«Puede sonar descabellado». Ya lo advierten los arqueólogos Sebastián Celestino y Esther Rodríguez. Pero su idea, lanzada por primera vez por escrito en su nuevo libro ‘ Tarteso ‘ (Espasa, 2026), explicaría algunos aspectos clave sobre esta civilización protohistórica que poco a poco se va despojando de ese halo enigmático que la ha rodeado desde antiguo, a golpe de excavaciones arqueológicas. ¿Vivió un griego en los alrededores de Casas del Turuñuelo (Guareña, Badajoz), el yacimiento que está revolucionando lo que se conocía sobre Tarteso? ¿Intervinieron agentes griegos en el auge de esta cultura en tierras del Guadiana, cuando Huelva y el valle del Guadalquivir entraron en una profunda crisis hacia finales del siglo VI antes de nuestra era? Los codirectores de ‘Construyendo Tarteso’ reconocen que aún no existen pruebas que demuestren –o desechen– esta audaz propuesta. «Pero también es cierto que cada día disponemos de indicios más consistentes », aseguran.En las excavaciones arqueológicas que codirigen en el Turuñuelo se ha recuperado un sorprendente número de objetos procedentes de Grecia. «Un centenar de copas áticas, una escultura de mármol del Pentélico, cuatro cuencos de vidrio macedónicos… Y eso sin contar con otros elementos etruscos, como los huesos y marfiles decorados, que bien pudieron ser introducidos por los comerciantes griegos desde las costas levantinas», enumeran los científicos del CSIC. La bóveda de la habitación 100 también les llevó a pensar en la presencia de algún griego y, conforme han avanzado en sus investigaciones, han ido sumando más elementos. El último apareció en la campaña de 2025: un ‘louterion’ de mármol procedente de Proconeso, la actual isla turca de Mármara, que en la antigüedad fue colonia griega. Este altar con forma de columna tiene un tamaño y peso considerable como para que hubiera sido trasladado por azar. Celestino y Rodríguez creen que fue un encargo directo de alguien que conocía su función porque este tipo de piezas no viajaban habitualmente por el Mediterráneo. «Es un elemento muy vinculado a rituales griegos para el lavado de las mujeres previo a la boda o para ritos de purificación», explica Rodríguez a ABC. Los moradores del Turuñuelo debían ser conscientes de lo que pedían, «quizá porque ya lo habían visto», sospechan los investigadores.Noticia relacionada No No La cara oscura de la Atlántida Mónica ArrizabalagaHeródoto cuenta que griegos procedentes de la antigua Focea abrieron rutas comerciales con Tarteso. El legendario rey Argantonio les invitó a quedarse, pero los focenses prefirieron volver a Jonia. Sin embargo, pocos años después fundaron Emporion, la actual Ampurias, desde donde comerciaron con la costa mediterránea y el interior peninsular. Precisamente en el entorno de esta colonia griega, en Pontós (Gerona), se halló el único ejemplar similar al altar del Turuñuelo. «¿No pudo haber agentes griegos en el interior que intermediaran entre Ampurias y el Guadiana? Si no, ¿cómo sabían quienes administraban el Turuñuelo que existían altares de columna para el culto?», se preguntan. Del mito a la realidad históricaLos coautores de ‘Tarteso’ no tienen respuesta a muchas cuestiones que plantean en su recorrido divulgativo por la historia de Tarteso. «Nos movemos entre dudas y certezas, siempre pendientes de lo que pueda aparecer porque podría hacer variar una hipótesis de partida», confiesan. Así ha avanzado el conocimiento sobre esta antigua cultura, entre excavaciones arqueológicas y descubrimientos fortuitos que han ido arrojando luz.Tesoro del Carambolo, bronce Carriazo y Juan de Mata Carriazo, en las excavaciones en el Carambolo ABCHasta el hallazgo del tesoro del Carambolo en 1958 en Sevilla, Tarteso no abandonó la esfera del mito para convertirse en una realidad histórica. «¡Aquí está por fin algo de Tartesos!», defendió entonces Juan de Mata Carriazo , el arqueólogo andaluz que dio nombre a una de las piezas más emblemáticas de esta cultura, aunque hoy pocos recuerden que la encontró en un mercadillo de Sevilla u otros detalles de su historia. «Todo el mundo sabe que el bronce Carriazo existe, pero poca gente conoce que el nombre se lo puso Maluquer porque Carriazo le dejó el bronce, o que Carriazo fue el primero en estudiarlo y en poner las bases de la arqueología tartésica», comenta Esther Rodríguez. Uno de los objetivos de los codirectores de ‘Construyendo Tarteso’ al escribir este libro ha sido, precisamente, dar a conocer a muchos investigadores cuya figura se ha desdibujado tras el brillo de sus hallazgos. «Y sobre todo investigadoras, que están aún más invisibilizadas porque nos centramos siempre en la pieza y en el yacimiento», añade Rodríguez antes de destacar, entre ellas, a la catedrática María Eugenia Aubet . A su lado, Celestino recuerda a clásicos como Adolf Schulten y George Edward Bonsor y su viaje por Doñana que «no es muy conocido, pero bastante curioso»; a Juan Maluquer de Motes, «que revoluciona un poco la arqueología tartésica»; a Martín Almagro Gorbea, «que encuentra el Kylix de Medellín»; a José Luis Escacena, referente para los estudios de religión… En las 200 páginas de ‘Tarteso’ se entremezclan estos y otros muchos nombres más. También los de campesinos y obreros que descubrieron tesoros o los de maestros y curas de pueblos que participaron en la intrahistoria de hallazgos. Algunos destacados -como Clara Toscano, «que está siendo la bandera para sacar adelante proyectos como Tejada la Vieja»- protagonizan las ilustraciones que encabezan cada capítulo. A más de un lector le sorprenderá encontrarse en el primer apartado a Mario Roso de Luna y la estela de Solana de Cabañas , antes de toparse con las naves de Tarsis que se mencionan en la Biblia, con Heródoto o con los legendarios Gargoris y Habis. En este libro, la arqueología adelanta al mito y las leyendas. «Las estelas de guerrero son las piezas más antiguas que aparecen en la periferia de Tarteso. Son las únicas figuras de guerreros y se han tomado como los guardianes de esa frontera», explica Sebastián Celestino.Con estas losas de piedra grabadas del suroeste peninsular, que son «de las pocas manifestaciones que tenemos de una etapa histórica protagonizada por la oscuridad» (entre el año 1200 y el 800 a.C.), los arqueólogos inician un resumido y entretenido relato de lo que hoy se sabe sobre Tarteso. Una historia salpicada de estudios antiguos y líneas de investigación actuales, de enclaves destacados como el Castillo de Doña Blanca, Tejada la Vieja o el citado Carambolo, entre otros, pero también de experiencias personales y viajes que realizaron los codirectores de las excavaciones del Turuñuelo para conocer la colección tartésica de la Hispanic Society en Nueva York o las huellas de Heródoto en Samos. «Investigar Tarteso nos ha permitido vivir un sinfín de aventuras, haber hecho gran cantidad de amigos y tener un equipo, al que dedicamos el libro, que se ha convertido en una pequeña familia. Está siendo muy enriquecedor», subraya Esther Rodríguez.El patio de Casas del Turuñuelo, con los restos de la hecatombe; presentación de los rostros en el yacimiento y excavación del altar de mármol. ABCSu veterano colega Celestino no pensó que tras las excavaciones en el santuario tartésico de Cancho Roano (Zalamea de la Serena, Badajoz) iba a descubrir un yacimiento «tan magnífico» como Casas del Turuñuelo. Bajo este túmulo en las vegas del Guadiana, el equipo de ‘Construyendo Tarteso’ se topó con un edificio que sorprendentemente conserva sus dos plantas -«algo inédito en el Mediterráneo occidental», destacan-, con una magnífica escalera que conservaba a sus pies restos de una hecatombe animal jamás documentada antes en esta época, una tablilla con un alfabeto y guerreros grabados, o los cinco rostros en piedra que ahora se exponen en el Museo Arqueológico de Badajoz, las únicas representaciones que se han encontrado de una sociedad que se consideraba anicónica, aparte de pequeños objetos de bronce y de personajes tallados en placas de marfil y hueso, en su mayoría fenicios. ¿Quiénes son, de dónde vienen o quién fue el artesano que un día se encargó de darles vida? Ese es ahora uno de los desafíos que se les plantea a los arqueólogos. « Todavía queda mucho por investigar y por conocer -admite Celestino- aunque es verdad que cada vez vamos concluyendo más». En estos días finalizan las excavaciones de este año y ya advierten de que habrá novedades. ¿Qué nueva sorpresa deparará el Turuñuelo? «Puede sonar descabellado». Ya lo advierten los arqueólogos Sebastián Celestino y Esther Rodríguez. Pero su idea, lanzada por primera vez por escrito en su nuevo libro ‘ Tarteso ‘ (Espasa, 2026), explicaría algunos aspectos clave sobre esta civilización protohistórica que poco a poco se va despojando de ese halo enigmático que la ha rodeado desde antiguo, a golpe de excavaciones arqueológicas. ¿Vivió un griego en los alrededores de Casas del Turuñuelo (Guareña, Badajoz), el yacimiento que está revolucionando lo que se conocía sobre Tarteso? ¿Intervinieron agentes griegos en el auge de esta cultura en tierras del Guadiana, cuando Huelva y el valle del Guadalquivir entraron en una profunda crisis hacia finales del siglo VI antes de nuestra era? Los codirectores de ‘Construyendo Tarteso’ reconocen que aún no existen pruebas que demuestren –o desechen– esta audaz propuesta. «Pero también es cierto que cada día disponemos de indicios más consistentes », aseguran.En las excavaciones arqueológicas que codirigen en el Turuñuelo se ha recuperado un sorprendente número de objetos procedentes de Grecia. «Un centenar de copas áticas, una escultura de mármol del Pentélico, cuatro cuencos de vidrio macedónicos… Y eso sin contar con otros elementos etruscos, como los huesos y marfiles decorados, que bien pudieron ser introducidos por los comerciantes griegos desde las costas levantinas», enumeran los científicos del CSIC. La bóveda de la habitación 100 también les llevó a pensar en la presencia de algún griego y, conforme han avanzado en sus investigaciones, han ido sumando más elementos. El último apareció en la campaña de 2025: un ‘louterion’ de mármol procedente de Proconeso, la actual isla turca de Mármara, que en la antigüedad fue colonia griega. Este altar con forma de columna tiene un tamaño y peso considerable como para que hubiera sido trasladado por azar. Celestino y Rodríguez creen que fue un encargo directo de alguien que conocía su función porque este tipo de piezas no viajaban habitualmente por el Mediterráneo. «Es un elemento muy vinculado a rituales griegos para el lavado de las mujeres previo a la boda o para ritos de purificación», explica Rodríguez a ABC. Los moradores del Turuñuelo debían ser conscientes de lo que pedían, «quizá porque ya lo habían visto», sospechan los investigadores.Noticia relacionada No No La cara oscura de la Atlántida Mónica ArrizabalagaHeródoto cuenta que griegos procedentes de la antigua Focea abrieron rutas comerciales con Tarteso. El legendario rey Argantonio les invitó a quedarse, pero los focenses prefirieron volver a Jonia. Sin embargo, pocos años después fundaron Emporion, la actual Ampurias, desde donde comerciaron con la costa mediterránea y el interior peninsular. Precisamente en el entorno de esta colonia griega, en Pontós (Gerona), se halló el único ejemplar similar al altar del Turuñuelo. «¿No pudo haber agentes griegos en el interior que intermediaran entre Ampurias y el Guadiana? Si no, ¿cómo sabían quienes administraban el Turuñuelo que existían altares de columna para el culto?», se preguntan. Del mito a la realidad históricaLos coautores de ‘Tarteso’ no tienen respuesta a muchas cuestiones que plantean en su recorrido divulgativo por la historia de Tarteso. «Nos movemos entre dudas y certezas, siempre pendientes de lo que pueda aparecer porque podría hacer variar una hipótesis de partida», confiesan. Así ha avanzado el conocimiento sobre esta antigua cultura, entre excavaciones arqueológicas y descubrimientos fortuitos que han ido arrojando luz.Tesoro del Carambolo, bronce Carriazo y Juan de Mata Carriazo, en las excavaciones en el Carambolo ABCHasta el hallazgo del tesoro del Carambolo en 1958 en Sevilla, Tarteso no abandonó la esfera del mito para convertirse en una realidad histórica. «¡Aquí está por fin algo de Tartesos!», defendió entonces Juan de Mata Carriazo , el arqueólogo andaluz que dio nombre a una de las piezas más emblemáticas de esta cultura, aunque hoy pocos recuerden que la encontró en un mercadillo de Sevilla u otros detalles de su historia. «Todo el mundo sabe que el bronce Carriazo existe, pero poca gente conoce que el nombre se lo puso Maluquer porque Carriazo le dejó el bronce, o que Carriazo fue el primero en estudiarlo y en poner las bases de la arqueología tartésica», comenta Esther Rodríguez. Uno de los objetivos de los codirectores de ‘Construyendo Tarteso’ al escribir este libro ha sido, precisamente, dar a conocer a muchos investigadores cuya figura se ha desdibujado tras el brillo de sus hallazgos. «Y sobre todo investigadoras, que están aún más invisibilizadas porque nos centramos siempre en la pieza y en el yacimiento», añade Rodríguez antes de destacar, entre ellas, a la catedrática María Eugenia Aubet . A su lado, Celestino recuerda a clásicos como Adolf Schulten y George Edward Bonsor y su viaje por Doñana que «no es muy conocido, pero bastante curioso»; a Juan Maluquer de Motes, «que revoluciona un poco la arqueología tartésica»; a Martín Almagro Gorbea, «que encuentra el Kylix de Medellín»; a José Luis Escacena, referente para los estudios de religión… En las 200 páginas de ‘Tarteso’ se entremezclan estos y otros muchos nombres más. También los de campesinos y obreros que descubrieron tesoros o los de maestros y curas de pueblos que participaron en la intrahistoria de hallazgos. Algunos destacados -como Clara Toscano, «que está siendo la bandera para sacar adelante proyectos como Tejada la Vieja»- protagonizan las ilustraciones que encabezan cada capítulo. A más de un lector le sorprenderá encontrarse en el primer apartado a Mario Roso de Luna y la estela de Solana de Cabañas , antes de toparse con las naves de Tarsis que se mencionan en la Biblia, con Heródoto o con los legendarios Gargoris y Habis. En este libro, la arqueología adelanta al mito y las leyendas. «Las estelas de guerrero son las piezas más antiguas que aparecen en la periferia de Tarteso. Son las únicas figuras de guerreros y se han tomado como los guardianes de esa frontera», explica Sebastián Celestino.Con estas losas de piedra grabadas del suroeste peninsular, que son «de las pocas manifestaciones que tenemos de una etapa histórica protagonizada por la oscuridad» (entre el año 1200 y el 800 a.C.), los arqueólogos inician un resumido y entretenido relato de lo que hoy se sabe sobre Tarteso. Una historia salpicada de estudios antiguos y líneas de investigación actuales, de enclaves destacados como el Castillo de Doña Blanca, Tejada la Vieja o el citado Carambolo, entre otros, pero también de experiencias personales y viajes que realizaron los codirectores de las excavaciones del Turuñuelo para conocer la colección tartésica de la Hispanic Society en Nueva York o las huellas de Heródoto en Samos. «Investigar Tarteso nos ha permitido vivir un sinfín de aventuras, haber hecho gran cantidad de amigos y tener un equipo, al que dedicamos el libro, que se ha convertido en una pequeña familia. Está siendo muy enriquecedor», subraya Esther Rodríguez.El patio de Casas del Turuñuelo, con los restos de la hecatombe; presentación de los rostros en el yacimiento y excavación del altar de mármol. ABCSu veterano colega Celestino no pensó que tras las excavaciones en el santuario tartésico de Cancho Roano (Zalamea de la Serena, Badajoz) iba a descubrir un yacimiento «tan magnífico» como Casas del Turuñuelo. Bajo este túmulo en las vegas del Guadiana, el equipo de ‘Construyendo Tarteso’ se topó con un edificio que sorprendentemente conserva sus dos plantas -«algo inédito en el Mediterráneo occidental», destacan-, con una magnífica escalera que conservaba a sus pies restos de una hecatombe animal jamás documentada antes en esta época, una tablilla con un alfabeto y guerreros grabados, o los cinco rostros en piedra que ahora se exponen en el Museo Arqueológico de Badajoz, las únicas representaciones que se han encontrado de una sociedad que se consideraba anicónica, aparte de pequeños objetos de bronce y de personajes tallados en placas de marfil y hueso, en su mayoría fenicios. ¿Quiénes son, de dónde vienen o quién fue el artesano que un día se encargó de darles vida? Ese es ahora uno de los desafíos que se les plantea a los arqueólogos. « Todavía queda mucho por investigar y por conocer -admite Celestino- aunque es verdad que cada vez vamos concluyendo más». En estos días finalizan las excavaciones de este año y ya advierten de que habrá novedades. ¿Qué nueva sorpresa deparará el Turuñuelo?
«Puede sonar descabellado». Ya lo advierten los arqueólogos Sebastián Celestino y Esther Rodríguez. Pero su idea, lanzada por primera vez por escrito en su nuevo libro ‘Tarteso‘ (Espasa, 2026), explicaría algunos aspectos clave sobre esta civilización protohistórica que poco a poco se va … despojando de ese halo enigmático que la ha rodeado desde antiguo, a golpe de excavaciones arqueológicas. ¿Vivió un griego en los alrededores de Casas del Turuñuelo (Guareña, Badajoz), el yacimiento que está revolucionando lo que se conocía sobre Tarteso? ¿Intervinieron agentes griegos en el auge de esta cultura en tierras del Guadiana, cuando Huelva y el valle del Guadalquivir entraron en una profunda crisis hacia finales del siglo VI antes de nuestra era? Los codirectores de ‘Construyendo Tarteso’ reconocen que aún no existen pruebas que demuestren –o desechen– esta audaz propuesta. «Pero también es cierto que cada día disponemos de indicios más consistentes», aseguran.
En las excavaciones arqueológicas que codirigen en el Turuñuelo se ha recuperado un sorprendente número de objetos procedentes de Grecia. «Un centenar de copas áticas, una escultura de mármol del Pentélico, cuatro cuencos de vidrio macedónicos… Y eso sin contar con otros elementos etruscos, como los huesos y marfiles decorados, que bien pudieron ser introducidos por los comerciantes griegos desde las costas levantinas», enumeran los científicos del CSIC. La bóveda de la habitación 100 también les llevó a pensar en la presencia de algún griego y, conforme han avanzado en sus investigaciones, han ido sumando más elementos.
El último apareció en la campaña de 2025: un ‘louterion’ de mármol procedente de Proconeso, la actual isla turca de Mármara, que en la antigüedad fue colonia griega. Este altar con forma de columna tiene un tamaño y peso considerable como para que hubiera sido trasladado por azar. Celestino y Rodríguez creen que fue un encargo directo de alguien que conocía su función porque este tipo de piezas no viajaban habitualmente por el Mediterráneo. «Es un elemento muy vinculado a rituales griegos para el lavado de las mujeres previo a la boda o para ritos de purificación», explica Rodríguez a ABC. Los moradores del Turuñuelo debían ser conscientes de lo que pedían, «quizá porque ya lo habían visto», sospechan los investigadores.
Heródoto cuenta que griegos procedentes de la antigua Focea abrieron rutas comerciales con Tarteso. El legendario rey Argantonio les invitó a quedarse, pero los focenses prefirieron volver a Jonia. Sin embargo, pocos años después fundaron Emporion, la actual Ampurias, desde donde comerciaron con la costa mediterránea y el interior peninsular. Precisamente en el entorno de esta colonia griega, en Pontós (Gerona), se halló el único ejemplar similar al altar del Turuñuelo. «¿No pudo haber agentes griegos en el interior que intermediaran entre Ampurias y el Guadiana? Si no, ¿cómo sabían quienes administraban el Turuñuelo que existían altares de columna para el culto?», se preguntan.
Del mito a la realidad histórica
Los coautores de ‘Tarteso’ no tienen respuesta a muchas cuestiones que plantean en su recorrido divulgativo por la historia de Tarteso. «Nos movemos entre dudas y certezas, siempre pendientes de lo que pueda aparecer porque podría hacer variar una hipótesis de partida», confiesan. Así ha avanzado el conocimiento sobre esta antigua cultura, entre excavaciones arqueológicas y descubrimientos fortuitos que han ido arrojando luz.
(ABC)
Hasta el hallazgo del tesoro del Carambolo en 1958 en Sevilla, Tarteso no abandonó la esfera del mito para convertirse en una realidad histórica. «¡Aquí está por fin algo de Tartesos!», defendió entonces Juan de Mata Carriazo, el arqueólogo andaluz que dio nombre a una de las piezas más emblemáticas de esta cultura, aunque hoy pocos recuerden que la encontró en un mercadillo de Sevilla u otros detalles de su historia. «Todo el mundo sabe que el bronce Carriazo existe, pero poca gente conoce que el nombre se lo puso Maluquer porque Carriazo le dejó el bronce, o que Carriazo fue el primero en estudiarlo y en poner las bases de la arqueología tartésica», comenta Esther Rodríguez.
Uno de los objetivos de los codirectores de ‘Construyendo Tarteso’ al escribir este libro ha sido, precisamente, dar a conocer a muchos investigadores cuya figura se ha desdibujado tras el brillo de sus hallazgos. «Y sobre todo investigadoras, que están aún más invisibilizadas porque nos centramos siempre en la pieza y en el yacimiento», añade Rodríguez antes de destacar, entre ellas, a la catedrática María Eugenia Aubet.
A su lado, Celestino recuerda a clásicos como Adolf Schulten y George Edward Bonsor y su viaje por Doñana que «no es muy conocido, pero bastante curioso»; a Juan Maluquer de Motes, «que revoluciona un poco la arqueología tartésica»; a Martín Almagro Gorbea, «que encuentra el Kylix de Medellín»; a José Luis Escacena, referente para los estudios de religión… En las 200 páginas de ‘Tarteso’ se entremezclan estos y otros muchos nombres más. También los de campesinos y obreros que descubrieron tesoros o los de maestros y curas de pueblos que participaron en la intrahistoria de hallazgos. Algunos destacados -como Clara Toscano, «que está siendo la bandera para sacar adelante proyectos como Tejada la Vieja»- protagonizan las ilustraciones que encabezan cada capítulo.
A más de un lector le sorprenderá encontrarse en el primer apartado a Mario Roso de Luna y la estela de Solana de Cabañas, antes de toparse con las naves de Tarsis que se mencionan en la Biblia, con Heródoto o con los legendarios Gargoris y Habis. En este libro, la arqueología adelanta al mito y las leyendas. «Las estelas de guerrero son las piezas más antiguas que aparecen en la periferia de Tarteso. Son las únicas figuras de guerreros y se han tomado como los guardianes de esa frontera», explica Sebastián Celestino.
Con estas losas de piedra grabadas del suroeste peninsular, que son «de las pocas manifestaciones que tenemos de una etapa histórica protagonizada por la oscuridad» (entre el año 1200 y el 800 a.C.), los arqueólogos inician un resumido y entretenido relato de lo que hoy se sabe sobre Tarteso. Una historia salpicada de estudios antiguos y líneas de investigación actuales, de enclaves destacados como el Castillo de Doña Blanca, Tejada la Vieja o el citado Carambolo, entre otros, pero también de experiencias personales y viajes que realizaron los codirectores de las excavaciones del Turuñuelo para conocer la colección tartésica de la Hispanic Society en Nueva York o las huellas de Heródoto en Samos. «Investigar Tarteso nos ha permitido vivir un sinfín de aventuras, haber hecho gran cantidad de amigos y tener un equipo, al que dedicamos el libro, que se ha convertido en una pequeña familia. Está siendo muy enriquecedor», subraya Esther Rodríguez.
(ABC)
Su veterano colega Celestino no pensó que tras las excavaciones en el santuario tartésico de Cancho Roano (Zalamea de la Serena, Badajoz) iba a descubrir un yacimiento «tan magnífico» como Casas del Turuñuelo. Bajo este túmulo en las vegas del Guadiana, el equipo de ‘Construyendo Tarteso’ se topó con un edificio que sorprendentemente conserva sus dos plantas -«algo inédito en el Mediterráneo occidental», destacan-, con una magnífica escalera que conservaba a sus pies restos de una hecatombe animal jamás documentada antes en esta época, una tablilla con un alfabeto y guerreros grabados, o los cinco rostros en piedra que ahora se exponen en el Museo Arqueológico de Badajoz, las únicas representaciones que se han encontrado de una sociedad que se consideraba anicónica, aparte de pequeños objetos de bronce y de personajes tallados en placas de marfil y hueso, en su mayoría fenicios.
¿Quiénes son, de dónde vienen o quién fue el artesano que un día se encargó de darles vida? Ese es ahora uno de los desafíos que se les plantea a los arqueólogos. «Todavía queda mucho por investigar y por conocer -admite Celestino- aunque es verdad que cada vez vamos concluyendo más». En estos días finalizan las excavaciones de este año y ya advierten de que habrá novedades. ¿Qué nueva sorpresa deparará el Turuñuelo?
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