
Pocas veces he visto llorar a un niño como a Edu. Éramos varios en el parque, cada uno con su Game Boy y todos con el mismo juego cargado: Pokémon, versión roja o azul. Lloraba tanto, tantísimo, porque acababa de perder un Blastoise en el máximo nivel, el 100. Nadie hizo ni un amago de reírse de su desgracia. Su dolor daba escalofríos. Imaginábamos que nos pasase lo mismo, perder a la estrella de nuestro cinturón Pokémon tras tantas horas de entrenamiento, y nos temblaban las piernas. Todos adorábamos a nuestros Jolteon, Lapras o Alakazam. Y que esa pasión no se limitase a la pequeña pantalla de nuestra consola, que tomara cuerpo en una serie de televisión, sí nos hacía muy felices.
Hubo veranos que me pasé enganchado al anime en el televisor y al videojuego en mi Game Boy, con breves pausas para comprar pilas que gastaba con preocupante frecuencia 
Pocas veces he visto llorar a un niño como a Edu. Éramos varios en el parque, cada uno con su Game Boy y todos con el mismo juego cargado: Pokémon, versión roja o azul. Lloraba tanto, tantísimo, porque acababa de perder un Blastoise en el máximo nivel, el 100. Nadie hizo ni un amago de reírse de su desgracia. Su dolor daba escalofríos. Imaginábamos que nos pasase lo mismo, perder a la estrella de nuestro cinturón Pokémon tras tantas horas de entrenamiento, y nos temblaban las piernas. Todos adorábamos a nuestros Jolteon, Lapras o Alakazam. Y que esa pasión no se limitase a la pequeña pantalla de nuestra consola, que tomara cuerpo en una serie de televisión, sí nos hacía muy felices.
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