‘El manto y su ojo’ nace de un sueño recurrente de Eduardo Guerrero. Confiesa que no es algo exclusivo de él, «sino de muchos compañeros con los que he hablado«, apunta: el bailaor se queda dormido en las tablas y a partir de ahí surge la magia de esta pieza que define como significativamente «personal; muy autobiográfico«. En el centro del escenario aparece una suerte de Jesús en plena Pasión, pero, lejos de eso, el también coreógrafo asegura que se trata de «un nacimiento, un nuevo día, un nuevo momento, una nueva situación». Abandona su propio cuerpo para dejarse llevar por la fantasía del sueño. «Son mis primeros pasos«.
Sin embargo, no es un comienzo desde la niñez, sino desde la persona ya adulta. Atrás queda «ese niño que no sabía qué iba a ocurrir en su vida y ni siquiera entendía por qué se dedicaba al flamenco» pero que termina dándose cuenta de que los sueños «se cumplen», en esta ocasión, en la Sala Roja de los Teatros del Canal (del 23 al 25 de enero), con dramaturgia y codirección de Rolando San Martín.
Las Cobijadas de Vejer
En esa ensoñación, además de Guerrero, hay otras figuras fundamentales para la propuesta: las Cobijadas de Vejer. «Son las primeras apariciones que veo». Unas sombras que se mueven por el escenario. Se paran. Lo observan. Inicialmente, son figuras desconocidas, pero poco a poco, el bailaor descubre la silueta de varias mujeres. Están escondidas bajo ese manto. Apenas se les ve un ojo. Los ropajes les protegen de los vientos y, al mismo tiempo, de las miradas de los demás. «Incluso algunas amamantaban a sus hijos ahí adentro. Por eso es un lugar muy íntimo, como una burbuja de uno mismo«, explica Guerrero de estos trajes típicos de Vejer de la Frontera (Cádiz) y con origen en los siglos XVI y XVII castellanos.
La obra (el sueño) evoluciona y el bailaor se va destapando que esas formas no eran fruto del azar, sino sus propias «amigas, las cantaoras que siempre han estado a mi lado, gente con la que quiero pasar este viaje en el escenario… Por lo que esto se convierte en una celebración de la vida alejada de las pantallas y centrada en el momento».
Porque ‘El manto y el ojo’ es una función «de resistencia», una «respuesta» a la hipervisibilización del mundo de hoy y su entrega total a la tecnología, destaca el programa de mano: «Queremos verlo todo de inmediato y dejamos a un lado lo más importante, que es mirarnos interiormente, conectar con nosotros mismos, tener una escucha… No tenemos paciencia. Hoy en día solo estamos pegados a una pantalla viendo qué pasa en ella. Y ahí no está ni la verdad ni la autenticidad que necesitamos para que seamos personas«, desarrolla Guerrero.
Muchas posibilidades y ninguna explicación
Y continúa: «Está muy bien que aparezca la tecnología, que la utilicemos y que sea accesible para todos. No se nos educa para utilizar ese mecanismo. Se nos ofrecen muchas posibilidades, pero sin ninguna indicación. ¿Estamos siendo utilizados por esa tecnología? ¿Dónde queda nuestra verdad? Siempre nos hemos relacionado con el diálogo, con nuestra forma de ser, con las emociones, pero ahora mismo ya todo aparece a través de la pantalla de un teléfono móvil. Los niños de hoy no saben hablar, pero sí conocen el lenguaje tecnológico».
Una defensa de lo más humano que Eduardo Guerrero hace a través del flamenco -«el cuerpo baila lo que las palabras no alcanzan a decir»-, pero también apoyado en el pensamiento de María Zambrano, especialmente en su defensa del sueño, la interioridad y la razón poética. «En una era donde la vida se ha vuelto espectáculo de consumo, donde el deseo ha sido secuestrado por los algoritmos y la atención por las pantallas, el sueño [como espacio sagrado, misterioso, orgánico] emerge en esta pieza como lugar de resistencia y regeneración», presenta. «Zambrano nos enseña que los sueños suceden por algo».
El bailaor vuelve a nacer en la Sala Roja del Canal arropado por el pensamiento de María Zambrano y la tradición de su tierra
‘El manto y su ojo’ nace de un sueño recurrente de Eduardo Guerrero. Confiesa que no es algo exclusivo de él, «sino de muchos compañeros con los que he hablado», apunta: el bailaor se queda dormido en las tablas y a partir de ahí surge la magia de esta pieza que define como significativamente «personal; muy autobiográfico«. En el centro del escenario aparece una suerte de Jesús en plena Pasión, pero, lejos de eso, el también coreógrafo asegura que se trata de «un nacimiento, un nuevo día, un nuevo momento, una nueva situación». Abandona su propio cuerpo para dejarse llevar por la fantasía del sueño. «Son mis primeros pasos».
Sin embargo, no es un comienzo desde la niñez, sino desde la persona ya adulta. Atrás queda «ese niño que no sabía qué iba a ocurrir en su vida y ni siquiera entendía por qué se dedicaba al flamenco» pero que termina dándose cuenta de que los sueños «se cumplen», en esta ocasión, en la Sala Roja de los Teatros del Canal (del 23 al 25 de enero), con dramaturgia y codirección de Rolando San Martín.
Las Cobijadas de Vejer
En esa ensoñación, además de Guerrero, hay otras figuras fundamentales para la propuesta: las Cobijadas de Vejer. «Son las primeras apariciones que veo». Unas sombras que se mueven por el escenario. Se paran. Lo observan. Inicialmente, son figuras desconocidas, pero poco a poco, el bailaor descubre la silueta de varias mujeres. Están escondidas bajo ese manto. Apenas se les ve un ojo. Los ropajes les protegen de los vientos y, al mismo tiempo, de las miradas de los demás. «Incluso algunas amamantaban a sus hijos ahí adentro. Por eso es un lugar muy íntimo, como una burbuja de uno mismo», explica Guerrero de estos trajes típicos de Vejer de la Frontera (Cádiz) y con origen en los siglos XVI y XVII castellanos.
La obra (el sueño) evoluciona y el bailaor se va destapando que esas formas no eran fruto del azar, sino sus propias «amigas, las cantaoras que siempre han estado a mi lado, gente con la que quiero pasar este viaje en el escenario… Por lo que esto se convierte en una celebración de la vida alejada de laspantallas y centrada en el momento».
Porque ‘El manto y el ojo’ es una función «de resistencia», una «respuesta» a la hipervisibilización del mundo de hoy y su entrega total a la tecnología, destaca el programa de mano: «Queremos verlo todo de inmediato y dejamos a un lado lo más importante, que es mirarnos interiormente, conectar con nosotros mismos, tener una escucha…No tenemospaciencia. Hoy en día solo estamos pegados a una pantalla viendo qué pasa en ella. Y ahí no está ni la verdad ni la autenticidad que necesitamos para que seamos personas«, desarrolla Guerrero.
Muchas posibilidades y ninguna explicación
Y continúa: «Está muy bien que aparezca la tecnología, que la utilicemos y que sea accesible para todos. No se nos educa para utilizar ese mecanismo. Se nos ofrecen muchas posibilidades, pero sin ninguna indicación. ¿Estamos siendo utilizados por esa tecnología? ¿Dónde queda nuestra verdad? Siempre nos hemos relacionado con el diálogo, con nuestra forma de ser, con las emociones, pero ahora mismo ya todo aparece a través de la pantalla de un teléfono móvil. Los niños de hoy no saben hablar, pero sí conocen el lenguaje tecnológico».
Una defensa de lo más humano que Eduardo Guerrero hace a través del flamenco -«el cuerpo baila lo que las palabras no alcanzan a decir»-, pero también apoyado en el pensamiento de María Zambrano, especialmente en su defensa del sueño, la interioridad y la razón poética. «En una era donde la vida se ha vuelto espectáculo de consumo, donde el deseo ha sido secuestrado por los algoritmos y la atención por las pantallas, el sueño [como espacio sagrado, misterioso, orgánico] emerge en esta pieza como lugar de resistencia y regeneración», presenta. «Zambrano nos enseña que los sueños suceden por algo».
Teatro
