Guy Davenport presentó a Anne Carson en Cristal, ironía y Dios, el poemario que la dio a conocer, publicado en 1995 por James Laughlin, fundador del legendario sello New Directions. Su mentor, Ezra Pound, lo había instado a hacer “algo útil” con su dinero —le sobraba bastante—, en lugar de limitarse a escribir poesía. Con su famoso ojo avezado Laughlin reconoció enseguida lo que había de singular en la escritura de Carson, y su carácter ferozmente independiente. Anne Carson abre su Eros dulce y amargo, un libro sobre el amor, el deseo, y el proceso de conocimiento, con un fragmento de Kafka sobre un filósofo que intenta atrapar peonzas: “Creía que comprender cualquier detalle, el de una peonza, por ejemplo, bastaba para comprender todas las cosas.” Todo gira en Anne. Su obra, su manera de estar en el mundo, su fulgor, nos hacen girar y nos reaniman. Me recuerda aquella frase de Mandelbrot: “Una fórmula puede ser muy sencilla pero crear una universalidad de complejidad insondable”. Estando con ella en los lugares más mundanos es así: a menudo una observación suya, aparentemente mínima, pone a girar todo lo demás.
Guy Davenport presentó a Anne Carson en Cristal, ironía y Dios, el poemario que la dio a conocer, publicado en 1995 por James Laughlin, fundador del legendario sello New Directions. Su mentor, Ezra Pound, lo había instado a hacer “algo útil” con su dinero —le sobraba bastante—, en lugar de limitarse a escribir poesía. Con su famoso ojo avezado Laughlin reconoció enseguida lo que había de singular en la escritura de Carson, y su carácter ferozmente independiente. Anne Carson abre su Eros dulce y amargo, un libro sobre el amor, el deseo, y el proceso de conocimiento, con un fragmento de Kafka sobre un filósofo que intenta atrapar peonzas: “Creía que comprender cualquier detalle, el de una peonza, por ejemplo, bastaba para comprender todas las cosas.” Todo gira en Anne. Su obra, su manera de estar en el mundo, su fulgor, nos hacen girar y nos reaniman. Me recuerda aquella frase de Mandelbrot: “Una fórmula puede ser muy sencilla pero crear una universalidad de complejidad insondable”. Estando con ella en los lugares más mundanos es así: a menudo una observación suya, aparentemente mínima, pone a girar todo lo demás. Seguir leyendo
Guy Davenport presentó a Anne Carson en Cristal, ironía y Dios, el poemario que la dio a conocer, publicado en 1995 por James Laughlin, fundador del legendario sello New Directions. Su mentor, Ezra Pound, lo había instado a hacer “algo útil” con su dinero —le sobraba bastante—, en lugar de limitarse a escribir poesía. Con su famoso ojo avezado Laughlin reconoció enseguida lo que había de singular en la escritura de Carson, y su carácter ferozmente independiente. Anne Carson abre su Eros dulce y amargo, un libro sobre el amor, el deseo, y el proceso de conocimiento, con un fragmento de Kafka sobre un filósofo que intenta atrapar peonzas: “Creía que comprender cualquier detalle, el de una peonza, por ejemplo, bastaba para comprender todas las cosas.” Todo gira en Anne. Su obra, su manera de estar en el mundo, su fulgor, nos hacen girar y nos reaniman. Me recuerda aquella frase de Mandelbrot: “Una fórmula puede ser muy sencilla pero crear una universidad de complejidad insondable”. Estando con ella en los lugares más mundanos es así: a menudo una observación suya, aparentemente mínima, pone a girar todo lo demás.
Los poetas se distinguen por su manera de ver. Los ojos de Anne Carson son originales. Fue una de las primeras cosas que advertí al pasar varios días con ella en Barcelona el año pasado, adonde había venido con su marido, Robert Currie, y dos artistas de Islandia para una performance y recital en el CCCB, seguido de una conversación entre todos. Al finalizar el acto, entonamos entre todos un grito primal estruendoso como catarsis colectiva. “Hay una especie de presión en los humanos que los lleva a tomar lo que más aman,” escribe Carson, “y hacerlo añicos”.
Todo gira con Anne: hace añicos el orden de las cosas, lo dado, lo esperado. Tiene sus rarezas, sus inclinaciones, sus peculiaridades, como los volcanes, a los que durante un tiempo pintó en erupción. Cuando una amiga sugirió que era una forma de dar salida a su ira, replicó: “¡Qué ira!”. Con Anne el tiempo se vuelve transparente y, de algún modo, como por arte de magia, en sus traducciones respira la antigüedad, a pesar de que sus palabras son palabras de hoy. Cuando traduce a Safo, oímos a Safo.
Nuestra relación comenzó por correspondencia hace ya varios años, gracias a Barbara Epler, editora de New Directions, heredera intelectual de Laughlin. Anne es, además, muy cercana a la dueña de Granta, la editora y escritora sueca Sigrid Rausing. De hecho, forma parte del consejo editorial de la revista y se ha volcado con Granta en español de una manera muy generosa. Sus dos visitas a España responden justamente a eso: a la complicidad de un grupo de personas que trabajamos juntas para tender puentes y hacer circular la literatura entre lenguas y fronteras.

En 2023, Anne vino al Museo del Prado, invitada por su director, Miguel Falomir, coincidiendo con el nacimiento del proyecto de residencias Escribir el Prado. Allí dictó una conferencia magistral memorable inspirada en el Perro semihundido de Goya. El año pasado regresó a España con su marido y dos artistas de su grupo de amigos en Islandia, James Merry (el artista visual que produce las máscaras de Björk), y la bailarina Adalheidur Halldorsdottir. Anne y Currie frecuentan el círculo de Björk, e incluso se habló de la posibilidad de una visita espontánea de la cantante durante el recital en Barcelona, aunque finalmente no pudo ser. Venía para recitar en el Festival de Poesía de la ciudad, y preparamos en el CCCB un recital performático.
Planeamos durante mucho tiempo lo que sería este recital, a través de reuniones virtuales desde Islandia. Pero me sorprendió hasta qué punto aceptaban el azar: creían firmemente en sus propiedades mágicas. Tuve que dejarme llevar con esa confianza en que todo saldría bien. De hecho, uno de los poemas que leyó fue Por azar el pueblo de las Cícladas.
Pasamos varios días juntos y tuve que contagiarme de esa entrega a lo fortuito. Llevé a Anne a ver la colección románica en el MNAC y allí fue donde presencié con mayor claridad esa capacidad tan suya de mirar de otro modo, de hacer girar el mundo. Hay un cuadro que se llama Lapidación de San Esteban (circa 1100), la pintura mural de San Joan de Boí custodiada en el MNAC. Hay unos verdugos lanzando grandes piedras al santo, mostrando la violencia explícita del martirio. Al mirarlo nos comentó de paso: “No están tirando piedras, sino cubos de hielo. ¿No ves que están haciendo martinis?”. Ahora no podré jamás dejar de ver este cuadro de la misma manera: cambió, con su frase, la historia de la pintura.
En otro momento, en la rueda de prensa del Festival de Poesía, había un poeta húngaro invitado bastante apuesto. Anne se organizó para estar sentada a su lado y de repente esa señora formidable se volvió una niña flirteando. Mirando, sonriendo, vete a saber la conversación que estaba teniendo consigo misma. En su visita, no pudo firmar un libro que un periodista le quería regalar a su mujer, así que se lo envié a Nueva York. Aún estoy esperando. No he perdido la esperanza: quizá no es que se haya perdido en el cruce de correos, sino que está en el limbo; quizá el libro se ha convertido en una performance perdida en el tiempo sin tiempo. Sería algo digno de Anne.
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