Será porque uno vive fuera, pero hay un vicio casero que me saca de quicio: esa tendencia tan común de hablar —o discutir— sobre cualquier tema y saltar olímpicamente a otro asunto como alternativa, caso paralelo o directamente ataque al interlocutor. Que es, y ahí está la cosa, una costumbre española y muy española, que diría el otro. Sí, se ve cada día por doquier: charla de amigos, café de esquina y, por supuesto, reunión de políticos, que hace mucho dejaron de ser representantes de lo mejorcito de la sociedad para convertirse en ejemplos negativos. Un ejemplo reciente, que no gustará a más de uno pero todos habrán visto, está de moda durante estos días: en una de sus entrevistas callejeras marca de la casa, Vito Quiles trata de plantearle algunas cuestiones a Ione Belarra, mientras la otra se sale por peteneras preguntándole por su carné del PP y no sé qué fondos. Es un caso algo extremo porque son polos opuestos, pero piensen en cualquier diálogo con amigos y no amigos: es el pan nuestro de cada día.Esto, en román paladín se denomina «irse por las ramas» (con muchas variantes castizas), pero técnicamente en retórica es una digresión: «acción y efecto de romper el hilo del discurso y de introducir cosas que no tengan aparente relación directa con el asunto principal» según la RAE, sinónimo de divagación y otros primos hermanos, amén de técnica novelística llevada al extremo por Sterne, entre otros muchos. Es un recurso que todos conocemos y que tiene su sentido, pues puede cumplir muchas funciones: dar variedad, entretener, mostrar historietas como confirmación o refutación de lo que se cuenta… Pero que también puede ser molesta cuando se aleja demasiado: «peras compro», «son las once», etc. Recuerden que Cervantes, por ejemplo, deja de lado las novelas intercaladas entre el primer Quijote y el segundo siguiendo —dizque— las críticas de los lectores para darnos a «don Quijote dilatado». Pues eso: otra lección de Cervantes. Será porque uno vive fuera, pero hay un vicio casero que me saca de quicio: esa tendencia tan común de hablar —o discutir— sobre cualquier tema y saltar olímpicamente a otro asunto como alternativa, caso paralelo o directamente ataque al interlocutor. Que es, y ahí está la cosa, una costumbre española y muy española, que diría el otro. Sí, se ve cada día por doquier: charla de amigos, café de esquina y, por supuesto, reunión de políticos, que hace mucho dejaron de ser representantes de lo mejorcito de la sociedad para convertirse en ejemplos negativos. Un ejemplo reciente, que no gustará a más de uno pero todos habrán visto, está de moda durante estos días: en una de sus entrevistas callejeras marca de la casa, Vito Quiles trata de plantearle algunas cuestiones a Ione Belarra, mientras la otra se sale por peteneras preguntándole por su carné del PP y no sé qué fondos. Es un caso algo extremo porque son polos opuestos, pero piensen en cualquier diálogo con amigos y no amigos: es el pan nuestro de cada día.Esto, en román paladín se denomina «irse por las ramas» (con muchas variantes castizas), pero técnicamente en retórica es una digresión: «acción y efecto de romper el hilo del discurso y de introducir cosas que no tengan aparente relación directa con el asunto principal» según la RAE, sinónimo de divagación y otros primos hermanos, amén de técnica novelística llevada al extremo por Sterne, entre otros muchos. Es un recurso que todos conocemos y que tiene su sentido, pues puede cumplir muchas funciones: dar variedad, entretener, mostrar historietas como confirmación o refutación de lo que se cuenta… Pero que también puede ser molesta cuando se aleja demasiado: «peras compro», «son las once», etc. Recuerden que Cervantes, por ejemplo, deja de lado las novelas intercaladas entre el primer Quijote y el segundo siguiendo —dizque— las críticas de los lectores para darnos a «don Quijote dilatado». Pues eso: otra lección de Cervantes.
Será porque uno vive fuera, pero hay un vicio casero que me saca de quicio: esa tendencia tan común de hablar —o discutir— sobre cualquier tema y saltar olímpicamente a otro asunto como alternativa, caso paralelo o directamente ataque al interlocutor. Que es, y ahí … está la cosa, una costumbre española y muy española, que diría el otro.
Sí, se ve cada día por doquier: charla de amigos, café de esquina y, por supuesto, reunión de políticos, que hace mucho dejaron de ser representantes de lo mejorcito de la sociedad para convertirse en ejemplos negativos. Un ejemplo reciente, que no gustará a más de uno pero todos habrán visto, está de moda durante estos días: en una de sus entrevistas callejeras marca de la casa, Vito Quiles trata de plantearle algunas cuestiones a Ione Belarra, mientras la otra se sale por peteneras preguntándole por su carné del PP y no sé qué fondos. Es un caso algo extremo porque son polos opuestos, pero piensen en cualquier diálogo con amigos y no amigos: es el pan nuestro de cada día.
Esto, en román paladín se denomina «irse por las ramas» (con muchas variantes castizas), pero técnicamente en retórica es una digresión: «acción y efecto de romper el hilo del discurso y de introducir cosas que no tengan aparente relación directa con el asunto principal» según la RAE, sinónimo de divagación y otros primos hermanos, amén de técnica novelística llevada al extremo por Sterne, entre otros muchos.
Es un recurso que todos conocemos y que tiene su sentido, pues puede cumplir muchas funciones: dar variedad, entretener, mostrar historietas como confirmación o refutación de lo que se cuenta… Pero que también puede ser molesta cuando se aleja demasiado: «peras compro», «son las once», etc. Recuerden que Cervantes, por ejemplo, deja de lado las novelas intercaladas entre el primer Quijote y el segundo siguiendo —dizque— las críticas de los lectores para darnos a «don Quijote dilatado». Pues eso: otra lección de Cervantes.
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