Las promesas de felicidad están en todas partes: en los anuncios que venden una vida mejor; en los mensajes motivacionales que circulan por las redes; en los discursos empresariales y en los libros de autoayuda que desde hace décadas ocupan un lugar destacado en muchas librerías. La idea se repite con tanta insistencia que casi se ha convertido en una obligación moral: hay que ser feliz. Y, si no lo eres… es porque estás haciendo algo mal. Sin embargo, la paradoja es evidente: nunca antes habíamos tenido tantas comodidades materiales ni tantas posibilidades de elegir cómo vivir, y aun así los problemas de ansiedad, frustración o malestar emocional no dejan de crecer.
El catedrático de la Universidad de Vigo acaba de publicar ‘El fracaso de la felicidad’, un ensayo en el que cuestiona la obsesión contemporánea por ser feliz y el mercado de emociones que la rodea
Las promesas de felicidad están en todas partes: en los anuncios que venden una vida mejor; en los mensajes motivacionales que circulan por las redes; en los discursos empresariales y en los libros de autoayuda que desde hace décadas ocupan un lugar destacado en muchas librerías.
La idea se repite con tanta insistencia que casi se ha convertido en una obligación moral: hay que ser feliz. Y, si no lo eres… es porque estás haciendo algo mal. Sin embargo, la paradoja es evidente: nunca antes habíamos tenido tantas comodidades materiales ni tantas posibilidades de elegir cómo vivir, y aun así los problemas de ansiedad, frustración o malestar emocional no dejan de crecer.
Una contradicción que, para Jesús G. Maestro, catedrático de Literatura en la Universidad de Vigo y autor de El fracaso de la felicidad (HarperCollins, 2026), no tiene nada de casual. Para este gijonés de alma gallega vivimos en una economía que no solo vende objetos, sino también emociones, y la felicidad se ha convertido en uno de sus productos más rentables.
Maestro desarrolla esta idea en su nuevo ensayo, donde cuestiona algunas de las promesas más repetidas de la cultura contemporánea: desde la idea de que el trabajo debe hacernos felices hasta la industria emocional que gira en torno a la autoayuda. Sus reflexiones, que también comparte en un canal de YouTube seguido por más de 173.000 personas, han convertido a este profesor en una voz crítica muy escuchada en el debate cultural actual.
Pregunta. Todos queremos ser felices, o al menos creemos que deberíamos serlo. Sin embargo, en su libro afirma que la felicidad se ha convertido en una de las grandes mentiras de nuestro tiempo. ¿Por qué?
Respuesta. Porque hoy la felicidad está profundamente intervenida por el mercado. Es algo a lo que todos aspiramos de forma casi instintiva: nadie quiere sufrir ni vivir en condiciones miserables. Cuando la gente habla de felicidad suele referirse, en el fondo, a algo bastante razonable: tener salud, poder ganarse la vida con dignidad, pagar un alquiler o formar una familia si así lo desea. El problema es que, cuando por fin tenemos medios técnicos y materiales para vivir mejor que nunca, aparece una paradoja inesperada: el aumento de las enfermedades mentales.
Hoy disfrutamos de avances médicos, de niveles de bienestar y de comodidades que hace medio siglo eran impensables. Y, sin embargo, los problemas psicológicos se han multiplicado hasta convertirse casi en la gran pandemia del siglo XXI. Eso obliga a preguntarse qué está fallando. Porque no basta con sentirse feliz; también hay que tener razones objetivas para estarlo. Cuando la felicidad se presenta como un objetivo constante, como algo que debería acompañarnos todo el tiempo, se convierte fácilmente en una promesa imposible.
P. Vivimos rodeados de mensajes que nos dicen que debemos ser felices: en la publicidad, en las redes sociales, incluso en ciertos discursos sobre bienestar personal. ¿Hasta qué punto esa promesa constante de felicidad se ha convertido también en un negocio?
R. En gran medida lo es. El mercado ha descubierto que la felicidad es un objetivo extraordinariamente eficaz para seducir a la gente. Si uno pudiera comprar la felicidad, la compraría sin pensarlo. Y, de hecho, lo que ocurre muchas veces es que se venden productos o experiencias que prometen algo parecido a eso: hacernos sentir felices.
El problema es que sentirse feliz y ser feliz no son lo mismo. Uno puede sentirse momentáneamente satisfecho después de comprar algo, pero eso no significa que su vida haya mejorado de verdad. Hay una diferencia muy grande entre la emoción pasajera y las condiciones reales de la vida.
Cuando la felicidad se convierte en un objetivo permanente, además, aparece un mecanismo bastante perverso: se crea la expectativa de que deberíamos vivir siempre satisfechos, se genera la sensación de que algo nos falta cuando no es así, y después se ofrecen todo tipo de productos, terapias o discursos para llenar ese supuesto vacío. La felicidad se convierte entonces en un motor económico muy poderoso.
P. En los últimos años se habla cada vez más de ansiedad, depresión o malestar psicológico. ¿Cree que el tratamiento que se le da hoy a la felicidad tiene algo que ver?
R. Creo que influye bastante. Vivimos en una cultura que insiste continuamente en que deberíamos ser felices, como si la felicidad fuera el estado natural de la vida y cualquier otra cosa —la tristeza, la frustración o el conflicto— fuese una anomalía. Pero la experiencia humana nunca ha sido así; la vida siempre ha estado llena de dificultades, tensiones y límites.
Cuando se instala esa expectativa, cualquier problema cotidiano puede acabar interpretándose como un fracaso personal. Y eso introduce una presión psicológica muy fuerte. Muchas personas acaban pensando que, si no son felices, es porque hay algo dentro de ellas que está mal.
P. ¿Cree que esa forma de entender la felicidad también está influyendo en la manera en que vivimos nuestras relaciones personales, desde el amor hasta la amistad?
R. Creo que sí. Hoy muchas relaciones se viven cada vez más en términos de satisfacción emocional, y se espera que la pareja, los amigos o incluso la familia proporcionen bienestar, comprensión o plenitud casi de manera constante.
Cuando las relaciones se entienden así, aparece una lógica muy cercana al consumo: si dejan de producir la satisfacción esperada, se perciben como algo fallido o prescindible. Eso puede generar vínculos más frágiles y más dependientes del estado de ánimo del momento.
Las relaciones humanas, sin embargo, no funcionan como un producto destinado a hacernos sentir bien. Exigen tiempo, negociación, conflicto y también momentos difíciles. Reducirlas únicamente a su capacidad de producir bienestar empobrece mucho la forma de relacionarnos con los demás.
P. En los últimos años muchas empresas hablan de bienestar laboral o incluso de “salario emocional”. ¿Qué le sugiere ese tipo de discurso?
R. Me parece una expresión bastante engañosa, porque el trabajo se paga con dinero. Cuando alguien trabaja, lo que espera es recibir una remuneración económica adecuada por su labor. Hablar de salario emocional introduce una confusión bastante interesada.
Por supuesto que es positivo que exista un buen ambiente laboral o que las personas se sientan respetadas en su trabajo, pero eso no puede compensar a nadie por un salario injusto. Cuando se intenta presentar ese bienestar como una forma de compensación, es cuando tenemos un problema. Al final uno no vive de emoticonos ni de palabras amables, y cuando se habla de salario emocional muchas veces lo que se está haciendo es disfrazar una realidad bastante simple: que el trabajo debería pagarse mejor.
P. También es muy crítico con la industria de la autoayuda, que precisamente promete algo muy parecido a esa felicidad que usted cuestiona. ¿Qué problema ve en ese tipo de libros?
R. Yo creo que la autoayuda es, en realidad, un autoengaño. Se llama autoayuda, pero cuando alguien lee uno de esos libros no se está ayudando a sí mismo, sino que está recibiendo la ayuda del autor. Además, estos libros funcionan muchas veces como un calmante momentáneo: mientras los lees puedes sentirte mejor, igual que cuando tomas una pastilla que tranquiliza el sistema nervioso. Pero después cierras el libro y vuelves a enfrentarte a la misma realidad.
Y hay otro dato llamativo: si esos libros solucionaran realmente los problemas que prometen resolver, bastaría con leer uno para librarnos de nuestros problemas. Sin embargo, os problemas relacionados con la salud mental no han disminuido en los últimos años; más bien al contrario, han crecido muchísimo, sobre todo entre los más jóvenes. Eso hace pensar que la industria de la autoayuda convive perfectamente con el problema que dice querer resolver.
P. Frente a esa cultura emocional que promete una felicidad constante, usted reivindica algo que parece casi olvidado: la inteligencia crítica y la literatura. ¿Qué pueden aportar en este contexto?
R. La literatura tiene una ventaja muy importante: no promete soluciones fáciles. Los grandes textos literarios no intentan convencernos de que la vida sea perfecta ni de que todo vaya a salir bien. Al contrario, muestran los conflictos, los límites y las contradicciones de la experiencia humana tal y como son. En ese sentido, es un ejercicio de inteligencia, porque obliga a mirar la realidad sin idealizarla.
Por eso creo que puede funcionar como un antídoto frente a muchas promesas de felicidad. La literatura no está para consolarnos con ilusiones, sino para ayudarnos a entender mejor el mundo en el que vivimos. Y entender la realidad, aunque a veces sea incómoda, es mucho más útil que perseguir una felicidad abstracta que casi siempre termina frustrándonos.
P. Usted habla de un fenómeno que describe como la “mascotización” de los humanos y la “humanización” de los animales. ¿A qué se refiere?
R. Es una forma de describir una tendencia cultural bastante visible. Por un lado, vemos cómo los animales domésticos ocupan cada vez más el lugar que antes tenían las relaciones humanas: se les atribuyen emociones, derechos o funciones que tradicionalmente pertenecían a las personas.
Al mismo tiempo, el ser humano parece perder centralidad. En algunos discursos contemporáneos se presenta casi como un problema para el planeta, como una especie de anomalía dentro de la naturaleza. Esa combinación produce una especie de inversión simbólica: los animales se humanizan y el ser humano se reduce a una pieza más dentro del sistema.
Esa visión forma parte de lo que hoy se llama poshumanismo, una corriente que cuestiona la idea de que el ser humano tenga un lugar central en el mundo. A mí me parece una concepción bastante discutible.
P. Si la felicidad puede convertirse en una promesa engañosa, ¿qué debería buscar entonces una persona para orientar su vida?
R. Yo diría que algo más importante que la felicidad: la libertad. La felicidad es un estado emocional, algo que aparece y desaparece, mientras que la libertad tiene que ver con la posibilidad real de decidir cómo vivir. Una persona libre puede equivocarse, puede sufrir o atravesar momentos difíciles, pero conserva la capacidad de pensar por sí misma y de elegir su camino. Cuando la felicidad se convierte en el objetivo supremo, en cambio, corremos el riesgo de aceptar cualquier discurso o cualquier solución que prometa proporcionarla.
Por eso creo que es más sensato aspirar a una vida libre que a una vida permanentemente feliz. La felicidad puede aparecer en ciertos momentos; la libertad, en cambio, es la condición que permite vivir con dignidad.
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