Julio Camba escribió ‘Haciendo de República’ porque no le dejaron hacerlo. No es que al periodista le naciera una vocación irrefrenable por escribir libros, que nunca la tuvo. Lo suyo era escribir la columna del día y, a ser posible, corta. Lo que ocurrió fue la censura. Camba escribía para ABC cuando llegó la Segunda República y sus artículos, que tanto se leían y celebraban, empezaron a incomodar al nuevo Gobierno. Un editor le propuso entonces que guardara todo lo que le censuraban y hacer un libro con ese material. Así nació el único volumen en el que Camba pierde el tiempo en hablar de política y, seguramente, uno de los menos leídos de toda su obra.Porque en estos años largos de reediciones de sus libros, de vueltas de tuerca a sus artículos y de investigaciones sobre su vida, solo Xavier Pericay se había acordado de este título al incluirlo en ‘Cuatro historias de la República’, junto a Pla, Gaziel y Chaves Nogales. Ha resultado más cómodo reivindicar al Camba ingenioso, el que tenía un giro brillante para casi todo. Cuando, en el curso de algún artículo no se le ocurrían más que cosas sensatas y razonables, decía, se veía obligado a hacer un gran esfuerzo mental para añadir alguna tontería que lo sacara del apuro. También hubo un Camba político y desengañado: «Ahora que tenemos la República, ahora ya no tenemos solución» .Es la editorial Página Indómita la que ha venido ahora a rescatar de las librerías de lance ‘Haciendo de República’.Todo lo que tiene que ver con este libro es un rescate. Primero, de la censura. Pedro Sainz Rodríguez, el mismo editor que publicó ‘La casa de Lúculo’, le propuso a Camba pagarle los artículos que la ley de Defensa de la República de Azaña convertía en impublicables. Al autor, que vivía de lo que le cobraba por sus colaboraciones, la idea le pareció excelente para ir tirando. «Con este acuerdo logramos elaborar un libro de un extraordinario interés y que no sé por qué no ha sido más difundido y comentado», recordaría Sainz Rodríguez. El volumen apareció en 1934 en Espasa-Calpe, fue reeditado por Plus Ultra en 1968 y hasta aquí.’Haciendo de República’ Autor Julio Camba Editorial Página indómita Número de páginas 192 Precio 18,50 eurosEs un libro muy crítico con esa República que encarcelaba al director de ABC y secuestraba el periódico. «La República es el fenómeno más desmoralizador que se ha producido en España desde hace muchísimo tiempo», escribe Camba. «Mientras no la teníamos, confiábamos en ella, aunque solo fuese como una salida para casos de incendio, y esto nos permitía conservar intacta nuestra moral en medio de las situaciones más difíciles; pero ahora que la tenemos, ahora ya no nos queda salida ninguna. […] La República nos quitó la ilusión de la República y, a cambio, no nos ha dado ni la menor partícula de realidad».Camba había recibido el nuevo régimen con cierta esperanza, incluso con la ilusión de acabar en alguna embajada, pero enseguida se desencantó. El advenimiento de la República lo sorprendió en Nueva York, y allí leyó la lista de los primeros embajadores y ministros. No estaba su nombre; sí el de muchos amigos y conocidos. No se resistió a ponerlo por escrito, con su ironía habitual, y también se lo contó a Josep Pla, que dejó constancia del episodio en ‘El advenimiento de la República’: «El criterio consiste en volver a las andadas. Nombrar a los de siempre… Los intelectuales han triunfado totalmente. Y esto será la muerte de la República . No saben nada de nada. Yo he sido considerado un insignificante humorista…».Ha quedado como lugar común que Camba escribía contra la República movido por el resentimiento. La prensa de izquierdas lo acusó de hacerlo para no morirse de hambre. Con el tiempo, parece que algunas de sus advertencias no eran tan desacertadas. Francisco Fuster , en su biografía ‘Una lección de periodismo’, apunta a otra razón: Camba se sintió víctima de una doble traición. No solo es que el Gobierno republicano no contara con él para inaugurar los nuevos tiempos; también se vio abandonado por los intelectuales de su generación, a quienes había creído amigos.Recibió el nuevo régimen con cierta esperanza y la ilusión de ser embajador, pero enseguida se desencantó«Yo soy uno de estos hombres de café, y, como digo, cuando se proclamó la República, mis amigos me dejaron solo», escribe en el libro. Aquí no hay rastro de humor. «¿Qué otra palabra podría definir esta conducta más que la palabra traición? Después de una convivencia de quince o veinte años, yo había llegado a creer que mis amigos iban al café con el mismo espíritu que yo, y, de pronto, resulta […] que su verdadera vocación no era la de hombres de café, sino la de ministros de Hacienda, Agricultura, Marina y Comunicaciones. […] Me dejaron solo en el café, y uno no puede quedarse solo en el café».Nadie sabe qué habría pasado si a Camba lo hubieran enviado a una embajada. «Sintió esa doble tradición –del Gobierno de la República y de sus compañeros escritores e intelectuales– y respondió a ella exhibiendo su disconformidad y su rencor hacia quienes, según él, le habían fallado», resume Fuster. En ‘Haciendo de República’ aparece así un Camba inusualmente amargo. De Azaña solo salva la reforma del Ejército. Todo lo demás le merece desdén: la política educativa, la libertad de culto, la secularización de los cementerios, la ley del divorcio y la comedia de cargos en la que, a su juicio, se había convertido la República. Hay sentencias que hoy siguen vigentes: «Una cosa es tener automóvil cuando se es ministro, y otra cosa es hacerse ministro para tener un automóvil». Julio Camba escribió ‘Haciendo de República’ porque no le dejaron hacerlo. No es que al periodista le naciera una vocación irrefrenable por escribir libros, que nunca la tuvo. Lo suyo era escribir la columna del día y, a ser posible, corta. Lo que ocurrió fue la censura. Camba escribía para ABC cuando llegó la Segunda República y sus artículos, que tanto se leían y celebraban, empezaron a incomodar al nuevo Gobierno. Un editor le propuso entonces que guardara todo lo que le censuraban y hacer un libro con ese material. Así nació el único volumen en el que Camba pierde el tiempo en hablar de política y, seguramente, uno de los menos leídos de toda su obra.Porque en estos años largos de reediciones de sus libros, de vueltas de tuerca a sus artículos y de investigaciones sobre su vida, solo Xavier Pericay se había acordado de este título al incluirlo en ‘Cuatro historias de la República’, junto a Pla, Gaziel y Chaves Nogales. Ha resultado más cómodo reivindicar al Camba ingenioso, el que tenía un giro brillante para casi todo. Cuando, en el curso de algún artículo no se le ocurrían más que cosas sensatas y razonables, decía, se veía obligado a hacer un gran esfuerzo mental para añadir alguna tontería que lo sacara del apuro. También hubo un Camba político y desengañado: «Ahora que tenemos la República, ahora ya no tenemos solución» .Es la editorial Página Indómita la que ha venido ahora a rescatar de las librerías de lance ‘Haciendo de República’.Todo lo que tiene que ver con este libro es un rescate. Primero, de la censura. Pedro Sainz Rodríguez, el mismo editor que publicó ‘La casa de Lúculo’, le propuso a Camba pagarle los artículos que la ley de Defensa de la República de Azaña convertía en impublicables. Al autor, que vivía de lo que le cobraba por sus colaboraciones, la idea le pareció excelente para ir tirando. «Con este acuerdo logramos elaborar un libro de un extraordinario interés y que no sé por qué no ha sido más difundido y comentado», recordaría Sainz Rodríguez. El volumen apareció en 1934 en Espasa-Calpe, fue reeditado por Plus Ultra en 1968 y hasta aquí.’Haciendo de República’ Autor Julio Camba Editorial Página indómita Número de páginas 192 Precio 18,50 eurosEs un libro muy crítico con esa República que encarcelaba al director de ABC y secuestraba el periódico. «La República es el fenómeno más desmoralizador que se ha producido en España desde hace muchísimo tiempo», escribe Camba. «Mientras no la teníamos, confiábamos en ella, aunque solo fuese como una salida para casos de incendio, y esto nos permitía conservar intacta nuestra moral en medio de las situaciones más difíciles; pero ahora que la tenemos, ahora ya no nos queda salida ninguna. La República nos quitó la ilusión de la República y, a cambio, no nos ha dado ni la menor partícula de realidad».Camba había recibido el nuevo régimen con cierta esperanza, incluso con la ilusión de acabar en alguna embajada, pero enseguida se desencantó. El advenimiento de la República lo sorprendió en Nueva York, y allí leyó la lista de los primeros embajadores y ministros. No estaba su nombre; sí el de muchos amigos y conocidos. No se resistió a ponerlo por escrito, con su ironía habitual, y también se lo contó a Josep Pla, que dejó constancia del episodio en ‘El advenimiento de la República’: «El criterio consiste en volver a las andadas. Nombrar a los de siempre… Los intelectuales han triunfado totalmente. Y esto será la muerte de la República . No saben nada de nada. Yo he sido considerado un insignificante humorista…».Ha quedado como lugar común que Camba escribía contra la República movido por el resentimiento. La prensa de izquierdas lo acusó de hacerlo para no morirse de hambre. Con el tiempo, parece que algunas de sus advertencias no eran tan desacertadas. Francisco Fuster , en su biografía ‘Una lección de periodismo’, apunta a otra razón: Camba se sintió víctima de una doble traición. No solo es que el Gobierno republicano no contara con él para inaugurar los nuevos tiempos; también se vio abandonado por los intelectuales de su generación, a quienes había creído amigos.Recibió el nuevo régimen con cierta esperanza y la ilusión de ser embajador, pero enseguida se desencantó«Yo soy uno de estos hombres de café, y, como digo, cuando se proclamó la República, mis amigos me dejaron solo», escribe en el libro. Aquí no hay rastro de humor. «¿Qué otra palabra podría definir esta conducta más que la palabra traición? Después de una convivencia de quince o veinte años, yo había llegado a creer que mis amigos iban al café con el mismo espíritu que yo, y, de pronto, resulta […] que su verdadera vocación no era la de hombres de café, sino la de ministros de Hacienda, Agricultura, Marina y Comunicaciones. […] Me dejaron solo en el café, y uno no puede quedarse solo en el café».Nadie sabe qué habría pasado si a Camba lo hubieran enviado a una embajada. «Sintió esa doble tradición –del Gobierno de la República y de sus compañeros escritores e intelectuales– y respondió a ella exhibiendo su disconformidad y su rencor hacia quienes, según él, le habían fallado», resume Fuster. En ‘Haciendo de República’ aparece así un Camba inusualmente amargo. De Azaña solo salva la reforma del Ejército. Todo lo demás le merece desdén: la política educativa, la libertad de culto, la secularización de los cementerios, la ley del divorcio y la comedia de cargos en la que, a su juicio, se había convertido la República. Hay sentencias que hoy siguen vigentes: «Una cosa es tener automóvil cuando se es ministro, y otra cosa es hacerse ministro para tener un automóvil».
Julio Camba escribió ‘Haciendo de República’ porque no le dejaron hacerlo. No es que al periodista le naciera una vocación irrefrenable por escribir libros, que nunca la tuvo. Lo suyo era escribir la columna del día y, a ser posible, corta. Lo que ocurrió fue … la censura. Camba escribía para ABC cuando llegó la Segunda República y sus artículos, que tanto se leían y celebraban, empezaron a incomodar al nuevo Gobierno. Un editor le propuso entonces que guardara todo lo que le censuraban y hacer un libro con ese material. Así nació el único volumen en el que Camba pierde el tiempo en hablar de política y, seguramente, uno de los menos leídos de toda su obra.
Porque en estos años largos de reediciones de sus libros, de vueltas de tuerca a sus artículos y de investigaciones sobre su vida, solo Xavier Pericay se había acordado de este título al incluirlo en ‘Cuatro historias de la República’, junto a Pla, Gaziel y Chaves Nogales. Ha resultado más cómodo reivindicar al Camba ingenioso, el que tenía un giro brillante para casi todo. Cuando, en el curso de algún artículo no se le ocurrían más que cosas sensatas y razonables, decía, se veía obligado a hacer un gran esfuerzo mental para añadir alguna tontería que lo sacara del apuro. También hubo un Camba político y desengañado: «Ahora que tenemos la República, ahora ya no tenemos solución».
Es la editorial Página Indómita la que ha venido ahora a rescatar de las librerías de lance ‘Haciendo de República’.
Todo lo que tiene que ver con este libro es un rescate. Primero, de la censura. Pedro Sainz Rodríguez, el mismo editor que publicó ‘La casa de Lúculo’, le propuso a Camba pagarle los artículos que la ley de Defensa de la República de Azaña convertía en impublicables. Al autor, que vivía de lo que le cobraba por sus colaboraciones, la idea le pareció excelente para ir tirando. «Con este acuerdo logramos elaborar un libro de un extraordinario interés y que no sé por qué no ha sido más difundido y comentado», recordaría Sainz Rodríguez. El volumen apareció en 1934 en Espasa-Calpe, fue reeditado por Plus Ultra en 1968 y hasta aquí.
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Autor
Julio Camba -
Editorial
Página indómita -
Número de páginas
192 -
Precio
18,50 euros
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Es un libro muy crítico con esa República que encarcelaba al director de ABC y secuestraba el periódico. «La República es el fenómeno más desmoralizador que se ha producido en España desde hace muchísimo tiempo», escribe Camba. «Mientras no la teníamos, confiábamos en ella, aunque solo fuese como una salida para casos de incendio, y esto nos permitía conservar intacta nuestra moral en medio de las situaciones más difíciles; pero ahora que la tenemos, ahora ya no nos queda salida ninguna. […] La República nos quitó la ilusión de la República y, a cambio, no nos ha dado ni la menor partícula de realidad».
Camba había recibido el nuevo régimen con cierta esperanza, incluso con la ilusión de acabar en alguna embajada, pero enseguida se desencantó. El advenimiento de la República lo sorprendió en Nueva York, y allí leyó la lista de los primeros embajadores y ministros. No estaba su nombre; sí el de muchos amigos y conocidos. No se resistió a ponerlo por escrito, con su ironía habitual, y también se lo contó a Josep Pla, que dejó constancia del episodio en ‘El advenimiento de la República’: «El criterio consiste en volver a las andadas. Nombrar a los de siempre… Los intelectuales han triunfado totalmente. Y esto será la muerte de la República. No saben nada de nada. Yo he sido considerado un insignificante humorista…».
Ha quedado como lugar común que Camba escribía contra la República movido por el resentimiento. La prensa de izquierdas lo acusó de hacerlo para no morirse de hambre. Con el tiempo, parece que algunas de sus advertencias no eran tan desacertadas. Francisco Fuster, en su biografía ‘Una lección de periodismo’, apunta a otra razón: Camba se sintió víctima de una doble traición. No solo es que el Gobierno republicano no contara con él para inaugurar los nuevos tiempos; también se vio abandonado por los intelectuales de su generación, a quienes había creído amigos.
Recibió el nuevo régimen con cierta esperanza y la ilusión de ser embajador, pero enseguida se desencantó
«Yo soy uno de estos hombres de café, y, como digo, cuando se proclamó la República, mis amigos me dejaron solo», escribe en el libro. Aquí no hay rastro de humor. «¿Qué otra palabra podría definir esta conducta más que la palabra traición? Después de una convivencia de quince o veinte años, yo había llegado a creer que mis amigos iban al café con el mismo espíritu que yo, y, de pronto, resulta […] que su verdadera vocación no era la de hombres de café, sino la de ministros de Hacienda, Agricultura, Marina y Comunicaciones. […] Me dejaron solo en el café, y uno no puede quedarse solo en el café».
Nadie sabe qué habría pasado si a Camba lo hubieran enviado a una embajada. «Sintió esa doble tradición –del Gobierno de la República y de sus compañeros escritores e intelectuales– y respondió a ella exhibiendo su disconformidad y su rencor hacia quienes, según él, le habían fallado», resume Fuster. En ‘Haciendo de República’ aparece así un Camba inusualmente amargo. De Azaña solo salva la reforma del Ejército. Todo lo demás le merece desdén: la política educativa, la libertad de culto, la secularización de los cementerios, la ley del divorcio y la comedia de cargos en la que, a su juicio, se había convertido la República. Hay sentencias que hoy siguen vigentes: «Una cosa es tener automóvil cuando se es ministro, y otra cosa es hacerse ministro para tener un automóvil».
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