Margarita de Austria estaba bien enterada del desasosiego de los españoles en 1605 ante su próximo parto. La esposa de Felipe III había dado a luz ya a dos niñas, pero se aguardaba con ansia el nacimiento de un heredero que garantizara la sucesión al trono. Por eso, conforme se acercaba el trance, la Reina solía decir «que si no naciera varón, tendría que guardarse de España, pues temía que no la esperase más que a la tercera». Corría el mes de abril y, según contó en estas páginas Francisco Mendizábal , los monarcas se prestaban a celebrar la Semana Santa en Valladolid, donde se había trasladado la corte para enfado de los madrileños. «La villa del Manzanares se enzarzó con la ciudad del Pisuerga y puestos a venir a las manos madrileños y vallisoletanos en decires, chuscadas y sátiras, pelearon hasta por los ríos, echándose en cara cada uno el ser más cauteloso que el otro», narró el cronista de Valladolid.Lo más granado del país poblaba por entonces la ciudad castellana. Literatos, artistas, hombres de finanzas, aristócratas y hasta los pícaros más expertos deambulaban por sus calles como «obligado cortejo de las grandes muchedumbres en fiesta», según Mendizábal. Las celebraciones de aquella Semana Santa prometían una especial solemnidad por el prestigio que ya tenían sus ricas y numerosas cofradías y por la calidad artística de sus pasos. También el portugués Tomé Pinheiro da Veiga rondaba por esas fechas Valladolid y reseñó al detalle la procesión de la Vera Cruz del Jueves Santo . Según su relato, recogido por Mendizábal, el cortejo salió de la plaza Mayor, que lucía llena de gente. Se abrieron las puertas del convento de San Francisco y un ejército de capuchones salió en silencio y orden a lo largo de dos hileras sin fin. «Estos que van primeros en la procesión son hermanos de sangre. Contadlos. Pasan de dos mil… –describió el cronista– ¿Y la penitencia es real y voluntaria?». Si Pinheiro no exageraba, algún cofrade llevaba en su espalda desnuda «trozos de sangre coagulada de más de a libra», aunque Mendizábal lo puso en duda. A su juicio, el sacrificio era «terrible y demasiado caro» para los ocho reales que cobraría un mercenario por sufrir en sus carnes la penitencia de otro. Reportaje de Francisco Mendizábal publicado en ABC el 24 de marzo de 1932. ABCEl visitante lusitano describió los pasos de La Cena, la Oración del Huerto, La Verónica, La Crucifixión o La Lanzada como «los más bellos y hermosos que se puedan imaginar» (¡Qué habría dicho de los del imaginero Gregorio Fernández, que se sumarían pocos años después!, pensó Mendizábal). Por detrás caminaban más de un millar de hermanos de luz y el paso de la Virgen con su hijo muerto, que cerraba el cortejo con cierta prisa, pues iban para tres horas las que estaba durando la procesión. Noticia relacionada general No No Decíamos ayer El soldado etíope que conquistó Roma descalzo Mónica ArrizabalagaAntes de llegar al palacio, la gente comenzó a preguntarse: ¿Estará la Reina tras la vidriera? Aunque había asistido a los Oficios, por la ciudad se había corrido el rumor de que había sentido los primeros dolores de parto. Se vio a Felipe III junto al duque de Lerma y otros nobles… y no faltó tampoco la soberana, aunque las habladurías estaban en lo cierto. Al día siguiente, Viernes Santo, alumbró a un niño, Felipe IV. «Y la tristeza propia del día se abrevió por el feliz acontecimiento, sin esperar al Sábado de Gloria, jubiloso el pueblo por el nacimiento de su príncipe, que ya desconfiaba alcanzar», publicó Mendizábal en ABC en 1932, durante otra Semana Santa singular, pues fue la primera tras la proclamación de la Segunda República. El cronista recordó la alegría de los españoles por el nacimiento del monarca bajo un aséptico titular histórico sin referencia al Rey y únicamente con ilustraciones de los artísticos pasos de Valladolid. Por lo que fuera. Margarita de Austria estaba bien enterada del desasosiego de los españoles en 1605 ante su próximo parto. La esposa de Felipe III había dado a luz ya a dos niñas, pero se aguardaba con ansia el nacimiento de un heredero que garantizara la sucesión al trono. Por eso, conforme se acercaba el trance, la Reina solía decir «que si no naciera varón, tendría que guardarse de España, pues temía que no la esperase más que a la tercera». Corría el mes de abril y, según contó en estas páginas Francisco Mendizábal , los monarcas se prestaban a celebrar la Semana Santa en Valladolid, donde se había trasladado la corte para enfado de los madrileños. «La villa del Manzanares se enzarzó con la ciudad del Pisuerga y puestos a venir a las manos madrileños y vallisoletanos en decires, chuscadas y sátiras, pelearon hasta por los ríos, echándose en cara cada uno el ser más cauteloso que el otro», narró el cronista de Valladolid.Lo más granado del país poblaba por entonces la ciudad castellana. Literatos, artistas, hombres de finanzas, aristócratas y hasta los pícaros más expertos deambulaban por sus calles como «obligado cortejo de las grandes muchedumbres en fiesta», según Mendizábal. Las celebraciones de aquella Semana Santa prometían una especial solemnidad por el prestigio que ya tenían sus ricas y numerosas cofradías y por la calidad artística de sus pasos. También el portugués Tomé Pinheiro da Veiga rondaba por esas fechas Valladolid y reseñó al detalle la procesión de la Vera Cruz del Jueves Santo . Según su relato, recogido por Mendizábal, el cortejo salió de la plaza Mayor, que lucía llena de gente. Se abrieron las puertas del convento de San Francisco y un ejército de capuchones salió en silencio y orden a lo largo de dos hileras sin fin. «Estos que van primeros en la procesión son hermanos de sangre. Contadlos. Pasan de dos mil… –describió el cronista– ¿Y la penitencia es real y voluntaria?». Si Pinheiro no exageraba, algún cofrade llevaba en su espalda desnuda «trozos de sangre coagulada de más de a libra», aunque Mendizábal lo puso en duda. A su juicio, el sacrificio era «terrible y demasiado caro» para los ocho reales que cobraría un mercenario por sufrir en sus carnes la penitencia de otro. Reportaje de Francisco Mendizábal publicado en ABC el 24 de marzo de 1932. ABCEl visitante lusitano describió los pasos de La Cena, la Oración del Huerto, La Verónica, La Crucifixión o La Lanzada como «los más bellos y hermosos que se puedan imaginar» (¡Qué habría dicho de los del imaginero Gregorio Fernández, que se sumarían pocos años después!, pensó Mendizábal). Por detrás caminaban más de un millar de hermanos de luz y el paso de la Virgen con su hijo muerto, que cerraba el cortejo con cierta prisa, pues iban para tres horas las que estaba durando la procesión. Noticia relacionada general No No Decíamos ayer El soldado etíope que conquistó Roma descalzo Mónica ArrizabalagaAntes de llegar al palacio, la gente comenzó a preguntarse: ¿Estará la Reina tras la vidriera? Aunque había asistido a los Oficios, por la ciudad se había corrido el rumor de que había sentido los primeros dolores de parto. Se vio a Felipe III junto al duque de Lerma y otros nobles… y no faltó tampoco la soberana, aunque las habladurías estaban en lo cierto. Al día siguiente, Viernes Santo, alumbró a un niño, Felipe IV. «Y la tristeza propia del día se abrevió por el feliz acontecimiento, sin esperar al Sábado de Gloria, jubiloso el pueblo por el nacimiento de su príncipe, que ya desconfiaba alcanzar», publicó Mendizábal en ABC en 1932, durante otra Semana Santa singular, pues fue la primera tras la proclamación de la Segunda República. El cronista recordó la alegría de los españoles por el nacimiento del monarca bajo un aséptico titular histórico sin referencia al Rey y únicamente con ilustraciones de los artísticos pasos de Valladolid. Por lo que fuera.
Margarita de Austria estaba bien enterada del desasosiego de los españoles en 1605 ante su próximo parto. La esposa de Felipe III había dado a luz ya a dos niñas, pero se aguardaba con ansia el nacimiento de un heredero que garantizara la sucesión … al trono. Por eso, conforme se acercaba el trance, la Reina solía decir «que si no naciera varón, tendría que guardarse de España, pues temía que no la esperase más que a la tercera». Corría el mes de abril y, según contó en estas páginas Francisco Mendizábal, los monarcas se prestaban a celebrar la Semana Santa en Valladolid, donde se había trasladado la corte para enfado de los madrileños. «La villa del Manzanares se enzarzó con la ciudad del Pisuerga y puestos a venir a las manos madrileños y vallisoletanos en decires, chuscadas y sátiras, pelearon hasta por los ríos, echándose en cara cada uno el ser más cauteloso que el otro», narró el cronista de Valladolid.
Lo más granado del país poblaba por entonces la ciudad castellana. Literatos, artistas, hombres de finanzas, aristócratas y hasta los pícaros más expertos deambulaban por sus calles como «obligado cortejo de las grandes muchedumbres en fiesta», según Mendizábal. Las celebraciones de aquella Semana Santa prometían una especial solemnidad por el prestigio que ya tenían sus ricas y numerosas cofradías y por la calidad artística de sus pasos. También el portugués Tomé Pinheiro da Veiga rondaba por esas fechas Valladolid y reseñó al detalle la procesión de la Vera Cruz del Jueves Santo. Según su relato, recogido por Mendizábal, el cortejo salió de la plaza Mayor, que lucía llena de gente. Se abrieron las puertas del convento de San Francisco y un ejército de capuchones salió en silencio y orden a lo largo de dos hileras sin fin. «Estos que van primeros en la procesión son hermanos de sangre. Contadlos. Pasan de dos mil… –describió el cronista– ¿Y la penitencia es real y voluntaria?». Si Pinheiro no exageraba, algún cofrade llevaba en su espalda desnuda «trozos de sangre coagulada de más de a libra», aunque Mendizábal lo puso en duda. A su juicio, el sacrificio era «terrible y demasiado caro» para los ocho reales que cobraría un mercenario por sufrir en sus carnes la penitencia de otro.

(ABC)
El visitante lusitano describió los pasos de La Cena, la Oración del Huerto, La Verónica, La Crucifixión o La Lanzada como «los más bellos y hermosos que se puedan imaginar» (¡Qué habría dicho de los del imaginero Gregorio Fernández, que se sumarían pocos años después!, pensó Mendizábal). Por detrás caminaban más de un millar de hermanos de luz y el paso de la Virgen con su hijo muerto, que cerraba el cortejo con cierta prisa, pues iban para tres horas las que estaba durando la procesión.
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Antes de llegar al palacio, la gente comenzó a preguntarse: ¿Estará la Reina tras la vidriera? Aunque había asistido a los Oficios, por la ciudad se había corrido el rumor de que había sentido los primeros dolores de parto. Se vio a Felipe III junto al duque de Lerma y otros nobles… y no faltó tampoco la soberana, aunque las habladurías estaban en lo cierto. Al día siguiente, Viernes Santo, alumbró a un niño, Felipe IV. «Y la tristeza propia del día se abrevió por el feliz acontecimiento, sin esperar al Sábado de Gloria, jubiloso el pueblo por el nacimiento de su príncipe, que ya desconfiaba alcanzar», publicó Mendizábal en ABC en 1932, durante otra Semana Santa singular, pues fue la primera tras la proclamación de la Segunda República. El cronista recordó la alegría de los españoles por el nacimiento del monarca bajo un aséptico titular histórico sin referencia al Rey y únicamente con ilustraciones de los artísticos pasos de Valladolid. Por lo que fuera.
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