Hay que ver y oír cómo se ha puesto Estrella Morente, hija de Enrique y La Pelota y sobrina de Antonio Carbonell, el de Eurovisión –lo que nos pudimos reír en Casa Patas después de las votaciones–, con lo que Rosalía ha hecho con las pistas vocales que le entregó para el exorno de ‘Lux’, poco menos que tiradas a la basura y reducidas a la categoría de testimonial, letra pequeña entre tanta farfolla contrahecha y hueca. Que apenas se le oye. Que para eso ella no se pone a cantar . Que menudo despilfarro de talento y de duende, que no se puede aguantar. Rosalía, tan cerca de Dios y tan lejos de Bad Bunny, quita y pone en un álbum que si por algo sobresale es por su trabajo de mezcla y recorte, de ‘patchwork’ y pastiche, de tijera y costura. Es lo que tienen las monjas, que lo bordan, tan cerca de Dios y tan lejos de Rauw Alejandro.Parece que ya se le va pasando, pero estaba que trinaba Estrella Morente, hermana mayor de Soleá, porque apenas se le oye en una canción para la que lo dio todo y en la que se quedó en nada, presunta víctima de un proceso de edición, peor que el ‘lawfare’, dónde va a parar, que está en la base misma de la industria del ocio, que es la suya. Tiene muy a mano la tonadillera a su hermana menor para preguntarle en qué consiste todo eso tan raro de la edición, discográfica o audiovisual, por la experiencia al respecto que acumuló Soleá durante la grabación de aquel inolvidable programa de presuntas entrevistas –’Caminos del flamenco’ se llamaba– cuyo mayor atractivo, sobra aclarar que extramusical, era ver cómo preguntaba y reaccionaba la entonces presentadora ante los invitados que le ponían enfrente, y eso que muchos eran gitanos y en su mayoría gente bastante sencilla, sin las tonterías que se gastan artistas de la talla religiosa de Rosalía, tan cerca de Dios y tan lejos de C. Tangana. Algunos episodios de esta serie documental, sobrecogedores, forman parte del temario de las escuelas más prestigiosas del área audovisual, cuyos profesores contraponen los ‘brutos’ –o ‘raw’, como Alejandro– con el trabajo ya pasado a limpio que se pudo ver en la tele, por sí mismo revelador. Uno soñaba con que uno de los flamencos que pasaron por aquel prodigio soltara algo así como «anoche robamos un banco», o «el otro día matamos a cinco personas». «Ole», o «qué arte más grande», hubiera contestado ella, carne de edición. Hay que ver y oír cómo se ha puesto Estrella Morente, hija de Enrique y La Pelota y sobrina de Antonio Carbonell, el de Eurovisión –lo que nos pudimos reír en Casa Patas después de las votaciones–, con lo que Rosalía ha hecho con las pistas vocales que le entregó para el exorno de ‘Lux’, poco menos que tiradas a la basura y reducidas a la categoría de testimonial, letra pequeña entre tanta farfolla contrahecha y hueca. Que apenas se le oye. Que para eso ella no se pone a cantar . Que menudo despilfarro de talento y de duende, que no se puede aguantar. Rosalía, tan cerca de Dios y tan lejos de Bad Bunny, quita y pone en un álbum que si por algo sobresale es por su trabajo de mezcla y recorte, de ‘patchwork’ y pastiche, de tijera y costura. Es lo que tienen las monjas, que lo bordan, tan cerca de Dios y tan lejos de Rauw Alejandro.Parece que ya se le va pasando, pero estaba que trinaba Estrella Morente, hermana mayor de Soleá, porque apenas se le oye en una canción para la que lo dio todo y en la que se quedó en nada, presunta víctima de un proceso de edición, peor que el ‘lawfare’, dónde va a parar, que está en la base misma de la industria del ocio, que es la suya. Tiene muy a mano la tonadillera a su hermana menor para preguntarle en qué consiste todo eso tan raro de la edición, discográfica o audiovisual, por la experiencia al respecto que acumuló Soleá durante la grabación de aquel inolvidable programa de presuntas entrevistas –’Caminos del flamenco’ se llamaba– cuyo mayor atractivo, sobra aclarar que extramusical, era ver cómo preguntaba y reaccionaba la entonces presentadora ante los invitados que le ponían enfrente, y eso que muchos eran gitanos y en su mayoría gente bastante sencilla, sin las tonterías que se gastan artistas de la talla religiosa de Rosalía, tan cerca de Dios y tan lejos de C. Tangana. Algunos episodios de esta serie documental, sobrecogedores, forman parte del temario de las escuelas más prestigiosas del área audovisual, cuyos profesores contraponen los ‘brutos’ –o ‘raw’, como Alejandro– con el trabajo ya pasado a limpio que se pudo ver en la tele, por sí mismo revelador. Uno soñaba con que uno de los flamencos que pasaron por aquel prodigio soltara algo así como «anoche robamos un banco», o «el otro día matamos a cinco personas». «Ole», o «qué arte más grande», hubiera contestado ella, carne de edición. Hay que ver y oír cómo se ha puesto Estrella Morente, hija de Enrique y La Pelota y sobrina de Antonio Carbonell, el de Eurovisión –lo que nos pudimos reír en Casa Patas después de las votaciones–, con lo que Rosalía ha hecho con las pistas vocales que le entregó para el exorno de ‘Lux’, poco menos que tiradas a la basura y reducidas a la categoría de testimonial, letra pequeña entre tanta farfolla contrahecha y hueca. Que apenas se le oye. Que para eso ella no se pone a cantar . Que menudo despilfarro de talento y de duende, que no se puede aguantar. Rosalía, tan cerca de Dios y tan lejos de Bad Bunny, quita y pone en un álbum que si por algo sobresale es por su trabajo de mezcla y recorte, de ‘patchwork’ y pastiche, de tijera y costura. Es lo que tienen las monjas, que lo bordan, tan cerca de Dios y tan lejos de Rauw Alejandro.Parece que ya se le va pasando, pero estaba que trinaba Estrella Morente, hermana mayor de Soleá, porque apenas se le oye en una canción para la que lo dio todo y en la que se quedó en nada, presunta víctima de un proceso de edición, peor que el ‘lawfare’, dónde va a parar, que está en la base misma de la industria del ocio, que es la suya. Tiene muy a mano la tonadillera a su hermana menor para preguntarle en qué consiste todo eso tan raro de la edición, discográfica o audiovisual, por la experiencia al respecto que acumuló Soleá durante la grabación de aquel inolvidable programa de presuntas entrevistas –’Caminos del flamenco’ se llamaba– cuyo mayor atractivo, sobra aclarar que extramusical, era ver cómo preguntaba y reaccionaba la entonces presentadora ante los invitados que le ponían enfrente, y eso que muchos eran gitanos y en su mayoría gente bastante sencilla, sin las tonterías que se gastan artistas de la talla religiosa de Rosalía, tan cerca de Dios y tan lejos de C. Tangana. Algunos episodios de esta serie documental, sobrecogedores, forman parte del temario de las escuelas más prestigiosas del área audovisual, cuyos profesores contraponen los ‘brutos’ –o ‘raw’, como Alejandro– con el trabajo ya pasado a limpio que se pudo ver en la tele, por sí mismo revelador. Uno soñaba con que uno de los flamencos que pasaron por aquel prodigio soltara algo así como «anoche robamos un banco», o «el otro día matamos a cinco personas». «Ole», o «qué arte más grande», hubiera contestado ella, carne de edición. RSS de noticias de play
