Lo primero que vemos es a Zendaya cruzando un desierto, y después una frontera, para acabar durmiendo en un pajar y a la mañana siguiente comer con una familia de cristianos estadounidenses muy patriotas, a los que engaña haciéndose pasar por periodista. Al despedirse, el padre le pide que le mande el artículo que escriba sobre el viaje, y ella le dice: «Si, siempre y cuando no lo censuren los progres». No mucho más tarde la vemos hablando con una amiga, haciendo terapia gratis (es tan caro no tener amigos…). «Creo que si tuviera una religión mi vida sería mejor», le suelta, para encubrir sus desgracias. Entre esas dos líneas se resume la protagonista de ‘Euphoria’ y el tono mismo de la serie, también su humor, su drama, su ligereza, ese cóctel de miseria y risa y estetización del lumpen y lo no tan lumpen que la convirtió en un fenómeno: ‘Euphoria’ es la luz que se cuela entre las grietas, pero es una luz de neón o de pantalla de smartphone en la noche. Ahora, tras cuatro años de espera, vuelve con su tercera temporada y nos da, al fin, un buen motivo para abrir la aplicación de HBO Max (ya no me acordaba de la contraseña).Ruby (o sea, Zendaya) es una exdrogadicta que paga una deuda antigua haciendo de mula para meter fentanilo en Estados Unidos. En sus ratos libres, además, trabaja para Uber. Todo el argumento de ‘Euphoria’ es un poco así; de alguna manera, la serie repasa en este nuevo episodio el catálogo de temas y polémicas del momento, sea lo que sea eso: tenemos Onlyfans («¿No es porno?» «Eso pensaba yo, pero he estado leyendo y…»), un hombre de la generación Z que piensa como un agricultor de principios del siglo XX, una adolescente que nunca ha entrado en internet, una veinteañera (Sydney Sweeney) que se viste de perrita para monetizar sus redes sociales y pagarse así su bodorrio, una joven que malvive como becaria en Hollywood, otra que es sugar baby («es puta, entonces: no hay diferencia»), otra que se mata a trabajar y no tiene ni para pagar las facturas… Es un zeitgeist espídico, como de algoritmo de TikTok.Todo lo que es la serie, también todo lo que no es, lo resume Nate (Jacob Elordi) mientras intenta engañar a un hombre para que invierta en su empresa de construcción con un argumento puramente estadístico: «Cada quince segundos muere un boomer». Y en ese mismo lapso de tiempo otro se queja de que ‘Euphoria’ es inmoral. Lo primero que vemos es a Zendaya cruzando un desierto, y después una frontera, para acabar durmiendo en un pajar y a la mañana siguiente comer con una familia de cristianos estadounidenses muy patriotas, a los que engaña haciéndose pasar por periodista. Al despedirse, el padre le pide que le mande el artículo que escriba sobre el viaje, y ella le dice: «Si, siempre y cuando no lo censuren los progres». No mucho más tarde la vemos hablando con una amiga, haciendo terapia gratis (es tan caro no tener amigos…). «Creo que si tuviera una religión mi vida sería mejor», le suelta, para encubrir sus desgracias. Entre esas dos líneas se resume la protagonista de ‘Euphoria’ y el tono mismo de la serie, también su humor, su drama, su ligereza, ese cóctel de miseria y risa y estetización del lumpen y lo no tan lumpen que la convirtió en un fenómeno: ‘Euphoria’ es la luz que se cuela entre las grietas, pero es una luz de neón o de pantalla de smartphone en la noche. Ahora, tras cuatro años de espera, vuelve con su tercera temporada y nos da, al fin, un buen motivo para abrir la aplicación de HBO Max (ya no me acordaba de la contraseña).Ruby (o sea, Zendaya) es una exdrogadicta que paga una deuda antigua haciendo de mula para meter fentanilo en Estados Unidos. En sus ratos libres, además, trabaja para Uber. Todo el argumento de ‘Euphoria’ es un poco así; de alguna manera, la serie repasa en este nuevo episodio el catálogo de temas y polémicas del momento, sea lo que sea eso: tenemos Onlyfans («¿No es porno?» «Eso pensaba yo, pero he estado leyendo y…»), un hombre de la generación Z que piensa como un agricultor de principios del siglo XX, una adolescente que nunca ha entrado en internet, una veinteañera (Sydney Sweeney) que se viste de perrita para monetizar sus redes sociales y pagarse así su bodorrio, una joven que malvive como becaria en Hollywood, otra que es sugar baby («es puta, entonces: no hay diferencia»), otra que se mata a trabajar y no tiene ni para pagar las facturas… Es un zeitgeist espídico, como de algoritmo de TikTok.Todo lo que es la serie, también todo lo que no es, lo resume Nate (Jacob Elordi) mientras intenta engañar a un hombre para que invierta en su empresa de construcción con un argumento puramente estadístico: «Cada quince segundos muere un boomer». Y en ese mismo lapso de tiempo otro se queja de que ‘Euphoria’ es inmoral.

Lo primero que vemos es a Zendaya cruzando un desierto, y después una frontera, para acabar durmiendo en un pajar y después comiendo con una familia de cristianos estadounidenses muy patriotas, a los que engaña haciéndose pasar por periodista. Al despedirse, el padre le pide … que le mande el artículo que escriba sobre el viaje, y ella le dice: «Si, siempre y cuando no lo censuren los progres». No mucho más tarde la vemos hablando con una amiga, haciendo terapia gratis (es tan caro no tener amigos…). «Creo que si tuviera una religión mi vida sería mejor», le suelta, para encubrir sus desgracias. Entre esas dos líneas se resume la protagonista de ‘Euphoria’ y el tono mismo de la serie, también su humor, su drama, su ligereza, ese cóctel de miseria y risa y estetización del lumpen y lo no tan lumpen que la convirtió en un fenómeno: ‘Euphoria’ es la luz que se cuela entre las grietas, pero es una luz de neón o de pantalla de smartphone en la noche. Ahora, tras cuatro años de espera, vuelve con su tercera temporada y nos da, al fin, un buen motivo para abrir la aplicación de HBO Max (ya no me acordaba de la contraseña).
Ruby (o sea, Zendaya) es una exdrogadicta que paga una deuda antigua haciendo de mula para meter fentanilo en Estados Unidos. En sus ratos libres, además, trabaja para Uber. Todo el argumento de ‘Euphoria’ es un poco así; de alguna manera, la serie repasa en este nuevo episodio el catálogo de temas y polémicas del momento, sea lo que sea eso: tenemos Onlyfans («¿No es porno?» «Eso pensaba yo, pero he estado leyendo y…»), un hombre de la generación Z que piensa como un agricultor de principios del siglo XX, una adolescente que nunca ha entrado en internet, una veinteañera (Sydney Sweeney) que se viste de perrita para monetizar sus redes sociales y pagarse así su bodorrio, una joven que malvive como becaria en Hollywood, otra que es sugar baby («es puta, entonces: no hay diferencia»), otra que se mata a trabajar y no tiene ni para pagar las facturas… Es un zeitgeist espídico, como de algoritmo de TikTok.
Todo lo que es la serie, también todo lo que no es, lo resume Nate (Jacob Elordi) mientras intenta engañar a un hombre para que invierta en su empresa de construcción con un argumento puramente estadístico: «Cada quince segundos muere un boomer». Y en ese mismo lapso de tiempo otro se queja de que ‘Euphoria’ es inmoral.
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