
Permítanme que, de nuevo, tire de anecdotario. Hace años coescribí la adaptación a televisión de una novela de un laureado escritor, una serie que nunca se rodó. En el proceso intimé con algunos veteranos del sector a los que hoy tengo la fortuna de llamar amigos y también traté con él, un tipo encantador. Cuando me ofreció leer su siguiente novela, inspirada parcialmente en los avatares de aquella adaptación, descubrí que yo tenía mi propio personaje, una guionista joven, “lesbiana reconocida”, a la que se prejuzgaba por su género, su edad y su orientación sexual para luego descubrir que sabía hacer su trabajo. Ignoro dónde acaba la realidad y empieza la ficción, pero sé que él consideraba que me estaba elogiando, y se lo agradecí. No obstante, aquella lectura me resultó reveladora: ingenua de mí, nunca había sospechado que mi orientación sexual pudiese suscitar apriorismos sobre mi desempeño.
Los numerosos análisis con datos desbaratan el sesgo de la sobrerrepresentación de minorías, de esa cacareada “inclusión forzada”
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Los numerosos análisis con datos desbaratan el sesgo de la sobrerrepresentación de minorías, de esa cacareada “inclusión forzada”


Permítanme que, de nuevo, tire de anecdotario. Hace años coescribí la adaptación a televisión de una novela de un laureado escritor, una serie que nunca se rodó. En el proceso intimé con algunos veteranos del sector a los que hoy tengo la fortuna de llamar amigos y también traté con él, un tipo encantador. Cuando me ofreció leer su siguiente novela, inspirada parcialmente en los avatares de aquella adaptación, descubrí que yo tenía mi propio personaje, una guionista joven, “lesbiana reconocida”, a la que se prejuzgaba por su género, su edad y su orientación sexual para luego descubrir que sabía hacer su trabajo. Ignoro dónde acaba la realidad y empieza la ficción, pero sé que él consideraba que me estaba elogiando, y se lo agradecí. No obstante, aquella lectura me resultó reveladora: ingenua de mí, nunca había sospechado que mi orientación sexual pudiese suscitar apriorismos sobre mi desempeño.
Recordé esta anécdota mientras leía las declaraciones de Karra Elejalde en una entrevista hace unos días. Tienen su chiste, la verdad, porque comienzan con él diciendo: “A ver cómo lo digo sin cagarla”, y procede a hacerlo. “Estamos siendo más papistas que el Papa. No digo que me parezca mal, pero no puede ser que cada película tenga que tener un chico con síndrome de Down, uno que tiene un muñón, otra que habla ‘azí’ con la z, otro que es transexual… porque tampoco es fiel reflejo de la sociedad”.
Los numerosos análisis con datos al respecto desmontan el sesgo de la sobrerrepresentación de minorías en el audiovisual, de esa cacareada “inclusión forzada”, así que no me voy a molestar en hacerlo. Tampoco lo del “fiel reflejo de la sociedad” porque esta trasciende lo que uno ve y la imaginación tiene permiso para reventarle las costuras. Y porque los que ahora se quejan no decían ni mu cuando el cine se circunscribía a su mirada.
Pero sí quiero hablar de los detectores de la diferencia. De esos espectadores que no ven personajes con conflictos, carácter y rasgos; no ven a Rafa, Carmen o Álex, solo ven a un cojo, a una mujer trans o a un latino. Y, como los detectores de humos, saltan. Se comportan como los personajes de esa novela, que redujeron a una mujer a su orientación sexual y la prejuzgaron por ella cuando solo tenían que valorar su trabajo. Quiero darles las gracias por su franqueza, porque da más sentido si cabe a la necesidad de crear con libertad personajes ajenos a su experiencia, pero habitantes de la de muchos otros.
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