Uno se adentra por un camino montañoso, en aquel pueblo del Montseny, hasta llegar a la masía de Can Batllic. El mapa es el artículo La charca de las salamandras. Se ve la encina y al lado la charca, pero su autor no está: el aventurero de juventud eterna no espera en ese lugar bucólico donde ha pasado, expectante, tantas horas durante más de medio siglo. Bajo aquella encina a Jacinto Antón —periodista de EL PAÍS desde hace 40 años— se le han aparecido todo tipo de bicharracos silvestres, pero la mañana de Jueves Santo solo se veía una cabra. Se alzó del sueño, durante dos segundos contempló al intruso, bostezó y volvió a reposar.
El periodista publica una nueva selección de artículos y reportajes en los que se combinan la solidez cultural, la narración de viajes a lugares imposibles y el relato real
Uno se adentra por un camino montañoso, en aquel pueblo del Montseny, hasta llegar a la masía de Can Batllic. El mapa es el artículo La charca de las salamandras. Se ve la encina y al lado la charca, pero su autor no está: el aventurero de juventud eterna no espera en ese lugar bucólico donde ha pasado, expectante, tantas horas durante más de medio siglo. Bajo aquella encina a Jacinto Antón —periodista de EL PAÍS desde hace 40 años— se le han aparecido todo tipo de bicharracos silvestres, pero la mañana de Jueves Santo solo se veía una cabra. Se alzó del sueño, durante dos segundos contempló al intruso, bostezó y volvió a reposar.
Este es el lugar perfecto para leer Sirenas, leones y otros cuentos inesperados (Salamandra). La tercera recopilación de crónicas y reportajes de Jacinto Antón llega a las librerías el 9 de abril. “Lo que aquí se perfila es un proyecto de fondo: reunir y dar forma a más de cuarenta años de escritura, en los que Jacinto Antón ha ido construyendo un universo propio”, explica su fiel editora Anik Lapointe. El modo de recrear ese universo es lo que da entidad literaria a un articulismo por el que Antón recibió en 2009 el primer Premio Nacional de Periodismo Cultural. Se mezclan los tiempos —desde la Grecia Antigua o el Antiguo Egipto a la Segunda Guerra Mundial— y conviven aviadores y exploradores con caimanes y serpientes. Se le aparecen porque no pierde la curiosidad ni la ilusionada disposición esperando la llegada de lo extraordinario: viejos libros inencontrables, zorros que comen fuet.
En el nuevo volumen, tras Pilotos, caimanes y otras aventuras extraordinarias (2009) y Héroes, aventureros y cobardes (2013), vuelven las aventuras vividas y contadas por una especie de culto lord empapado de humor inglés. En el prólogo explica que esta selección “quizá tiene un punto más sentimental, incluso romántico, que los otros dos (será la edad)”. Hay estampas con sus hijas (la del martín pescador es insuperable) o recuerdos de formación de su sentimentalidad que incluyen desde la visión calenturienta de El graduado o el tacto (no menos erótico) de su Montesa adolescente hasta el reencuentro tardío con la chica más guapa de COU (espóiler: ella no le recordaba). O por la pieza tan sentida que dedica a Jan Morris, “no podía concebir la vida sin viajar, ni viajar sin escribir”. Hay huellas de la infancia que revelan la raíz de su mitología: el ejemplar de la biblioteca paterna de la Ilíada que se llevó a Troya, el recuerdo de la madre acariciándole la frente con el casco de astronauta con el que de disfrazaba en una oscura habitación. Ese clásico y ese disfraz podrían ser su Rosebud.

El cronista Antón vive más cuando está en ese mundo y lo crea con estilo inconfundible. “Su voz no ha dejado de invitarnos a vivir la aventura del mundo con inteligencia y humor”, en palabras de Lapointe. Juega con las palabras, contrasta su menguante coraje con el de los héroes con los que habla y sabe retratarse de forma autoparódica frente a una serpiente en Egipto, al explicar el miedo que siente al aterrizar en un globo aerostático rodeado de leones africanos o al caer de noche por el camino en un bosque y acabar en una charca.
Parece como si este hombre que habla en voz baja en la redacción, acorralado por montañas de libros, una calavera y desde hace unos meses por una figura de Napoleón que lo contempla mientras teclea, hubiese descubierto que la práctica del oficio de cronista le permitía ser quien siempre soñó ser: un aventurero. “Con sus crónicas de gran periodismo cultural ha demostrado a sus lectores que la huella que dejaron Salgari, Verne, Stevenson o Mark Twain, no es solo un delicioso recuerdo, sino la aventura abierta a cualquiera que se atreva a dar el paso. Aunque sea imaginario”. Esta descripción de su proyecto literario la escribe en un correo electrónico Basilio Baltasar —que, además de escritor, es administrador del chat más activo de periodistas culturales de España—.
La fórmula Antón combina ingredientes del artículo de solidez cultural, la narración de viajes a lugares imposibles y el relato real. Su sombra se confunde con la de sus mitos. “Exploradores y expedicionarios de nuestro tiempo, atrevidos y extravagantes aventureros de nuestro siglo, penetran los más insólitos recovecos del mundo y aparecen en las crónicas de Jacinto Antón para contar que no todo ha sido descubierto, manoseado y explotado”, afirma Basilio Baltasar. Esa fórmula la conocen, y disfrutan, los lectores: literatura de aventuras en los periódicos que puede redescubrirse en sus libros.
Uno acaba de leer Sirenas, leones y otros cuentos bajo la encina, frente a la charca de Can Batllic, mientras la cabra sigue dormitando. A lo lejos se acercaba la voz de un niño. Aprendía a pronunciar la palabra portaviones. Parecía dispuesto a conquistar el mundo.
EL PAÍS
