La madre de Chelo oye voces y su hermana Paty le decía que unas sombras la miraban por dentro. Consuelo (Chelo) Walss-Bass lleva lo que va de siglo investigando las bases biológicas de la esquizofrenia. Ahora, acaba de publicar un libro en el que entreteje la historia dramática de su familia con lo que sabe la ciencia o ha descubierto ella misma sobre este trastorno mental. ¿Por qué mi hermana? (Allele Books) plantea ya en el título una pregunta que Walss-Bass reconoce que sigue sin respuesta, pero espera que la siguiente generación, la de sus hijos, la responda.
La científica, que investiga las bases biológicas de la esquizofrenia en minicerebros, publica un libro que entreteje la historia familiar con su estudio sobre la base genética del trastorno
La madre de Chelo oye voces y su hermana Paty le decía que unas sombras la miraban por dentro. Consuelo (Chelo) Walss-Bass lleva lo que va de siglo investigando las bases biológicas de la esquizofrenia. Ahora, acaba de publicar un libro en el que entreteje la historia dramática de su familia con lo que sabe la ciencia o ha descubierto ella misma sobre este trastorno mental. ¿Por qué mi hermana? (Allele Books) plantea ya en el título una pregunta que Walss-Bass reconoce que sigue sin respuesta, pero espera que la siguiente generación, la de sus hijos, la responda.
“Las voces son una manifestación de la enfermedad”, cuenta la bioquímica durante una videoconferencia desde Houston (Estados Unidos) a pocas horas de tomar un vuelo a Europa a celebrar sus bodas de plata. La efeméride tiene relevancia más allá de lo personal: durante su viaje de luna de miel, Walss-Bass decidió dejar de investigar con células del cáncer, con las que completó su doctorado, para hacerlo con las del cerebro de personas con esquizofrenia, abriendo un camino inexplorado hasta entonces. Sus profesores y mentores quisieron quitarle la idea de la cabeza. “Nadie hace investigación básica de las enfermedades mentales”, le decían. Para ella, era una decisión vital. “Lo viví primero con mi madre, después con mi hermana. Al principio, las voces son tan desconcertantes que se volvían agresivas. Todavía las oyen, pero ahora platican con ellas. Siguen ahí, pero más calmado”, añade la investigadora.
Walss-Bass es profesora de Psiquiatría y Ciencias del Comportamiento en UTHealth Houston, la megafacultad de medicina de la Universidad de Texas. Allí dirige el Programa de Genética Psiquiátrica y abrió a comienzos de siglo la colección de cerebros para la investigación de trastornos psiquiátricos para dar con las bases biológicas de los trastornos mentales. Está entre las pioneras de la investigación de la genética de la esquizofrenia. Desde inicios de siglo han sido identificados 287 genes, algunos por su equipo, que tienen un papel en la esquizofrenia. “Pero una persona no tiene 287 mutaciones; el problema es descubrir cuál es la combinación que se va a dar en cada una”, cuenta Walss-Bass.
Además, está el factor ambiental. Como demuestran los gemelos monocigóticos en los que un hermano es esquizofrénico y el otro no, la experiencia vital también desempeña un papel. En el prólogo de ¿Por qué mi hermana? Una científica en busca de sentido ante la lucha de su familia contra la esquizofrenia, Walss-Bass escribe que algo debe encender la mecha, “pero ¿qué es ese algo?”. Empezó a buscarlo en su madre, Eugenia Aurioles.

Desde pequeños, cuando vivían y crecían en Torreón (en el norte de México), ella y sus hermanos sabían que no debían hacer ruido cuando estaban en casa si no querían que se abrieran las puertas del infierno. Fueron muchas las palizas que les dio su madre y aún más los abandonos y desprecios. Su padre, siempre fuera, siempre trabajando, sabía que su mujer era extravagante, rara, pero, a pesar de ser médico, nunca se atrevió a reconocer que era esquizofrénica hasta que la tuvieron que ingresar en un psiquiátrico en tiempos de los electrochoques.
Eso fue en 1974, cuando la familia Walss ya vivía en Estados Unidos, donde el padre, Rodolfo Walss, había logrado un puesto para especializarse como ginecólogo. Habían logrado cumplir el sueño americano: vivían en una casa grande con su jardín, la típica de los barrios de clase media estadounidense, en St. Clairsville (Ohio). Pero la carrera de su marido había arrancado a Eugenia de su entorno, de su cultura y su paisaje. Aislada, tan al norte de Estados Unidos que allí nadie hablaba español.
Los demonios —y sus voces— volvieron. Con Rodolfo siempre ausente —y tras traer al mundo a su cuarta hija, a la que llamarían Patricia, Paty—, se dejó seducir por los testigos de Jehová y por la Biblia. Eugenia, escribe su hija en el libro, “sabía que las voces eran malignas, del Diablo, y al leerla encontraba paz”. Pero ninguna religión la salvó de su esquizofrenia. Al poco, volvieron las palizas, ahora con un cinturón con broches de metal en los extremos, esta vez mientras les recitaba pasajes completos de la Biblia.
Un día de noviembre de 1975, el padre decidió ingresar a su esposa en el psiquiátrico al encontrarla en casa desvariando y con la bebé en el suelo. “A veces la gente tiene miedo de alguien con esquizofrenia. Yo creo que los daños que causan no son a propósito ni pensados, los hacen sin más”, opina la científica. En el capítulo en el que cuenta ese primer ingreso de su madre, la científica introduce el primero de una serie de paréntesis en los que va contando lo que la ciencia ha aprendido de la esquizofrenia. En esta primera píldora recuerda cómo muchos casos de trastorno mental en mujeres se inician tras un evento tan estresante como es el parto.
A Chelo le costó convertirse en la doctora Walss-Bass. De niña y de joven, tuvo que aguantar el machismo presente hasta el tuétano de México. Cuando llegaba el momento de jugar, sus hermanos podían irse a la calle; ella y sus hermanas tenían que adecentar la casa antes. Su propia abuela le recomendó que “se hiciera la tonta” si quería encontrar marido, porque a los hombres no les gustaban las listas. “¡Y ahora tenemos a una mujer en la presidencia!”, apostilla la investigadora.

También tuvo que sortear el obstáculo del racismo, sufrido en Estados Unidos, y el clasismo en México, país al que regresó en dos ocasiones, en su primera infancia y en su juventud, durante la que obtuvo su licenciatura en química. “Nosotros no éramos pobres. Teníamos para comer, teníamos ropa, teníamos casa. Pero en el círculo en el que nos movíamos, era gente con mucho dinero. Mi papá se esforzó mucho por meternos en escuelas privadas y, por lo tanto, ese era nuestro círculo. Y ahí éramos los de menos dinero, porque no teníamos los carros, los últimos modelos, la ropa… Es una división de clases sociales en función del dinero”, reflexiona la científica.
La familia volvió a Estados Unidos a finales de los 90. Allí siempre era la mexicana. Pero pudo ampliar sus estudios en la Universidad de Texas. Ahora, con un estatus reconocido, con un marido y dos hijos estadounidenses, no siente tanto el racismo; sin embargo, lo sigue percibiendo y ahora es diferente. “Nos han aconsejado no admitir a estudiantes extranjeros y han limitado las visas a cuatro años, que para hacer un doctorado en ciencias básicas es muy difícil”, destaca, en relación a la política migratoria de la administración Trump. “El racismo siempre ha existido, pero ahora están poniendo leyes para limitar cuánta gente viene o de dónde viene”, completa, temiendo su institucionalización.
El laboratorio de la investigadora ha acumulado 175 cerebros de personas enfermas desde inicios de siglo. La colección les ha permitido destripar los tejidos cerebrales post mortem buscando la marca de la esquizofrenia. Más recientemente, abrieron una segunda línea de investigación cultivando células madre para crear minicerebros en los que buscar los genes que la causan. “Ya sabemos qué genes son. Pero para saber exactamente qué es lo que están haciendo, cómo su mutación afecta a la comunicación entre las neuronas o provoca su inflamación, tenemos que investigar con células vivas. Eso lo sabremos cuando podamos obtener esos minicerebros”, explica Walss-Bass.
Tras años de no saber nada de Paty, volvió a aparecer en su vida. Había pasado por la cárcel y se había casado con un hombre que murió al poco tiempo. Cuando fueron a consolarla, la encontraron en estado catatónico. Tuvieron que ingresarla con un tratamiento basado en la clozapina, que se reserva para los casos de esquizofrenia que se resisten a los demás antipsicóticos, y así lograron estabilizarla. Con la complicidad de su marido, Walss-Bass decidió tener muy cerca a su hermana. Desde que la rescataron de la catatonia, vive en un apartamento sobre el garaje que tienen en su casa. “Es feliz”, resume.
La científica tiene dos hijos. “Sabiendo ya más sobre los genes, el ambiente, tomé la decisión de tenerlos. Esto no es una sentencia”, recuerda. Aun así, buscó reducir los riesgos. “De bebitos los ponía a dormir temprano”, recuerda. El ejercicio, la alimentación y muchas rutinas son muros contra el trastorno. “Desde que tenían 10 años, vieron a su abuela, vieron a su tía y yo les decía ‘tienen esquizofrenia y estos son sus síntomas’ para que estuvieran alerta”. Con la adolescencia, “les advertí sobre la marihuana, no porque sea una droga, sino porque el cerebro está en una fase de desarrollo crítico”, recuerda. Uno de ellos ya trabaja; el otro sigue en la universidad. “Hasta ahorita todavía no están fuera de peligro, pero les sigo monitoreando cualquier cambio, si se aíslan, por ejemplo”, termina. A partir de los 25 años, es muy raro que la esquizofrenia aparezca; promete vigilarlos hasta que los cumplan.
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