Lo cuenta el Evangelio de Lucas: “Jesús entró en el templo y comenzó a expulsar a los que vendían, diciéndoles: ‘Está escrito, mi casa será casa de oración, pero vosotros la habéis convertido en una cueva de ladrones’” y 21 siglos después Danny McBride lo corrobora con su serie Los Gemstone, una divertida visión de ese submundo de los telepredicadores estadounidenses, decididos a convertir la difusión de la buena nueva en un espectáculo audiovisual con una finalidad esencial: el enriquecimiento personal, y con una peculiaridad: que no hay Jesucristo que los expulse.
La serie de Danny McBride es una divertida visión de ese submundo estadounidense con personas decididas a convertir la difusión de la buena nueva en un espectáculo audiovisual
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La serie de Danny McBride es una divertida visión de ese submundo estadounidense con personas decididas a convertir la difusión de la buena nueva en un espectáculo audiovisual


Lo cuenta el Evangelio de Lucas: “Jesús entró en el templo y comenzó a expulsar a los que vendían, diciéndoles: ‘Está escrito, mi casa será casa de oración, pero vosotros la habéis convertido en una cueva de ladrones’” y 21 siglos después Danny McBride lo corrobora con su serie Los Gemstone, una divertida visión de ese submundo de los telepredicadores estadounidenses, decididos a convertir la difusión de la buena nueva en un espectáculo audiovisual con una finalidad esencial: el enriquecimiento personal, y con una peculiaridad: que no hay Jesucristo que los expulse.
Con un John Goodman impecable en su sobrio papel de patriarca de su disparatada familia, sin renunciar, naturalmente, a la codicia, y con un McBride como el mayor de sus hijos y, presumiblemente, heredero del telepúlpito, su nueva serie, (Max), se enmarca en una estética coherente con los que consideran que la riqueza no siempre se rodea de la belleza. Es más, frecuentemente se reconforta con el mal gusto y la ostentación, algo acorde con el gañán que desde la poltrona de la Casa Blanca siembra el caos en el comercio mundial.
Padres, hijos, esposas, amantes, libertinos, homosexuales, demagogos… todo un retablo de personajes y actitudes bajo el paraguas de una religión fundada en la palabra de quien nació en un pesebre y murió en la cruz para desembocar en la Capilla Sixtina o en las apabullantes mansiones de sus portavoces. Manuel Vicent lo contó en su día: en un viaje a Nueva York conectó el televisor de la habitación de su hotel con el hispano Canal 12 y allí surgió un telepredicador sureño que hablaba del pecado y de la virtud con un dólar pegado a su frente. La síntesis.
Claro que si se prefiere es contemplar una serie más austera es recomendable ver Quirke, con un Gabriel Byrne como protagonista en el papel del jefe patólogo forense del principal Hospital de Dublín que se ve obligado a investigar una serie de extrañas muertes en la ciudad. Basada en los libros de Benjamin Black, seudónimo con el que firma John Balville sus novelas negras y que en esta ocasión adaptaron para la televisión Andrew Davies y Conor McPherson. Quirke bordea con frecuencia el melodrama, incluso la telenovela, condicionados como estamos los espectadores al considerar que los amores turbios, los hijos ilegítimos y, en general, las consecuencias de las pasiones, nos inducen a integrarlos en esos submundos sentimentales.
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