Las personas, los seres humanos en general, somos especialistas en cambiar de nombre a las cosas para que volvamos a prestar atención. De hecho, han tenido que llegar un manojo de influencers para decirnos que lo que está de moda es farmear aura . Ya solo el verbo farmear debería estar prohibido. Tiene un sonido bastante molesto y en cierto modo me pide que signifique algo relacionado con la granja. Farmear podría ser ordeñar y después llevar la leche a los vecinos, segar el prado o incluso cambiar las camas de paja de las cuadras de los caballos. Farmear está más cerca de una vaca charolesa que de algo relacionado con brillar, pero bueno, hagamos caso omiso a lo que nos pide el sentido común y tratemos de afrontar este nuevo concepto de ‘farmear aura’ que tanto nos ha invadido en verano. La RAE admite ‘Farmear’ como un neologismo formado al añadir la terminación española –ear, a la voz inglesa farm (granja o cultivar), así que no parece que vaya muy alejado de lo que os decía de sacar leche a la vaca. Pero al añadirle lo del ‘aura’ la cosa se pone brillante, porque la RAE habla de un viento suave, un halo de energía o la presencia y carisma de una persona. Así que ya tenemos desgranado el concepto de cultivar el carisma de una persona como definición de farmear aura. La humanidad lleva varios miles de años haciendo esto y ha tenido que llegar TikTok para explicárnoslo. Porque farmear aura consiste básicamente en hacer algo que provoque en los demás la impresión de que uno tiene bastante más mundo del que realmente tiene. Aquí conviene comportarse con naturalidad, aunque la naturalidad requiera tres cuartos de hora de preparación. Unas gafas determinadas, un libro cuidadosamente elegido, una manera de pedir el café o un silencio oportuno con cara de interesante mirando al infinito. Hay personas que farmean aura por defecto. Apenas necesitan cuidados. Entran en un bar, saludan al camarero por su nombre y no piden nada porque le sirven lo de siempre. Eso son dos mil puntos sin haber llegado todavía a la barra. Si además el camarero contesta «ahora mismo, don Alfonso», estamos ante un eclipse de bar.Otros, sin embargo, necesitan una guía para la foto. Estos llevan un libro debajo del brazo que jamás abrirán, unas gafas de sol incluso dentro de los garajes y conocen restaurantes donde resulta imposible conseguir mesa porque jamás la han conseguido. Dicen cosas como «ese sitio se ha puesto imposible» y «yo iba antes de que…». El «yo iba antes» constituye uno de los grandes recursos del aura contemporánea. Sirve para restaurantes, grupos de música, playas, barrios y escritores. Si mañana descubren un planeta habitable a cuarenta años luz, antes de Navidad aparecerá alguien diciendo que estuvo allí cuando todavía no iba nadie. También se farmea muchísimo marchándose. Hay una enorme cantidad de aura en saber irse. Abandonar una fiesta sin anunciarlo, pagar la cuenta sin que nadie lo vea o desaparecer de una terraza mientras los demás discuten dónde tomar la última. El verdadero agricultor del aura jamás dice «bueno, chicos, yo me voy», porque entonces comienza una despedida de veinte minutos, aparecen los abrazos, alguien pregunta por tu próximo libro y terminas esperando un taxi junto a un contenedor amarillo sabiendo que así no se farmea. Pero el problema de verdad llega cuando uno descubre que está farmeando. A partir de ahí se acaba el negocio.Porque lo del aura necesita que parezca accidental. En cuanto alguien coloca cuidadosamente un libro de Camus encima de la mesa para que aparezca en una fotografía, Camus pierde interés y el interesado pierde aura. Si además el libro está abierto por la página doce desde hace tres semanas, estamos ante una plaga de pretendientes que acabarán con el ser humano tal y como lo conocemos. También existe, naturalmente, la posibilidad de perder aura y en vez de farmear, hablamos de «resetear aura» .Correr detrás de un autobús resetea aura. Muchísima. Que no te abran la puerta automática del supermercado obliga a empezar prácticamente desde cero. Tropezar subiendo a un escenario puede arruinar una carrera musical. Y pocas cosas provocan una pérdida tan rápida como intentar abrir una puerta empujando cuando pone TIRAR y descubrir que había alguien mirando al otro lado. Eso casi resta tanto como tomarse en serio a David Uclés. La edad ayuda bastante porque llega un momento en que uno deja de preocuparse por estas cosas. Entonces aparece una forma superior de aura: la de la persona a la que todo le importa un higo.Ese hombre lleva los mismos zapatos desde 1996, pide una caña sin especificar marca, desconoce qué significa outfit y jamás ha pronunciado la palabra random. Sale de casa vestido como le parece y cuando alguien le pregunta dónde compró la camisa necesita mirar la etiqueta. No está cultivando absolutamente nada y, sin embargo, tiene el campo de aura hasta arriba.La cosa es que llevamos demasiado tiempo poniendo nombres nuevos a comportamientos viejos . Hemos convertido el prestigio en aura, el aparentar en farmear y la personalidad en contenido. Dentro de unos años inventaremos seguramente una expresión inglesa para sentarse tranquilamente en un banco a ver pasar la tarde. Entonces vendrá un influencer a explicarnos cómo se hace porque no es lo mismo sentarse a descansar en un paseo que hacerlo para posar como si descansáramos del paseo. Toda la vida llamándolo estilo y resulta que ahora se trata de confirmar que uno es más idiota de lo que parece ser. Las personas, los seres humanos en general, somos especialistas en cambiar de nombre a las cosas para que volvamos a prestar atención. De hecho, han tenido que llegar un manojo de influencers para decirnos que lo que está de moda es farmear aura . Ya solo el verbo farmear debería estar prohibido. Tiene un sonido bastante molesto y en cierto modo me pide que signifique algo relacionado con la granja. Farmear podría ser ordeñar y después llevar la leche a los vecinos, segar el prado o incluso cambiar las camas de paja de las cuadras de los caballos. Farmear está más cerca de una vaca charolesa que de algo relacionado con brillar, pero bueno, hagamos caso omiso a lo que nos pide el sentido común y tratemos de afrontar este nuevo concepto de ‘farmear aura’ que tanto nos ha invadido en verano. La RAE admite ‘Farmear’ como un neologismo formado al añadir la terminación española –ear, a la voz inglesa farm (granja o cultivar), así que no parece que vaya muy alejado de lo que os decía de sacar leche a la vaca. Pero al añadirle lo del ‘aura’ la cosa se pone brillante, porque la RAE habla de un viento suave, un halo de energía o la presencia y carisma de una persona. Así que ya tenemos desgranado el concepto de cultivar el carisma de una persona como definición de farmear aura. La humanidad lleva varios miles de años haciendo esto y ha tenido que llegar TikTok para explicárnoslo. Porque farmear aura consiste básicamente en hacer algo que provoque en los demás la impresión de que uno tiene bastante más mundo del que realmente tiene. Aquí conviene comportarse con naturalidad, aunque la naturalidad requiera tres cuartos de hora de preparación. Unas gafas determinadas, un libro cuidadosamente elegido, una manera de pedir el café o un silencio oportuno con cara de interesante mirando al infinito. Hay personas que farmean aura por defecto. Apenas necesitan cuidados. Entran en un bar, saludan al camarero por su nombre y no piden nada porque le sirven lo de siempre. Eso son dos mil puntos sin haber llegado todavía a la barra. Si además el camarero contesta «ahora mismo, don Alfonso», estamos ante un eclipse de bar.Otros, sin embargo, necesitan una guía para la foto. Estos llevan un libro debajo del brazo que jamás abrirán, unas gafas de sol incluso dentro de los garajes y conocen restaurantes donde resulta imposible conseguir mesa porque jamás la han conseguido. Dicen cosas como «ese sitio se ha puesto imposible» y «yo iba antes de que…». El «yo iba antes» constituye uno de los grandes recursos del aura contemporánea. Sirve para restaurantes, grupos de música, playas, barrios y escritores. Si mañana descubren un planeta habitable a cuarenta años luz, antes de Navidad aparecerá alguien diciendo que estuvo allí cuando todavía no iba nadie. También se farmea muchísimo marchándose. Hay una enorme cantidad de aura en saber irse. Abandonar una fiesta sin anunciarlo, pagar la cuenta sin que nadie lo vea o desaparecer de una terraza mientras los demás discuten dónde tomar la última. El verdadero agricultor del aura jamás dice «bueno, chicos, yo me voy», porque entonces comienza una despedida de veinte minutos, aparecen los abrazos, alguien pregunta por tu próximo libro y terminas esperando un taxi junto a un contenedor amarillo sabiendo que así no se farmea. Pero el problema de verdad llega cuando uno descubre que está farmeando. A partir de ahí se acaba el negocio.Porque lo del aura necesita que parezca accidental. En cuanto alguien coloca cuidadosamente un libro de Camus encima de la mesa para que aparezca en una fotografía, Camus pierde interés y el interesado pierde aura. Si además el libro está abierto por la página doce desde hace tres semanas, estamos ante una plaga de pretendientes que acabarán con el ser humano tal y como lo conocemos. También existe, naturalmente, la posibilidad de perder aura y en vez de farmear, hablamos de «resetear aura» .Correr detrás de un autobús resetea aura. Muchísima. Que no te abran la puerta automática del supermercado obliga a empezar prácticamente desde cero. Tropezar subiendo a un escenario puede arruinar una carrera musical. Y pocas cosas provocan una pérdida tan rápida como intentar abrir una puerta empujando cuando pone TIRAR y descubrir que había alguien mirando al otro lado. Eso casi resta tanto como tomarse en serio a David Uclés. La edad ayuda bastante porque llega un momento en que uno deja de preocuparse por estas cosas. Entonces aparece una forma superior de aura: la de la persona a la que todo le importa un higo.Ese hombre lleva los mismos zapatos desde 1996, pide una caña sin especificar marca, desconoce qué significa outfit y jamás ha pronunciado la palabra random. Sale de casa vestido como le parece y cuando alguien le pregunta dónde compró la camisa necesita mirar la etiqueta. No está cultivando absolutamente nada y, sin embargo, tiene el campo de aura hasta arriba.La cosa es que llevamos demasiado tiempo poniendo nombres nuevos a comportamientos viejos . Hemos convertido el prestigio en aura, el aparentar en farmear y la personalidad en contenido. Dentro de unos años inventaremos seguramente una expresión inglesa para sentarse tranquilamente en un banco a ver pasar la tarde. Entonces vendrá un influencer a explicarnos cómo se hace porque no es lo mismo sentarse a descansar en un paseo que hacerlo para posar como si descansáramos del paseo. Toda la vida llamándolo estilo y resulta que ahora se trata de confirmar que uno es más idiota de lo que parece ser.
Las personas, los seres humanos en general, somos especialistas en cambiar de nombre a las cosas para que volvamos a prestar atención. De hecho, han tenido que llegar un manojo de influencers para decirnos que lo que está de moda es farmear aura. … Ya solo el verbo farmear debería estar prohibido. Tiene un sonido bastante molesto y en cierto modo me pide que signifique algo relacionado con la granja. Farmear podría ser ordeñar y después llevar la leche a los vecinos, segar el prado o incluso cambiar las camas de paja de las cuadras de los caballos. Farmear está más cerca de una vaca charolesa que de algo relacionado con brillar, pero bueno, hagamos caso omiso a lo que nos pide el sentido común y tratemos de afrontar este nuevo concepto de ‘farmear aura’ que tanto nos ha invadido en verano.
La RAE admite ‘Farmear’ como un neologismo formado al añadir la terminación española –ear, a la voz inglesa farm (granja o cultivar), así que no parece que vaya muy alejado de lo que os decía de sacar leche a la vaca. Pero al añadirle lo del ‘aura’ la cosa se pone brillante, porque la RAE habla de un viento suave, un halo de energía o la presencia y carisma de una persona. Así que ya tenemos desgranado el concepto de cultivar el carisma de una persona como definición de farmear aura.
La humanidad lleva varios miles de años haciendo esto y ha tenido que llegar TikTok para explicárnoslo. Porque farmear aura consiste básicamente en hacer algo que provoque en los demás la impresión de que uno tiene bastante más mundo del que realmente tiene. Aquí conviene comportarse con naturalidad, aunque la naturalidad requiera tres cuartos de hora de preparación. Unas gafas determinadas, un libro cuidadosamente elegido, una manera de pedir el café o un silencio oportuno con cara de interesante mirando al infinito. Hay personas que farmean aura por defecto. Apenas necesitan cuidados. Entran en un bar, saludan al camarero por su nombre y no piden nada porque le sirven lo de siempre. Eso son dos mil puntos sin haber llegado todavía a la barra. Si además el camarero contesta «ahora mismo, don Alfonso», estamos ante un eclipse de bar.
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Otros, sin embargo, necesitan una guía para la foto. Estos llevan un libro debajo del brazo que jamás abrirán, unas gafas de sol incluso dentro de los garajes y conocen restaurantes donde resulta imposible conseguir mesa porque jamás la han conseguido. Dicen cosas como «ese sitio se ha puesto imposible» y «yo iba antes de que…». El «yo iba antes» constituye uno de los grandes recursos del aura contemporánea. Sirve para restaurantes, grupos de música, playas, barrios y escritores. Si mañana descubren un planeta habitable a cuarenta años luz, antes de Navidad aparecerá alguien diciendo que estuvo allí cuando todavía no iba nadie.
También se farmea muchísimo marchándose. Hay una enorme cantidad de aura en saber irse. Abandonar una fiesta sin anunciarlo, pagar la cuenta sin que nadie lo vea o desaparecer de una terraza mientras los demás discuten dónde tomar la última. El verdadero agricultor del aura jamás dice «bueno, chicos, yo me voy», porque entonces comienza una despedida de veinte minutos, aparecen los abrazos, alguien pregunta por tu próximo libro y terminas esperando un taxi junto a un contenedor amarillo sabiendo que así no se farmea. Pero el problema de verdad llega cuando uno descubre que está farmeando. A partir de ahí se acaba el negocio.
Porque lo del aura necesita que parezca accidental. En cuanto alguien coloca cuidadosamente un libro de Camus encima de la mesa para que aparezca en una fotografía, Camus pierde interés y el interesado pierde aura. Si además el libro está abierto por la página doce desde hace tres semanas, estamos ante una plaga de pretendientes que acabarán con el ser humano tal y como lo conocemos. También existe, naturalmente, la posibilidad de perder aura y en vez de farmear, hablamos de «resetear aura».
Correr detrás de un autobús resetea aura. Muchísima. Que no te abran la puerta automática del supermercado obliga a empezar prácticamente desde cero. Tropezar subiendo a un escenario puede arruinar una carrera musical. Y pocas cosas provocan una pérdida tan rápida como intentar abrir una puerta empujando cuando pone TIRAR y descubrir que había alguien mirando al otro lado. Eso casi resta tanto como tomarse en serio a David Uclés. La edad ayuda bastante porque llega un momento en que uno deja de preocuparse por estas cosas. Entonces aparece una forma superior de aura: la de la persona a la que todo le importa un higo.
Ese hombre lleva los mismos zapatos desde 1996, pide una caña sin especificar marca, desconoce qué significa outfit y jamás ha pronunciado la palabra random. Sale de casa vestido como le parece y cuando alguien le pregunta dónde compró la camisa necesita mirar la etiqueta. No está cultivando absolutamente nada y, sin embargo, tiene el campo de aura hasta arriba.
La cosa es que llevamos demasiado tiempo poniendo nombres nuevos a comportamientos viejos. Hemos convertido el prestigio en aura, el aparentar en farmear y la personalidad en contenido. Dentro de unos años inventaremos seguramente una expresión inglesa para sentarse tranquilamente en un banco a ver pasar la tarde. Entonces vendrá un influencer a explicarnos cómo se hace porque no es lo mismo sentarse a descansar en un paseo que hacerlo para posar como si descansáramos del paseo. Toda la vida llamándolo estilo y resulta que ahora se trata de confirmar que uno es más idiota de lo que parece ser.
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