“Si vas a ser compositora, necesitarás la piel de un rinoceronte”. Con esta metáfora advertía Ralph Vaughan Williams en 1926 a su alumna galesa Grace Williams —entonces veinteañera en el Royal College of Music— de la coraza emocional que toda mujer debía forjarse en aquel oficio. No tardaría en comprobarlo: de regreso a Londres en 1931, tras completar su formación en Viena con Egon Wellesz, se ganaba la vida dando clase en colegios de señoritas mientras los editores rehusaban publicar obras ambiciosas firmadas por mujeres jóvenes, y menos aún aquellas que, como las suyas, asumían las nuevas estéticas europeas.
“Si vas a ser compositora, necesitarás la piel de un rinoceronte”. Con esta metáfora advertía Ralph Vaughan Williams en 1926 a su alumna galesa Grace Williams —entonces veinteañera en el Royal College of Music— de la coraza emocional que toda mujer debía forjarse en aquel oficio. No tardaría en comprobarlo: de regreso a Londres en 1931, tras completar su formación en Viena con Egon Wellesz, se ganaba la vida dando clase en colegios de señoritas mientras los editores rehusaban publicar obras ambiciosas firmadas por mujeres jóvenes, y menos aún aquellas que, como las suyas, asumían las nuevas estéticas europeas. Seguir leyendo
“Si vas a ser compositora, necesitarás la piel de un rinoceronte”. Con esta metáfora advertía Ralph Vaughan Williams en 1926 a su alumna galesa Grace Williams —entonces veinteañera en el Royal College of Music— de la coraza emocional que toda mujer debía forjarse en aquel oficio. No tardaría en comprobarlo: de regreso a Londres en 1931, tras completar su formación en Viena con Egon Wellesz, se ganaba la vida dando clase en colegios de señoritas mientras los editores rehusaban publicar obras ambiciosas firmadas por mujeres jóvenes, y menos aún aquellas que, como las suyas, asumían las nuevas estéticas europeas.
Williams encontró finalmente un espacio propicio en su Gales natal, adonde regresó tras las penurias londinenses de la Segunda Guerra Mundial. Desde 1947 colaboró en Cardiff con la BBC National Orchestra of Wales (BBC NOW) —entonces una formación de 31 instrumentistas dirigida por Mansel Thomas—, que ese mismo año estrenó sus Sea Sketches (Bocetos del mar), partitura para cuerda compuesta en Londres en 1944. Esta obra, de rara intensidad expresiva, causó el pasado 27 de abril una honda impresión en el Auditorio de Zaragoza: un lenguaje en diálogo con Benjamin Britten y Béla Bartók del que emerge, sin embargo, una voz propia de notable originalidad y fuerza evocadora.
Cabe la posibilidad de que sea la primera audición en España de la música de una de las compositoras británicas más interesantes e injustamente relegadas del siglo XX: atractivo ideal para la segunda gira española —tras su presentación en 2009— de la orquesta galesa con la que desarrolló su lenguaje sinfónico. Ibermúsica repite ahora actuaciones en Barcelona y Zaragoza en una gira iniciada el pasado día 25 en Alicante, que culmina hoy y mañana, 28 y 29 de abril, con el debut de la formación en el Auditorio Nacional de Madrid. Cinco conciertos dirigidos por Jaime Martín (Santander, 60 años), principal invitado de la BBC NOW desde 2024, que combinan obras sinfónicas de Bruckner y Elgar con sendos conciertos de Saint-Saëns y Chopin, con la violinista japonesa Akiko Suwanai y el pianista asturiano Martín García García como solistas.

El director cántabro, que cambió definitivamente la flauta por la batuta en 2013, ha forjado una sólida trayectoria internacional desde sus inicios al frente de la extinta Orquestra de Cadaqués, con titularidades en la Sinfónica de Gävle (Suecia), la RTÉ National Symphony Orchestra (Irlanda) y, en la actualidad, la Orquesta de Cámara de Los Angeles y la Sinfónica de Melbourne. Su debut en los Proms londinenses en 2023, al frente de la BBC National Orchestra of Wales, le valió el nombramiento como principal director invitado de la formación galesa; entre lo más celebrado de aquella velada figuró, precisamente, el Concierto para violín de Grace Williams.
Sobre el podio, Jaime Martín encarna lo que los ingleses denominan un musician’s musician: un director cuya autoridad emana de su experiencia como instrumentista —fue flauta solista en cinco orquestas londinenses de primera fila— y que rehúye el efectismo en favor de extraer lo mejor de sus músicos, con una notable capacidad de escucha y un control preciso de la energía expresiva.

Quedó patente en su evocadora lectura de Sea Sketches de Grace Williams, obra que abría el programa. Atendió con precisión al color pastoral de la cuerda y tensó el discurso mediante ostinatos y contrastes dinámicos. Esta pintura del litoral del canal de Bristol en torno a Barry —ciudad natal de la compositora en el sur de Gales— encuentra su primer destello en Sailing Song, estilización de una canción marinera. Mayor interés ofreció el tercer movimiento, Channel Sirens, donde la escala octatónica bartokiana diluye la tonalidad para evocar la sirena de niebla del faro de Nash Point en una noche brumosa. El punto culminante llegó al final, en Calm Sea Summer, con una sensualidad postromántica y un lenguaje voluptuoso que anticipan obras posteriores como el aria de concierto Fairest of Stars.
Antes del descanso, Martín mostró su capacidad para arropar a la solista del Concierto para violín núm. 3 de Camille Saint-Saëns. La violinista japonesa Akiko Suwanai (Tokio, 54 años) abrió la obra destilando destreza técnica y poderío sonoro con el Guarneri del Gesù “Charles Reade” (1732) que toca desde hace siete años por cortesía de un coleccionista nipo-americano. Su interpretación se elevó en el balanceo del siciliano central, que culminó con un exquisito despliegue de armónicos —seña de identidad de Pablo de Sarasate, dedicatario de la obra en 1880— a dúo con el solista de clarinete Nicholas Carpenter. Pero ganó aún más interés en el movimiento final, donde Saint-Saëns fusiona admirablemente virtuosismo y musicalidad. Como propina regaló al público zaragozano un Bach de museo: el andante de la Sonata para violín solo núm. 2, de solvencia clasicista y belleza tímbrica, aunque ajeno a la retórica actual.

La segunda parte se limitó a las Variaciones Enigma, de Edward Elgar, esa genial ristra de retratos musicales victorianos de amigos que el compositor inglés culminó en 1899. Martín ofreció una lectura de trazo personal, más volcada en ahondar en los detalles de cada una de las catorce variaciones que en articular un discurso global en torno al célebre Nimrod. Empezó por el afectuoso retrato de su esposa Alice, con tinte brahmsiano, en C.A.E., y siguió con la agitada forma de ejercitarse al piano de Hew David Steuart-Powell, en H.D.S.-P. El director cántabro, buen conocedor de la sala zaragozana, supo extremar el volumen sonoro en el colérico W.M.B. y en el tormentoso Troyte, aunque destacó más en los destellos camerísticos de Ysobel, con la brillante intervención del viola invitado Joel Hunter, o de W.N., con la característica risa de su secretaria evocada por el oboe de Steve Hudson.
Hizo caminar el bello Nimrod con algo más de ligereza, y lo mejor llegó a continuación: el exquisito tartamudeo de Dorabella, el travieso bulldog de G.R.S. y el lamentoso B.G.N., con el expresivo solo del violonchelista Leo Popplewell. Pero Martín desplazó el clímax dramático hacia la tenebrosa *** (Romanza), con la cita del clarinete de la obertura Mar en calma y viaje feliz, de Mendelssohn, ensombrecida por el latido de los motores de un transatlántico. Ahí pareció adherirse a la teoría de que esta variación esconde la nostalgia y el dolor por Helen Weaver, el amor de juventud de Elgar que emigró a Nueva Zelanda en 1885 tras romper su compromiso con el compositor. Todo culminó en el autorretrato heroico del propio Elgar, titulado con su apodo doméstico, E.D.U., donde reincorpora el protagonismo de su esposa Alice. Los aplausos del público propiciaron una propina como broche final: una versión brillante y poderosa de la obertura Ruslan y Ludmila, de Mikhail Glinka.
Obras de Grace Williams, Camille Saint-Saëns y Edward Elgar.
Akiko Suwanai, violín.
BBC National Orchestra of Wales.
Jaime Martín, director.
Auditorio de Zaragoza. Sala Mozart. 27 de abril.
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