A comienzos del siglo, hablar de un certamen de música clásica de talla internacional en Colombia, y aún más en el Caribe, era tan increíble como improbable. Hoy, sin embargo, el Festival de Música de Cartagena cumple 20 años ininterrumpidos de trabajo y tres de haber sido declarado Patrimonio Cultural de la Nación. A sus escenarios confluyen cada año más de 15.000 turistas. Llegan a disfrutar del talento nacional y mundial del más alto nivel y a escuchar algunas de las obras más emblemáticas de la música clásica. Una expresión que, además de acercarnos al arte, nos propone una nueva manera de relacionarnos como sociedad: desde la pausa, la escucha y la armonía entre lo distinto.
Más de 509.000 espectadores han disfrutado las veinte versiones del Festival de Música de Cartagena, un espacio que apuesta por devolverle a la música su sentido profundo de transformar vidas
A comienzos del siglo, hablar de un certamen de música clásica de talla internacional en Colombia, y aún más en el Caribe, era tan increíble como improbable. Hoy, sin embargo, el Festival de Música de Cartagena cumple 20 años ininterrumpidos de trabajo y tres de haber sido declarado Patrimonio Cultural de la Nación. A sus escenarios confluyen cada año más de 15.000 turistas. Llegan a disfrutar del talento nacional y mundial del más alto nivel y a escuchar algunas de las obras más emblemáticas de la música clásica. Una expresión que, además de acercarnos al arte, nos propone una nueva manera de relacionarnos como sociedad: desde la pausa, la escucha y la armonía entre lo distinto.
La responsable de esa gran hazaña es su directora, Julia Salvi (Cali, 71 años), también creadora de la Fundación Salvi. En su actitud, y hasta en el tono de su voz, Salvi ha adoptado la calidez de la música que la ha acompañado toda su vida. A muy corta edad, cuando esa música sonaba a guitarras y acordeones, dejó la carrera de Economía en la Universidad Javeriana de Bogotá y se fue a Londres a estudiar inglés.
Salvi es reflexiva, rigurosa, ambiciosa y decidida; en sus propias palabras, “insiste muchísimo cuando cree profundamente en algo”. Esa insistencia la llevó, junto a su esposo Víctor Salvi —luthier y arpista italo-estadounidense fallecido en 2015, el responsable de introducirla en el universo musical europeo—, a perseguir una convicción después de 30 años de matrimonio: que Colombia merecía conectarse con los más altos niveles de excelencia del mundo, tanto en presentaciones artísticas como en formación académica y cultural. “El Festival nació alrededor de la música, pero muy pronto entendimos que podía convertirse en el punto de encuentro de algo mucho mayor: educación, disciplina, conocimiento, intercambio entre generaciones, sentido de pertenencia y oportunidades reales de crecimiento”, explica Salvi.
A lo largo de sus 20 ediciones, la Fundación ha reunido a 3.920 artistas, presentado 529 conciertos, ofrecido más de 2.700 horas de clases magistrales y convocado a más de 509.000 espectadores. Además, ha capacitado a 13.000 personas en sus centros de luthería y ha generado impacto en 80 barrios de Cartagena.
Por otro lado, la Fundación, junto con empresas aliadas, desarrolla en La Boquilla el proyecto Armonía en PROgreso, que enseña a tocar instrumentos a jóvenes del sector. Un esfuerzo que ha logrado, entre otros resultados, una beca para la escuela de música Berklee, de Boston, otra para el festival italiano Umbria Jazz, y la conformación de una big band de jazz y una banda sinfónica. Asimismo, creó el Ibagué Festival, que en sus seis ediciones ya ha convocado a casi 40.000 asistentes.
Logros como estos llevaron a Julia a recibir, en 2019, la Orden de Estrella de Italia, del Gobierno de ese país. A su vez, la prestigiosa revista europea Classic FM escogió al Festival como uno de los 10 más mágicos del planeta. Pero, lejos de los títulos y las distinciones, Salvi prefiere que la recuerden por algo más sencillo: por no haberle tenido miedo nunca a la palabra “exigencia” y por poner “acordes de humanidad” en cada proyecto.
Tiene claro que su trabajo la trasciende. “Cuando algo que uno ha ayudado a construir deja de ser solamente un proyecto y es reconocido como Patrimonio, uno comprende que ya no le pertenece. Pertenece a la ciudad, al país y, de alguna manera, a las generaciones que vienen”, asegura. Casos como los del chelista Santiago Cañón, la violinista Laura Hoyos y la soprano Julieth Lozano, hoy reconocidos mundialmente, son un ejemplo de hasta dónde puede llegar una oportunidad cuando confluyen el talento, la disciplina y el acompañamiento.
Ella sostiene que su liderazgo no nació de teorías, sino de los desafíos que ha enfrentado como mujer, embajadora cultural y madre de dos hijos: “Cuando no existen suficientes recursos, cuando algo parece imposible, cuando una puerta se cierra, cuando hay que empezar nuevamente o reconocer un error, uno descubre realmente de qué está hecho”, dice. Quizá esa capacidad de sobreponerse e insistir, acompañada de la calidez de su característica actitud maternal, la convirtieron en un ejemplo para quienes apuestan por la gestión cultural como herramienta para transformar la sociedad.
Salvi se define a sí misma como una melómana que disfruta la música popular y el vallenato tanto como la clásica. Por eso, afirma, no le gusta que ésta se asocie a ciertos estratos, ni la considera superior a otros géneros. Pero sí sostiene que tiene la virtud de enseñarnos a convivir: “Nos invita a esperar y a poner atención; a reconocer cuándo una voz debe aparecer o no. Cada músico puede ser extraordinario individualmente, pero solo existe una orquesta cuando todos aprenden a escucharse. Ojalá, como país, pudiéramos aprender algo de eso”, comenta.
Esta mujer, que a los 16 años les dijo a sus padres que quería ser monja para enfrentar las injusticias sociales, afirma haber encontrado en la música clásica el tipo de liderazgo que necesita Colombia: uno capaz de escuchar antes de hablar, reunir antes que dividir y pensar más allá del resultado inmediato. “El liderazgo aparece cuando somos capaces de poner nuestras capacidades al servicio de algo que nos trasciende. Un país progresa cuando cada generación puede comenzar un poco más adelante de donde terminó la anterior”, dice. Su trabajo, sin duda, convirtió esa convicción en transformaciones sociales que quedarán en nuestra memoria colectiva, así como una melodía que encuentra la manera de seguir sonando después del último acorde.
EL PAÍS
