A ritmo de cancán y con mención a Ceuta en los primeros minutos, pero sin tirar de ese bombo que se volcó con Valencia, lástima, así empezó La revuelta su tercera temporada en TVE y “la última” según Broncano, que es de los que ponen la venda antes de la herida. Menos derrotista fue Grison. “Nosotros podemos hacerle la pelota a cualquier Gobierno”, apostilló. No faltó la mención a ese futuro de motosierras que se avecina sobre el ente público y tampoco a su rival.
Alsina dejó pocos titulares, pero lanzó una pulla a Motos cuando este le preguntó por qué se había pasado al entretenimiento: “para hablar de política ya estás tú”
A ritmo de cancán y con mención a Ceuta en los primeros minutos, pero sin tirar de ese bombo que se volcó con Valencia, lástima, así empezó La revuelta su tercera temporada en TVE y “la última” según Broncano, que es de los que ponen la venda antes de la herida. Menos derrotista fue Grison. “Nosotros podemos hacerle la pelota a cualquier Gobierno”, apostilló. No faltó la mención a ese futuro de motosierras que se avecina sobre el ente público y tampoco a su rival.
“Me da mucha tranquilidad que, después de tantas temporadas, pueda mirar a este lado y que estén Trancas y Barrancas un año más”, dijo aludiendo a Castella y al mencionado Grison. Aunque las audiencias dirán si se pelea con El hormiguero por el primer puesto o por el segundo con Iker Jiménez. En la mecánica del programa hay pocas diferencias; sí las hay en la puesta en escena: estrenaban sintonía y teatro, más amplio, más señorial, más desangelado. Ayer todos los espacios que volvían a la parrilla estrenaron algo: logo, grafismo, decoración…, como si algún espectador hubiese dicho alguna vez: “Uy, mil lux de iluminación, este es el programa que quiero ver”.
El hormiguero empezó unos minutos más tarde, sin prisa; ellos no se deben a su público, solo a sus publicidades eternas. Es la temporada 21ª, ya no tiene nada que demostrar y saben que la gente es de uno u otro, que hay pocos indecisos que se decanten por el que empiece primero. Motos arrancó agradeciendo al Ayuntamiento de Madrid las facilidades para su inicio de relumbrón, pero en televisión, el grupo de 14 robots humanoides caminando por una calle desierta con la torpeza del que se pone por primera vez los zapatos tras un verano en chanclas, quedaba un pelín triste, tanto como escuchar a uno de ellos hablar con la voz de Constantino Romero en plan T-800 de Terminator.
Se supone que debía resultar impactante, pero solo era un anuncio largo y soporífero de una firma de robótica que patrocinó el discurso de Pablo Motos a mayor gloria de la IA y durante el que, más que el conductor de un programa, parecía el CEO de una empresa de semiconductores de Taiwán. La IA es maravillosa, grábenselo en sus pequeños y cada vez más inútiles cerebros humanos; qué más da que esquilme los recursos naturales y que el ciudadano medio lo utilice para preguntarse cuántos pares de bragas necesita para irse una semana a Zahara de los Atunes.
Pero, un momento, ¿acaso esto vuelve a ser un programa de entretenimiento familiar? Cuando la presencia de los robots nos empezaba a hacer creer que tal vez esta temporada sí, Motos recuperó la esencia de los últimos tiempos, llamó a los ministros “charlatanes”, pidió poder acudir a las urnas y nos mostró “los hechos incuestionables” sobre Ceuta en un vídeo que a mí me hizo pensar si mi gato se había sentado en el mando a distancia y ahora estaba viendo Horizonte. No sé si los hechos son realmente incuestionables, pero desde luego en El hormiguero no los van a cuestionar.
Para rematar, apareció Carlos Latre imitando a Pedro Sánchez y lo que es “un hecho incuestionable” es que de vergüenza ajena no se muere porque yo entregué este artículo un ratito después con mis constantes vitales intactas. El Sánchez de Latre fue a “farmear Ceuta”, sic. La televisión deja muchas preguntas sin respuesta, pero ninguna es por qué fracasó su Babylon Show; eso se responde solo. Hubo un día en que este señor intentó triunfar en el prime time, que fue competencia directa de El hormiguero, como se encargó de recordarle Pablo Motos en un gesto que entre perros se conoce como “marcaje territorial” y entre humanos como humillación.
Todas las horas de televisión que llevo encima y jamás he visto a alguien pedir explicaciones a un rival sobre la osadía que supone intentar quitarle una décima de su share, y eso que aquel esperpento de Telecinco apenas duró 10 programas. La incomodidad que se respiraba era tal que llegué a creer que iba a terminar como Robert De Niro en Los intocables, con Motos blandiendo un bate sobre la cabeza del imitador. Prefirió dejarle parlotear mientras Latre se iba haciendo pequeñito ante los espectadores y agotaba los halagos a su nuevo jefe. Si hacer la pelota fuese deporte olímpico, ayer se habría alcanzado un récord más duradero que el de Bob Beamon. Siempre me pregunto cuántas facturas tiene que pagar la gente que aguanta este tipo de trato y si merece la pena. “¿Y qué pensaste cuando te volví a llamar?”, le espetó Motos para rematar porque su ego es infinito e insaciable. Le faltó preguntarle quién era el más bello del reino televisivo.
No estaban “hablando de la trastienda de la televisión”, como dijo Carlos Alsina, primer invitado junto a Rafa Latorre de esta temporada; fue un ejercicio repugnante de sumisión a un rival desahuciado. Alsina dejó pocos titulares, pero le lanzó una pullita suave a Motos cuando este le preguntó por qué se había pasado al entretenimiento: “Para hablar de política ya estás tú”. Esa es la cuestión: este programa ya no compite con La revuelta o con La isla de las tentaciones, sino con Horizonte.
Cerca del final, los robots volvieron para realizar una coreografía y yo creí escuchar el llanto de Asimov. Fue uno de esos shows que emocionarían a los niños de ocho años que seguían este programa cuando era familiar, pero ¿qué niño de ocho años está viendo la televisión a las once y veinte de la noche y, sobre todo, qué niño de ocho años tiene interés en un programa que ya es un 90 por ciento política y un 10 por ciento publicidad?
El colofón del estreno fue el tradicional vídeo con los invitados de relumbrón que han pasado por el programa y el de este año estaba inspirado en Misión: Imposible. Una excusa para que Pablo Motos se disfrace de Tom Cruise y luzca bíceps, única razón por la que se gasta dinero en estas sandeces, con lo barato que sale subir un selfi a Instagram. La “misión” consistía en que él y su equipo debían luchar contra el cuñadismo, que viene a ser como si mandas a las Pombo a combatir el pijerío. Esperaba que en su búsqueda de la vacuna descubriesen que el paciente cero era Juan del Val, un chiste que redimiría un poco la broma sin gracia, pero si hay algo que no tiene El hormiguero es sentido de la autoironía.
Algo que sí maneja a la perfección La revuelta, que ayer se vanaglorió de que por primera vez había una mujer del equipo ante las cámaras, la guionista Elena Beltrán. Hacer del defecto chiste es una de las fortalezas de los de Encofrados Encofrasa. Pocas novedades más hubo. Broncano fue a lo fácil, lo apostó todo al humor de Jorge Ponce y su show de 200 drones en el que solo podía volar uno —se ve que no son tan amigos del Ayuntamiento de Madrid como Motos— y a Joaquín Reyes y Ernesto Sevilla, los primeros invitados. ¿Para qué complicarse la vida si en cualquier momento arrancan la motosierra?
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