Mucho antes de ser desfile y paso lento de Semana Santa, esta canción fue mitología en la voz de Lola Montes, pues había nacido como cuplé de cabaret. Dos palabras que hoy suenan a pieza de museo. Cuplé. Cabaret. Un relato cantado en el que la intérprete, seductora, se reía del mundo o lo desnudaba. A veces ambas cosas. Y el cabaret, ya saben, ese espacio a medio camino entre el teatro y el café, donde el espectáculo tenía siempre aires de clandestinidad. Así se escribe, durante los felices años 20 ‘El novio de la muerte’, con música de Juan Costa Casals y letra de Fidel Prado Duque, que no era, desde luego, Scott Fitzgerald. Ni falta que le hacía, pues lo que cuenta es igual de complejo y eterno: un hombre que pierde a la mujer que ama, se queda sin mundo y decide entregarse a la muerte como quien se entrega a un destino. Amor y muerte. No hay mucho más. Luego aparece en escena José Millán-Astray, fundador de la Legión y más tarde figura destacada del franquismo. Astray escucha la canción, reconoce en ella una épica útil mezcla de fatalismo y desafío, y decide apropiársela. Le da igual que el autor no comulgue con sus ideales políticos, incluso el origen frívolo del cuplé. La letra tiene lo que él necesita, una mística. Y se la lleva, convirtiéndola en un canto colectivo con botas, fusiles y polvo africano. No deja de tener su ironía. Porque Fidel Prado, autor de esos versos, no era precisamente un hombre afín al ambiente militar. Periodista, hombre de letras, próximo a los círculos republicanos, atravesó la Guerra Civil como tantos otros: perdiendo el país que conocía. Y tras la contienda, como tantos otros también, tuvo que reinventarse. En su caso, escribiendo novelas del Oeste bajo seudónimo, en editoriales de quiosco y a ritmo industrial. Y si uno mira con atención, verá que no hay tanta diferencia: hombres solos frente a un destino que no controlan, aferrados a una idea –el amor, el honor, la muerte– que les da sentido cuando todo lo demás se ha perdido. Pura épica.Por eso ‘El novio de la muerte’ sigue ahí. Porque más allá de banderas, apropiaciones y contextos (que los tiene, y no pequeños) la letra resiste. Como sólo resisten al tiempo y la emoción, las buenas historias. Mucho antes de ser desfile y paso lento de Semana Santa, esta canción fue mitología en la voz de Lola Montes, pues había nacido como cuplé de cabaret. Dos palabras que hoy suenan a pieza de museo. Cuplé. Cabaret. Un relato cantado en el que la intérprete, seductora, se reía del mundo o lo desnudaba. A veces ambas cosas. Y el cabaret, ya saben, ese espacio a medio camino entre el teatro y el café, donde el espectáculo tenía siempre aires de clandestinidad. Así se escribe, durante los felices años 20 ‘El novio de la muerte’, con música de Juan Costa Casals y letra de Fidel Prado Duque, que no era, desde luego, Scott Fitzgerald. Ni falta que le hacía, pues lo que cuenta es igual de complejo y eterno: un hombre que pierde a la mujer que ama, se queda sin mundo y decide entregarse a la muerte como quien se entrega a un destino. Amor y muerte. No hay mucho más. Luego aparece en escena José Millán-Astray, fundador de la Legión y más tarde figura destacada del franquismo. Astray escucha la canción, reconoce en ella una épica útil mezcla de fatalismo y desafío, y decide apropiársela. Le da igual que el autor no comulgue con sus ideales políticos, incluso el origen frívolo del cuplé. La letra tiene lo que él necesita, una mística. Y se la lleva, convirtiéndola en un canto colectivo con botas, fusiles y polvo africano. No deja de tener su ironía. Porque Fidel Prado, autor de esos versos, no era precisamente un hombre afín al ambiente militar. Periodista, hombre de letras, próximo a los círculos republicanos, atravesó la Guerra Civil como tantos otros: perdiendo el país que conocía. Y tras la contienda, como tantos otros también, tuvo que reinventarse. En su caso, escribiendo novelas del Oeste bajo seudónimo, en editoriales de quiosco y a ritmo industrial. Y si uno mira con atención, verá que no hay tanta diferencia: hombres solos frente a un destino que no controlan, aferrados a una idea –el amor, el honor, la muerte– que les da sentido cuando todo lo demás se ha perdido. Pura épica.Por eso ‘El novio de la muerte’ sigue ahí. Porque más allá de banderas, apropiaciones y contextos (que los tiene, y no pequeños) la letra resiste. Como sólo resisten al tiempo y la emoción, las buenas historias.
Mucho antes de ser desfile y paso lento de Semana Santa, esta canción fue mitología en la voz de Lola Montes, pues había nacido como cuplé de cabaret. Dos palabras que hoy suenan a pieza de museo. Cuplé. Cabaret. Un relato cantado en el que … la intérprete, seductora, se reía del mundo o lo desnudaba. A veces ambas cosas. Y el cabaret, ya saben, ese espacio a medio camino entre el teatro y el café, donde el espectáculo tenía siempre aires de clandestinidad.
Así se escribe, durante los felices años 20 ‘El novio de la muerte’, con música de Juan Costa Casals y letra de Fidel Prado Duque, que no era, desde luego, Scott Fitzgerald. Ni falta que le hacía, pues lo que cuenta es igual de complejo y eterno: un hombre que pierde a la mujer que ama, se queda sin mundo y decide entregarse a la muerte como quien se entrega a un destino. Amor y muerte. No hay mucho más.
Luego aparece en escena José Millán-Astray, fundador de la Legión y más tarde figura destacada del franquismo. Astray escucha la canción, reconoce en ella una épica útil mezcla de fatalismo y desafío, y decide apropiársela. Le da igual que el autor no comulgue con sus ideales políticos, incluso el origen frívolo del cuplé. La letra tiene lo que él necesita, una mística. Y se la lleva, convirtiéndola en un canto colectivo con botas, fusiles y polvo africano.
No deja de tener su ironía. Porque Fidel Prado, autor de esos versos, no era precisamente un hombre afín al ambiente militar. Periodista, hombre de letras, próximo a los círculos republicanos, atravesó la Guerra Civil como tantos otros: perdiendo el país que conocía. Y tras la contienda, como tantos otros también, tuvo que reinventarse. En su caso, escribiendo novelas del Oeste bajo seudónimo, en editoriales de quiosco y a ritmo industrial. Y si uno mira con atención, verá que no hay tanta diferencia: hombres solos frente a un destino que no controlan, aferrados a una idea –el amor, el honor, la muerte– que les da sentido cuando todo lo demás se ha perdido. Pura épica.
Por eso ‘El novio de la muerte’ sigue ahí. Porque más allá de banderas, apropiaciones y contextos (que los tiene, y no pequeños) la letra resiste. Como sólo resisten al tiempo y la emoción, las buenas historias.
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