Hay sueños ambiciosos y luego está el de Astrid Thompson: reunir cuatro Stradivarius para un concierto único esperado por los amantes de la música de todo el mundo. En realidad, es el sueño de su padre que, recientemente fallecido, no ha podido llevarlo a término. Astrid hereda su fortuna, sí, pero también ese anhelo que hace suyo y que, de algún modo, le lleva a empezar la casa por el tejado. Así es ‘Los músicos’, la película recién estrenada en cines dirigida por Grégory Magne que, aunque cuenta con un título aparentemente genérico, aborda una cuestión muy concreta sobre la vida de los intérpretes: sus egos, sus idas y venidas y esa capacidad extraordinaria de convertir las diferencias en una fuerza mayor.La película arranca desde el interior de un Stradivarius. Literalmente, la cámara se introduce en la caja de resonancia del instrumento, un anticipo de lo que está por venir. Porque, al igual que ocurre con la madera del violín, todo lo que importa sucede dentro . Astrid, ingenua y sin ser plenamente consciente de lo que se le viene encima, consigue reunir los cuatro Stradivarius. Pero, claro, junto a ellos llegan también cuatro músicos. George, el primer violín, arrogante y dominante; Apolline, la joven violista convertida en fenómeno de las redes sociales que busca ganarse el respeto de los más puristas; Peter, el segundo violín, un músico con discapacidad visual; y Lise, la violonchelista, marcada por una historia sentimental sin resolver con Peter. Cuatro talentos extraordinarios llamados a tocar una misma obra, pero incapaces, al principio, de escucharse.Noticia relacionada general No No Crítica de ‘Los músicos’ (***): Pura melodía de egos y Stradivarius Oti Rodríguez MarchanteSon también las realidades de la música clásica, las guerras interiores —inevitables— de quienes están acostumbrados a desarrollar una carrera individual y, en cuestión de días, deben convertirse en un solo organismo. En la vida real, la mayoría de ensembles y grupos de cámara nacen precisamente de lo contrario: de la amistad. De compañeros de conservatorio que entienden la música desde un mismo lugar y deciden compartir esa visión con el mundo. Así nació el Takács Quartet, considerado uno de los grandes cuartetos de cuerda desde su fundación en 1975; también el Dover Quartet o, aquí en España, el Cuarteto Casals . Todos ellos tienen en común algo más importante que el talento: una dirección compartida. ‘Los músicos’ plantea justo el camino inverso. Aquí la unión no nace tanto de la amistad, sino del empeño de cumplir un sueño ajeno que, para algunos de sus protagonistas, incluso roza el capricho.La convivencia, como era de esperar, resulta tremendamente complicada. Más aún por el escenario elegido, una la mansión que diseñó el padre de Astrid como un retiro para músicos, deliberadamente desprovista de wifi para aislarlos de cualquier distracción tecnológica. Pero las diferencias son mucho más profundas que la falta de conexión a internet. Los ensayos se convierten en un constante pulso de autoridad entre George y el resto del cuarteto; el pasado compartido entre Lise y Peter reaparece una y otra vez en mitad de los silencios; y la popularidad de Apolline fuera de las salas de conciertos despierta no pocos prejuicios entre quienes entienden que el prestigio solo puede construirse sobre determinadas tradiciones.Los cuartetos no tienen director. En la música de cámara nadie marca el compás desde fuera: todo depende de la escucha mutua. Sin embargo, en esta historia termina apareciendo una figura decisiva: Charlie Beaumont, el compositor de la obra que el padre de Astrid soñó con estrenar. Un hombre aparentemente hermético que, sin embargo, condensa el sentido de la película cuando afirma: «Empecé a hacer música para liberarme del yugo del lenguaje» . De forma profética, el compositor estaba anunciando todo lo que pasaba. Durante buena parte de la película, las palabras entre estos músicos sirven sobre todo para levantar barreras: discutir, reprochar, defender el propio orgullo. El lenguaje verbal se demuestra insuficiente allí donde cada uno habla desde sí mismo. Beaumont, en cambio, propone otra forma de entender el cuarteto. Explica que, en ocasiones, cada músico debe renunciar a una parte de su perfección individual para que el conjunto alcance la perfección . Lo ilustra con una imagen tan sencilla como poderosa: una bandada de estorninos que cambia de dirección al unísono. Ningún pájaro dirige al resto y, sin embargo, todos encuentran el mismo rumbo. Eso es, para él, un cuarteto de cuerda: cuatro individualidades que aprenden a moverse como una sola. Poco a poco, las palabras que dividen empiezan a ser vencidas por la música que une.El poder de la músicaDecía el maestro Gustavo Dudamel recientemente a ABC que «la música no es una forma de entretenimiento, es una herramienta verdaderamente poderosa de transformación social». Lo afirmaba pensando en un contexto muy distinto, inevitablemente ligado a Venezuela, pero sus palabras encuentran un eco inesperado en Los músicos. «En un concierto estás sentado delante de miles de personas de diferentes clases sociales, que piensan distinto políticamente. Es un momento que transforma, que salva el mundo (…). En un momento de conflicto, de discrepancia, de polarización, donde todo es una realidad y es terrible, al mismo tiempo están sucediendo cosas bellas. Está sucediendo esto aquí. Hay gente haciendo música. Hay gente creando belleza. Estamos en permanente salvación . Eso es la eternidad».Quizá por eso esta película termina dando la razón a Dudamel sin necesidad de convertir la música en un discurso. A medida que avanza la historia, los grandes conflictos no se resuelven porque los personajes encuentren las palabras adecuadas, sino porque empiezan sencillamente a tocar juntos. Hay un momento revelador alrededor de una hoguera, cuando los cuatro intérpretes dejan a un lado el repertorio previsto y comparten una canción lejos de la solemnidad del ensayo. También lo es la forma en que, poco a poco, los silencios dejan de ser incómodos y pasan a formar parte de una misma conversación musical. No desaparecen los egos, ni las heridas, ni las diferencias. Lo que cambia es la manera de convivir con ellas. Aquí la música no elimina el conflicto, pero consigue que personas incapaces de entenderse desde la palabra encuentren un lenguaje común desde la escucha. Esta es la mayor victoria de ‘Los músicos’: recordar que, incluso en tiempos de ruido, todavía existen lugares donde la armonía no consiste en pensar igual, sino en aprender a sonar juntos. Hay sueños ambiciosos y luego está el de Astrid Thompson: reunir cuatro Stradivarius para un concierto único esperado por los amantes de la música de todo el mundo. En realidad, es el sueño de su padre que, recientemente fallecido, no ha podido llevarlo a término. Astrid hereda su fortuna, sí, pero también ese anhelo que hace suyo y que, de algún modo, le lleva a empezar la casa por el tejado. Así es ‘Los músicos’, la película recién estrenada en cines dirigida por Grégory Magne que, aunque cuenta con un título aparentemente genérico, aborda una cuestión muy concreta sobre la vida de los intérpretes: sus egos, sus idas y venidas y esa capacidad extraordinaria de convertir las diferencias en una fuerza mayor.La película arranca desde el interior de un Stradivarius. Literalmente, la cámara se introduce en la caja de resonancia del instrumento, un anticipo de lo que está por venir. Porque, al igual que ocurre con la madera del violín, todo lo que importa sucede dentro . Astrid, ingenua y sin ser plenamente consciente de lo que se le viene encima, consigue reunir los cuatro Stradivarius. Pero, claro, junto a ellos llegan también cuatro músicos. George, el primer violín, arrogante y dominante; Apolline, la joven violista convertida en fenómeno de las redes sociales que busca ganarse el respeto de los más puristas; Peter, el segundo violín, un músico con discapacidad visual; y Lise, la violonchelista, marcada por una historia sentimental sin resolver con Peter. Cuatro talentos extraordinarios llamados a tocar una misma obra, pero incapaces, al principio, de escucharse.Noticia relacionada general No No Crítica de ‘Los músicos’ (***): Pura melodía de egos y Stradivarius Oti Rodríguez MarchanteSon también las realidades de la música clásica, las guerras interiores —inevitables— de quienes están acostumbrados a desarrollar una carrera individual y, en cuestión de días, deben convertirse en un solo organismo. En la vida real, la mayoría de ensembles y grupos de cámara nacen precisamente de lo contrario: de la amistad. De compañeros de conservatorio que entienden la música desde un mismo lugar y deciden compartir esa visión con el mundo. Así nació el Takács Quartet, considerado uno de los grandes cuartetos de cuerda desde su fundación en 1975; también el Dover Quartet o, aquí en España, el Cuarteto Casals . Todos ellos tienen en común algo más importante que el talento: una dirección compartida. ‘Los músicos’ plantea justo el camino inverso. Aquí la unión no nace tanto de la amistad, sino del empeño de cumplir un sueño ajeno que, para algunos de sus protagonistas, incluso roza el capricho.La convivencia, como era de esperar, resulta tremendamente complicada. Más aún por el escenario elegido, una la mansión que diseñó el padre de Astrid como un retiro para músicos, deliberadamente desprovista de wifi para aislarlos de cualquier distracción tecnológica. Pero las diferencias son mucho más profundas que la falta de conexión a internet. Los ensayos se convierten en un constante pulso de autoridad entre George y el resto del cuarteto; el pasado compartido entre Lise y Peter reaparece una y otra vez en mitad de los silencios; y la popularidad de Apolline fuera de las salas de conciertos despierta no pocos prejuicios entre quienes entienden que el prestigio solo puede construirse sobre determinadas tradiciones.Los cuartetos no tienen director. En la música de cámara nadie marca el compás desde fuera: todo depende de la escucha mutua. Sin embargo, en esta historia termina apareciendo una figura decisiva: Charlie Beaumont, el compositor de la obra que el padre de Astrid soñó con estrenar. Un hombre aparentemente hermético que, sin embargo, condensa el sentido de la película cuando afirma: «Empecé a hacer música para liberarme del yugo del lenguaje» . De forma profética, el compositor estaba anunciando todo lo que pasaba. Durante buena parte de la película, las palabras entre estos músicos sirven sobre todo para levantar barreras: discutir, reprochar, defender el propio orgullo. El lenguaje verbal se demuestra insuficiente allí donde cada uno habla desde sí mismo. Beaumont, en cambio, propone otra forma de entender el cuarteto. Explica que, en ocasiones, cada músico debe renunciar a una parte de su perfección individual para que el conjunto alcance la perfección . Lo ilustra con una imagen tan sencilla como poderosa: una bandada de estorninos que cambia de dirección al unísono. Ningún pájaro dirige al resto y, sin embargo, todos encuentran el mismo rumbo. Eso es, para él, un cuarteto de cuerda: cuatro individualidades que aprenden a moverse como una sola. Poco a poco, las palabras que dividen empiezan a ser vencidas por la música que une.El poder de la músicaDecía el maestro Gustavo Dudamel recientemente a ABC que «la música no es una forma de entretenimiento, es una herramienta verdaderamente poderosa de transformación social». Lo afirmaba pensando en un contexto muy distinto, inevitablemente ligado a Venezuela, pero sus palabras encuentran un eco inesperado en Los músicos. «En un concierto estás sentado delante de miles de personas de diferentes clases sociales, que piensan distinto políticamente. Es un momento que transforma, que salva el mundo (…). En un momento de conflicto, de discrepancia, de polarización, donde todo es una realidad y es terrible, al mismo tiempo están sucediendo cosas bellas. Está sucediendo esto aquí. Hay gente haciendo música. Hay gente creando belleza. Estamos en permanente salvación . Eso es la eternidad».Quizá por eso esta película termina dando la razón a Dudamel sin necesidad de convertir la música en un discurso. A medida que avanza la historia, los grandes conflictos no se resuelven porque los personajes encuentren las palabras adecuadas, sino porque empiezan sencillamente a tocar juntos. Hay un momento revelador alrededor de una hoguera, cuando los cuatro intérpretes dejan a un lado el repertorio previsto y comparten una canción lejos de la solemnidad del ensayo. También lo es la forma en que, poco a poco, los silencios dejan de ser incómodos y pasan a formar parte de una misma conversación musical. No desaparecen los egos, ni las heridas, ni las diferencias. Lo que cambia es la manera de convivir con ellas. Aquí la música no elimina el conflicto, pero consigue que personas incapaces de entenderse desde la palabra encuentren un lenguaje común desde la escucha. Esta es la mayor victoria de ‘Los músicos’: recordar que, incluso en tiempos de ruido, todavía existen lugares donde la armonía no consiste en pensar igual, sino en aprender a sonar juntos.
Hay sueños ambiciosos y luego está el de Astrid Thompson: reunir cuatro Stradivarius para un concierto único esperado por los amantes de la música de todo el mundo. En realidad, es el sueño de su padre que, recientemente fallecido, no ha podido llevarlo a término. … Astrid hereda su fortuna, sí, pero también ese anhelo que hace suyo y que, de algún modo, le lleva a empezar la casa por el tejado. Así es ‘Los músicos’, la película recién estrenada en cines dirigida por Grégory Magne que, aunque cuenta con un título aparentemente genérico, aborda una cuestión muy concreta sobre la vida de los intérpretes: sus egos, sus idas y venidas y esa capacidad extraordinaria de convertir las diferencias en una fuerza mayor.
La película arranca desde el interior de un Stradivarius. Literalmente, la cámara se introduce en la caja de resonancia del instrumento, un anticipo de lo que está por venir. Porque, al igual que ocurre con la madera del violín, todo lo que importa sucede dentro. Astrid, ingenua y sin ser plenamente consciente de lo que se le viene encima, consigue reunir los cuatro Stradivarius. Pero, claro, junto a ellos llegan también cuatro músicos. George, el primer violín, arrogante y dominante; Apolline, la joven violista convertida en fenómeno de las redes sociales que busca ganarse el respeto de los más puristas; Peter, el segundo violín, un músico con discapacidad visual; y Lise, la violonchelista, marcada por una historia sentimental sin resolver con Peter. Cuatro talentos extraordinarios llamados a tocar una misma obra, pero incapaces, al principio, de escucharse.
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Oti Rodríguez Marchante
Son también las realidades de la música clásica, las guerras interiores —inevitables— de quienes están acostumbrados a desarrollar una carrera individual y, en cuestión de días, deben convertirse en un solo organismo. En la vida real, la mayoría de ensembles y grupos de cámara nacen precisamente de lo contrario: de la amistad. De compañeros de conservatorio que entienden la música desde un mismo lugar y deciden compartir esa visión con el mundo. Así nació el Takács Quartet, considerado uno de los grandes cuartetos de cuerda desde su fundación en 1975; también el Dover Quartet o, aquí en España, el Cuarteto Casals. Todos ellos tienen en común algo más importante que el talento: una dirección compartida. ‘Los músicos’ plantea justo el camino inverso. Aquí la unión no nace tanto de la amistad, sino del empeño de cumplir un sueño ajeno que, para algunos de sus protagonistas, incluso roza el capricho.
La convivencia, como era de esperar, resulta tremendamente complicada. Más aún por el escenario elegido, una la mansión que diseñó el padre de Astrid como un retiro para músicos, deliberadamente desprovista de wifi para aislarlos de cualquier distracción tecnológica. Pero las diferencias son mucho más profundas que la falta de conexión a internet. Los ensayos se convierten en un constante pulso de autoridad entre George y el resto del cuarteto; el pasado compartido entre Lise y Peter reaparece una y otra vez en mitad de los silencios; y la popularidad de Apolline fuera de las salas de conciertos despierta no pocos prejuicios entre quienes entienden que el prestigio solo puede construirse sobre determinadas tradiciones.
Los cuartetos no tienen director. En la música de cámara nadie marca el compás desde fuera: todo depende de la escucha mutua. Sin embargo, en esta historia termina apareciendo una figura decisiva: Charlie Beaumont, el compositor de la obra que el padre de Astrid soñó con estrenar. Un hombre aparentemente hermético que, sin embargo, condensa el sentido de la película cuando afirma: «Empecé a hacer música para liberarme del yugo del lenguaje». De forma profética, el compositor estaba anunciando todo lo que pasaba.
Durante buena parte de la película, las palabras entre estos músicos sirven sobre todo para levantar barreras: discutir, reprochar, defender el propio orgullo. El lenguaje verbal se demuestra insuficiente allí donde cada uno habla desde sí mismo. Beaumont, en cambio, propone otra forma de entender el cuarteto. Explica que, en ocasiones, cada músico debe renunciar a una parte de su perfección individual para que el conjunto alcance la perfección. Lo ilustra con una imagen tan sencilla como poderosa: una bandada de estorninos que cambia de dirección al unísono. Ningún pájaro dirige al resto y, sin embargo, todos encuentran el mismo rumbo. Eso es, para él, un cuarteto de cuerda: cuatro individualidades que aprenden a moverse como una sola. Poco a poco, las palabras que dividen empiezan a ser vencidas por la música que une.
El poder de la música
Decía el maestro Gustavo Dudamel recientemente a ABC que «la música no es una forma de entretenimiento, es una herramienta verdaderamente poderosa de transformación social». Lo afirmaba pensando en un contexto muy distinto, inevitablemente ligado a Venezuela, pero sus palabras encuentran un eco inesperado en Los músicos. «En un concierto estás sentado delante de miles de personas de diferentes clases sociales, que piensan distinto políticamente. Es un momento que transforma, que salva el mundo (…). En un momento de conflicto, de discrepancia, de polarización, donde todo es una realidad y es terrible, al mismo tiempo están sucediendo cosas bellas. Está sucediendo esto aquí. Hay gente haciendo música. Hay gente creando belleza. Estamos en permanente salvación. Eso es la eternidad».
Quizá por eso esta película termina dando la razón a Dudamel sin necesidad de convertir la música en un discurso. A medida que avanza la historia, los grandes conflictos no se resuelven porque los personajes encuentren las palabras adecuadas, sino porque empiezan sencillamente a tocar juntos. Hay un momento revelador alrededor de una hoguera, cuando los cuatro intérpretes dejan a un lado el repertorio previsto y comparten una canción lejos de la solemnidad del ensayo. También lo es la forma en que, poco a poco, los silencios dejan de ser incómodos y pasan a formar parte de una misma conversación musical. No desaparecen los egos, ni las heridas, ni las diferencias. Lo que cambia es la manera de convivir con ellas. Aquí la música no elimina el conflicto, pero consigue que personas incapaces de entenderse desde la palabra encuentren un lenguaje común desde la escucha. Esta es la mayor victoria de ‘Los músicos’: recordar que, incluso en tiempos de ruido, todavía existen lugares donde la armonía no consiste en pensar igual, sino en aprender a sonar juntos.
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