Reconozco que no he pensado en el ‘bullying’ hasta que busqué colegios para mi hija. De repente, los protocolos de actuación, a los que no había prestado atención, se volvieron decisivos, como si la intercesión de los adultos pudiera frenar la falta de empatía de unos niños que, por encajar quizás, no saben hasta qué punto hacen daño a los demás. Los hunden, los humillan. Le pasa a la madre de la nueva ‘Carrie’ de Mike Flanagan, que actualiza el clásico de Stephen King y la película de Brian de Palma, conservadora hasta la crueldad, enfermizamente sobreprotectora para salvaguardar la inocencia de su hija, una niña pura a la que el miedo de unos y otros sacude hasta despertar sus poderes telequinéticos. Supongo que el temor de cualquier padre es que sus hijos sufran. Más aún, no saber qué les hace sufrir ni qué hacer para protegerlos. Esta Carrie despierta cuando la liberan de su encierro, hambrienta de curiosidad, de vida, pero también vulnerable por su educación asfixiante. Temerosa de los ruidos, pero abierta a escucharlo todo, incluso lo malo, para aprender y sentir que pisa el mismo mundo que el resto. Es una niña que sigue siendo niña probablemente más tiempo del aconsejable, que mantiene imperturbable esa inocencia hasta que, después de recibir y recibir, termina vengándose. La inocencia es un valor escaso. Y empieza a desaparecer cuando los niños juegan a ser adultos. Duele ver esa pureza infantil cuando están a lo suyo, ajenos e inmunes a todo, porque tiene fecha de caducidad. Y tú lo sabes. No sé qué se hace para proteger a un hijo, pero entiendo la tentación de prolongar ese abismo con la sociedad al máximo. Pero la hipervigilancia no educa ni salva, margina, expone los puntos débiles de una personita que tiene que aprender sola que el mundo es implacable con el diferente. Los coches ya casi vuelan, los ordenadores piensan por sí mismos. Pero el ‘bullying’ sigue ahí, como una pesadilla, con más herramientas que nunca. Estamos más cerca de vivir en Marte que de evitar que a nuestros hijos la infancia se les vaya al garete por unos pocos abusones. Un fallo, un error, una decisión mal tomada, una casualidad fatal puede acabar con todo en un instante. ¿Qué nos queda? Imagino que desear que conserven la inocencia el mayor tiempo posible, que encajen sin corromperse, tenderles la mano, enseñarles que la mayor seguridad está siempre en uno mismo y termina donde merma la del resto. La vulnerabilidad no es mala sino inevitable, y quizás ser fieles a sí mismos sea lo único que los ampare de los monstruos, los de Stephen King y los de la vida, porque encuentran siempre la rendija por la que colarse. Reconozco que no he pensado en el ‘bullying’ hasta que busqué colegios para mi hija. De repente, los protocolos de actuación, a los que no había prestado atención, se volvieron decisivos, como si la intercesión de los adultos pudiera frenar la falta de empatía de unos niños que, por encajar quizás, no saben hasta qué punto hacen daño a los demás. Los hunden, los humillan. Le pasa a la madre de la nueva ‘Carrie’ de Mike Flanagan, que actualiza el clásico de Stephen King y la película de Brian de Palma, conservadora hasta la crueldad, enfermizamente sobreprotectora para salvaguardar la inocencia de su hija, una niña pura a la que el miedo de unos y otros sacude hasta despertar sus poderes telequinéticos. Supongo que el temor de cualquier padre es que sus hijos sufran. Más aún, no saber qué les hace sufrir ni qué hacer para protegerlos. Esta Carrie despierta cuando la liberan de su encierro, hambrienta de curiosidad, de vida, pero también vulnerable por su educación asfixiante. Temerosa de los ruidos, pero abierta a escucharlo todo, incluso lo malo, para aprender y sentir que pisa el mismo mundo que el resto. Es una niña que sigue siendo niña probablemente más tiempo del aconsejable, que mantiene imperturbable esa inocencia hasta que, después de recibir y recibir, termina vengándose. La inocencia es un valor escaso. Y empieza a desaparecer cuando los niños juegan a ser adultos. Duele ver esa pureza infantil cuando están a lo suyo, ajenos e inmunes a todo, porque tiene fecha de caducidad. Y tú lo sabes. No sé qué se hace para proteger a un hijo, pero entiendo la tentación de prolongar ese abismo con la sociedad al máximo. Pero la hipervigilancia no educa ni salva, margina, expone los puntos débiles de una personita que tiene que aprender sola que el mundo es implacable con el diferente. Los coches ya casi vuelan, los ordenadores piensan por sí mismos. Pero el ‘bullying’ sigue ahí, como una pesadilla, con más herramientas que nunca. Estamos más cerca de vivir en Marte que de evitar que a nuestros hijos la infancia se les vaya al garete por unos pocos abusones. Un fallo, un error, una decisión mal tomada, una casualidad fatal puede acabar con todo en un instante. ¿Qué nos queda? Imagino que desear que conserven la inocencia el mayor tiempo posible, que encajen sin corromperse, tenderles la mano, enseñarles que la mayor seguridad está siempre en uno mismo y termina donde merma la del resto. La vulnerabilidad no es mala sino inevitable, y quizás ser fieles a sí mismos sea lo único que los ampare de los monstruos, los de Stephen King y los de la vida, porque encuentran siempre la rendija por la que colarse.

Reconozco que no he pensado en el ‘bullying’ hasta que busqué colegios para mi hija. De repente, los protocolos de actuación, a los que no había prestado atención, se volvieron decisivos, como si la intercesión de los adultos pudiera frenar la falta de empatía de unos niños que, por encajar quizás, no saben hasta qué punto hacen daño a los demás. Los hunden, los humillan. Le pasa a la madre de la nueva ‘Carrie’ de Mike Flanagan, que actualiza el clásico de Stephen King y la película de Brian de Palma, conservadora hasta la crueldad, enfermizamente sobreprotectora para salvaguardar la inocencia de su hija, una niña pura a la que el miedo de unos y otros sacude hasta despertar sus poderes telequinéticos.
Supongo que el temor de cualquier padre es que sus hijos sufran. Más aún, no saber qué les hace sufrir ni qué hacer para protegerlos. Esta Carrie despierta cuando la liberan de su encierro, hambrienta de curiosidad, de vida, pero también vulnerable por su educación asfixiante. Temerosa de los ruidos, pero abierta a escucharlo todo, incluso lo malo, para aprender y sentir que pisa el mismo mundo que el resto. Es una niña que sigue siendo niña probablemente más tiempo del aconsejable, que mantiene imperturbable esa inocencia hasta que, después de recibir y recibir, termina vengándose.
La inocencia es un valor escaso. Y empieza a desaparecer cuando los niños juegan a ser adultos. Duele ver esa pureza infantil cuando están a lo suyo, ajenos e inmunes a todo, porque tiene fecha de caducidad. Y tú lo sabes. No sé qué se hace para proteger a un hijo, pero entiendo la tentación de prolongar ese abismo con la sociedad al máximo. Pero la hipervigilancia no educa ni salva, margina, expone los puntos débiles de una personita que tiene que aprender sola que el mundo es implacable con el diferente.
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