Hace ya tiempo que no son las películas las que causan la mayor controversia en el Festival Internacional de Cine de Berlín, sino las declaraciones. Gracias a ellas se ha ganado un perfil como festival altamente politizado, que le está costando un alto precio en términos de calidad . Muchos directores y estrellas lo evitan porque saben que tendrán que lidiar con asuntos espinosos en los que no tienen nada que ganar. Y artistas de menor nivel aprovechan la fácil notoriedad mediática que aportan las polémicas. El presidente del jurado, Win Wenders, acosado por preguntas sobre el papel del festival en el conflicto de Gaza «a la luz del apoyo del gobierno alemán al genocidio», intentó poner límites en la rueda de prensa de este año. «Tenemos que mantenernos al margen de la política porque, si hacemos películas deliberadamente políticas, entramos en el terreno de la política», dijo, y causó con sus palabras un debate mucho mayor que el que intentaba sofocar, en su inmensa mayor parte ajeno al séptimo arte.La Berlinale nació politizada, como «vitrina del mundo libre» y herramienta cultural de la Guerra Fría en 1951. Quien considere significativa la cancelación de la escritora india Arundhati Roy , como protesta a las palabras de Wenders, quizá no recuerde que en los años 50 y 60 se registraron varias protestas diplomáticas por películas de Europa del Este, que la Unión de Repúblicas Soviéticas y sus aliados boicotearon por entonces varias ediciones o que la película ‘o.k.’ de Michael Verhoeven , sobre crímenes de soldados estadounidenses en Vietnam, causó un choque frontal de tal magnitud entre la dirección y el jurado que el presidente de este último, George Stevens, veterano de la II Guerra Mundial, acusó la cinta de «antiestadounidense» e hizo dimitir al jurado en bloque. Aquella edición, la de 1970, se canceló sin premios.Amenazas terroristasEn 1979, tras la revolución islámica en Irán, la Berlinale programó películas críticas con el nuevo régimen y la ciudad de Berlín recibió varias amenazas terroristas. Tras la caída del Muro de Berlín, el festival cayó en una crisis de identidad política, como fruto de la teoría del «fin de la historia» de Francis Fukuyama. Si no había bandos, ¿contra quién se podían hacer las declaraciones? Pero en 2006 había vuelto a la normalidad y China presentó quejas formales por varios documentales sobre la represión en Tiananmen y por la presencia de cierto cine tibetano. En 2011, el director iraní Jafar Panahi, condenado a arresto domiciliario, fue invitado simbólicamente al festival y su silla vacía en la rueda de prensa se convirtió en un gesto político global por el que la Berlinale fue acusada de «interferencia política».Esta controversia se prolongó hasta 2015, cuando la película de Panahi ganó el Oso de Oro y muchos críticos reprocharon al jurado de «premiar propaganda antiiraní», en lugar de premiar calidad cinematográfica. En 2020 la cuestión fue la presencia de miembros del partido ultraderechista Alternativa para Alemania (AfD) y el festival se vio obligado a responder que, al ser un evento público subvencionado por el Senado de Berlín, no podía excluir a representantes electos miembros de dicha institución democrática. A esas alturas, al festival se le estaba ya escapando de las manos la evolución de las polémicas. Pero la explosión llegó sin duda con el ataque de Hamás a Israel del 7 de octubre de 2023. El equipo de ‘No Other Land’ denunció en el escenario el «genocidio» en Gaza y la Berlinale tuvo que emitir comunicados de disculpas por unas declaraciones que, según la legislación alemana, constituyen delito de antisemitismo. Que una escritora india, por muy reputada que sea, decida no asistir al festival, no es sino un grano de arena más en la sucesión de estratos geológicos.Algo parece moverse en el interior de la Berlinale, sin embargo, contra el árbol de la politización que no deja ver el bosque del cine. «No se puede esperar que los artistas hablen sobre cada cuestión política»», ha justificado a Wenders la directora del festival, Tricia Tuttle. También Ewa Puszczyńska, productora y miembro del jurado, ha aclarado que «no podemos ser nosotros los responsables de si el público que acude al cine decide apoyar a Israel o decide apoyar a Palestina». Y lo se escucha en las colas de la Berlinale, por ejemplo la de ayer para ver Kurtuluş, de Emin Alper. «Aquí la polémica más pertinente es el precio de las entradas, que debería ser más barato», decía un aficionado. «Aquí la mayoría venimos a ver cine y luego hay algunos que utilizan la Berlinale como plataforma de publicidad y promoción, pero es tan obvio que no merece la pena ni opinar sobre ello», comentaba otra espectadora a punto de acceder a la sala. «Son las redes sociales las que han sacado de madre todo esto: como los comentarios de las ruedas de prensa se recortan y amplifican en internet, algunos cineastas temen que hablar con libertad pueda provocar una reacción devastadora», confesaban fuentes de la organización a ABC un sentimiento generalizado en la capital alemana y que es el que ha llevado a Win Wenders a intentar devolver el festival al ámbito más estricto de las películas. «Somos el contrapeso de la política, lo opuesto a la política; tenemos que hacer el trabajo de la gente, no el trabajo de los políticos», es la conclusión del director alemán. Hace ya tiempo que no son las películas las que causan la mayor controversia en el Festival Internacional de Cine de Berlín, sino las declaraciones. Gracias a ellas se ha ganado un perfil como festival altamente politizado, que le está costando un alto precio en términos de calidad . Muchos directores y estrellas lo evitan porque saben que tendrán que lidiar con asuntos espinosos en los que no tienen nada que ganar. Y artistas de menor nivel aprovechan la fácil notoriedad mediática que aportan las polémicas. El presidente del jurado, Win Wenders, acosado por preguntas sobre el papel del festival en el conflicto de Gaza «a la luz del apoyo del gobierno alemán al genocidio», intentó poner límites en la rueda de prensa de este año. «Tenemos que mantenernos al margen de la política porque, si hacemos películas deliberadamente políticas, entramos en el terreno de la política», dijo, y causó con sus palabras un debate mucho mayor que el que intentaba sofocar, en su inmensa mayor parte ajeno al séptimo arte.La Berlinale nació politizada, como «vitrina del mundo libre» y herramienta cultural de la Guerra Fría en 1951. Quien considere significativa la cancelación de la escritora india Arundhati Roy , como protesta a las palabras de Wenders, quizá no recuerde que en los años 50 y 60 se registraron varias protestas diplomáticas por películas de Europa del Este, que la Unión de Repúblicas Soviéticas y sus aliados boicotearon por entonces varias ediciones o que la película ‘o.k.’ de Michael Verhoeven , sobre crímenes de soldados estadounidenses en Vietnam, causó un choque frontal de tal magnitud entre la dirección y el jurado que el presidente de este último, George Stevens, veterano de la II Guerra Mundial, acusó la cinta de «antiestadounidense» e hizo dimitir al jurado en bloque. Aquella edición, la de 1970, se canceló sin premios.Amenazas terroristasEn 1979, tras la revolución islámica en Irán, la Berlinale programó películas críticas con el nuevo régimen y la ciudad de Berlín recibió varias amenazas terroristas. Tras la caída del Muro de Berlín, el festival cayó en una crisis de identidad política, como fruto de la teoría del «fin de la historia» de Francis Fukuyama. Si no había bandos, ¿contra quién se podían hacer las declaraciones? Pero en 2006 había vuelto a la normalidad y China presentó quejas formales por varios documentales sobre la represión en Tiananmen y por la presencia de cierto cine tibetano. En 2011, el director iraní Jafar Panahi, condenado a arresto domiciliario, fue invitado simbólicamente al festival y su silla vacía en la rueda de prensa se convirtió en un gesto político global por el que la Berlinale fue acusada de «interferencia política».Esta controversia se prolongó hasta 2015, cuando la película de Panahi ganó el Oso de Oro y muchos críticos reprocharon al jurado de «premiar propaganda antiiraní», en lugar de premiar calidad cinematográfica. En 2020 la cuestión fue la presencia de miembros del partido ultraderechista Alternativa para Alemania (AfD) y el festival se vio obligado a responder que, al ser un evento público subvencionado por el Senado de Berlín, no podía excluir a representantes electos miembros de dicha institución democrática. A esas alturas, al festival se le estaba ya escapando de las manos la evolución de las polémicas. Pero la explosión llegó sin duda con el ataque de Hamás a Israel del 7 de octubre de 2023. El equipo de ‘No Other Land’ denunció en el escenario el «genocidio» en Gaza y la Berlinale tuvo que emitir comunicados de disculpas por unas declaraciones que, según la legislación alemana, constituyen delito de antisemitismo. Que una escritora india, por muy reputada que sea, decida no asistir al festival, no es sino un grano de arena más en la sucesión de estratos geológicos.Algo parece moverse en el interior de la Berlinale, sin embargo, contra el árbol de la politización que no deja ver el bosque del cine. «No se puede esperar que los artistas hablen sobre cada cuestión política»», ha justificado a Wenders la directora del festival, Tricia Tuttle. También Ewa Puszczyńska, productora y miembro del jurado, ha aclarado que «no podemos ser nosotros los responsables de si el público que acude al cine decide apoyar a Israel o decide apoyar a Palestina». Y lo se escucha en las colas de la Berlinale, por ejemplo la de ayer para ver Kurtuluş, de Emin Alper. «Aquí la polémica más pertinente es el precio de las entradas, que debería ser más barato», decía un aficionado. «Aquí la mayoría venimos a ver cine y luego hay algunos que utilizan la Berlinale como plataforma de publicidad y promoción, pero es tan obvio que no merece la pena ni opinar sobre ello», comentaba otra espectadora a punto de acceder a la sala. «Son las redes sociales las que han sacado de madre todo esto: como los comentarios de las ruedas de prensa se recortan y amplifican en internet, algunos cineastas temen que hablar con libertad pueda provocar una reacción devastadora», confesaban fuentes de la organización a ABC un sentimiento generalizado en la capital alemana y que es el que ha llevado a Win Wenders a intentar devolver el festival al ámbito más estricto de las películas. «Somos el contrapeso de la política, lo opuesto a la política; tenemos que hacer el trabajo de la gente, no el trabajo de los políticos», es la conclusión del director alemán.
Hace ya tiempo que no son las películas las que causan la mayor controversia en el Festival Internacional de Cine de Berlín, sino las declaraciones. Gracias a ellas se ha ganado un perfil como festival altamente politizado, que le está costando un alto precio … en términos de calidad. Muchos directores y estrellas lo evitan porque saben que tendrán que lidiar con asuntos espinosos en los que no tienen nada que ganar. Y artistas de menor nivel aprovechan la fácil notoriedad mediática que aportan las polémicas. El presidente del jurado, Win Wenders, acosado por preguntas sobre el papel del festival en el conflicto de Gaza «a la luz del apoyo del gobierno alemán al genocidio», intentó poner límites en la rueda de prensa de este año. «Tenemos que mantenernos al margen de la política porque, si hacemos películas deliberadamente políticas, entramos en el terreno de la política», dijo, y causó con sus palabras un debate mucho mayor que el que intentaba sofocar, en su inmensa mayor parte ajeno al séptimo arte.
La Berlinale nació politizada, como «vitrina del mundo libre» y herramienta cultural de la Guerra Fría en 1951. Quien considere significativa la cancelación de la escritora india Arundhati Roy, como protesta a las palabras de Wenders, quizá no recuerde que en los años 50 y 60 se registraron varias protestas diplomáticas por películas de Europa del Este, que la Unión de Repúblicas Soviéticas y sus aliados boicotearon por entonces varias ediciones o que la película ‘o.k.’ de Michael Verhoeven, sobre crímenes de soldados estadounidenses en Vietnam, causó un choque frontal de tal magnitud entre la dirección y el jurado que el presidente de este último, George Stevens, veterano de la II Guerra Mundial, acusó la cinta de «antiestadounidense» e hizo dimitir al jurado en bloque. Aquella edición, la de 1970, se canceló sin premios.
Amenazas terroristas
En 1979, tras la revolución islámica en Irán, la Berlinale programó películas críticas con el nuevo régimen y la ciudad de Berlín recibió varias amenazas terroristas. Tras la caída del Muro de Berlín, el festival cayó en una crisis de identidad política, como fruto de la teoría del «fin de la historia» de Francis Fukuyama. Si no había bandos, ¿contra quién se podían hacer las declaraciones? Pero en 2006 había vuelto a la normalidad y China presentó quejas formales por varios documentales sobre la represión en Tiananmen y por la presencia de cierto cine tibetano. En 2011, el director iraní Jafar Panahi, condenado a arresto domiciliario, fue invitado simbólicamente al festival y su silla vacía en la rueda de prensa se convirtió en un gesto político global por el que la Berlinale fue acusada de «interferencia política».
Esta controversia se prolongó hasta 2015, cuando la película de Panahi ganó el Oso de Oro y muchos críticos reprocharon al jurado de «premiar propaganda antiiraní», en lugar de premiar calidad cinematográfica. En 2020 la cuestión fue la presencia de miembros del partido ultraderechista Alternativa para Alemania (AfD) y el festival se vio obligado a responder que, al ser un evento público subvencionado por el Senado de Berlín, no podía excluir a representantes electos miembros de dicha institución democrática. A esas alturas, al festival se le estaba ya escapando de las manos la evolución de las polémicas. Pero la explosión llegó sin duda con el ataque de Hamás a Israel del 7 de octubre de 2023. El equipo de ‘No Other Land’ denunció en el escenario el «genocidio» en Gaza y la Berlinale tuvo que emitir comunicados de disculpas por unas declaraciones que, según la legislación alemana, constituyen delito de antisemitismo. Que una escritora india, por muy reputada que sea, decida no asistir al festival, no es sino un grano de arena más en la sucesión de estratos geológicos.
Algo parece moverse en el interior de la Berlinale, sin embargo, contra el árbol de la politización que no deja ver el bosque del cine. «No se puede esperar que los artistas hablen sobre cada cuestión política»», ha justificado a Wenders la directora del festival, Tricia Tuttle. También Ewa Puszczyńska, productora y miembro del jurado, ha aclarado que «no podemos ser nosotros los responsables de si el público que acude al cine decide apoyar a Israel o decide apoyar a Palestina». Y lo se escucha en las colas de la Berlinale, por ejemplo la de ayer para ver Kurtuluş, de Emin Alper. «Aquí la polémica más pertinente es el precio de las entradas, que debería ser más barato», decía un aficionado. «Aquí la mayoría venimos a ver cine y luego hay algunos que utilizan la Berlinale como plataforma de publicidad y promoción, pero es tan obvio que no merece la pena ni opinar sobre ello», comentaba otra espectadora a punto de acceder a la sala. «Son las redes sociales las que han sacado de madre todo esto: como los comentarios de las ruedas de prensa se recortan y amplifican en internet, algunos cineastas temen que hablar con libertad pueda provocar una reacción devastadora», confesaban fuentes de la organización a ABC un sentimiento generalizado en la capital alemana y que es el que ha llevado a Win Wenders a intentar devolver el festival al ámbito más estricto de las películas. «Somos el contrapeso de la política, lo opuesto a la política; tenemos que hacer el trabajo de la gente, no el trabajo de los políticos», es la conclusión del director alemán.
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