Lúcido hasta el final, ayer falleció en Madri d, su ciudad adoptiva, el gran pintor tinerfeño Cristino de Vera . Nacido en 1931, de adolescente iba para marino mercante, algo que nos recordaba, a la entrada del apartamento chamberilero donde tantas veces nos acogieron Aurora y él, la maqueta de un barco. Pudo pronto la pintura. Su primer maestro fue un castellano viejo, adepto del realismo mágico, Mariano de Cossío , que eligió la isla para olvidar su preguerra. En 1951 empujó a su alumno a instalarse en Madrid, recomendándoselo a Vázquez Díaz. Como su luego muy amigo Caneja, como Caballero, como Ibarrola, como Canogar, el benjamín le debió su primer impulso al de Nerva, que le contagió su entusiasmo por Zurbarán, sus monjes, sus grises, sus ocres… Entre los primeros en elogiar su trabajo, Adriano del Valle y Manuel Sánchez Camargo. En 1962, gracias a una beca de la March recorrió Italia, donde además de entusiasmarse por los primitivos descubrió, en la Bienal de Venecia, a Giacometti. Poco después, sufrió una crisis que lo condujo casi a la abstracción. Algunos críticos fueron severos. Destruyó aquellas obras. Siempre conservaría sin embargo gran respeto por Rothko, Clyfford Still, Tàpies o Gonzalo Chillida.En 1971, en el volumen colectivo que le dedicó ‘Fablas’, escribieron, entre otros, Ángel Crespo, Gerardo Diego, Carlos Edmundo de Ory o Lázaro Santana: siempre la vecindad de los poetas… (Otro más: Manuel Padorno. Y un prosista: Juan Cruz). Monjes, el Cristo crucificad o, el Papa Juan XXIII en su lecho de muerte, plañideras portadoras de luz, camposantos castellanos como de poema de Francis Jammes, ciudades como Ávila o Toledo, el Sur de Tenerife con las luces parpadeando en la noche, vanitas (un recuerdo al estudio-celda del pintor enjuto, donde no entraba la luz del día, donde sonaba música japonesa o feldmaniana), cestas con rosas: estos son algunos de los motivos que interrogó una y otra vez en sus años centrales, tanto en lienzos, como en papeles. El más suyo sin duda fue, supo verlo muy bien el recordado Andrés Sánchez Robayna, el de la vela. Su pincelada austera , poco insistida, es hermana de su trazo a la tinta china, con unas mallas que son lo que en él más recuerda a Morandi.Agustín Rodríguez Sahagún , al cual efigió magníficamente, editó en 1975 la primera gran monografía cristiniana, de la autoría de Antonio Manuel Campoy, crítico de esta casa. Antes hay que recordar la de Joaquín de la Puente, aparecida en 1972 en la colección que editaba entonces el Ministerio de Educación y Ciencia. En Madrid celebró muestras importantes en el MEAC , el Reina Sofía , el Arqueológico o CaixaForum. En otras provincias recordar, en 2002, la de la abadía de Silos, a la que en un gesto increíble donó el conjunto de lo enviado (muy bueno lo del jefe del puesto de la Guardia Civil: ‘por la carretera, yo hubiera dicho: uno que se va a meter a monje’), y en 2005, su retrospectiva en el IVAM. Siempre de por medio, personas capaces de detectar la grandeza de esta obra como fuera del tiempo: Enrique Andrés Ruiz, Guirao, María José Salazar, Ana Vázquez de Parga… A esta última, que lo había conocido en Biosca (luego vendrían Miguel Fernández Braso o Íñigo Navarro), debo el ingreso en la cofradía cristiniana, a la que pertenecen también no pocos pintores del archipiélago, o el extremeño Juan Carlos Lázaro (preciosa su correspondencia con el finado), o Pedro Morales Elipe (que lo incluyó en su colectiva granadina de adeptos españoles de Morandi), y a la que perteneció Pepe Espaliu, que en 1991 comisarió ‘Un secreto fluir’, colectiva de La Máquina Española donde además del tinerfeño, figuraron Barbara Ess, Julio Romero de Torres y Rosemarie Trockel.En 2009 vio abrir las puertas la fundación que lleva su nombre en La Laguna, su ciudad natalEn 2009 abrió sus puertas la Fundación Cristino de Vera de La Laguna. Creada por Caja Canarias (que en 2006 había publicado un fantástico libro de tapas blancas, con sus textos hasta aquel momento), está ubicada en un hermoso palacio setecentista de la calle más metafísica de la ciudad casi latinoamericana que es La Laguna . Su limpia museografía es obra de Rodríguez Frade. Ejemplarmente dirigida por Clara de Armas, ha sido fundamental a la hora de enseñar a pintores hermanos (a mí me tocó Xavier Valls). Él ya no pudo estar con nosotros en las muestras en el Cervantes de Roma y París, pero Aurora nos acompañó en ambos casos, y pudo comprobar cómo en ambas capitales su mensaje encontraba nuevos adeptos, capaces de nuevas lecturas de su obra. Inolvidable Cristino, sus silencios, sus temores, sus repentizaciones, sus lecturas místicas, su miedo a la muerte . En esta hora triste, en que cuesta horrores hablar en pasado, recordar además su humor, su sonrisa, su dulzura, su melancolía, y su amor por Aurora. Lúcido hasta el final, ayer falleció en Madri d, su ciudad adoptiva, el gran pintor tinerfeño Cristino de Vera . Nacido en 1931, de adolescente iba para marino mercante, algo que nos recordaba, a la entrada del apartamento chamberilero donde tantas veces nos acogieron Aurora y él, la maqueta de un barco. Pudo pronto la pintura. Su primer maestro fue un castellano viejo, adepto del realismo mágico, Mariano de Cossío , que eligió la isla para olvidar su preguerra. En 1951 empujó a su alumno a instalarse en Madrid, recomendándoselo a Vázquez Díaz. Como su luego muy amigo Caneja, como Caballero, como Ibarrola, como Canogar, el benjamín le debió su primer impulso al de Nerva, que le contagió su entusiasmo por Zurbarán, sus monjes, sus grises, sus ocres… Entre los primeros en elogiar su trabajo, Adriano del Valle y Manuel Sánchez Camargo. En 1962, gracias a una beca de la March recorrió Italia, donde además de entusiasmarse por los primitivos descubrió, en la Bienal de Venecia, a Giacometti. Poco después, sufrió una crisis que lo condujo casi a la abstracción. Algunos críticos fueron severos. Destruyó aquellas obras. Siempre conservaría sin embargo gran respeto por Rothko, Clyfford Still, Tàpies o Gonzalo Chillida.En 1971, en el volumen colectivo que le dedicó ‘Fablas’, escribieron, entre otros, Ángel Crespo, Gerardo Diego, Carlos Edmundo de Ory o Lázaro Santana: siempre la vecindad de los poetas… (Otro más: Manuel Padorno. Y un prosista: Juan Cruz). Monjes, el Cristo crucificad o, el Papa Juan XXIII en su lecho de muerte, plañideras portadoras de luz, camposantos castellanos como de poema de Francis Jammes, ciudades como Ávila o Toledo, el Sur de Tenerife con las luces parpadeando en la noche, vanitas (un recuerdo al estudio-celda del pintor enjuto, donde no entraba la luz del día, donde sonaba música japonesa o feldmaniana), cestas con rosas: estos son algunos de los motivos que interrogó una y otra vez en sus años centrales, tanto en lienzos, como en papeles. El más suyo sin duda fue, supo verlo muy bien el recordado Andrés Sánchez Robayna, el de la vela. Su pincelada austera , poco insistida, es hermana de su trazo a la tinta china, con unas mallas que son lo que en él más recuerda a Morandi.Agustín Rodríguez Sahagún , al cual efigió magníficamente, editó en 1975 la primera gran monografía cristiniana, de la autoría de Antonio Manuel Campoy, crítico de esta casa. Antes hay que recordar la de Joaquín de la Puente, aparecida en 1972 en la colección que editaba entonces el Ministerio de Educación y Ciencia. En Madrid celebró muestras importantes en el MEAC , el Reina Sofía , el Arqueológico o CaixaForum. En otras provincias recordar, en 2002, la de la abadía de Silos, a la que en un gesto increíble donó el conjunto de lo enviado (muy bueno lo del jefe del puesto de la Guardia Civil: ‘por la carretera, yo hubiera dicho: uno que se va a meter a monje’), y en 2005, su retrospectiva en el IVAM. Siempre de por medio, personas capaces de detectar la grandeza de esta obra como fuera del tiempo: Enrique Andrés Ruiz, Guirao, María José Salazar, Ana Vázquez de Parga… A esta última, que lo había conocido en Biosca (luego vendrían Miguel Fernández Braso o Íñigo Navarro), debo el ingreso en la cofradía cristiniana, a la que pertenecen también no pocos pintores del archipiélago, o el extremeño Juan Carlos Lázaro (preciosa su correspondencia con el finado), o Pedro Morales Elipe (que lo incluyó en su colectiva granadina de adeptos españoles de Morandi), y a la que perteneció Pepe Espaliu, que en 1991 comisarió ‘Un secreto fluir’, colectiva de La Máquina Española donde además del tinerfeño, figuraron Barbara Ess, Julio Romero de Torres y Rosemarie Trockel.En 2009 vio abrir las puertas la fundación que lleva su nombre en La Laguna, su ciudad natalEn 2009 abrió sus puertas la Fundación Cristino de Vera de La Laguna. Creada por Caja Canarias (que en 2006 había publicado un fantástico libro de tapas blancas, con sus textos hasta aquel momento), está ubicada en un hermoso palacio setecentista de la calle más metafísica de la ciudad casi latinoamericana que es La Laguna . Su limpia museografía es obra de Rodríguez Frade. Ejemplarmente dirigida por Clara de Armas, ha sido fundamental a la hora de enseñar a pintores hermanos (a mí me tocó Xavier Valls). Él ya no pudo estar con nosotros en las muestras en el Cervantes de Roma y París, pero Aurora nos acompañó en ambos casos, y pudo comprobar cómo en ambas capitales su mensaje encontraba nuevos adeptos, capaces de nuevas lecturas de su obra. Inolvidable Cristino, sus silencios, sus temores, sus repentizaciones, sus lecturas místicas, su miedo a la muerte . En esta hora triste, en que cuesta horrores hablar en pasado, recordar además su humor, su sonrisa, su dulzura, su melancolía, y su amor por Aurora.
Lúcido hasta el final, ayer falleció en Madrid, su ciudad adoptiva, el gran pintor tinerfeño Cristino de Vera. Nacido en 1931, de adolescente iba para marino mercante, algo que nos recordaba, a la entrada del apartamento chamberilero donde tantas veces nos acogieron Aurora … y él, la maqueta de un barco. Pudo pronto la pintura. Su primer maestro fue un castellano viejo, adepto del realismo mágico, Mariano de Cossío, que eligió la isla para olvidar su preguerra. En 1951 empujó a su alumno a instalarse en Madrid, recomendándoselo a Vázquez Díaz. Como su luego muy amigo Caneja, como Caballero, como Ibarrola, como Canogar, el benjamín le debió su primer impulso al de Nerva, que le contagió su entusiasmo por Zurbarán, sus monjes, sus grises, sus ocres… Entre los primeros en elogiar su trabajo, Adriano del Valle y Manuel Sánchez Camargo.
En 1962, gracias a una beca de la March recorrió Italia, donde además de entusiasmarse por los primitivos descubrió, en la Bienal de Venecia, a Giacometti. Poco después, sufrió una crisis que lo condujo casi a la abstracción. Algunos críticos fueron severos. Destruyó aquellas obras. Siempre conservaría sin embargo gran respeto por Rothko, Clyfford Still, Tàpies o Gonzalo Chillida.
En 1971, en el volumen colectivo que le dedicó ‘Fablas’, escribieron, entre otros, Ángel Crespo, Gerardo Diego, Carlos Edmundo de Ory o Lázaro Santana: siempre la vecindad de los poetas… (Otro más: Manuel Padorno. Y un prosista: Juan Cruz). Monjes, el Cristo crucificado, el Papa Juan XXIII en su lecho de muerte, plañideras portadoras de luz, camposantos castellanos como de poema de Francis Jammes, ciudades como Ávila o Toledo, el Sur de Tenerife con las luces parpadeando en la noche, vanitas (un recuerdo al estudio-celda del pintor enjuto, donde no entraba la luz del día, donde sonaba música japonesa o feldmaniana), cestas con rosas: estos son algunos de los motivos que interrogó una y otra vez en sus años centrales, tanto en lienzos, como en papeles. El más suyo sin duda fue, supo verlo muy bien el recordado Andrés Sánchez Robayna, el de la vela. Su pincelada austera, poco insistida, es hermana de su trazo a la tinta china, con unas mallas que son lo que en él más recuerda a Morandi.
Agustín Rodríguez Sahagún, al cual efigió magníficamente, editó en 1975 la primera gran monografía cristiniana, de la autoría de Antonio Manuel Campoy, crítico de esta casa. Antes hay que recordar la de Joaquín de la Puente, aparecida en 1972 en la colección que editaba entonces el Ministerio de Educación y Ciencia. En Madrid celebró muestras importantes en el MEAC, el Reina Sofía, el Arqueológico o CaixaForum. En otras provincias recordar, en 2002, la de la abadía de Silos, a la que en un gesto increíble donó el conjunto de lo enviado (muy bueno lo del jefe del puesto de la Guardia Civil: ‘por la carretera, yo hubiera dicho: uno que se va a meter a monje’), y en 2005, su retrospectiva en el IVAM. Siempre de por medio, personas capaces de detectar la grandeza de esta obra como fuera del tiempo: Enrique Andrés Ruiz, Guirao, María José Salazar, Ana Vázquez de Parga… A esta última, que lo había conocido en Biosca (luego vendrían Miguel Fernández Braso o Íñigo Navarro), debo el ingreso en la cofradía cristiniana, a la que pertenecen también no pocos pintores del archipiélago, o el extremeño Juan Carlos Lázaro (preciosa su correspondencia con el finado), o Pedro Morales Elipe (que lo incluyó en su colectiva granadina de adeptos españoles de Morandi), y a la que perteneció Pepe Espaliu, que en 1991 comisarió ‘Un secreto fluir’, colectiva de La Máquina Española donde además del tinerfeño, figuraron Barbara Ess, Julio Romero de Torres y Rosemarie Trockel.
En 2009 vio abrir las puertas la fundación que lleva su nombre en La Laguna, su ciudad natal
En 2009 abrió sus puertas la Fundación Cristino de Vera de La Laguna. Creada por Caja Canarias (que en 2006 había publicado un fantástico libro de tapas blancas, con sus textos hasta aquel momento), está ubicada en un hermoso palacio setecentista de la calle más metafísica de la ciudad casi latinoamericana que es La Laguna. Su limpia museografía es obra de Rodríguez Frade. Ejemplarmente dirigida por Clara de Armas, ha sido fundamental a la hora de enseñar a pintores hermanos (a mí me tocó Xavier Valls). Él ya no pudo estar con nosotros en las muestras en el Cervantes de Roma y París, pero Aurora nos acompañó en ambos casos, y pudo comprobar cómo en ambas capitales su mensaje encontraba nuevos adeptos, capaces de nuevas lecturas de su obra. Inolvidable Cristino, sus silencios, sus temores, sus repentizaciones, sus lecturas místicas, su miedo a la muerte. En esta hora triste, en que cuesta horrores hablar en pasado, recordar además su humor, su sonrisa, su dulzura, su melancolía, y su amor por Aurora.
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