Al día siguiente de la inauguración de los Juegos de Barcelona sonó el teléfono antes de las 9 de la mañana.-¿Salvador? No me conoces. Soy tu abuelo. El abuelo Jaume. Me estoy muriendo y me gustaría conocerte. Se fugó con una de 19 cuando su hija, que dos años más tarde sería mi madre, tenía 21. La nueva mujer le puso de condición romper con su antigua familia y es lo que hizo. Sobre este escándalo se fundó mi vida. No dije nada a nadie de la llamada. Caminé media hora para llegar al Hospital de Barcelona. Ahí estaba mi abuelo, sentado, con la respiración asistida, que se apartó para darme dos besos.Hablamos sobre cómo le había ido la vida, y cómo me había ido a mí. Uno no estrena abuelo cada día, y al ser a la vez un extraño, me sentía libre para explicarle cosas que normalmente no explicaba.Al cabo de una hora llegó una enfermera. Lo incorporó a la silla con su oxígeno, le puso una gorra y le dio unas gafas de sol. -Llévame a la escena del crimen, me dijo.-¿Cómo?, le pregunté-Todos estamos muertos en esta historia, Salvador, pero tú sólo sabes la mitad.Con «la escena del crimen» se refería a Semon. Al entrar dije que era el abuelo de un amigo, y nadie se fijó en un viejo con gorra, aunque quedaban empleados de aquella época que podían haberlo reconocido. Y cuando pasamos por el cuarto del vacío me dijo: «Esto era antes una habitación y aquí vi a tu abuela tirándose al encargado. Juan. Tú lo conoces, ¿no?». Y es verdad que en mi familia, a partir de aquel día, no fue fácil saber si todavía alguien permanecía en el reino de los vivos.Le dieron el alta al cabo de una semana pero no porque hubiera mejorado. Su esposa y sus cuatro hijos -de edades parecidas a la mía- llegaron para el traslado y fueron muy agradables y me invitaron a comer a su casa. Querían mucho a mi abuelo. Lo trataban con devoción, y una dulzura que yo nunca había visto en mi familia. La casa era más bien una mansión, en Llavaneras, con bosque y piscina, y una iglesia al fondo del jardín.Entre los Juegos, un abuelo recuperado, y unos tíos de mi edad con los que salíamos cada noche con la euforia de lo nuevo, pasé el verano más extraño y divertido de mi vida. Al final tuve que contárselo a mi madre, que también fue a visitarlo, aunque creo que más por incomodar a mi abuela que porque de verdad le emocionara la escena del reencuentro con el padre que la abandonó.Una tarde en el sofá del salón estábamos todos escuchando a mi abuelo contando una historia muy graciosa sobre cómo uno que le debía mucho dinero le pagó con unas tierras en Córdoba. Y en lugar de estar con todos, mi madre al teléfono, hablaba con mi abuela para reprocharle el daño que le había hecho.Mi abuelo me miró y luego dirigió la mirada a su hija mayor y me dijo:-No creo que puedas perdonarme, pero creo que puedes entenderme.A pesar de algún otro momento como éste, para uno roto como yo, tener de repente tíos y abuelo, y hasta una abuelastra, porque Susana era conmigo fantástica, fue muy emocionante, y el verano y las fiestas ayudaron a que no tuviera tiempo para pensar mucho porque estaba demasiado ocupado disfrutando.Los Juegos terminaron y al día siguiente mi abuelo murió y el funeral lo celebramos en su iglesia. Estuve triste, pero más abrumado que realmente triste. Mis tíos estaban desolados, y envidié que pudieran sentir tanta tristeza porque significaba que se habían sentido muy queridos por su padre. Al salir de la propiedad con mi madre, solos en el coche, vi su cara de obcecada que presagia los desastres: «A esta familia, no quiero que vuelvas a verla». Al día siguiente de la inauguración de los Juegos de Barcelona sonó el teléfono antes de las 9 de la mañana.-¿Salvador? No me conoces. Soy tu abuelo. El abuelo Jaume. Me estoy muriendo y me gustaría conocerte. Se fugó con una de 19 cuando su hija, que dos años más tarde sería mi madre, tenía 21. La nueva mujer le puso de condición romper con su antigua familia y es lo que hizo. Sobre este escándalo se fundó mi vida. No dije nada a nadie de la llamada. Caminé media hora para llegar al Hospital de Barcelona. Ahí estaba mi abuelo, sentado, con la respiración asistida, que se apartó para darme dos besos.Hablamos sobre cómo le había ido la vida, y cómo me había ido a mí. Uno no estrena abuelo cada día, y al ser a la vez un extraño, me sentía libre para explicarle cosas que normalmente no explicaba.Al cabo de una hora llegó una enfermera. Lo incorporó a la silla con su oxígeno, le puso una gorra y le dio unas gafas de sol. -Llévame a la escena del crimen, me dijo.-¿Cómo?, le pregunté-Todos estamos muertos en esta historia, Salvador, pero tú sólo sabes la mitad.Con «la escena del crimen» se refería a Semon. Al entrar dije que era el abuelo de un amigo, y nadie se fijó en un viejo con gorra, aunque quedaban empleados de aquella época que podían haberlo reconocido. Y cuando pasamos por el cuarto del vacío me dijo: «Esto era antes una habitación y aquí vi a tu abuela tirándose al encargado. Juan. Tú lo conoces, ¿no?». Y es verdad que en mi familia, a partir de aquel día, no fue fácil saber si todavía alguien permanecía en el reino de los vivos.Le dieron el alta al cabo de una semana pero no porque hubiera mejorado. Su esposa y sus cuatro hijos -de edades parecidas a la mía- llegaron para el traslado y fueron muy agradables y me invitaron a comer a su casa. Querían mucho a mi abuelo. Lo trataban con devoción, y una dulzura que yo nunca había visto en mi familia. La casa era más bien una mansión, en Llavaneras, con bosque y piscina, y una iglesia al fondo del jardín.Entre los Juegos, un abuelo recuperado, y unos tíos de mi edad con los que salíamos cada noche con la euforia de lo nuevo, pasé el verano más extraño y divertido de mi vida. Al final tuve que contárselo a mi madre, que también fue a visitarlo, aunque creo que más por incomodar a mi abuela que porque de verdad le emocionara la escena del reencuentro con el padre que la abandonó.Una tarde en el sofá del salón estábamos todos escuchando a mi abuelo contando una historia muy graciosa sobre cómo uno que le debía mucho dinero le pagó con unas tierras en Córdoba. Y en lugar de estar con todos, mi madre al teléfono, hablaba con mi abuela para reprocharle el daño que le había hecho.Mi abuelo me miró y luego dirigió la mirada a su hija mayor y me dijo:-No creo que puedas perdonarme, pero creo que puedes entenderme.A pesar de algún otro momento como éste, para uno roto como yo, tener de repente tíos y abuelo, y hasta una abuelastra, porque Susana era conmigo fantástica, fue muy emocionante, y el verano y las fiestas ayudaron a que no tuviera tiempo para pensar mucho porque estaba demasiado ocupado disfrutando.Los Juegos terminaron y al día siguiente mi abuelo murió y el funeral lo celebramos en su iglesia. Estuve triste, pero más abrumado que realmente triste. Mis tíos estaban desolados, y envidié que pudieran sentir tanta tristeza porque significaba que se habían sentido muy queridos por su padre. Al salir de la propiedad con mi madre, solos en el coche, vi su cara de obcecada que presagia los desastres: «A esta familia, no quiero que vuelvas a verla».
Al día siguiente de la inauguración de los Juegos de Barcelona sonó el teléfono antes de las 9 de la mañana.
-¿Salvador? No me conoces. Soy tu abuelo. El abuelo Jaume. Me estoy muriendo y me gustaría conocerte.
Se fugó con … una de 19 cuando su hija, que dos años más tarde sería mi madre, tenía 21. La nueva mujer le puso de condición romper con su antigua familia y es lo que hizo. Sobre este escándalo se fundó mi vida.
No dije nada a nadie de la llamada. Caminé media hora para llegar al Hospital de Barcelona. Ahí estaba mi abuelo, sentado, con la respiración asistida, que se apartó para darme dos besos.
Hablamos sobre cómo le había ido la vida, y cómo me había ido a mí. Uno no estrena abuelo cada día, y al ser a la vez un extraño, me sentía libre para explicarle cosas que normalmente no explicaba.
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Al cabo de una hora llegó una enfermera. Lo incorporó a la silla con su oxígeno, le puso una gorra y le dio unas gafas de sol.
-Llévame a la escena del crimen, me dijo.
-¿Cómo?, le pregunté
-Todos estamos muertos en esta historia, Salvador, pero tú sólo sabes la mitad.
Con «la escena del crimen» se refería a Semon. Al entrar dije que era el abuelo de un amigo, y nadie se fijó en un viejo con gorra, aunque quedaban empleados de aquella época que podían haberlo reconocido. Y cuando pasamos por el cuarto del vacío me dijo: «Esto era antes una habitación y aquí vi a tu abuela tirándose al encargado. Juan. Tú lo conoces, ¿no?».
Y es verdad que en mi familia, a partir de aquel día, no fue fácil saber si todavía alguien permanecía en el reino de los vivos.
Le dieron el alta al cabo de una semana pero no porque hubiera mejorado. Su esposa y sus cuatro hijos -de edades parecidas a la mía- llegaron para el traslado y fueron muy agradables y me invitaron a comer a su casa. Querían mucho a mi abuelo. Lo trataban con devoción, y una dulzura que yo nunca había visto en mi familia. La casa era más bien una mansión, en Llavaneras, con bosque y piscina, y una iglesia al fondo del jardín.
Entre los Juegos, un abuelo recuperado, y unos tíos de mi edad con los que salíamos cada noche con la euforia de lo nuevo, pasé el verano más extraño y divertido de mi vida. Al final tuve que contárselo a mi madre, que también fue a visitarlo, aunque creo que más por incomodar a mi abuela que porque de verdad le emocionara la escena del reencuentro con el padre que la abandonó.
Una tarde en el sofá del salón estábamos todos escuchando a mi abuelo contando una historia muy graciosa sobre cómo uno que le debía mucho dinero le pagó con unas tierras en Córdoba. Y en lugar de estar con todos, mi madre al teléfono, hablaba con mi abuela para reprocharle el daño que le había hecho.
Mi abuelo me miró y luego dirigió la mirada a su hija mayor y me dijo:
-No creo que puedas perdonarme, pero creo que puedes entenderme.
A pesar de algún otro momento como éste, para uno roto como yo, tener de repente tíos y abuelo, y hasta una abuelastra, porque Susana era conmigo fantástica, fue muy emocionante, y el verano y las fiestas ayudaron a que no tuviera tiempo para pensar mucho porque estaba demasiado ocupado disfrutando.
Los Juegos terminaron y al día siguiente mi abuelo murió y el funeral lo celebramos en su iglesia. Estuve triste, pero más abrumado que realmente triste. Mis tíos estaban desolados, y envidié que pudieran sentir tanta tristeza porque significaba que se habían sentido muy queridos por su padre.
Al salir de la propiedad con mi madre, solos en el coche, vi su cara de obcecada que presagia los desastres: «A esta familia, no quiero que vuelvas a verla».
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