Lo que voy a evocar puede parecer hoy tan remoto e incomprensible como la guerra del Peloponeso. Hablo de las batallas por estrenar discos en las emisoras de FM. Ninguna broma: se enfriaron amistades, se efectuaron jugadas maquiávelicas, se alborotó la industria fonográfica. Y todo por colgarse unas medallas que, en realidad, solo unos pocos oyentes reconocían. ¿Se pueden imaginar un conflicto por ver quién ponía primero a Les Négresses Vertes? Pues ocurrió.
Fue real y consumió muchas energías en el mundo de la radio desde los años ochenta del siglo pasado
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Fue real y consumió muchas energías en el mundo de la radio desde los años ochenta del siglo pasado


Lo que voy a evocar puede parecer hoy tan remoto e incomprensible como la guerra del Peloponeso. Hablo de las batallas por estrenar discos en las emisoras de FM. Ninguna broma: se enfriaron amistades, se efectuaron jugadas maquiávelicas, se alborotó la industria fonográfica. Y todo por colgarse unas medallas que, en realidad, solo unos pocos oyentes reconocían. ¿Se pueden imaginar un conflicto por ver quién ponía primero a Les Négresses Vertes? Pues ocurrió.
Esas guerras se desarrollaron en un campo de batalla mínimo, esencialmente el mundillo de Radio 3 (aunque también entraron en liza Los 40 y otras cadenas). Como todos se conocían, eran enfrentamientos cainitas. Que alcanzaban incluso a los artistas, a los que se intentaba intimidar. Entiéndanlo: debutar un disco, foráneo o nacional, reforzaba la reputación del programa en cuestión, su relevancia por encima de la competencia. O eso creían.
Las tácticas para lograrlo iban desde la rapidez hasta los chantajes. El primer estrenador en llegar por la mañana a las oficinas de las discográficas tenía ventaja. Luego, algunos de los cazadores de estrenos desarrollaron malas mañas: exigían unas ventanas de tiempo antes de que se difundieran las cintas (sí, generalmente ni siquiera se había prensado el disco en cuestión) entre el resto de la profesión. Todo valía: se amenazaba al bendito de Carlos Berlanga para que cediera las primeras grabaciones de Dinarama, con la amenaza de que, en caso contrario, se torpedearía su posible fichaje por tal discográfica. Aunque nada comparable con la histeria por estrenar a Los Planetas.
Hubo listos que se hicieron una cuenta en la sucursal australiana de iTunes, para así tener acceso a apetitosos lanzamientos internacionales 10 horas antes que en España. Los disqueros también tenían sus artimañas: podían exigir que, a cambio de la novedad, el locutor se comprometiera a programar otro disco de su compañía durante equis días, realpolitik en acción. Era feo pero se aprovechaban de aquella ansiedad. Y como nada estaba firmado, abundaban los malentendidos. Conflictos que podían llegar hasta el despacho del director de la emisora. Asombrado por el encarnizamiento, este solía ofrecer una solución salomónica: que los estrenos conseguidos se depositaran en un armario, al alcance de cualquier locutor de la emisora. No prosperó: oiga, nadie iba a ceder sus hallazgos para lucimiento de los compañeros.
Abundaban las situaciones incómodas. Si uno trabajaba en prensa, tal era mi caso, podía recibir adelantos de futuros discos para preparar una posible entrevista, dejando así margen para pincharlos en la radio a voluntad. Por el contrario, se reñía a músicos que adelantaban material a sus amigos periodistas. Manu Chao te pasaba cintas que contenían sus canciones con silencios cada pocos segundos, para que no cayeras en la tentación de radiarlas (y aún así…).
Hablo en pretérito: la implantación de internet alteró las reglas del juego. Artistas y disqueras utilizan ahora las redes para dejar caer primicias, crear expectativas, animar el social engagement. No sé si conviene celebrar que todavía funcionen francotiradores más o menos anónimos que, por su cuenta y riesgo, sueltan estrenos antes de tiempo, a veces en estado inacabado. Como ocurría en los inicios de los discos piratas, se trata de afirmar que los tiempos los marcan ellos, los fans. Aunque aquí sean finalmente moscas cojoneras.
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