1844 tuvo que ser demolido apenas un lustro después por graves deficiencias estructurales, y su sucesor, levantado en 1852 en el solar que hoy ocupa el Teatro Gayarre, acabó devorado por las llamas en un misterioso incendio en 1921, en pleno debate político sobre la necesidad de construir una nueva plaza.
La edad de oro del siglo XIX también sirvió de laboratorio para la Tauromaquia. Pamplona vio nacer la rivalidad de encastes en 1845 gracias a la visión de Nazario Carriquiri, quien confrontó las sangres navarras y castellanas en un duelo histórico. El público de mediados de siglo disfrutó además de espectáculos tan pintorescos como las «corridas a plaza partida» —estrenadas en 1858, año en que se concedió un histórico indulto— y vio nacer los primeros controles veterinarios serios. La exigencia del trapío ya era ley en la ciudad: en 1879, los facultativos impidieron la salida al ruedo de todo un encierro de la ganadería de Mazpule por considerarlo deslucido y falto de presencia.
El gran punto de inflexión del ciclo pamplonés, no obstante, se produjo en 1898 tras un sonado esperpento que obligó a rediseñar la logística de la feria. Durante el traslado del ganado desde El Sario hasta los corrales de la Rochapea, la manada entera escapó campo a través, obligando a suspender el encierro y la corrida del 10 de julio. Cinco de los toros andaluces fueron recuperados días más tarde, pero el sexto protagonizó una fuga legendaria al ser localizado a mediados de octubre en los montes de Lizarbe. Aquel escándalo forzó al Ayuntamiento a tomar medidas drásticas para garantizar la seguridad, clausurando el vulnerable Soto del Sadar y trasladando los corrales a la antigua fábrica de gas, un hito que daría origen al recorrido del encierro tal y como hoy lo conocemos.
Prohibiciones reales, epidemias, plazas que ardían misteriosamente y la gran fuga de los toros que forzó el nacimiento del encierro moderno en Pamplona
La historia taurina de Pamplona no siempre fue la maquinaria perfecta y milimetrada que hoy admiramos cada mañana de julio. Detrás del rito contemporáneo de los Sanfermines se esconde una evolución salpicada de sobresaltos, caprichos políticos y contratiempos sanitarios que moldearon la identidad de una de las ferias más importantes del planeta. El siglo XVIII, por ejemplo, estuvo a punto de dejar huérfana de toros a la capital navarra debido al desdén de monarcas como Carlos IV y Felipe V, quienes, en su cruzada ilustrada contra la Fiesta, vetaron los festejos en la ciudad hasta bien entrado 1804, reduciendo la celebración a los meros actos litúrgicos.
Cuando los toros regresaron, lo hicieron en una Pamplona amurallada donde el ingenio suplía la falta de infraestructuras. Antes de la irrupción del cemento, la emblemática Plaza del Castillo se transformaba cada verano en un gigantesco coso móvil y desmontable con capacidad para unos seis mil espectadores. En aquella época, el consistorio ejercía de promotor directo o arrendaba el espacio a empresarios locales, una gestión que cambió radicalmente de manos antes de que la Casa de la Misericordia asumiera el control que hoy ostenta. La feria del siglo XIX, concentrada entre el 6 y el 10 de julio, era breve pero de una intensidad feroz; se lidiaban veintisiete reses, se programaban dobles jornadas de mañana y tarde, e incluso se llegó a recurrir a perros de presa en el ruedo durante la década de 1830.
A la par de la evolución de las modas artísticas, la propia ciudad tuvo que batallar contra las alertas sanitarias de la época. Las temibles epidemias de cólera de 1832, 1855 y 1885 pusieron en jaque la celebración de los Sanfermines hasta el último minuto, obligando a las autoridades a improvisar severas medidas higiénicas ante el temor a que el aluvión de forasteros propagara el contagio. Del mismo modo, la arquitectura taurina de la ciudad sufrió sus propios colapsos: un primer coso fijo inaugurado en 1844 tuvo que ser demolido apenas un lustro después por graves deficiencias estructurales, y su sucesor, levantado en 1852 en el solar que hoy ocupa el Teatro Gayarre, acabó devorado por las llamas en un misterioso incendio en 1921, en pleno debate político sobre la necesidad de construir una nueva plaza.
La edad de oro del siglo XIX también sirvió de laboratorio para la Tauromaquia. Pamplona vio nacer la rivalidad de encastes en 1845 gracias a la visión de Nazario Carriquiri, quien confrontó las sangres navarras y castellanas en un duelo histórico. El público de mediados de siglo disfrutó además de espectáculos tan pintorescos como las «corridas a plaza partida» —estrenadas en 1858, año en que se concedió un histórico indulto— y vio nacer los primeros controles veterinarios serios. La exigencia del trapío ya era ley en la ciudad: en 1879, los facultativos impidieron la salida al ruedo de todo un encierro de la ganadería de Mazpule por considerarlo deslucido y falto de presencia.
El gran punto de inflexión del ciclo pamplonés, no obstante, se produjo en 1898 tras un sonado esperpento que obligó a rediseñar la logística de la feria. Durante el traslado del ganado desde El Sario hasta los corrales de la Rochapea, la manada entera escapó campo a través, obligando a suspender el encierro y la corrida del 10 de julio. Cinco de los toros andaluces fueron recuperados días más tarde, pero el sexto protagonizó una fuga legendaria al ser localizado a mediados de octubre en los montes de Lizarbe. Aquel escándalo forzó al Ayuntamiento a tomar medidas drásticas para garantizar la seguridad, clausurando el vulnerable Soto del Sadar y trasladando los corrales a la antigua fábrica de gas, un hito que daría origen al recorrido del encierro tal y como hoy lo conocemos.
Toros y actualidad taurina en La Razón
