La semana antes del estreno, una amiga me remitió al estudio de una diseñadora de moda joven e independiente, Rachel Antonoff, para que allí me prestasen algo de ropa de cara a las diversas entrevistas que tenía por delante. Rachel era una persona encantadora del sur de Manhattan que hacía vestidos retro de marinera, vestidos de gala sin tirantes de lamé tornasolado y pantalones cortos estampados de satén con blusas plisadas a juego. Era justo el tipo de vestimenta que me llamaba, divertida, un poco cursi, pero firmemente femenina.
La semana antes del estreno, una amiga me remitió al estudio de una diseñadora de moda joven e independiente, Rachel Antonoff, para que allí me prestasen algo de ropa de cara a las diversas entrevistas que tenía por delante. Rachel era una persona encantadora del sur de Manhattan que hacía vestidos retro de marinera, vestidos de gala sin tirantes de lamé tornasolado y pantalones cortos estampados de satén con blusas plisadas a juego. Era justo el tipo de vestimenta que me llamaba, divertida, un poco cursi, pero firmemente femenina. Seguir leyendo
La semana antes del estreno, una amiga me remitió al estudio de una diseñadora de moda joven e independiente, Rachel Antonoff, para que allí me prestasen algo de ropa de cara a las diversas entrevistas que tenía por delante. Rachel era una persona encantadora del sur de Manhattan que hacía vestidos retro de marinera, vestidos de gala sin tirantes de lamé tornasolado y pantalones cortos estampados de satén con blusas plisadas a juego. Era justo el tipo de vestimenta que me llamaba, divertida, un poco cursi, pero firmemente femenina.
En su pequeña oficina del centro, me probé una serie de vestidos y estuvimos charlando. De inmediato hicimos buenas migas y hablamos de todo, desde nuestra ansiedad social hasta nuestra adoración por los productos del International House of Pancakes o lo brutal que era tener citas en Nueva York.
“Deberías conocer a mi hermano, Jack —me dijo—. Es la persona más graciosa, más rara y más acogedora del mundo”. Le contesté que “acogedor” era mi palabra favorita del mundo: “Toca en un grupo, y no hace más que conocer a tías que no le convienen. Todas quieren ser modelos, o famosas. Pero él no es más que un chaval dulce al que le encanta ser acogedor”.
Yo ya conocía a su hermano. Unas semanas antes, mi padre me había dejado el suplemento cultural a las faldas de la cama, como solía hacer cuando leía un artículo que pensaba que podía interesarme. Su intención era que viese algo en la primera mitad de la página sobre un novelista con un TOC incapacitante, pero a mí se me fueron los ojos hacia una foto que había más abajo: tres chicos hipster vestidos de esmoquin, miembros de un grupo de música que al parecer era cada vez más conocido llamado fun. (la minúscula y el punto eran una refinada decisión). Me centré en una cara, en unos ojos grandes tras unas gafas de montura negra y gruesa. Me di cuenta de que lo había visto tocar casi diez años antes, con su grupo anterior, Steel Train, en mi primer curso universitario, cuando me había encaprichado de un guitarrista hasta el punto de que me recorría la ciudad entera por estar cerca de él. “¿Ese tío salía con Scarlett Johansson?”, me susurró mi guitarrista mientras los veíamos tocar, burlándose claramente de las pintas de friki de Jack. Luego, estando ya fuera, en Ludlow Street, vi a Jack y a los miembros de su grupo cargando el equipo en una furgoneta.

“Ha estado guay”, murmuré, muerta de vergüenza cuando tuve que volver a repetirlo, más alto.
Lo de “deberías salir con mi hermano” parecía ser lo típico que se dice y se olvida de inmediato. Al fin y al cabo, Rachel y yo nos conocíamos desde hacía un total de treinta minutos. Sin embargo, unos días después, me apareció un mensaje de correo electrónico en la bandeja de entrada:
¡Ey! Soy Jack. Rachel dice que eres graciosa y cree que nos llevaríamos guay. Igual podríamos cenar un día. Si no, sin problema. ¡Hasta luego!.
Me dirigía a nuestra cita, en un bonito restaurante del sur de Manhattan. Pese a haberme arreglado muy temprano y a haber tenido varias horas muertas antes de salir de casa (me quité un vestido blanco con vuelo que Jenni consideraba “un poco excesivo en su mensaje de ‘es la mejor noche de mi vida” y me puse una blusa de seda rosa y unos vaqueros ajustados), se me hizo tarde. Le escribí para disculparme y él me respondió a los segundos: “No te preocupes. Estoy aquí viendo a una pareja que está teniendo una cita horrible. Espero que no nos pase igual”.
Cuando entré, empapada por la lluvia y con el corazón a mil al darme cuenta de que en realidad nunca había tenido una cita, Jack estaba sentado a la barra, con una camiseta de mujer de cuello barco y rayas amarillas y blancas bajo un jersey de abuelo color verde claro con una chapa de Daria. Alargué la mano para estrechar la suya, pero tiró de mí para rodearme con un solo brazo, algo que luego acabé por reconocer como una maniobra para evitar el apretón de manos, un síntoma de su profunda germofobia que, como efecto accidental, lo hacía parecer sumamente afectuoso con los desconocidos.
Al llegar a nuestra mesa ya estábamos hablándonos rápido, como en una entrega de premios en la que el tiempo para los discursos es limitado. Jack pidió pollo frito con miel y lamió el cuchillo serrado sin dejar de mirarme, lo que me sacó de las entrañas una risa tan genuina que se me salió el agua con gas por la nariz. Yo no tenía claro qué pedir.
—¿Qué pedirías si no hubiese nadie mirando? —me preguntó.
—Una hamburguesa con queso.
—Pues eso vas a comer.
Ambos bebimos alcohol: él se tomó una copa de Laphroaig y yo elegí un rosado, aunque ninguno de los dos volvió a pedir nada alcohólico mientras estuvimos juntos. Me hizo reír con preguntas de un grandioso tono abstracto (“¿No te parece una paranoia que los niños sean literalmente el resultado de follar? ¿No deberían ser dos cosas independientes? Es decir, ¿no preferirías que tu hijo viniera de un apretón de manos y no de un orgasmo?”) y a su vez él se rio con mis bromas más raras. Me desarmó con su sinceridad; antes incluso de que llegaran los entrantes me había hablado de la aventura que tuvo con una lesbiana, de sus padres, que vivían separados aunque sin divorciarse (“No sé, parece que les funciona”), y de la neumonía que casi lo había matado el año anterior y que lo había dejado obsesionado con la salud pulmonar y la desinfección de los objetos domésticos.
Me comentó que había visto el primer capítulo de Girls. “Eres como una Woody Allen moderna, y eso es lo más bonito que podría decirle yo a cualquier persona” (en aquella época, lo era). Yo no paraba de pensar: ¿Así son las citas con personas de verdad? Me daba la sensación de que aquel era el premio que se me concedía por todos los encuentros de los que había salido magullada y sangrando, por todos los chicos y hombres que habían usado mi cuerpo como un calcetín en el que correrse, la recompensa a la paciencia y al trabajo duro, una señal de que las cosas, de verdad, en serio, empezaban a alinearse.
Semanas antes, mientras paseaba por la calle, me decía a mí misma: Si ya has encontrado el trabajo de tu vida no esperes encontrar al amor de tu vida también. Puede que solo consigamos una parte de lo que queremos. Y ahí estaba ese chico amable y divertido, pagándome la cena. Cuando puso la tarjeta en el lector, protesté y me dijo: “Con esta tarjeta me dan puntos de aerolínea, así que en realidad es como si me estuvieras invitando tú a una copa en pleno vuelo”.
Al salir a la calle caía un chaparrón aún más fuerte. Jack había ido en coche desde Nueva Jersey, donde aún vivía en la casa de su familia. Pese a la reciente “re-Nora-ción” de mi apartamento, yo seguía pasando la mitad de la semana en casa de mis padres, así que se ofreció a llevarme las veinte manzanas que me separaban de allí. De camino al coche, colocó la gabardina de forma que nos cubriera la cabeza a los dos. Éramos como los amantes en primavera de mi cuadro favorito del Met, refugiándose de una tormenta bajo una tela diáfana.
Cuando me abrió la puerta del coche me dijo:
—Mi padre tiene una empresa de suplementos, así que perdona si el coche huele a aleta de tiburón o algo de eso.
Tras emprender la marcha, empezó a sonar por la radio su éxito We Are Young.
—Guau. Es la primera vez que me escucho a mí mismo en la radio.
Luego me contó que eso no era del todo cierto; había soltado una mentirijilla para que el momento fuese especial, y con eso consiguió gustarme aún más.
—¿Tu grupo hace coreografías? —le pregunté, y me arrepentí de inmediato.
—¿Coreografías? No. Hacemos rock. Pero si quieres que las adoptemos, lo sugeriré. ¿Te apetece rollo hip-hop o algo más interpretativo?
Me acompañó andando hasta la puerta y (en el vestíbulo en el que una vez me había quedado atrapada con el padre de Jenni soltando improperios) me besó y se le empañaron las gafas. Se las subió a la cabeza.
—¿Repetimos? —me preguntó.
Y volvimos a besarnos, con más suavidad esa vez. Cuando se marchó caminando hacia atrás, sonriendo, me dijo:
—¿Puedo verte mañana?
Arriba, mis padres ya se habían acostado pero tenían las luces aún encendidas; mi padre estaba leyendo sobre la historia de la escultura mesopotámica y mi madre hojeaba un número de Vogue. Les conté mi cita de un tirón: que el chico era muy divertido, mono pero no en plan obvio, caballeroso pero no en plan cursi, abierto y raro.
—Es supergracioso, y tampoco se ha ido de casa todavía, y también tiene TOC y problemas del sistema inmune, y a él también le encanta Robyn, y parece que podría ser muy buen novio.
—Ay, Dios mío —respondió mi madre poniendo los ojos en blanco, en broma—. No vamos a poder con dos como tú.
—No corras tanto, cielo —me dijo mi padre, aunque vi cómo le asomaba una sonrisa en los labios finos y serios—. Me alegro de que lo hayas pasado bien.
La tarde siguiente, Jack y yo volvimos a vernos en el único bar-cafetería barato que quedaba en Tribeca, un vagón de tren plateado que asomaba por el lateral de una fábrica antigua. A las seis se iba de viaje con el autobús del grupo, así que tratamos de aprovechar al máximo la hora que teníamos. Cuando nos terminamos los sándwiches de queso a la plancha, se dio cuenta de que se había olvidado la cartera. “Joder, qué vergüenza. Las chicas de Jackie no pagan nunca”, soltó. Y a mí me pareció la cosa más graciosa que hubiese dicho alguien en la vida.
Antes de que lograse dar con una solución, la mánager de la gira llamó a la ventana con los nudillos y se encogió de hombros, como diciendo: “¿Qué pasa, colega?”.
“¿Ya?”, le contestó Jack gesticulando con la boca.
“Ya”, gesticuló ella en respuesta. Su pelo oscuro en bouffant y sus cejas góticas arqueadas resaltaban bajo la luz del ocaso en Church Street.
Le dije a Jack que pagaría yo encantada y bajé chirriando del taburete de vinilo para salir a la calle a sacar dinero. Me había puesto la misma camiseta de cuello barco a rayas con la que él se había presentado la noche anterior (para demostrarle que no mentía cuando le dije que tenía una igual), una minifalda de tablas y una chaqueta corta que era muy 2010 para 2012, y tenía el pelo enrollado en un recogido. Intenté que no se me notara que llevaba pensando en él desde la noche anterior de manera casi febril, ni que incluso había visto vídeos suyos de YouTube en la oficina.
Meses antes, mi madre me había mandado a una vidente que vivía en un apartamento diminuto de una comunidad de alquiler en Prince Street. Esa mujer era “lo más”, según ella, que tiene a los videntes en mayor estima que a médicos y a terapeutas, una de las contradicciones innatas de su naturaleza tan práctica que resulta hasta agresiva. Esta vidente en cuestión llevaba ejerciendo desde principios de los ochenta y era la autora de un libro titulado Small Mediums at Large (hablando de médiums pequeños, ella apenas llegaba al metro y medio). Mientras sacaba cartas me preguntó qué quería saber.
—¿Voy a encontrar el amor alguna vez? —le pregunté antes siquiera de haber pensado qué era lo que quería saber.
Me avergonzó lo rápido que me salió esa pregunta, la necesidad y la esperanza.
La vidente cerró los ojos.
—Está en camino. Toca la guitarra… Le veo las manos. Y lo veo… Lo veo reírse al otro lado de un cristal.
Volviendo del cajero a nuestra mesa, pasé junto al ventanal y lo vi con el móvil, con la cabeza gacha, asintiendo. Rasqué en el cristal y, como no me miró, di unos golpecitos. Levantó entonces la vista y le sonreí. Bajó la comisura de los labios en una mueca fingida y negó con la cabeza, diciendo “no” con el dedo como si yo fuese una cría a la que hubiese pillado desafiando órdenes paternas.
Y entonces, al otro lado de la ventana, tal y como había prometido la vidente pequeña, echó la cabeza hacia atrás y se rio.

Para cuando se emitió el tercer capítulo ya empezaba a quedar claro que la gente estaba reaccionando con intensidad a la serie: era lo más gracioso que había en televisión; no tenía ni pizca de gracia; era más Nueva York que Nueva York; era limitada, blanca y privilegiada; el reparto era un puñado de ‘hijas de’. Por suerte, el término nepo baby todavía no se había inventado, pero el hecho de que todas tuviéramos padres con diversas afiliaciones a las artes y el entretenimiento era un tema constante de conversación. Daba igual que ningún espectador de HBO hubiese oído hablar jamás de mis padres, salvo quienes hubiesen recorrido algunos de los rincones más tranquilos del MoMA y se hubiesen dedicado a leer las cartelas con detenimiento.
“¿Y yo qué?”, preguntaba Adam en la época en la que el portal Gawker pasó a referirse a todas nosotras con apodos ingeniosos como “la hija de Brian Williams” y “la hija de David Mamet” en el ejercicio de sarcasmo casi permanente que eran sus coberturas periodísticas. “Mi padre tiene una copistería en Indiana, ¿es que eso no cuenta?”.
Mi madre se ponía como loca. “¡Somos artistas! —decía a gritos—. ¡Vivimos con lo justo! Nos las apañamos. Unos años se dan mejor que otros. ¿Es que nadie lo entiende?”.
No, mamá. No lo entienden.
Mis padres siempre estaban reubicando las piezas del tablero, haciendo malabares con las cuentas bancarias para capear la inviabilidad de las carreras profesionales que habían elegido y que no tuviéramos que marcharnos de la ciudad, susurrando tras las puertas (bueno, susurrando sin más; en nuestro loft no había más puertas que la corredera, rota, del único baño, que siempre estaba ocupado). ¿Lograrían cubrir otro año más de enseñanza privada para que la ansiosa de su hija, que necesitaba “una atención muy especial”, acabase tercero de secundaria? ¿Sería por fin ese el año en el que tendrían que abandonar la ciudad y me matricularían en un instituto público de Connecticut? Esta descripción no es ningún intento de dar pena. En nuestra familia nadie ha dudado nunca de la suerte que tuvieron mis padres por poder ganarse la vida como artistas. Nos machacaban con eso ya desde pequeños: el privilegio que suponía trabajar por cuenta propia haciendo algo que de verdad era una vocación. Ahora bien, los artistas son maestros de la ilusión. Ya desde los tiempos en los que se introdujeron en las cortes renacentistas, gracias a sus mecenas, cuando tenían que lucir prendas aristocráticas, sabían sacar algo de donde no había nada, crear vidas plenísimas y ornamentadas a partir de las migajas que les caían procedentes de las vacas gordas de la auténtica riqueza. Mis padres no se diferenciaban en nada de ellos, y eso resulta palpable en la historia que hay detrás de todos los objetos de nuestra casa: un trueque, algo de segunda mano, un trato increíble por una pieza localizada y obtenida en circunstancias absurdas. Mi madre, especialmente, se enorgullecía de esos malabarismos; no le quedaba más remedio, para mantenerse ajena al miedo.
Por mi culpa, mi madre tenía la sensación de que su propia historia se le escurría de entre las manos, la historia que se contaba a sí misma sobre cómo había logrado dedicarse al arte contra todo pronóstico. Sin embargo, tener lo justo para mantener el lustre del capital cultural equivalía a ostentar el capital en sí. Internet no atendía a matices.
La primera vez que mis padres aparecieron mencionados en la prensa como “los padres artistas de Lena Dunham” estuvo bien. Cuando el asunto llegó a las conversaciones mantenidas en inauguraciones y cenas, no tanto. Y cuando en un artículo se destacaba una imagen de la obra de mi padre como una prueba fehaciente de la perversión izquierdista de unos padres capaces de engendrar a una narcisista obsesionada con el sexo, aquello dejó de tener gracia y empezó a desbaratar todo posible relato que sirviera para protegernos.
“Tus padres deben de estar muy orgullosos de ti”, me murmuraban admirados los adultos en reuniones, sesiones de fotos, programas de televisión nacionales.
Pero yo no estaba tan segura. En cierto modo, las personas a las que toda mi vida había intentado emular e impresionar parecían más incomodadas que asombradas, más alteradas que conmovidas. Siempre habíamos sido capaces de hablar de todo; era el superpoder de nuestra casa, nuestra manera de sortear los giros y las sorpresas de la vida. No obstante, pronto me quedó claro que no puedes preguntarles a tus padres cómo les hace sentir tu fama, no de forma directa. Resultaba muy embarazoso, porque los obligaba a admitir hasta qué punto su autopercepción dependía de sus propias identidades públicas, sumamente específicas, por muy de nicho que fuesen. Admitir que mi éxito los dejaba desarmados suponía admitir la existencia de las partes más vulgares y deficientes de sí mismos. Cuesta expresar la mezcla de orgullo y pérdida que conlleva que un hijo se haga famoso, sobre todo en un hogar donde las carreras profesionales de los progenitores habían sido la fuerza impulsora de la vida familiar: determinaban adónde viajábamos, con quién socializábamos, qué valorábamos, qué despreciábamos. Y, de hecho, una de las cosas que despreciábamos, pese a que nunca lo dijésemos en voz alta, era lo mucho que la gente necesitaba ser vista. Podíamos hablar en abstracto sobre la necesidad de que el trabajo tuviera visibilidad, pero “el trabajo”, es decir, su arte, no eran ellos mismos. Pese a ser sus creadores, la vida de mis padres empezaba de verdad cuando esas obras salían de sus manos. En mi caso, yo misma era el producto.
Y luego estaba mi hermane, en su primer año de universidad, evitando de una manera prodigiosa las quedadas que se hacían en su residencia para ver Girls, notando cómo ciertos trepas iban mostrando un interés cada vez más inusual por elle.
“¿Por qué cojones me invitan a una fiesta en la residencia de Emma Watson? Si solo soy une estudiante cualquiera de primero”.
Me di cuenta de que había dejado de venir a casa en vacaciones y prefería irse a Phoenix, a la de su nueva novia, una tenista corpulenta con una mata de pelo rubio como la de un león.
Cuando la Universidad de Brown me llamó para dar una charla como artista invitada, quise aprovechar la oportunidad. Se me ocurrió que Cyrus y yo podríamos pasar el fin de semana viendo la tele en la elegante habitación de hotel que me habían reservado. Mientras di la charla estuve buscando a Cyrus entre el público, aunque a la mitad me di cuenta de que no estaba.
De vuelta en la habitación del hotel, llamé a Cyrus y le escribí.
“Llego dentro de un rato”, me respondió una vez, luego otra, y luego silencio. Al final me quedé dormida sin deshacer la cama, rodeada por el banquete que había pedido para cenar con elle. Lomo a la pimienta frío, casi cuajado. Gratén de patatas ya chicloso. Un trozo solitario de tarta de chocolate sin harina.
A la mañana siguiente, cuando llegó el taxi, me fui de Providence sin ni siquiera habernos cruzado.
La segunda temporada comenzó a rodarse justo cuando se avivó la tormenta mediática en torno a la serie, una bendita distracción para no estar buscando mi nombre en Twitter ni contando cuántas veces encontraba las palabras “gorda” y “fea”.
Jack y yo nos veíamos cada vez que podíamos, y la intensidad entre un encuentro y el siguiente aumentaba con un aluvión constante de mensajes. Cuando conseguíamos quedar, siempre era cerca de donde estuviese él haciendo alguna promo de radio o ensayando. Nuestra cuarta cita fue en un concierto suyo; la quinta, en el Oyster Bar de Grand Central, donde estaba grabando un vídeo musical, con una camisa verde militar abotonada y los pantalones más ajustados que yo le había visto nunca a un hombre. Me rodeó con el brazo y compartió conmigo su crema de almejas, y cuando llegó la hora de irme bajó corriendo la rampa detrás de mí para darme un último beso, como en esa foto del marinero que agarra a la mujer al anunciarse el final de la Segunda Guerra Mundial.
La primera vez que nos acostamos fue a los tres meses. Yo me daba cuenta de que lo suyo era deliberado, de que quería conocerme. No se parecía a los tíos calentorros con los que yo había ido a la universidad, que se dedicaban a acumular conquistas, ni a los hombres ocasionalmente crueles que me llevaban a callejones, ni tampoco al videojockey que me había cortejado de forma agresiva pero había evitado el sexo porque “eso es una promesa que le haces a tu cuerpo”.
Ocurrió después de la fiesta por el trigésimo segundo cumpleaños de su hermana, que se celebró en un International House of Pancakes del este de Manhattan. Su madre nos pidió que posáramos para una foto, y yo le envolví el cuello con la cuerda de un globo rojo y lo miré escéptica. Me había puesto un minivestido de leopardo con un cuello naranja fosforito y él, sus pantalones preferidos de color verde menta; luego, cuando volvió a irse de gira, me quedaba mirando esa foto y trataba de descodificar su mirada, de adivinar —a partir de esa breve instantánea hecha con una perspectiva ajena— lo que de verdad sentía por mí. Jack hablaba mucho sobre muchas cosas, pero no tanto de eso. Yo lo percibía más que nada en cómo escribía mi nombre cuando nos mensajeábamos: “Buenas noches, Lena”.
En mis tiempos había sentido muchas cosas: lujuria, celos, humillación… Sin embargo, aquella era la primera vez que sabía, con una certeza casi religiosa, que quería que me quisieran.
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