Hablamos de la memoria, o de los recuerdos, como si fuera algo solo íntimo, doloroso a veces, otras bonito, pero como casi todo es una mentira que nos contamos y que crece porque la repetimos. He escuchado a gente apropiarse, sin pudor, del recuerdo de otros, y hasta a mí me ha pasado que, sin saber cómo, he llegado a sentir el contacto o escuchar la voz de gente a la que apenas he conocido pero necesitaba tocar o escuchar. Diseñamos, de forma inconsciente, la película de nuestra propia vida a medida, pero es un hecho que olvidamos todo, o casi, lo que sucede en nuestra infancia, que una especie de nubarrón al que llaman amnesia infantil distorsiona caras y hasta momentos decisivos. Si el noventa por ciento de los recuerdos es de otro, ¿quién es el generador de tanto contenido inventado? Es algo que se le escapa hasta al algoritmo. En ‘Sterling Point’, la serie de moda del final del verano, la protagonista se aferra al vínculo extinto de su madre fallecida, pero esta murió cuando tenía dos años y ya no sabe qué vivió y qué inventó para consolarse por su ausencia. Dice: «Por más que quiero es como si no recordase nada. Igual alguna cosa, pero no sé si es un recuerdo real, una foto o una historia que alguien me ha contado. Es como que estamos acostadas en la cama y ella me acariciaba la espalda, podía sentir su respiración y yo me sentía cálida, totalmente segura y abrazada. No sé si es real». Igual es que la cabeza olvida pero el cuerpo y el corazón recuerdan. Hablan en la serie también del fin de la infancia, que llega cuando dejas de preocuparte por ella. Discrepo. Yo creo que en cierto sentido lo hace cuando empiezas a preocuparte inevitablemente por la de tus hijos. Puede que ahí introduzcamos nuestros propios recuerdos en los suyos. Escucho las aventuras y desventuras de los jóvenes de la serie, inocentes, engreídos, codiciosos o egoístas y solo puedo pensar en cómo te cambia que tu vida ya no sea solo tuya. Quizás también eso sea egoísta, no sé. Imagino que nos inventamos la memoria para sobrevivir al olvido, pero no hay ficción que nos salve del vértigo de verlos crecer, tan rápido que a veces asusta. Hablamos de la memoria, o de los recuerdos, como si fuera algo solo íntimo, doloroso a veces, otras bonito, pero como casi todo es una mentira que nos contamos y que crece porque la repetimos. He escuchado a gente apropiarse, sin pudor, del recuerdo de otros, y hasta a mí me ha pasado que, sin saber cómo, he llegado a sentir el contacto o escuchar la voz de gente a la que apenas he conocido pero necesitaba tocar o escuchar. Diseñamos, de forma inconsciente, la película de nuestra propia vida a medida, pero es un hecho que olvidamos todo, o casi, lo que sucede en nuestra infancia, que una especie de nubarrón al que llaman amnesia infantil distorsiona caras y hasta momentos decisivos. Si el noventa por ciento de los recuerdos es de otro, ¿quién es el generador de tanto contenido inventado? Es algo que se le escapa hasta al algoritmo. En ‘Sterling Point’, la serie de moda del final del verano, la protagonista se aferra al vínculo extinto de su madre fallecida, pero esta murió cuando tenía dos años y ya no sabe qué vivió y qué inventó para consolarse por su ausencia. Dice: «Por más que quiero es como si no recordase nada. Igual alguna cosa, pero no sé si es un recuerdo real, una foto o una historia que alguien me ha contado. Es como que estamos acostadas en la cama y ella me acariciaba la espalda, podía sentir su respiración y yo me sentía cálida, totalmente segura y abrazada. No sé si es real». Igual es que la cabeza olvida pero el cuerpo y el corazón recuerdan. Hablan en la serie también del fin de la infancia, que llega cuando dejas de preocuparte por ella. Discrepo. Yo creo que en cierto sentido lo hace cuando empiezas a preocuparte inevitablemente por la de tus hijos. Puede que ahí introduzcamos nuestros propios recuerdos en los suyos. Escucho las aventuras y desventuras de los jóvenes de la serie, inocentes, engreídos, codiciosos o egoístas y solo puedo pensar en cómo te cambia que tu vida ya no sea solo tuya. Quizás también eso sea egoísta, no sé. Imagino que nos inventamos la memoria para sobrevivir al olvido, pero no hay ficción que nos salve del vértigo de verlos crecer, tan rápido que a veces asusta.

Hablamos de la memoria, o de los recuerdos, como si fuera algo solo íntimo, doloroso a veces, otras bonito, pero como casi todo es una mentira que nos contamos y que crece porque la repetimos. He escuchado a gente apropiarse, sin pudor, del recuerdo de otros, y hasta a mí me ha pasado que, sin saber cómo, he llegado a sentir el contacto o escuchar la voz de gente a la que apenas he conocido pero necesitaba tocar o escuchar. Diseñamos, de forma inconsciente, la película de nuestra propia vida a medida, pero es un hecho que olvidamos todo, o casi, lo que sucede en nuestra infancia, que una especie de nubarrón al que llaman amnesia infantil distorsiona caras y hasta momentos decisivos. Si el noventa por ciento de los recuerdos es de otro, ¿quién es el generador de tanto contenido inventado? Es algo que se le escapa hasta al algoritmo.
En ‘Sterling Point’, la serie de moda del final del verano, la protagonista se aferra al vínculo extinto de su madre fallecida, pero esta murió cuando tenía dos años y ya no sabe qué vivió y qué inventó para consolarse por su ausencia. Dice: «Por más que quiero es como si no recordase nada. Igual alguna cosa, pero no sé si es un recuerdo real, una foto o una historia que alguien me ha contado. Es como que estamos acostadas en la cama y ella me acariciaba la espalda, podía sentir su respiración y yo me sentía cálida, totalmente segura y abrazada. No sé si es real». Igual es que la cabeza olvida pero el cuerpo y el corazón recuerdan.
Hablan en la serie también del fin de la infancia, que llega cuando dejas de preocuparte por ella. Discrepo. Yo creo que en cierto sentido lo hace cuando empiezas a preocuparte inevitablemente por la de tus hijos. Puede que ahí introduzcamos nuestros propios recuerdos en los suyos. Escucho las aventuras y desventuras de los jóvenes de la serie, inocentes, engreídos, codiciosos o egoístas y solo puedo pensar en cómo te cambia que tu vida ya no sea solo tuya. Quizás también eso sea egoísta, no sé. Imagino que nos inventamos la memoria para sobrevivir al olvido, pero no hay ficción que nos salve del vértigo de verlos crecer, tan rápido que a veces asusta.
RSS de noticias de play
