Hablar de alguien que se inclina por lo artesanal o por métodos previos a la tecnología más puntera puede llevar a pensar en un ludita, en una especie de anacoreta que medita entre lámparas de aceite. Iñaki Larrayoz, a pesar de haber renunciado a sistemas más modernos, no da ese perfil. Este navarro de 40 años estudió Ingeniería en Pamplona, trabajó en varios proyectos internacionales relacionados con la energía eólica y regresó a su tierra para dedicarse a su verdadera vocación: la música.
Hablar de alguien que se inclina por lo artesanal o por métodos previos a la tecnología más puntera puede llevar a pensar en un ludita, en una especie de anacoreta que medita entre lámparas de aceite. Iñaki Larrayoz, a pesar de haber renunciado a sistemas más modernos, no da ese perfil. Este navarro de 40 años estudió Ingeniería en Pamplona, trabajó en varios proyectos internacionales relacionados con la energía eólica y regresó a su tierra para dedicarse a su verdadera vocación: la música. Seguir leyendo
El último disco de este ingeniero reconvertido en técnico y compositor fue grabado en 24 pistas: “Esto consiste en hacerlo con ganas y con cariño”
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Hablar de alguien que se inclina por lo artesanal o por métodos previos a la tecnología más puntera puede llevar a pensar en un ludita, en una especie de anacoreta que medita entre lámparas de aceite. Iñaki Larrayoz, a pesar de haber renunciado a sistemas más modernos, no da ese perfil. Este navarro de 40 años estudió Ingeniería en Pamplona, trabajó en varios proyectos internacionales relacionados con la energía eólica y regresó a su tierra para dedicarse a su verdadera vocación: la música.
Esta vuelta fue a Larraintzar, el pueblo de unos 120 habitantes en el valle de Ultzama donde se crio. Aquí quería retomar su pasión juvenil, que no había abandonado pero sí dejado en un segundo plano. Y lo logró en tres direcciones tangenciales: montando un taller para fabricar o reparar instrumentos y aparatos electrónicos, saliendo de gira con grupos como Koma o artistas como Álex Ubago en labores de técnico y publicando sus propios discos, donde toca la guitarra y canta. El último álbum, llamado Larra Bideak II, no solo aúna sus melodías y reflexiones en euskera, también reivindica una manera de concebir donde prevalece el esmero a la vorágine.

Para materializar esa filosofía eligió a colegas afines y un tipo de grabación que suena a épocas pretéritas: la de 24 pistas analógicas en lugar de la digital. “Es mucho más fiel, capturas el momento”, justifica el autor palpando al aparato, fechado en 1984 en Austria e importado desde Lisboa.
Antes, la nave de 300 metros cuadrados que hoy es su taller fue una especie de desván multiusos: sus padres guardaban distintos tipos de material. Hubo incluso momentos en los que criaban conejos. Hoy es un refugio híbrido donde conviven la elaboración y reparación de aparatos musicales con la producción. Dos de sus oficios que, en realidad, responden a esa misma mentalidad de Larrayoz: gestar despacio, reutilizar antes que sustituir y aceptar que las mejores cosas rara vez nacen con prisa. Como el reciente Larra Bideak II, continuación del que salió en 2019 y que hizo prácticamente al margen de la lógica dominante de la industria: mientras la inmensa mayoría de las obras se registran con un ordenador portátil, con infinitas pistas y posibilidades de edición, él optó por desarrollarlo en la máquina de 24 pistas.

“Suena diferente. Para el folk o el rock es más cálido, menos agudo. Los graves son distintos, no hay color. El ordenador es más cristalino. Para el tecno, por ejemplo, esto puede no ser lo más acertado”, explica, sin nostalgia ni voluntad de demostrar que cualquier tiempo pasado fue mejor.
También colocó cortinas para mejorar la respuesta acústica entre las sierras mecánicas: “Grabamos la batería fuera para que estuviera más oxigenada”, comenta entre virutas de serrín y la escultura de un búho en un tronco. El grupo lo completaban el productor y guitarrista Ibai Gogortza, el bajista Iñigo Telletxea, el batería Mattin Arbelaitz, Ane Fagoaga a los coros, Julen Suarez a la trompeta e Iñigo Irazoki como técnico de grabación y mezcla. “Fue muy natural e inesperado encontrar una banda que ya funcionaba”. Las sesiones apenas duraron ocho días. Grababan por las mañanas, hacían tres o cuatro tomas y elegían. “Ahora no acabas nunca de editar”, resume. La tecnología ha eliminado casi todos los límites, pero también ha multiplicado las posibilidades de corregir, retocar y aplazar el momento de dar un tema por terminado. El método analógico empuja justo a lo contrario. Exige seleccionar. Renunciar. Aceptar pequeños errores si la conclusión transmite verdad.
Y el debate no es solo técnico. Es casi político. “Estoy en contra de ser rentable”, arguye sin levantar la voz. La frase sorprende en una etapa en la que casi cualquier actividad creativa parece estimarse en productividad, métricas o metas económicas. Así lo detalla: “Parece que todo se mide en costes y cifras. Y esto consiste en hacerlo con ganas y con cariño. Al final, lo importante es que quede algo bonito. Se busca un poco más de sosiego, porque con este trajín nunca nos da la vida”. En una época obsesionada con acelerar cada proceso, el taller de Iñaki Larrayoz recuerda que todavía existen lugares donde crear sigue pareciéndose más a un oficio que a una carrera. Allí, entre botones, herramientas y madera, las canciones todavía se construyen con las manos.
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