Mi hermana y yo hemos sido de las pocas afortunadas que se hicieron, tras una premeditada y encarnizada lucha en el portal de ventas, con un par de entradas para uno de los conciertos de Rosalía. Con la gira ya en marcha, empezaba otra batalla: no destriparnos ni un detalle del evento. Queríamos dejarnos sorprender. Muchos scrolls, dedos a los oídos y algún grito desesperado después, lo habíamos conseguido: era el día del concierto y el aluvión de spoilers nos había resbalado como agua sobre, la tan esperada, perla. Orgullosas de semejante hazaña, llegábamos a la zona del concierto cuando mi hermana exclamó con sobresalto: “¡¿Por qué va todo el mundo vestido de blanco?!”. Del orgullo de sentirnos diferentes al pavor de hacer el ridículo en menos de 20 segundos. Solo la presencia de una pareja de baby boomers, que nos acompañaban en colorido, logró aliviar una absurda preocupación. Se apagaron las luces y comenzó el concierto. Pelos de punta durante los primeros 20 minutos. Y ahí, en medio de pantallas, cual fábrica de spoilers, pensé: benditos los bichos raros que se regalan la capacidad de asombro y emoción, que viven las cosas en su momento. Quizá esto nos pueda salvar.
Mi hermana y yo hemos sido de las pocas afortunadas que se hicieron, tras una premeditada y encarnizada lucha en el portal de ventas, con un par de entradas para uno de los conciertos de Rosalía. Con la gira ya en marcha, empezaba otra batalla: no destriparnos ni un detalle del evento. Queríamos dejarnos sorprender. Muchos scrolls, dedos a los oídos y algún grito desesperado después, lo habíamos conseguido: era el día del concierto y el aluvión de spoilers nos había resbalado como agua sobre, la tan esperada, perla. Orgullosas de semejante hazaña, llegábamos a la zona del concierto cuando mi hermana exclamó con sobresalto: “¡¿Por qué va todo el mundo vestido de blanco?!”. Del orgullo de sentirnos diferentes al pavor de hacer el ridículo en menos de 20 segundos. Solo la presencia de una pareja de baby boomers, que nos acompañaban en colorido, logró aliviar una absurda preocupación. Se apagaron las luces y comenzó el concierto. Pelos de punta durante los primeros 20 minutos. Y ahí, en medio de pantallas, cual fábrica de spoilers, pensé: benditos los bichos raros que se regalan la capacidad de asombro y emoción, que viven las cosas en su momento. Quizá esto nos pueda salvar. Seguir leyendo
Opinión de un lector sobre una información publicada por el diario o un hecho noticioso. Dirigidas al director del diario y seleccionadas y editadas por el equipo de opinión
Las lectoras y los lectores escriben sobre los conciertos de Rosalía, la crisis energética, la soledad del cuidador y el empleo de los mayores de 50 años

Mi hermana y yo hemos sido de las pocas afortunadas que se hicieron, tras una premeditada y encarnizada lucha en el portal de ventas, con un par de entradas para uno de los conciertos de Rosalía. Con la gira ya en marcha, empezaba otra batalla: no destriparnos ni un detalle del evento. Queríamos dejarnos sorprender. Muchos scrolls, dedos a los oídos y algún grito desesperado después, lo habíamos conseguido: era el día del concierto y el aluvión de spoilers nos había resbalado como agua sobre, la tan esperada, perla. Orgullosas de semejante hazaña, llegábamos a la zona del concierto cuando mi hermana exclamó con sobresalto: “¡¿Por qué va todo el mundo vestido de blanco?!”. Del orgullo de sentirnos diferentes al pavor de hacer el ridículo en menos de 20 segundos. Solo la presencia de una pareja de baby boomers, que nos acompañaban en colorido, logró aliviar una absurda preocupación. Se apagaron las luces y comenzó el concierto. Pelos de punta durante los primeros 20 minutos. Y ahí, en medio de pantallas, cual fábrica de spoilers, pensé: benditos los bichos raros que se regalan la capacidad de asombro y emoción, que viven las cosas en su momento. Quizá esto nos pueda salvar.
María Spínola Lasso. Arrecife (Las Palmas)
Costosa guerra
En una reunión en la Casa Blanca, Trump dijo a Rutte que castigaría a los países de la OTAN por rechazar apoyarle en su guerra contra Irán. Pero, en esta situación, somos nosotros quienes debemos exigir a EE UU una compensación por la crisis energética causada por el conflicto en Oriente Próximo. Según Ursula von der Leyen, los primeros días de guerra ya han costado a los contribuyentes europeos 3.000 millones de euros, y es evidente que esta cifra no es definitiva.
Rafael Vargas. Córdoba
La soledad del cuidador
Hace unos días fui al hospital para hacerme unas pruebas. Al finalizar, el doctor me preguntó quién me acompañaba. He venido solo, contesté. ¿No tienes un familiar o amigo que pueda venir contigo? Lamentablemente, no. Al salir de la consulta me vi obligado a dar una explicación; desde hace más de 13 años cuido a mi marido enfermo. Familia y amigos, como un goteo incesante, han desaparecido. No los juzgo. Ser cuidador es sacrificado y, en soledad, aún más. Requiere un esfuerzo 24 horas al día. Eres vulnerable y no tienes con quién compartir el dolor, el miedo, la inseguridad. La recompensa es que duermo con la conciencia tranquila por haber cumplido con mi deber.
Rafael Rasillo Rodriguez. Roma
El muro de los 50 y el ninguneo laboral
Como auxiliar administrativa de más de 50 años, con una trayectoria sólida y actitud proactiva, me enfrento a una realidad desoladora: desde que comenzó el año he enviado 200 candidaturas para perfiles en los que encajo plenamente, obteniendo solo cuatro entrevistas y un silencio sistemático como respuesta. Lo más grave es la falta de ética en los procesos de selección. Tras realizar entrevistas presenciales, como me ocurrió recientemente en Valdemoro, la empresa desaparece. El ghosting laboral —el silencio absoluto tras semanas de seguimiento por correo o WhatsApp— se ha normalizado, ignorando que detrás de cada currículum hay una persona que busca dignidad, no caridad. ¿Cómo puede avanzar un país que descarta a profesionales con experiencia y compromiso por el simple hecho de haber cumplido años? No somos archivos digitales desechables. Urge que las empresas asuman una responsabilidad real y humana en su gestión de personas.
Sonia Sánchez. Toledo
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