Hubo un tiempo en el que Isabel Coixet (San Adrián de Besós, 1960) necesitaba una mesa de trabajo y sentarse frente a una pared para encontrar la concentración y escribir. Ahora ya no. Coixet escribe en los aviones, en los trenes, en los taxis, en las salas de espera y en los tiempos muertos; escribe donde puede porque no puede parar de escribir mientras se mueve entre París y Roma para rodar y entre Nueva York y Barcelona para dar clase y estar con los suyos. Una vida frenética que ahora la trae a Madrid (aunque ya inauguró la Seminci de Valladolid ) para presentar ‘Tres adioses’, una suerte de biografía de los últimos días de la escritora italiana Michela Murgia a partir de la fusión de dos relatos de su libro ‘Tres cuencos’. Católica y marxista , Murgia fue honrada en un multitudinario y apasionado funeral como solo pueden hacer en Italia, donde los que la quieren la aman y los que no, la defenestran. En ‘Tres adioses’, Coixet se queda solo con el retrato luminoso de unos días finales donde la luz entró por todos los poros del cuerpo asesino de Murgia, interpretada por la actriz Alba Rohrwacher rodeada de Elio Germano y Francesco Carril debutando en un papel en italiano.—No hay nada morboso ni lacrimógeno en el retrato de la enfermedad… ¿Hubo un equilibrio mayor y un vértigo especial al ser una historia real?—Es un equilibrio que llevo de serie. Me dicen que si he intentado evitar ciertas cosas o ir solo a la parte luminosa… Pues yo qué sé. Escribir no es un algoritmo. Al menos tal como yo lo hago, que nunca he ido a una escuela de cine ni he dado una clase de guion ni tengo ningún manual de guiones… Aprendí a escribir leyendo guiones. Recuerdo que mi madre me compró una colección de revistas francesas, viejas, que publicaban guiones. Entonces ahí veía una estructura que era como la traslación de las películas que yo veía en la pantalla. Y empecé así. No es que piense más. Ruedo también como soy yo. No soy una persona solemne. Soy una persona absolutamente visceral. Sé que la gente tiene una idea de mí de intelectual o intelectualoide y soy cero intelectual. Escribo como siento las cosas, y ruedo igual. Como el personaje de Marta, no me gustan las inauguraciones. No me gusta lo que no me gusta hacer. Y así hago las películas. Cero solemnidad.Isabel Coixet—Intelectualoide o no, en su cine siempre hay una poética muy marcada. ¿Viene su poesía de esa visceralidad que dice?—Sí… Mira, lo de los estorninos [unos planos de la secuencia inicial y final de ‘Tres adioses’ muy estéticos y metafóricos]. Para mí, mi primer recuerdo de Roma no son ni el Coliseo, ni el Foro Romano, ni el Vaticano, ni las trattorias, ni la Piazza Navona. Mi primer recuerdo de Roma son los estorninos. Fue mirar al cielo y maravillarme de cómo hacen esas figuras, cómo deciden que van todos hacia un lado y luego van hacia el otro. Y esa es la Roma que quería enseñar: mostrar los lugares que me gustan, que no son nada monumentales. Admiro muchísimo las películas de Fellini, de Monicelli, de Comencini, de Ettore Scola, de Paolo Sorrentino, evidentemente, pero mi Roma es mi Roma. Y es verdad que la decisión de hacer la película la tomé cuando me di cuenta de que mi mirada siempre va a ser la de alguien ajeno, pero que es la mía. Y es lo que voy a enseñar.—¿Llegó a tratar con Murgia?—Nunca. Cuando vi las imágenes del funeral –que las vi además cuando estábamos preparando la película– me pareció increíble. Es verdad que dudé mucho hasta decir que iba a hacer la película porque sabía lo que es ella en Italia… A mí la primera persona que me habló de Michela Murgia fue Roberto Saviano, que me regaló la primera edición que hubo en castellano de la ‘Accabadora’. Era su gran amigo. Todo su círculo me animaron a rodarla. —Hablaba antes de esto de lo intelectual, que en España se utiliza de lado casi despectivo…—Igual que cosmopolita. Aquí dices que eres cosmopolita y eres lo peor. Eres como una perra cosmopolita.—Le quería preguntar: ¿cree que a un personaje de la cultura en España se le haría un funeral así o es imposible?—No. Bueno, no sé. No tengo ni idea. Es verdad que Murgia era alguien que tocaba a mucha gente muy diversa. Recuerdo una cena en Roma en la que me preguntaron con qué estaba y dije que con una adaptación de ella y la mitad de la cena casi me quiso echar de la mesa y la otra casi se pone a llorar. Hace tres semanas, con el segundo aniversario de su muerte, se publicaron artículos metiéndose con ella.—¿Por qué?—Evidentemente era anti-Meloni, como hay que ser; también porque era una extraña mezcla de católica-marxista, de lo que hay una tradición en Italia muy grande. Yo lo del catolicismo me cuesta, pero bueno. En realidad soy anti-religión, lo reconozco. De cualquier tipo. Incluyo el islam, el catolicismo, el budismo también porque a mí Buda, ¿qué quieres que te diga? Sí me hace cierta gracia anecdótica el animismo japonés. Pero claro, el domingo fueron los Grammy y a mí ver a tanta gente agradeciéndole a Dios las cosas… siempre pienso que hay que dejar a Dios fuera de la ecuación porque ni está ni se le espera. Admiro mucho a la gente creyente de verdad, quizá porque también he crecido sin religión, algo que es más duro porque está muy bien tener un andamiaje ético-moral, pero a la vez, a mí, visceralmente también, me resulta imposible. O sea, soy una atea visceral, que me encantaría tener fe, pero no la tengo y nunca la he tenido.—Esto que se cuenta de la vuelta a la espiritualidad de los jóvenes, ¿cómo lo ve?—Lo entiendo, porque creo que todos nos agarramos a lo que podemos y a lo que nos da seguridad, que ese es el andamiaje que te da una religión o una secta, que todo es paralelo. A mí me resulta imposible. Soy la primera persona de mi familia que ha ido a la universidad, porque vengo de un medio muy poco privilegiado, con mi padre dejando el colegio a los 13 y mi madre a los 15, y entiendo que todo el mundo se agarra a lo que puede, yo también, pero ¿a qué me agarro yo? Al cine. Me agarro a pensar que apoyo a gente que hace cosas para que el mundo sea algo menos malo. Hay una cosa que me echa para atrás: si yo viera que los católicos no temen a la muerte también quizá empezaría a pensar, wow, tienen un punto. Pero no.Escenas de ‘Tres adioses’, de Isabel Coixet—¿Teme a la muerte? ¿En el guion ha volcado sus miedos?—Absolutamente. Sí… Y me encantaría encontrar eso que encuentra el personaje, me encantaría. Como yo al espectador no le hablo desde arriba, le hablo de tú a tú, todas las cosas que dice el personaje de que todavía hay tiempo, de vive ahora… también me las digo a mí. Es un post-it que me lo pongo en la cabeza, que hay días que hasta creo y todo, y hay días que no. Pero me parece importante recordarlo.—La película también habla de la soledad…—Los sociólogos y los psicólogos dicen que la soledad es una pandemia. La soledad está desde que nacemos. Hay un momento en tu vida en que te miras al espejo y… yo recuerdo ese momento en el que me miré al espejo y fui un poco adulta de decir: «Ah, yo soy yo y esta es la piel donde estoy y no hay nadie más». Por eso entiendo perfectamente que la gente se agarre a la espiritualidad brahmánica, católica, o la que sea. Es verdad que la católica tiene una iconografía que me tira para atrás y siempre me ha tirado. No comulgo, nunca mejor dicho (y se ríe).—¿La creatividad se agota o se entrena?—Si tienes curiosidad… no se agota. Bueno, en realidad no sé si se agota, seguramente sí, pero mientras seas curioso y te den ganas de ir a sitios que no están en ninguna guía, de perderte por un barrio, de escuchar a un taxista que te cuenta su vida, a uno de un bar que dice que tiene 82 años y que solo viene de 7 a 12 para hacer los cafés y después de las 12 ya se va a su casa… Mientras eso te interese, habrá creatividad. Y a mí me gusta escuchar historias. Hubo un tiempo en el que Isabel Coixet (San Adrián de Besós, 1960) necesitaba una mesa de trabajo y sentarse frente a una pared para encontrar la concentración y escribir. Ahora ya no. Coixet escribe en los aviones, en los trenes, en los taxis, en las salas de espera y en los tiempos muertos; escribe donde puede porque no puede parar de escribir mientras se mueve entre París y Roma para rodar y entre Nueva York y Barcelona para dar clase y estar con los suyos. Una vida frenética que ahora la trae a Madrid (aunque ya inauguró la Seminci de Valladolid ) para presentar ‘Tres adioses’, una suerte de biografía de los últimos días de la escritora italiana Michela Murgia a partir de la fusión de dos relatos de su libro ‘Tres cuencos’. Católica y marxista , Murgia fue honrada en un multitudinario y apasionado funeral como solo pueden hacer en Italia, donde los que la quieren la aman y los que no, la defenestran. En ‘Tres adioses’, Coixet se queda solo con el retrato luminoso de unos días finales donde la luz entró por todos los poros del cuerpo asesino de Murgia, interpretada por la actriz Alba Rohrwacher rodeada de Elio Germano y Francesco Carril debutando en un papel en italiano.—No hay nada morboso ni lacrimógeno en el retrato de la enfermedad… ¿Hubo un equilibrio mayor y un vértigo especial al ser una historia real?—Es un equilibrio que llevo de serie. Me dicen que si he intentado evitar ciertas cosas o ir solo a la parte luminosa… Pues yo qué sé. Escribir no es un algoritmo. Al menos tal como yo lo hago, que nunca he ido a una escuela de cine ni he dado una clase de guion ni tengo ningún manual de guiones… Aprendí a escribir leyendo guiones. Recuerdo que mi madre me compró una colección de revistas francesas, viejas, que publicaban guiones. Entonces ahí veía una estructura que era como la traslación de las películas que yo veía en la pantalla. Y empecé así. No es que piense más. Ruedo también como soy yo. No soy una persona solemne. Soy una persona absolutamente visceral. Sé que la gente tiene una idea de mí de intelectual o intelectualoide y soy cero intelectual. Escribo como siento las cosas, y ruedo igual. Como el personaje de Marta, no me gustan las inauguraciones. No me gusta lo que no me gusta hacer. Y así hago las películas. Cero solemnidad.Isabel Coixet—Intelectualoide o no, en su cine siempre hay una poética muy marcada. ¿Viene su poesía de esa visceralidad que dice?—Sí… Mira, lo de los estorninos [unos planos de la secuencia inicial y final de ‘Tres adioses’ muy estéticos y metafóricos]. Para mí, mi primer recuerdo de Roma no son ni el Coliseo, ni el Foro Romano, ni el Vaticano, ni las trattorias, ni la Piazza Navona. Mi primer recuerdo de Roma son los estorninos. Fue mirar al cielo y maravillarme de cómo hacen esas figuras, cómo deciden que van todos hacia un lado y luego van hacia el otro. Y esa es la Roma que quería enseñar: mostrar los lugares que me gustan, que no son nada monumentales. Admiro muchísimo las películas de Fellini, de Monicelli, de Comencini, de Ettore Scola, de Paolo Sorrentino, evidentemente, pero mi Roma es mi Roma. Y es verdad que la decisión de hacer la película la tomé cuando me di cuenta de que mi mirada siempre va a ser la de alguien ajeno, pero que es la mía. Y es lo que voy a enseñar.—¿Llegó a tratar con Murgia?—Nunca. Cuando vi las imágenes del funeral –que las vi además cuando estábamos preparando la película– me pareció increíble. Es verdad que dudé mucho hasta decir que iba a hacer la película porque sabía lo que es ella en Italia… A mí la primera persona que me habló de Michela Murgia fue Roberto Saviano, que me regaló la primera edición que hubo en castellano de la ‘Accabadora’. Era su gran amigo. Todo su círculo me animaron a rodarla. —Hablaba antes de esto de lo intelectual, que en España se utiliza de lado casi despectivo…—Igual que cosmopolita. Aquí dices que eres cosmopolita y eres lo peor. Eres como una perra cosmopolita.—Le quería preguntar: ¿cree que a un personaje de la cultura en España se le haría un funeral así o es imposible?—No. Bueno, no sé. No tengo ni idea. Es verdad que Murgia era alguien que tocaba a mucha gente muy diversa. Recuerdo una cena en Roma en la que me preguntaron con qué estaba y dije que con una adaptación de ella y la mitad de la cena casi me quiso echar de la mesa y la otra casi se pone a llorar. Hace tres semanas, con el segundo aniversario de su muerte, se publicaron artículos metiéndose con ella.—¿Por qué?—Evidentemente era anti-Meloni, como hay que ser; también porque era una extraña mezcla de católica-marxista, de lo que hay una tradición en Italia muy grande. Yo lo del catolicismo me cuesta, pero bueno. En realidad soy anti-religión, lo reconozco. De cualquier tipo. Incluyo el islam, el catolicismo, el budismo también porque a mí Buda, ¿qué quieres que te diga? Sí me hace cierta gracia anecdótica el animismo japonés. Pero claro, el domingo fueron los Grammy y a mí ver a tanta gente agradeciéndole a Dios las cosas… siempre pienso que hay que dejar a Dios fuera de la ecuación porque ni está ni se le espera. Admiro mucho a la gente creyente de verdad, quizá porque también he crecido sin religión, algo que es más duro porque está muy bien tener un andamiaje ético-moral, pero a la vez, a mí, visceralmente también, me resulta imposible. O sea, soy una atea visceral, que me encantaría tener fe, pero no la tengo y nunca la he tenido.—Esto que se cuenta de la vuelta a la espiritualidad de los jóvenes, ¿cómo lo ve?—Lo entiendo, porque creo que todos nos agarramos a lo que podemos y a lo que nos da seguridad, que ese es el andamiaje que te da una religión o una secta, que todo es paralelo. A mí me resulta imposible. Soy la primera persona de mi familia que ha ido a la universidad, porque vengo de un medio muy poco privilegiado, con mi padre dejando el colegio a los 13 y mi madre a los 15, y entiendo que todo el mundo se agarra a lo que puede, yo también, pero ¿a qué me agarro yo? Al cine. Me agarro a pensar que apoyo a gente que hace cosas para que el mundo sea algo menos malo. Hay una cosa que me echa para atrás: si yo viera que los católicos no temen a la muerte también quizá empezaría a pensar, wow, tienen un punto. Pero no.Escenas de ‘Tres adioses’, de Isabel Coixet—¿Teme a la muerte? ¿En el guion ha volcado sus miedos?—Absolutamente. Sí… Y me encantaría encontrar eso que encuentra el personaje, me encantaría. Como yo al espectador no le hablo desde arriba, le hablo de tú a tú, todas las cosas que dice el personaje de que todavía hay tiempo, de vive ahora… también me las digo a mí. Es un post-it que me lo pongo en la cabeza, que hay días que hasta creo y todo, y hay días que no. Pero me parece importante recordarlo.—La película también habla de la soledad…—Los sociólogos y los psicólogos dicen que la soledad es una pandemia. La soledad está desde que nacemos. Hay un momento en tu vida en que te miras al espejo y… yo recuerdo ese momento en el que me miré al espejo y fui un poco adulta de decir: «Ah, yo soy yo y esta es la piel donde estoy y no hay nadie más». Por eso entiendo perfectamente que la gente se agarre a la espiritualidad brahmánica, católica, o la que sea. Es verdad que la católica tiene una iconografía que me tira para atrás y siempre me ha tirado. No comulgo, nunca mejor dicho (y se ríe).—¿La creatividad se agota o se entrena?—Si tienes curiosidad… no se agota. Bueno, en realidad no sé si se agota, seguramente sí, pero mientras seas curioso y te den ganas de ir a sitios que no están en ninguna guía, de perderte por un barrio, de escuchar a un taxista que te cuenta su vida, a uno de un bar que dice que tiene 82 años y que solo viene de 7 a 12 para hacer los cafés y después de las 12 ya se va a su casa… Mientras eso te interese, habrá creatividad. Y a mí me gusta escuchar historias.
Hubo un tiempo en el que Isabel Coixet (San Adrián de Besós, 1960) necesitaba una mesa de trabajo y sentarse frente a una pared para encontrar la concentración y escribir. Ahora ya no. Coixet escribe en los aviones, en los trenes, en los taxis, … en las salas de espera y en los tiempos muertos; escribe donde puede porque no puede parar de escribir mientras se mueve entre París y Roma para rodar y entre Nueva York y Barcelona para dar clase y estar con los suyos. Una vida frenética que ahora la trae a Madrid (aunque ya inauguró la Seminci de Valladolid) para presentar ‘Tres adioses’, una suerte de biografía de los últimos días de la escritora italiana Michela Murgia a partir de la fusión de dos relatos de su libro ‘Tres cuencos’. Católica y marxista, Murgia fue honrada en un multitudinario y apasionado funeral como solo pueden hacer en Italia, donde los que la quieren la aman y los que no, la defenestran. En ‘Tres adioses’, Coixet se queda solo con el retrato luminoso de unos días finales donde la luz entró por todos los poros del cuerpo asesino de Murgia, interpretada por la actriz Alba Rohrwacher rodeada de Elio Germano y Francesco Carril debutando en un papel en italiano.
—No hay nada morboso ni lacrimógeno en el retrato de la enfermedad… ¿Hubo un equilibrio mayor y un vértigo especial al ser una historia real?
—Es un equilibrio que llevo de serie. Me dicen que si he intentado evitar ciertas cosas o ir solo a la parte luminosa… Pues yo qué sé. Escribir no es un algoritmo. Al menos tal como yo lo hago, que nunca he ido a una escuela de cine ni he dado una clase de guion ni tengo ningún manual de guiones… Aprendí a escribir leyendo guiones. Recuerdo que mi madre me compró una colección de revistas francesas, viejas, que publicaban guiones. Entonces ahí veía una estructura que era como la traslación de las películas que yo veía en la pantalla. Y empecé así. No es que piense más. Ruedo también como soy yo. No soy una persona solemne. Soy una persona absolutamente visceral. Sé que la gente tiene una idea de mí de intelectual o intelectualoide y soy cero intelectual. Escribo como siento las cosas, y ruedo igual. Como el personaje de Marta, no me gustan las inauguraciones. No me gusta lo que no me gusta hacer. Y así hago las películas. Cero solemnidad.
—Intelectualoide o no, en su cine siempre hay una poética muy marcada. ¿Viene su poesía de esa visceralidad que dice?
—Sí… Mira, lo de los estorninos [unos planos de la secuencia inicial y final de ‘Tres adioses’ muy estéticos y metafóricos]. Para mí, mi primer recuerdo de Roma no son ni el Coliseo, ni el Foro Romano, ni el Vaticano, ni las trattorias, ni la Piazza Navona. Mi primer recuerdo de Roma son los estorninos. Fue mirar al cielo y maravillarme de cómo hacen esas figuras, cómo deciden que van todos hacia un lado y luego van hacia el otro. Y esa es la Roma que quería enseñar: mostrar los lugares que me gustan, que no son nada monumentales. Admiro muchísimo las películas de Fellini, de Monicelli, de Comencini, de Ettore Scola, de Paolo Sorrentino, evidentemente, pero mi Roma es mi Roma. Y es verdad que la decisión de hacer la película la tomé cuando me di cuenta de que mi mirada siempre va a ser la de alguien ajeno, pero que es la mía. Y es lo que voy a enseñar.
—¿Llegó a tratar con Murgia?
—Nunca. Cuando vi las imágenes del funeral –que las vi además cuando estábamos preparando la película– me pareció increíble. Es verdad que dudé mucho hasta decir que iba a hacer la película porque sabía lo que es ella en Italia… A mí la primera persona que me habló de Michela Murgia fue Roberto Saviano, que me regaló la primera edición que hubo en castellano de la ‘Accabadora’. Era su gran amigo. Todo su círculo me animaron a rodarla.
—Hablaba antes de esto de lo intelectual, que en España se utiliza de lado casi despectivo…
—Igual que cosmopolita. Aquí dices que eres cosmopolita y eres lo peor. Eres como una perra cosmopolita.
—Le quería preguntar: ¿cree que a un personaje de la cultura en España se le haría un funeral así o es imposible?
—No. Bueno, no sé. No tengo ni idea. Es verdad que Murgia era alguien que tocaba a mucha gente muy diversa. Recuerdo una cena en Roma en la que me preguntaron con qué estaba y dije que con una adaptación de ella y la mitad de la cena casi me quiso echar de la mesa y la otra casi se pone a llorar. Hace tres semanas, con el segundo aniversario de su muerte, se publicaron artículos metiéndose con ella.
—¿Por qué?
—Evidentemente era anti-Meloni, como hay que ser; también porque era una extraña mezcla de católica-marxista, de lo que hay una tradición en Italia muy grande. Yo lo del catolicismo me cuesta, pero bueno. En realidad soy anti-religión, lo reconozco. De cualquier tipo. Incluyo el islam, el catolicismo, el budismo también porque a mí Buda, ¿qué quieres que te diga? Sí me hace cierta gracia anecdótica el animismo japonés. Pero claro, el domingo fueron los Grammy y a mí ver a tanta gente agradeciéndole a Dios las cosas… siempre pienso que hay que dejar a Dios fuera de la ecuación porque ni está ni se le espera. Admiro mucho a la gente creyente de verdad, quizá porque también he crecido sin religión, algo que es más duro porque está muy bien tener un andamiaje ético-moral, pero a la vez, a mí, visceralmente también, me resulta imposible. O sea, soy una atea visceral, que me encantaría tener fe, pero no la tengo y nunca la he tenido.
—Esto que se cuenta de la vuelta a la espiritualidad de los jóvenes, ¿cómo lo ve?
—Lo entiendo, porque creo que todos nos agarramos a lo que podemos y a lo que nos da seguridad, que ese es el andamiaje que te da una religión o una secta, que todo es paralelo. A mí me resulta imposible. Soy la primera persona de mi familia que ha ido a la universidad, porque vengo de un medio muy poco privilegiado, con mi padre dejando el colegio a los 13 y mi madre a los 15, y entiendo que todo el mundo se agarra a lo que puede, yo también, pero ¿a qué me agarro yo? Al cine. Me agarro a pensar que apoyo a gente que hace cosas para que el mundo sea algo menos malo. Hay una cosa que me echa para atrás: si yo viera que los católicos no temen a la muerte también quizá empezaría a pensar, wow, tienen un punto. Pero no.



—¿Teme a la muerte? ¿En el guion ha volcado sus miedos?
—Absolutamente. Sí… Y me encantaría encontrar eso que encuentra el personaje, me encantaría. Como yo al espectador no le hablo desde arriba, le hablo de tú a tú, todas las cosas que dice el personaje de que todavía hay tiempo, de vive ahora… también me las digo a mí. Es un post-it que me lo pongo en la cabeza, que hay días que hasta creo y todo, y hay días que no. Pero me parece importante recordarlo.
—La película también habla de la soledad…
—Los sociólogos y los psicólogos dicen que la soledad es una pandemia. La soledad está desde que nacemos. Hay un momento en tu vida en que te miras al espejo y… yo recuerdo ese momento en el que me miré al espejo y fui un poco adulta de decir: «Ah, yo soy yo y esta es la piel donde estoy y no hay nadie más». Por eso entiendo perfectamente que la gente se agarre a la espiritualidad brahmánica, católica, o la que sea. Es verdad que la católica tiene una iconografía que me tira para atrás y siempre me ha tirado. No comulgo, nunca mejor dicho (y se ríe).
—¿La creatividad se agota o se entrena?
—Si tienes curiosidad… no se agota. Bueno, en realidad no sé si se agota, seguramente sí, pero mientras seas curioso y te den ganas de ir a sitios que no están en ninguna guía, de perderte por un barrio, de escuchar a un taxista que te cuenta su vida, a uno de un bar que dice que tiene 82 años y que solo viene de 7 a 12 para hacer los cafés y después de las 12 ya se va a su casa… Mientras eso te interese, habrá creatividad. Y a mí me gusta escuchar historias.
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