La tierra frente al océano es una frontera radical que algunos jardineros y paisajistas eligen cultivar. Se trata de un territorio de supervivencia y, por eso, también de sostenibilidad. Hay jardines encaramados en lo alto de acantilados, expuestos al viento y al salitre que requieren audacia en el diseño y especies resistentes.
La tierra frente al océano es una frontera radical que algunos jardineros y paisajistas eligen cultivar. Se trata de un territorio de supervivencia y, por eso, también de sostenibilidad. Hay jardines encaramados en lo alto de acantilados, expuestos al viento y al salitre que requieren audacia en el diseño y especies resistentes. Seguir leyendo
La tierra frente al océano es una frontera radical que algunos jardineros y paisajistas eligen cultivar. Se trata de un territorio de supervivencia y, por eso, también de sostenibilidad. Hay jardines encaramados en lo alto de acantilados, expuestos al viento y al salitre que requieren audacia en el diseño y especies resistentes.
El libro Jardines junto al mar, que ha recopilado la editorial Phaidon, investigado Sorrel Everton y prologado por el jardinero, y profesor de diseño de la Universidad de Sheffield, en el Reino Unido, Nigel Dunnett, recorre el mundo en busca de vergeles capaces de soportar salitre, temperaturas extremas, aridez y exuberancia. Por eso su forma y vegetación es tan distinta como distante. Con todo, es la cercanía a la sal lo que les construye algo en común.
En el jardín de Saint-Jean-Cap-Ferrat, que diseñó el Atelier Jean Mus en un acantilado de 30 metros frente al Mediterráneo, la vegetación se integra en el paisaje hasta casi desaparecer frente al mar de la Costa Azul. Allí hay cipreses, olivos y palmitos pero, sobre todo, una vegetación baja y redondeada, como las flores de santolina, típicas del Mediterráneo. Eso es lo que resiste frente a las brisas y el sol.

Cultivar la resiliencia es esencial en las zonas de costa, uno de los hábitats más frágiles del planeta, habitado, sin embargo, por algunas de las vegetaciones más resistentes. Junto al mar sólo sobrevive lo que pertenece al lugar. Esa naturaleza dicta el único estilo viable: el natural. También la única opción sostenible: el uso inteligente del agua.
En Los Vilos (Coquimbo, Chile) el arquitecto Juan Grimm levantó su jardín de Bahía Azul. A las exigencias del clima, se unía una topografía de piedras irregulares que Grimm llevó hasta la fachada de la casa. Luego sembró puyas nolanas y calandrinias, cipreses de Monterrey y mioporos. De trabajar en condiciones extremas los arquitectos aprenden quien manda en sus proyectos: la naturaleza.

Los tejidos vegetales se deshidratan junto al mar con rapidez. La razón tiene que ver tanto con esa sal, que se deposita en el suelo, como con los vientos desecantes. Un tercer factor es la exposición al sol y a temperaturas muy elevadas que, de nuevo, contribuyen a la desecación de las plantas y de los suelos —habitualmente arenosos y rocosos—. Con todo, muchos jardineros demuestran que, incluso en el entorno hostil de esos suelos poco fértiles, es posible levantar un jardín. ¿Cómo? Entendiendo la naturaleza del lugar.
Los árboles y arbustos que mejor se adaptan a la sequía son los de hojas pequeña, como las agujas de los pinos, o los que tienen hojas y ramas recubiertas de cera o vellosidades que menguan la pérdida de agua. Con frecuencia ese acabado convierte el verde en gris azulado. La forma baja y redondeada de los arbustos también deriva de la resistencia. Pero esta vez a los vientos. La flexibilidad de las palmeras obedece a la misma lógica. El objetivo es ese: resistir.
Buscando la resistencia, el paisajista Anthony Paul plantó margaritas costeras, uña de león, col marina y clavelina de mar junto al mar de West Sussex, en el Reino Unido. Con esa mezcla tejió un tapiz resistente a los vientos cargados de sal. También ayudó con la arquitectura: la valla de madera de su jardín está inclinada hacia el exterior para actuar como cortavientos sin entorpecer las vistas desde la casa.

Cuenta Nigel Dunnett que las especies que ayudan a preservar cierta humedad, son de crecimiento lento. Eso las hace estables. Por esa razón, para levantar un jardín junto al mar es más necesario que nunca entender el lugar. El resultado es que los jardines costeros muchas veces no parecen jardines. Se perciben como vegetación. Juan Grimm podó arbustos autóctonos en Chile para sembrar su jardín junto a un acantilado frente al Océano Pacífico. Y en Manilkara, en las Bahamas, Raymond Jungles ideó asientos para contemplar la costa rodeados de plantas tropicales.
Más allá del exceso de sol y sal y de la falta de agua, muchos jardines costeros soportan también frío extremo en invierto. Por eso es raro ver en ellos flores. La belleza y el colorido de esos vergeles proviene de la variedad del follaje, o de su adaptación al clima. Esa es la lección de estos jardines. Por eso su cultivo, y su cuidado, se sitúa a la vanguardia en el cuidado sostenible del jardín. Y en la comprensión que indaga en el lugar y en el mantenimiento para entender lo que es un jardín.
EL PAÍS
