El desierto ha dejado de ser un escenario de aventuras arqueológicas con sombreros de ala ancha o romances bajo el sol de El Cairo. En manos de Lee Cronin, el responsable de habernos arrebatado el sueño con ‘Evil Dead Rise’, la mitología egipcia abandona definitivamente el polvo de los museos y el espíritu del cine de matinée para transformarse en algo mucho más asfixiante, oscuro y, sobre todo, moderno. Su nueva propuesta no es una «momia» al uso; es, en esencia, una suerte de niña del exorcista egipcia. La trama de ‘La momia de Lee Cronin’ se centra en Charlie Cannon (Jack Reynor) y su mujer, Lari (Laia Costa), un matrimonio atormentado por la desaparición de su hija, Katie (Natalie Grace), años atrás en el desierto. Cuando la niña reaparece de forma inexplicable, regresa como el recipiente de una entidad milenaria que fue desenterrada junto con ella. Cronin logra inyectar la dosis de angustia esperable del género, una presión en el pecho que acompaña al espectador desde el primer fotograma. Aquí, el horror proviene la invasión de lo doméstico; el director usa una geometría visual claustrofóbica y la integración de un ‘body horror’ que vincula la descomposición milenaria con el trauma familiar contemporáneo. El epicentro del terrorLaia Costa se sumerge en este torbellino de sangre, arena y prótesis. La barcelonesa, conocida por su sensibilidad en dramas íntimos y su capacidad para retratar la vulnerabilidad humana en películas como ‘Un amor’ o ‘Cinco Lobitos’, confiesa que su relación con el género de terror era, hasta ahora, prácticamente inexistente debido a un miedo que la acompaña desde la infancia: «Aunque no soy fan del género, porque soy una cagona. Literalmente, con ‘Poltergeist’ cuando tenía 10 años volví a dormir con mis padres… y dije: ‘vale, esto no es para mí’», admite la actriz, entre risas.Laia Costa AFPLaia describe al director como un «genio del terror» capaz de transmitir una visión que trasciende el simple mecanismo del sobresalto. El rodaje fue un desafío que rozó el entrenamiento militar, una experiencia donde la línea entre la actuación y la respuesta física real se volvió peligrosamente delgada. «Es muy físico. Yo recuerdo que había días que decía: ‘A ver qué toca hoy’. Miraba el plan del día y era como… ahora tengo que estar corriendo, y voy descalza entre trozos… hay una fisicalidad en el terror», explica. «Estaba llena de sudor, de sangre… no tengo ni que fingir que me estoy ahogando, porque me estoy ahogando».«Hay algo que a través del miedo desbloqueas y puedes respirar»Lo que separa a esta cinta del resto de la producción actual es su capacidad para utilizar el horror como un vehículo terapéutico, una idea que Costa subraya con especial énfasis. En el set, el miedo se convirtió en una herramienta de trabajo, una forma de llegar a lugares psicológicos inexplorados. «Hay algo que a través del miedo desbloqueas y puedes respirar. Para Cronin, el humor era muy importante en esta película… para bajarlo al suelo y poder hacer que la gente siga la historia. Creo que hay un nicho para que todo el mundo pueda hablar de las emociones desde un lugar muy único».La actriz destaca que la ambición de la película reside en no ser «terror por el terror». Mientras la cámara se sitúa en los lugares más inesperados y la narrativa nos arrastra a una pesadilla sin lógica aparente, en el núcleo de la historia late el sufrimiento de una familia real. Es esa mezcla de investigación clásica, drama visceral y un despliegue técnico abrumador de prostéticos y efectos especiales lo que convierte a esta obra en una experiencia que Costa define como «liberadora».La innovación del gritoAl tratar a la momia no como un monstruo que camina torpemente, sino como una presencia parasitaria y elástica, más cercana a la Regan MacNeil de William Friedkin que a la criatura de Boris Karloff, el director logra revitalizar un arquetipo que parecía agotado. Otro pilar fundamental de esta producción es el trabajo coordinado de los departamentos de especialistas y efectos. «Ver el trabajo de los departamentos, del departamento de efectos especiales, el de ‘stunts’. Ver cómo esta historia solo se cuenta si todos bailamos, si estamos haciendo lo mismo coordinados», explica Costa. Esta «danza» técnica se traduce en una pantalla que respira veracidad, donde el espectador puede casi oler el incienso rancio y la piel seca.Para Costa, participar en una producción de esta escala global después de haber trabajado en industrias tan diversas como la española, la alemana o la argentina, ha sido una revelación sobre la universalidad del miedo. Aunque no se atreve a decir si el terror es más universal que el drama, reconoce que el género permite una conexión primaria, casi animalística, con el público. «Es este concepto de creerte la máscara», ejemplifica Costa. «Yo veo a mi hijo pequeño de dos años, que hace ‘¡pum!’ y cree que ha desaparecido de verdad. Y creo que los actores, cuando nos dan estos disfraces tan evidentes, nos creemos ese juego como los niños pequeños. Y es liberador». El desierto ha dejado de ser un escenario de aventuras arqueológicas con sombreros de ala ancha o romances bajo el sol de El Cairo. En manos de Lee Cronin, el responsable de habernos arrebatado el sueño con ‘Evil Dead Rise’, la mitología egipcia abandona definitivamente el polvo de los museos y el espíritu del cine de matinée para transformarse en algo mucho más asfixiante, oscuro y, sobre todo, moderno. Su nueva propuesta no es una «momia» al uso; es, en esencia, una suerte de niña del exorcista egipcia. La trama de ‘La momia de Lee Cronin’ se centra en Charlie Cannon (Jack Reynor) y su mujer, Lari (Laia Costa), un matrimonio atormentado por la desaparición de su hija, Katie (Natalie Grace), años atrás en el desierto. Cuando la niña reaparece de forma inexplicable, regresa como el recipiente de una entidad milenaria que fue desenterrada junto con ella. Cronin logra inyectar la dosis de angustia esperable del género, una presión en el pecho que acompaña al espectador desde el primer fotograma. Aquí, el horror proviene la invasión de lo doméstico; el director usa una geometría visual claustrofóbica y la integración de un ‘body horror’ que vincula la descomposición milenaria con el trauma familiar contemporáneo. El epicentro del terrorLaia Costa se sumerge en este torbellino de sangre, arena y prótesis. La barcelonesa, conocida por su sensibilidad en dramas íntimos y su capacidad para retratar la vulnerabilidad humana en películas como ‘Un amor’ o ‘Cinco Lobitos’, confiesa que su relación con el género de terror era, hasta ahora, prácticamente inexistente debido a un miedo que la acompaña desde la infancia: «Aunque no soy fan del género, porque soy una cagona. Literalmente, con ‘Poltergeist’ cuando tenía 10 años volví a dormir con mis padres… y dije: ‘vale, esto no es para mí’», admite la actriz, entre risas.Laia Costa AFPLaia describe al director como un «genio del terror» capaz de transmitir una visión que trasciende el simple mecanismo del sobresalto. El rodaje fue un desafío que rozó el entrenamiento militar, una experiencia donde la línea entre la actuación y la respuesta física real se volvió peligrosamente delgada. «Es muy físico. Yo recuerdo que había días que decía: ‘A ver qué toca hoy’. Miraba el plan del día y era como… ahora tengo que estar corriendo, y voy descalza entre trozos… hay una fisicalidad en el terror», explica. «Estaba llena de sudor, de sangre… no tengo ni que fingir que me estoy ahogando, porque me estoy ahogando».«Hay algo que a través del miedo desbloqueas y puedes respirar»Lo que separa a esta cinta del resto de la producción actual es su capacidad para utilizar el horror como un vehículo terapéutico, una idea que Costa subraya con especial énfasis. En el set, el miedo se convirtió en una herramienta de trabajo, una forma de llegar a lugares psicológicos inexplorados. «Hay algo que a través del miedo desbloqueas y puedes respirar. Para Cronin, el humor era muy importante en esta película… para bajarlo al suelo y poder hacer que la gente siga la historia. Creo que hay un nicho para que todo el mundo pueda hablar de las emociones desde un lugar muy único».La actriz destaca que la ambición de la película reside en no ser «terror por el terror». Mientras la cámara se sitúa en los lugares más inesperados y la narrativa nos arrastra a una pesadilla sin lógica aparente, en el núcleo de la historia late el sufrimiento de una familia real. Es esa mezcla de investigación clásica, drama visceral y un despliegue técnico abrumador de prostéticos y efectos especiales lo que convierte a esta obra en una experiencia que Costa define como «liberadora».La innovación del gritoAl tratar a la momia no como un monstruo que camina torpemente, sino como una presencia parasitaria y elástica, más cercana a la Regan MacNeil de William Friedkin que a la criatura de Boris Karloff, el director logra revitalizar un arquetipo que parecía agotado. Otro pilar fundamental de esta producción es el trabajo coordinado de los departamentos de especialistas y efectos. «Ver el trabajo de los departamentos, del departamento de efectos especiales, el de ‘stunts’. Ver cómo esta historia solo se cuenta si todos bailamos, si estamos haciendo lo mismo coordinados», explica Costa. Esta «danza» técnica se traduce en una pantalla que respira veracidad, donde el espectador puede casi oler el incienso rancio y la piel seca.Para Costa, participar en una producción de esta escala global después de haber trabajado en industrias tan diversas como la española, la alemana o la argentina, ha sido una revelación sobre la universalidad del miedo. Aunque no se atreve a decir si el terror es más universal que el drama, reconoce que el género permite una conexión primaria, casi animalística, con el público. «Es este concepto de creerte la máscara», ejemplifica Costa. «Yo veo a mi hijo pequeño de dos años, que hace ‘¡pum!’ y cree que ha desaparecido de verdad. Y creo que los actores, cuando nos dan estos disfraces tan evidentes, nos creemos ese juego como los niños pequeños. Y es liberador».
El desierto ha dejado de ser un escenario de aventuras arqueológicas con sombreros de ala ancha o romances bajo el sol de El Cairo. En manos de Lee Cronin, el responsable de habernos arrebatado el sueño con ‘Evil Dead Rise’, la mitología egipcia abandona … definitivamente el polvo de los museos y el espíritu del cine de matinée para transformarse en algo mucho más asfixiante, oscuro y, sobre todo, moderno. Su nueva propuesta no es una «momia» al uso; es, en esencia, una suerte de niña del exorcista egipcia. La trama de ‘La momia de Lee Cronin’ se centra en Charlie Cannon (Jack Reynor) y su mujer, Lari (Laia Costa), un matrimonio atormentado por la desaparición de su hija, Katie (Natalie Grace), años atrás en el desierto. Cuando la niña reaparece de forma inexplicable, regresa como el recipiente de una entidad milenaria que fue desenterrada junto con ella.
Cronin logra inyectar la dosis de angustia esperable del género, una presión en el pecho que acompaña al espectador desde el primer fotograma. Aquí, el horror proviene la invasión de lo doméstico; el director usa una geometría visual claustrofóbica y la integración de un ‘body horror’ que vincula la descomposición milenaria con el trauma familiar contemporáneo.
El epicentro del terror
Laia Costa se sumerge en este torbellino de sangre, arena y prótesis. La barcelonesa, conocida por su sensibilidad en dramas íntimos y su capacidad para retratar la vulnerabilidad humana en películas como ‘Un amor’ o ‘Cinco Lobitos’, confiesa que su relación con el género de terror era, hasta ahora, prácticamente inexistente debido a un miedo que la acompaña desde la infancia: «Aunque no soy fan del género, porque soy una cagona. Literalmente, con ‘Poltergeist’ cuando tenía 10 años volví a dormir con mis padres… y dije: ‘vale, esto no es para mí’», admite la actriz, entre risas.

(AFP)
Laia describe al director como un «genio del terror» capaz de transmitir una visión que trasciende el simple mecanismo del sobresalto. El rodaje fue un desafío que rozó el entrenamiento militar, una experiencia donde la línea entre la actuación y la respuesta física real se volvió peligrosamente delgada. «Es muy físico. Yo recuerdo que había días que decía: ‘A ver qué toca hoy’. Miraba el plan del día y era como… ahora tengo que estar corriendo, y voy descalza entre trozos… hay una fisicalidad en el terror», explica. «Estaba llena de sudor, de sangre… no tengo ni que fingir que me estoy ahogando, porque me estoy ahogando».
«Hay algo que a través del miedo desbloqueas y puedes respirar»
Lo que separa a esta cinta del resto de la producción actual es su capacidad para utilizar el horror como un vehículo terapéutico, una idea que Costa subraya con especial énfasis. En el set, el miedo se convirtió en una herramienta de trabajo, una forma de llegar a lugares psicológicos inexplorados. «Hay algo que a través del miedo desbloqueas y puedes respirar. Para Cronin, el humor era muy importante en esta película… para bajarlo al suelo y poder hacer que la gente siga la historia. Creo que hay un nicho para que todo el mundo pueda hablar de las emociones desde un lugar muy único».
La actriz destaca que la ambición de la película reside en no ser «terror por el terror». Mientras la cámara se sitúa en los lugares más inesperados y la narrativa nos arrastra a una pesadilla sin lógica aparente, en el núcleo de la historia late el sufrimiento de una familia real. Es esa mezcla de investigación clásica, drama visceral y un despliegue técnico abrumador de prostéticos y efectos especiales lo que convierte a esta obra en una experiencia que Costa define como «liberadora».
La innovación del grito
Al tratar a la momia no como un monstruo que camina torpemente, sino como una presencia parasitaria y elástica, más cercana a la Regan MacNeil de William Friedkin que a la criatura de Boris Karloff, el director logra revitalizar un arquetipo que parecía agotado.
Otro pilar fundamental de esta producción es el trabajo coordinado de los departamentos de especialistas y efectos. «Ver el trabajo de los departamentos, del departamento de efectos especiales, el de ‘stunts’. Ver cómo esta historia solo se cuenta si todos bailamos, si estamos haciendo lo mismo coordinados», explica Costa. Esta «danza» técnica se traduce en una pantalla que respira veracidad, donde el espectador puede casi oler el incienso rancio y la piel seca.
Para Costa, participar en una producción de esta escala global después de haber trabajado en industrias tan diversas como la española, la alemana o la argentina, ha sido una revelación sobre la universalidad del miedo. Aunque no se atreve a decir si el terror es más universal que el drama, reconoce que el género permite una conexión primaria, casi animalística, con el público. «Es este concepto de creerte la máscara», ejemplifica Costa. «Yo veo a mi hijo pequeño de dos años, que hace ‘¡pum!’ y cree que ha desaparecido de verdad. Y creo que los actores, cuando nos dan estos disfraces tan evidentes, nos creemos ese juego como los niños pequeños. Y es liberador».
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