El otro día, por motivos que no vienen al caso, descubrí que hay compañías aéreas que cobran por los auriculares, esos viejos de cable, un poco a lo Renfe, que te hacen falta para no darte cuenta de que viajas emparedado entre dos asientos diseñados por un faquir jubilado a causa de una hernia discal. Yo creo que no tenemos utopías por decisiones como esa: todo va siendo cada vez más estrecho, más incómodo, más cutre; no tenemos utopías porque por la rentabilidad se sacrifica todo, también la vergüenza, y así, desengaño a desengaño, céntimo a céntimo, la imagen del futuro ha terminado por ser no la de un coche volador o un robot que hace las tareas del día a día que desprecias, sino la de un pobre hombre que maltrata su cuerpo para poder pagar el tratamiento médico de su mujer (lo vi primero en ‘Black Mirror’ y después en las noticias, solo que el desgraciado real usaba el dinero para financiarse sus adicciones). Quiero decir que viajamos más, pero viajamos peor, y que tal vez sea esa la ecuación que explique el desprecio de la juventud por la democracia. Hay quien ha crecido en un mundo donde democratización significa la extensión de un bien y, a la vez, un abaratamiento de los materiales, una ‘cutrificación’ de los servicios y los contenidos. Lo normal se convierte en premium, lo pésimo en normal, y en esas estamos. Ahora tenemos el espejo de la inteligencia artificial, que no nos está devolviendo un mundo más lustroso y aseado donde cualquiera puede escribir como Joan Didion y rodar como Cristopher Nolan, sino más bien lo contrario: lo que ha proliferado de verdad es la prosa basura, los vídeos basura, que están llenando un internet que se parece más que nunca a un basurero digital, como ha descrito Cory Doctorow, que ha entendido como nadie la deriva tecnológica de nuestro siglo: las compañías empezaron ofreciendo valor, luego extrajeron el valor a los creadores y, al final, han exprimido a los usuarios. Por el camino se ha esfumado hasta la libertad creativa, que hoy es esclava del algoritmo.En fin: en el avión los cascos cuestan tres euros y la pantalla, de momento, te la dan gratis, hasta que a otro genio de las finanzas se le ocurra ponerle una hucha para cobrar por horas, como hacen en los hospitales pero no en las cárceles. El otro día, por motivos que no vienen al caso, descubrí que hay compañías aéreas que cobran por los auriculares, esos viejos de cable, un poco a lo Renfe, que te hacen falta para no darte cuenta de que viajas emparedado entre dos asientos diseñados por un faquir jubilado a causa de una hernia discal. Yo creo que no tenemos utopías por decisiones como esa: todo va siendo cada vez más estrecho, más incómodo, más cutre; no tenemos utopías porque por la rentabilidad se sacrifica todo, también la vergüenza, y así, desengaño a desengaño, céntimo a céntimo, la imagen del futuro ha terminado por ser no la de un coche volador o un robot que hace las tareas del día a día que desprecias, sino la de un pobre hombre que maltrata su cuerpo para poder pagar el tratamiento médico de su mujer (lo vi primero en ‘Black Mirror’ y después en las noticias, solo que el desgraciado real usaba el dinero para financiarse sus adicciones). Quiero decir que viajamos más, pero viajamos peor, y que tal vez sea esa la ecuación que explique el desprecio de la juventud por la democracia. Hay quien ha crecido en un mundo donde democratización significa la extensión de un bien y, a la vez, un abaratamiento de los materiales, una ‘cutrificación’ de los servicios y los contenidos. Lo normal se convierte en premium, lo pésimo en normal, y en esas estamos. Ahora tenemos el espejo de la inteligencia artificial, que no nos está devolviendo un mundo más lustroso y aseado donde cualquiera puede escribir como Joan Didion y rodar como Cristopher Nolan, sino más bien lo contrario: lo que ha proliferado de verdad es la prosa basura, los vídeos basura, que están llenando un internet que se parece más que nunca a un basurero digital, como ha descrito Cory Doctorow, que ha entendido como nadie la deriva tecnológica de nuestro siglo: las compañías empezaron ofreciendo valor, luego extrajeron el valor a los creadores y, al final, han exprimido a los usuarios. Por el camino se ha esfumado hasta la libertad creativa, que hoy es esclava del algoritmo.En fin: en el avión los cascos cuestan tres euros y la pantalla, de momento, te la dan gratis, hasta que a otro genio de las finanzas se le ocurra ponerle una hucha para cobrar por horas, como hacen en los hospitales pero no en las cárceles. El otro día, por motivos que no vienen al caso, descubrí que hay compañías aéreas que cobran por los auriculares, esos viejos de cable, un poco a lo Renfe, que te hacen falta para no darte cuenta de que viajas emparedado entre dos asientos diseñados por un faquir jubilado a causa de una hernia discal. Yo creo que no tenemos utopías por decisiones como esa: todo va siendo cada vez más estrecho, más incómodo, más cutre; no tenemos utopías porque por la rentabilidad se sacrifica todo, también la vergüenza, y así, desengaño a desengaño, céntimo a céntimo, la imagen del futuro ha terminado por ser no la de un coche volador o un robot que hace las tareas del día a día que desprecias, sino la de un pobre hombre que maltrata su cuerpo para poder pagar el tratamiento médico de su mujer (lo vi primero en ‘Black Mirror’ y después en las noticias, solo que el desgraciado real usaba el dinero para financiarse sus adicciones). Quiero decir que viajamos más, pero viajamos peor, y que tal vez sea esa la ecuación que explique el desprecio de la juventud por la democracia. Hay quien ha crecido en un mundo donde democratización significa la extensión de un bien y, a la vez, un abaratamiento de los materiales, una ‘cutrificación’ de los servicios y los contenidos. Lo normal se convierte en premium, lo pésimo en normal, y en esas estamos. Ahora tenemos el espejo de la inteligencia artificial, que no nos está devolviendo un mundo más lustroso y aseado donde cualquiera puede escribir como Joan Didion y rodar como Cristopher Nolan, sino más bien lo contrario: lo que ha proliferado de verdad es la prosa basura, los vídeos basura, que están llenando un internet que se parece más que nunca a un basurero digital, como ha descrito Cory Doctorow, que ha entendido como nadie la deriva tecnológica de nuestro siglo: las compañías empezaron ofreciendo valor, luego extrajeron el valor a los creadores y, al final, han exprimido a los usuarios. Por el camino se ha esfumado hasta la libertad creativa, que hoy es esclava del algoritmo.En fin: en el avión los cascos cuestan tres euros y la pantalla, de momento, te la dan gratis, hasta que a otro genio de las finanzas se le ocurra ponerle una hucha para cobrar por horas, como hacen en los hospitales pero no en las cárceles. RSS de noticias de play
