El síndrome de Tourette es un raro trastorno neurológico que consiste en constantes tics corporales, faciales y vocales involuntarios, repentinos e incontrolables que exponen a quien lo padece a situaciones realmente dramáticas, en especial por las expresiones, gritos e insultos que no pueden evitar. Y esta película es la biografía de John Davidson , personaje real que padece el trastorno desde los dieciséis años y que ha dedicado su vida a explicarlo y normalizarlo. La película arranca cuando en 2019 la Reina de Inglaterra le concedió el título de Miembro de la Orden del Imperio Británico…, momento tenso, pues Davidson sabe que es totalmente propicio para que el síndrome se manifieste con algún malsonante insulto.El director es Kirk Jones y nunca pierde el sentido dramático y didáctico de lo que quiere contar, aunque lo haga sin apelar al lado ‘humorístico’ y negro que le proporciona al relato la batería de improperios que suelta el protagonista con su incontinencia verbal en los momentos menos adecuados y ante personas no avisadas. Casi de un día para otro, Davidson pasó de ser un chico formal, deportista y colegial aplicado a ser un ‘bicho raro’ para sus amigos y compañeros. Esa primera parte de su vida la interpreta el joven Scott Ellis Watson, y la de adulto, que es el grueso de la película, Robert Aramayo , actor que realiza un trabajo hercúleo en lo físico y muy afinado en lo psicológico, y que consigue que su trastorno, profundamente incómodo al principio para el espectador, se transforme en espasmos de comprensión y simpatía.Además de la información y sensibilidad que el director vuelca hacia este problemón neurológico, además también de situar al personaje en su lado trágico y en sus brotes imprevistos y humorísticos, la película sondea en las dificultades de convivencia con los demás, o de los demás con él, alguien al que el Tourette lo convierte en incontrolable; y trata las complejas relaciones con su familia, con su madre, con su búsqueda de un entorno que entienda lo ininteligible de ese síndrome. El hogar, el mundo laboral, la vida social, la amistad, el amor, el respeto de los demás…, cosas que Davidson y la película describen como algo casi imposible y que se verbaliza en la pantalla con un terrible y a la vez comprensible o comprendido ‘Fuck the Queen’. Y resulta reconfortante la aparición de personajes como los que interpreta Maxine Peake, mujer que lo acoge, o Peter Mullan, el conserje que le muestra el camino, y que representan ese otro síndrome, también poco común, de la solidaridad real, efectiva, sentida, sin posturas, hacia los demás.Noticia relacionada reportaje No No La dictadura del consenso domestica a los Goya Lucía CabanelasEs evidente que ‘Incontrolable’ es útil, valiosa, pero también es una película que trabaja el drama con inteligencia y sin avasallar, dándole aire y sentimientos con unas dosis tolerables de humor y humanidad. Y merece el trabajo de acostumbrarse a la interpretación asombrosa de Robert Aramayo. El síndrome de Tourette es un raro trastorno neurológico que consiste en constantes tics corporales, faciales y vocales involuntarios, repentinos e incontrolables que exponen a quien lo padece a situaciones realmente dramáticas, en especial por las expresiones, gritos e insultos que no pueden evitar. Y esta película es la biografía de John Davidson , personaje real que padece el trastorno desde los dieciséis años y que ha dedicado su vida a explicarlo y normalizarlo. La película arranca cuando en 2019 la Reina de Inglaterra le concedió el título de Miembro de la Orden del Imperio Británico…, momento tenso, pues Davidson sabe que es totalmente propicio para que el síndrome se manifieste con algún malsonante insulto.El director es Kirk Jones y nunca pierde el sentido dramático y didáctico de lo que quiere contar, aunque lo haga sin apelar al lado ‘humorístico’ y negro que le proporciona al relato la batería de improperios que suelta el protagonista con su incontinencia verbal en los momentos menos adecuados y ante personas no avisadas. Casi de un día para otro, Davidson pasó de ser un chico formal, deportista y colegial aplicado a ser un ‘bicho raro’ para sus amigos y compañeros. Esa primera parte de su vida la interpreta el joven Scott Ellis Watson, y la de adulto, que es el grueso de la película, Robert Aramayo , actor que realiza un trabajo hercúleo en lo físico y muy afinado en lo psicológico, y que consigue que su trastorno, profundamente incómodo al principio para el espectador, se transforme en espasmos de comprensión y simpatía.Además de la información y sensibilidad que el director vuelca hacia este problemón neurológico, además también de situar al personaje en su lado trágico y en sus brotes imprevistos y humorísticos, la película sondea en las dificultades de convivencia con los demás, o de los demás con él, alguien al que el Tourette lo convierte en incontrolable; y trata las complejas relaciones con su familia, con su madre, con su búsqueda de un entorno que entienda lo ininteligible de ese síndrome. El hogar, el mundo laboral, la vida social, la amistad, el amor, el respeto de los demás…, cosas que Davidson y la película describen como algo casi imposible y que se verbaliza en la pantalla con un terrible y a la vez comprensible o comprendido ‘Fuck the Queen’. Y resulta reconfortante la aparición de personajes como los que interpreta Maxine Peake, mujer que lo acoge, o Peter Mullan, el conserje que le muestra el camino, y que representan ese otro síndrome, también poco común, de la solidaridad real, efectiva, sentida, sin posturas, hacia los demás.Noticia relacionada reportaje No No La dictadura del consenso domestica a los Goya Lucía CabanelasEs evidente que ‘Incontrolable’ es útil, valiosa, pero también es una película que trabaja el drama con inteligencia y sin avasallar, dándole aire y sentimientos con unas dosis tolerables de humor y humanidad. Y merece el trabajo de acostumbrarse a la interpretación asombrosa de Robert Aramayo.
El síndrome de Tourette es un raro trastorno neurológico que consiste en constantes tics corporales, faciales y vocales involuntarios, repentinos e incontrolables que exponen a quien lo padece a situaciones realmente dramáticas, en especial por las expresiones, gritos e insultos que no pueden evitar. … Y esta película es la biografía de John Davidson, personaje real que padece el trastorno desde los dieciséis años y que ha dedicado su vida a explicarlo y normalizarlo. La película arranca cuando en 2019 la Reina de Inglaterra le concedió el título de Miembro de la Orden del Imperio Británico…, momento tenso, pues Davidson sabe que es totalmente propicio para que el síndrome se manifieste con algún malsonante insulto.
El director es Kirk Jones y nunca pierde el sentido dramático y didáctico de lo que quiere contar, aunque lo haga sin apelar al lado ‘humorístico’ y negro que le proporciona al relato la batería de improperios que suelta el protagonista con su incontinencia verbal en los momentos menos adecuados y ante personas no avisadas. Casi de un día para otro, Davidson pasó de ser un chico formal, deportista y colegial aplicado a ser un ‘bicho raro’ para sus amigos y compañeros. Esa primera parte de su vida la interpreta el joven Scott Ellis Watson, y la de adulto, que es el grueso de la película, Robert Aramayo, actor que realiza un trabajo hercúleo en lo físico y muy afinado en lo psicológico, y que consigue que su trastorno, profundamente incómodo al principio para el espectador, se transforme en espasmos de comprensión y simpatía.
Además de la información y sensibilidad que el director vuelca hacia este problemón neurológico, además también de situar al personaje en su lado trágico y en sus brotes imprevistos y humorísticos, la película sondea en las dificultades de convivencia con los demás, o de los demás con él, alguien al que el Tourette lo convierte en incontrolable; y trata las complejas relaciones con su familia, con su madre, con su búsqueda de un entorno que entienda lo ininteligible de ese síndrome. El hogar, el mundo laboral, la vida social, la amistad, el amor, el respeto de los demás…, cosas que Davidson y la película describen como algo casi imposible y que se verbaliza en la pantalla con un terrible y a la vez comprensible o comprendido ‘Fuck the Queen’. Y resulta reconfortante la aparición de personajes como los que interpreta Maxine Peake, mujer que lo acoge, o Peter Mullan, el conserje que le muestra el camino, y que representan ese otro síndrome, también poco común, de la solidaridad real, efectiva, sentida, sin posturas, hacia los demás.
Noticia relacionada
-
Lucía Cabanelas
Es evidente que ‘Incontrolable’ es útil, valiosa, pero también es una película que trabaja el drama con inteligencia y sin avasallar, dándole aire y sentimientos con unas dosis tolerables de humor y humanidad. Y merece el trabajo de acostumbrarse a la interpretación asombrosa de Robert Aramayo.
RSS de noticias de play

