«Lo que llamamos azar es nuestra ignorancia de la compleja maquinaria de la casualidad», sostenía Borges, a quien quizá no hubiera disgustado la historia de dos náufragos unidos por el destino y separados por el tiempo. El primero se llamaba Roberto Servente y era ingeniero. Tomó en Buenos Aires el primer vuelo de línea a Mar del Plata durante la borrascosa noche del 16 de enero de 1959: a causa de un desperfecto técnico, el Curstiss C-46 no pudo aterrizar y cayó al océano en la más completa oscuridad. El golpe desnucó a cincuenta y cuatro pasajeros ; Servente y una azafata se salvaron porque en un movimiento instintivo se agacharon y se pusieron en posición fetal. Cuando el ingeniero alzó la cabeza, vio que el techo se quebraba y una pared de agua verde y brillante avanzaba hacia ellos; la cola se desprendió y Roberto fue expulsado hacia atrás y hacia arriba. Braceó unos metros para separase del peligroso remolino y oyó la voz lejana de la muchacha hasta que el avión se hundió por completo y ella calló para siempre. El náufrago estaba vestido con chaqueta y corbata, y tenía un brazo herido; aun así, sentía la euforia del sobreviviente en medio de las olas gigantescas. Con cabeza fría evaluó si debía nadar hacia una luz muy lejana o si tenía que dejarse llevar, en la suposición de que a esa hora la marea viajaba hacia la costa. Optó por esta segunda opción (la otra lo habría matado) y eligió el estilo over porque un brazo estaba inutilizado por el trauma . Lo que pensó en aquellas horas es una novela, y cómo su optimismo lo mantuvo a flote, un manual de autoayuda , aunque sin clisés. Noticia Relacionada La prevención de accidentes aéreos, una disciplina imprescindible para garantizar la seguridad en la aviación ABC de Sevilla La Asociación Tablada Centenaria ha organizado una jornada de difusión de la cultura de seguridad aéreaSobrevivió después de no pocas peripecias y se convirtió en un héroe al que pedían autógrafos. Un niño llamado Ricardo Romanelli, que vacacionaba en Playa Grande junto a la familia de Servente, escuchaba una y otra vez sus anécdotas , que los veraneantes le requerían con renovado asombro. Ese mismo niño, el 2 de junio de 1995, también era ingeniero y se disponía a viajar a Paraná en un avión de nueve plazas. Como aquella otra, ésta era una noche tempestuosa sobre el río más ancho del mundo. A poco de despegar, la nave se metió en las tinieblas, comenzó a girar y se precipitó de pronto a las aguas heladas. El impacto también en esa ocasión mató a los pasajeros y tripulantes, y dejó atontado —conmoción cerebral— a Romanelli: el agua le produjo un shock término y lo despertó. Podía ver a lo lejos las luces del aeroparque y algún muelle, pero tenía poco tiempo antes de congelarse y morir ahogado. Fue en ese instante exacto cuando pensó en Servente, en aquellas remotas lecciones operativas y existenciales que impartía con modestia en Playa Grande, y resolvió seguir esos consejos fantasmales y ‘dejarse llevar’ por la sudestada. A poco de despegar, la nave se metió en las tinieblas, comenzó a girar y se precipitó a las aguas heladasLlegó en calzoncillos a un salón de fiestas y golpeó la ventana. Se había salvado. Le contó hace unos días a la periodista Luján Berardi que el episodio lo había vuelto un lector de filosofía y que le había modificado su perspectiva sobre la felicidad y la muerte. También le confió que aquella noche infausta a su hija de 13 años la había asaltado un mal presentimiento : lloraba porque temía, sin razón aparente, que su padre no regresara más. ¿Habría escuchado alguna vez la experiencia de Servente? «A la realidad —comentaría Borges — le gustan las simetrías y los leves anacronismos». Y la compleja maquinaria de la casualidad. «Lo que llamamos azar es nuestra ignorancia de la compleja maquinaria de la casualidad», sostenía Borges, a quien quizá no hubiera disgustado la historia de dos náufragos unidos por el destino y separados por el tiempo. El primero se llamaba Roberto Servente y era ingeniero. Tomó en Buenos Aires el primer vuelo de línea a Mar del Plata durante la borrascosa noche del 16 de enero de 1959: a causa de un desperfecto técnico, el Curstiss C-46 no pudo aterrizar y cayó al océano en la más completa oscuridad. El golpe desnucó a cincuenta y cuatro pasajeros ; Servente y una azafata se salvaron porque en un movimiento instintivo se agacharon y se pusieron en posición fetal. Cuando el ingeniero alzó la cabeza, vio que el techo se quebraba y una pared de agua verde y brillante avanzaba hacia ellos; la cola se desprendió y Roberto fue expulsado hacia atrás y hacia arriba. Braceó unos metros para separase del peligroso remolino y oyó la voz lejana de la muchacha hasta que el avión se hundió por completo y ella calló para siempre. El náufrago estaba vestido con chaqueta y corbata, y tenía un brazo herido; aun así, sentía la euforia del sobreviviente en medio de las olas gigantescas. Con cabeza fría evaluó si debía nadar hacia una luz muy lejana o si tenía que dejarse llevar, en la suposición de que a esa hora la marea viajaba hacia la costa. Optó por esta segunda opción (la otra lo habría matado) y eligió el estilo over porque un brazo estaba inutilizado por el trauma . Lo que pensó en aquellas horas es una novela, y cómo su optimismo lo mantuvo a flote, un manual de autoayuda , aunque sin clisés. Noticia Relacionada La prevención de accidentes aéreos, una disciplina imprescindible para garantizar la seguridad en la aviación ABC de Sevilla La Asociación Tablada Centenaria ha organizado una jornada de difusión de la cultura de seguridad aéreaSobrevivió después de no pocas peripecias y se convirtió en un héroe al que pedían autógrafos. Un niño llamado Ricardo Romanelli, que vacacionaba en Playa Grande junto a la familia de Servente, escuchaba una y otra vez sus anécdotas , que los veraneantes le requerían con renovado asombro. Ese mismo niño, el 2 de junio de 1995, también era ingeniero y se disponía a viajar a Paraná en un avión de nueve plazas. Como aquella otra, ésta era una noche tempestuosa sobre el río más ancho del mundo. A poco de despegar, la nave se metió en las tinieblas, comenzó a girar y se precipitó de pronto a las aguas heladas. El impacto también en esa ocasión mató a los pasajeros y tripulantes, y dejó atontado —conmoción cerebral— a Romanelli: el agua le produjo un shock término y lo despertó. Podía ver a lo lejos las luces del aeroparque y algún muelle, pero tenía poco tiempo antes de congelarse y morir ahogado. Fue en ese instante exacto cuando pensó en Servente, en aquellas remotas lecciones operativas y existenciales que impartía con modestia en Playa Grande, y resolvió seguir esos consejos fantasmales y ‘dejarse llevar’ por la sudestada. A poco de despegar, la nave se metió en las tinieblas, comenzó a girar y se precipitó a las aguas heladasLlegó en calzoncillos a un salón de fiestas y golpeó la ventana. Se había salvado. Le contó hace unos días a la periodista Luján Berardi que el episodio lo había vuelto un lector de filosofía y que le había modificado su perspectiva sobre la felicidad y la muerte. También le confió que aquella noche infausta a su hija de 13 años la había asaltado un mal presentimiento : lloraba porque temía, sin razón aparente, que su padre no regresara más. ¿Habría escuchado alguna vez la experiencia de Servente? «A la realidad —comentaría Borges — le gustan las simetrías y los leves anacronismos». Y la compleja maquinaria de la casualidad.
«Lo que llamamos azar es nuestra ignorancia de la compleja maquinaria de la casualidad», sostenía Borges, a quien quizá no hubiera disgustado la historia de dos náufragos unidos por el destino y separados por el tiempo. El primero se llamaba Roberto Servente … y era ingeniero. Tomó en Buenos Aires el primer vuelo de línea a Mar del Plata durante la borrascosa noche del 16 de enero de 1959: a causa de un desperfecto técnico, el Curstiss C-46 no pudo aterrizar y cayó al océano en la más completa oscuridad.
El golpe desnucó a cincuenta y cuatro pasajeros; Servente y una azafata se salvaron porque en un movimiento instintivo se agacharon y se pusieron en posición fetal. Cuando el ingeniero alzó la cabeza, vio que el techo se quebraba y una pared de agua verde y brillante avanzaba hacia ellos; la cola se desprendió y Roberto fue expulsado hacia atrás y hacia arriba. Braceó unos metros para separase del peligroso remolino y oyó la voz lejana de la muchacha hasta que el avión se hundió por completo y ella calló para siempre.
El náufrago estaba vestido con chaqueta y corbata, y tenía un brazo herido; aun así, sentía la euforia del sobreviviente en medio de las olas gigantescas. Con cabeza fría evaluó si debía nadar hacia una luz muy lejana o si tenía que dejarse llevar, en la suposición de que a esa hora la marea viajaba hacia la costa. Optó por esta segunda opción (la otra lo habría matado) y eligió el estilo over porque un brazo estaba inutilizado por el trauma. Lo que pensó en aquellas horas es una novela, y cómo su optimismo lo mantuvo a flote, un manual de autoayuda, aunque sin clisés.
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Sobrevivió después de no pocas peripecias y se convirtió en un héroe al que pedían autógrafos. Un niño llamado Ricardo Romanelli, que vacacionaba en Playa Grande junto a la familia de Servente, escuchaba una y otra vez sus anécdotas, que los veraneantes le requerían con renovado asombro. Ese mismo niño, el 2 de junio de 1995, también era ingeniero y se disponía a viajar a Paraná en un avión de nueve plazas.
Como aquella otra, ésta era una noche tempestuosa sobre el río más ancho del mundo. A poco de despegar, la nave se metió en las tinieblas, comenzó a girar y se precipitó de pronto a las aguas heladas. El impacto también en esa ocasión mató a los pasajeros y tripulantes, y dejó atontado —conmoción cerebral— a Romanelli: el agua le produjo un shock término y lo despertó. Podía ver a lo lejos las luces del aeroparque y algún muelle, pero tenía poco tiempo antes de congelarse y morir ahogado.
Fue en ese instante exacto cuando pensó en Servente, en aquellas remotas lecciones operativas y existenciales que impartía con modestia en Playa Grande, y resolvió seguir esos consejos fantasmales y ‘dejarse llevar’ por la sudestada.
A poco de despegar, la nave se metió en las tinieblas, comenzó a girar y se precipitó a las aguas heladas
Llegó en calzoncillos a un salón de fiestas y golpeó la ventana. Se había salvado. Le contó hace unos días a la periodista Luján Berardi que el episodio lo había vuelto un lector de filosofía y que le había modificado su perspectiva sobre la felicidad y la muerte. También le confió que aquella noche infausta a su hija de 13 años la había asaltado un mal presentimiento: lloraba porque temía, sin razón aparente, que su padre no regresara más. ¿Habría escuchado alguna vez la experiencia de Servente? «A la realidad —comentaría Borges— le gustan las simetrías y los leves anacronismos». Y la compleja maquinaria de la casualidad.
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