Al atardecer, en el bar del tanatorio , uno no sabe si las velas son por recogimiento o por ambientación. Hay más gente de la habitual, lo cual tampoco significa mucho pues aquí la concurrencia siempre tiene algo de normalidad. La Semana Santa ha llegado de golpe, como todo lo importante en este país. Con su ruido, incienso y cierta vocación de eternidad. Afuera, alguien hablaba en voz baja; adentro, todos hablábamos demasiado alto, como si quisiéramos demostrar que seguíamos vivos.—Te digo yo —empezó Andrés, removiendo el café con una parsimonia sospechosa— que la Semana Santa es el único espectáculo donde el silencio hace más ruido que la música.—Y donde el peso se mide en devoción —respondí—. Cuanto más sufre el que carga, más cerca parece estar de algo que nadie ha definido del todo. Es como un gimnasio espiritual , pero con público.Noticia relacionada reportaje No No El bar del tanatorio La alfombra coja Alfonso J. UssíaEl camarero dejó dos copas, sin preguntar. Aquí las decisiones importantes se tomaron antes de entrar.—A mí lo que me fascina —dijo— es la puntualidad. Todo el año llegando tarde, pero luego el paso no puede retrasarse ni un minuto. Ni la muerte tiene tanta disciplina .Andrés asintió, como quien reconoce una verdad definitiva.—Es que la fe española es meticulosa. Puede que no sepamos qué creemos exactamente, pero lo sacamos a hombros con una organización que ya quisieran muchos ministerios.«Nada de morir en silencio: mejor con trompeta, tambor y una saeta que rasgue la conciencia, si es que queda alguna»—Y con banda sonora —añadí—. Porque aquí hasta el sufrimiento necesita acompañamiento. Nada de morir en silencio: mejor con trompeta, tambor y una saeta que rasgue la conciencia, si es que queda alguna.El camarero sonrió con media cara.—Yo he visto llorar a gente al paso de una imagen… y luego discutir por la cuenta como si nada. Es un equilibrio emocional bastante completo.—Eso es tradición —dijo Andrés—. Lloramos por lo eterno y regateamos en lo inmediato. Es una forma de mantener los pies en la tierra mientras miramos al cielo de reojo.—El problema —añadí— es que ya nadie sabe si participa por fe, por costumbre o por turismo . Pero todos caminan igual, como si tuvieran un guion que nadie ha escrito.«—La eternidad está sobrevalorada —respondió Andrés—. Aquí lo importante es el gesto. Tú no necesitas entender nada».—La eternidad está sobrevalorada —respondió Andrés—. Aquí lo importante es el gesto. Tú no necesitas entender nada.El camarero intervino, apoyándose en la barra con esa confianza que solo da haberlo visto todo.—Yo lo veo como teatro. Pero del bueno. Del que no se ensaya y aun así siempre sale igual. Excepto en Bilbao, claro. Mira la que se ha liado ahí con la carrera esa al mismo paso.—Es que Bilbao—dije—. Es como un teatro sin libreto, pero con memoria alterada. Uno ya no sabe si corren por culpa de ETA o gracias a ETA .Andrés levantó el dedo, iluminado por una idea que probablemente ya había tenido otras veces.—Es la única representación donde el protagonista no habla, pero todo el mundo interpreta. —Y donde el público también actúa —añadí—. Porque aquí nadie mira: todos participan en algo que no saben explicar, pero que defenderían con una convicción casi violenta.—Como la política —murmuró el camarero.—No mezcles —dijo Andrés—. Esto es más serio. Aquí al menos el decorado no cambia cada cuatro años.—Ni las promesas —respondí—. Porque aquí se promete en silencio , que es la única forma de no incumplir demasiado.«En las penitencias, la gente que se castiga voluntariamente, pero con recorrido y horario. Es una culpa bastante bien organizada»El murmullo del fondo creció un poco. Alguien pidió otra ronda, alguien suspiró con intención.—A mí lo que me desconcierta —dijo el camarero— es lo de las penitencias . Gente que se castiga voluntariamente, pero con recorrido y horario. Es una culpa bastante bien organizada.—Es que el dolor aquí también es comunitario —respondió Andrés—. No basta con sufrir. Hay que hacerlo acompañado, en fila y con cierta estética.—Y con vestuario —añadí—. Porque aquí hasta el anonimato tiene uniforme. Nadie sabe quién eres, pero todos saben que perteneces a algo.—Eso sí que es identidad —dijo el camarero—. Ser irreconocible, pero perfectamente integrado.«Este país funciona por insistencia. Si algo no tiene sentido, lo repetimos hasta que deja de parecernos raro. Como con las mentiras»Andrés soltó una risa breve.—En el fondo, la Semana Santa es eso: una forma elegante de recordarnos que todo pasa, pero con coreografía . —O igual no —dije—. Pero lo importante es la repetición. Este país funciona por insistencia. Si algo no tiene sentido, lo repetimos hasta que deja de parecernos raro. Como con las mentiras. —Como este bar —apuntó el camarero—. Aquí todo el mundo entra sin querer y acaba volviendo.—Porque aquí no hay expectativas —dijo Andrés—. Y eso da mucha paz. Nadie espera nada, y aun así todos opinan.—Eso sí que es democrático —apunté—. Opinamos sin información, pero con firmeza. Es una forma de fe laica .«Eso es eficiencia. Centralizar la existencia en un solo espacio. Nacer en un hospital, vivir en un bar y acabar aquí, con opción a tertulia»Hubo una pausa breve. De esas que no incomodan porque el sitio ya se encarga de mantener cierto nivel de incomodidad permanente.—¿Sabes qué es lo más curioso? —dijo Andrés, inclinándose hacia mí—. Que en un tanatorio todo esto encaja perfectamente. La muerte, la procesión, el bar… es como si España hubiera decidido unificar conceptos.—Un modelo integral —respondí—. Aquí puedes despedirte de alguien, tomarte un café y debatir sobre la salvación sin cambiar de mesa.El camarero levantó la ceja.—Y sin reserva.—Eso es eficiencia —dijo Andrés—. Centralizar la existencia en un solo espacio. Nacer en un hospital, vivir en un bar y acabar aquí, con opción a tertulia.—Y con servicio continuo —añadí—. Porque lo único que no se detiene nunca es la conversación. El camarero recogió unas tazas con cuidado, como si cada gesto tuviera una trascendencia fuera de lo común. —Al final —dijo—, todo esto no deja de ser una procesión más. Solo que aquí no sabemos quién sale ni quién entra.Andrés brindó suavemente, con ese aire de quien ha entendido algo… —Da igual. Mientras haya bar, hay esperanza.—Y conversación —añadí.—Y absurdo —concluyó el camarero. Y nos quedamos allí, como nazarenos sin destino, avanzando despacio entre la ironía y la costumbre, convencidos de que no entendíamos nada…. Porque, en el fondo, este país no vive de certezas, sino de rituales: de hacer lo mismo con la esperanza de que, esta vez, tenga sentido. Aunque no lo tenga. Aunque nunca lo haya tenido. Aunque, precisamente por eso, siga funcionando. Al atardecer, en el bar del tanatorio , uno no sabe si las velas son por recogimiento o por ambientación. Hay más gente de la habitual, lo cual tampoco significa mucho pues aquí la concurrencia siempre tiene algo de normalidad. La Semana Santa ha llegado de golpe, como todo lo importante en este país. Con su ruido, incienso y cierta vocación de eternidad. Afuera, alguien hablaba en voz baja; adentro, todos hablábamos demasiado alto, como si quisiéramos demostrar que seguíamos vivos.—Te digo yo —empezó Andrés, removiendo el café con una parsimonia sospechosa— que la Semana Santa es el único espectáculo donde el silencio hace más ruido que la música.—Y donde el peso se mide en devoción —respondí—. Cuanto más sufre el que carga, más cerca parece estar de algo que nadie ha definido del todo. Es como un gimnasio espiritual , pero con público.Noticia relacionada reportaje No No El bar del tanatorio La alfombra coja Alfonso J. UssíaEl camarero dejó dos copas, sin preguntar. Aquí las decisiones importantes se tomaron antes de entrar.—A mí lo que me fascina —dijo— es la puntualidad. Todo el año llegando tarde, pero luego el paso no puede retrasarse ni un minuto. Ni la muerte tiene tanta disciplina .Andrés asintió, como quien reconoce una verdad definitiva.—Es que la fe española es meticulosa. Puede que no sepamos qué creemos exactamente, pero lo sacamos a hombros con una organización que ya quisieran muchos ministerios.«Nada de morir en silencio: mejor con trompeta, tambor y una saeta que rasgue la conciencia, si es que queda alguna»—Y con banda sonora —añadí—. Porque aquí hasta el sufrimiento necesita acompañamiento. Nada de morir en silencio: mejor con trompeta, tambor y una saeta que rasgue la conciencia, si es que queda alguna.El camarero sonrió con media cara.—Yo he visto llorar a gente al paso de una imagen… y luego discutir por la cuenta como si nada. Es un equilibrio emocional bastante completo.—Eso es tradición —dijo Andrés—. Lloramos por lo eterno y regateamos en lo inmediato. Es una forma de mantener los pies en la tierra mientras miramos al cielo de reojo.—El problema —añadí— es que ya nadie sabe si participa por fe, por costumbre o por turismo . Pero todos caminan igual, como si tuvieran un guion que nadie ha escrito.«—La eternidad está sobrevalorada —respondió Andrés—. Aquí lo importante es el gesto. Tú no necesitas entender nada».—La eternidad está sobrevalorada —respondió Andrés—. Aquí lo importante es el gesto. Tú no necesitas entender nada.El camarero intervino, apoyándose en la barra con esa confianza que solo da haberlo visto todo.—Yo lo veo como teatro. Pero del bueno. Del que no se ensaya y aun así siempre sale igual. Excepto en Bilbao, claro. Mira la que se ha liado ahí con la carrera esa al mismo paso.—Es que Bilbao—dije—. Es como un teatro sin libreto, pero con memoria alterada. Uno ya no sabe si corren por culpa de ETA o gracias a ETA .Andrés levantó el dedo, iluminado por una idea que probablemente ya había tenido otras veces.—Es la única representación donde el protagonista no habla, pero todo el mundo interpreta. —Y donde el público también actúa —añadí—. Porque aquí nadie mira: todos participan en algo que no saben explicar, pero que defenderían con una convicción casi violenta.—Como la política —murmuró el camarero.—No mezcles —dijo Andrés—. Esto es más serio. Aquí al menos el decorado no cambia cada cuatro años.—Ni las promesas —respondí—. Porque aquí se promete en silencio , que es la única forma de no incumplir demasiado.«En las penitencias, la gente que se castiga voluntariamente, pero con recorrido y horario. Es una culpa bastante bien organizada»El murmullo del fondo creció un poco. Alguien pidió otra ronda, alguien suspiró con intención.—A mí lo que me desconcierta —dijo el camarero— es lo de las penitencias . Gente que se castiga voluntariamente, pero con recorrido y horario. Es una culpa bastante bien organizada.—Es que el dolor aquí también es comunitario —respondió Andrés—. No basta con sufrir. Hay que hacerlo acompañado, en fila y con cierta estética.—Y con vestuario —añadí—. Porque aquí hasta el anonimato tiene uniforme. Nadie sabe quién eres, pero todos saben que perteneces a algo.—Eso sí que es identidad —dijo el camarero—. Ser irreconocible, pero perfectamente integrado.«Este país funciona por insistencia. Si algo no tiene sentido, lo repetimos hasta que deja de parecernos raro. Como con las mentiras»Andrés soltó una risa breve.—En el fondo, la Semana Santa es eso: una forma elegante de recordarnos que todo pasa, pero con coreografía . —O igual no —dije—. Pero lo importante es la repetición. Este país funciona por insistencia. Si algo no tiene sentido, lo repetimos hasta que deja de parecernos raro. Como con las mentiras. —Como este bar —apuntó el camarero—. Aquí todo el mundo entra sin querer y acaba volviendo.—Porque aquí no hay expectativas —dijo Andrés—. Y eso da mucha paz. Nadie espera nada, y aun así todos opinan.—Eso sí que es democrático —apunté—. Opinamos sin información, pero con firmeza. Es una forma de fe laica .«Eso es eficiencia. Centralizar la existencia en un solo espacio. Nacer en un hospital, vivir en un bar y acabar aquí, con opción a tertulia»Hubo una pausa breve. De esas que no incomodan porque el sitio ya se encarga de mantener cierto nivel de incomodidad permanente.—¿Sabes qué es lo más curioso? —dijo Andrés, inclinándose hacia mí—. Que en un tanatorio todo esto encaja perfectamente. La muerte, la procesión, el bar… es como si España hubiera decidido unificar conceptos.—Un modelo integral —respondí—. Aquí puedes despedirte de alguien, tomarte un café y debatir sobre la salvación sin cambiar de mesa.El camarero levantó la ceja.—Y sin reserva.—Eso es eficiencia —dijo Andrés—. Centralizar la existencia en un solo espacio. Nacer en un hospital, vivir en un bar y acabar aquí, con opción a tertulia.—Y con servicio continuo —añadí—. Porque lo único que no se detiene nunca es la conversación. El camarero recogió unas tazas con cuidado, como si cada gesto tuviera una trascendencia fuera de lo común. —Al final —dijo—, todo esto no deja de ser una procesión más. Solo que aquí no sabemos quién sale ni quién entra.Andrés brindó suavemente, con ese aire de quien ha entendido algo… —Da igual. Mientras haya bar, hay esperanza.—Y conversación —añadí.—Y absurdo —concluyó el camarero. Y nos quedamos allí, como nazarenos sin destino, avanzando despacio entre la ironía y la costumbre, convencidos de que no entendíamos nada…. Porque, en el fondo, este país no vive de certezas, sino de rituales: de hacer lo mismo con la esperanza de que, esta vez, tenga sentido. Aunque no lo tenga. Aunque nunca lo haya tenido. Aunque, precisamente por eso, siga funcionando.
Al atardecer, en el bar del tanatorio, uno no sabe si las velas son por recogimiento o por ambientación. Hay más gente de la habitual, lo cual tampoco significa mucho pues aquí la concurrencia siempre tiene algo de normalidad. La Semana Santa … ha llegado de golpe, como todo lo importante en este país. Con su ruido, incienso y cierta vocación de eternidad. Afuera, alguien hablaba en voz baja; adentro, todos hablábamos demasiado alto, como si quisiéramos demostrar que seguíamos vivos.
—Te digo yo —empezó Andrés, removiendo el café con una parsimonia sospechosa— que la Semana Santa es el único espectáculo donde el silencio hace más ruido que la música.
—Y donde el peso se mide en devoción —respondí—. Cuanto más sufre el que carga, más cerca parece estar de algo que nadie ha definido del todo. Es como un gimnasio espiritual, pero con público.
Noticia relacionada
El camarero dejó dos copas, sin preguntar. Aquí las decisiones importantes se tomaron antes de entrar.
—A mí lo que me fascina —dijo— es la puntualidad. Todo el año llegando tarde, pero luego el paso no puede retrasarse ni un minuto. Ni la muerte tiene tanta disciplina.
Andrés asintió, como quien reconoce una verdad definitiva.
—Es que la fe española es meticulosa. Puede que no sepamos qué creemos exactamente, pero lo sacamos a hombros con una organización que ya quisieran muchos ministerios.
«Nada de morir en silencio: mejor con trompeta, tambor y una saeta que rasgue la conciencia, si es que queda alguna»
—Y con banda sonora —añadí—. Porque aquí hasta el sufrimiento necesita acompañamiento. Nada de morir en silencio: mejor con trompeta, tambor y una saeta que rasgue la conciencia, si es que queda alguna.
El camarero sonrió con media cara.
—Yo he visto llorar a gente al paso de una imagen… y luego discutir por la cuenta como si nada. Es un equilibrio emocional bastante completo.
—Eso es tradición —dijo Andrés—. Lloramos por lo eterno y regateamos en lo inmediato. Es una forma de mantener los pies en la tierra mientras miramos al cielo de reojo.
—El problema —añadí— es que ya nadie sabe si participa por fe, por costumbre o por turismo. Pero todos caminan igual, como si tuvieran un guion que nadie ha escrito.
«—La eternidad está sobrevalorada —respondió Andrés—. Aquí lo importante es el gesto. Tú no necesitas entender nada».
—La eternidad está sobrevalorada —respondió Andrés—. Aquí lo importante es el gesto. Tú no necesitas entender nada.
El camarero intervino, apoyándose en la barra con esa confianza que solo da haberlo visto todo.
—Yo lo veo como teatro. Pero del bueno. Del que no se ensaya y aun así siempre sale igual. Excepto en Bilbao, claro. Mira la que se ha liado ahí con la carrera esa al mismo paso.
—Es que Bilbao—dije—. Es como un teatro sin libreto, pero con memoria alterada. Uno ya no sabe si corren por culpa de ETA o gracias a ETA.
Andrés levantó el dedo, iluminado por una idea que probablemente ya había tenido otras veces.
—Es la única representación donde el protagonista no habla, pero todo el mundo interpreta.
—Y donde el público también actúa —añadí—. Porque aquí nadie mira: todos participan en algo que no saben explicar, pero que defenderían con una convicción casi violenta.
—Como la política —murmuró el camarero.
—No mezcles —dijo Andrés—. Esto es más serio. Aquí al menos el decorado no cambia cada cuatro años.
—Ni las promesas —respondí—. Porque aquí se promete en silencio, que es la única forma de no incumplir demasiado.
«En las penitencias, la gente que se castiga voluntariamente, pero con recorrido y horario. Es una culpa bastante bien organizada»
El murmullo del fondo creció un poco. Alguien pidió otra ronda, alguien suspiró con intención.
—A mí lo que me desconcierta —dijo el camarero— es lo de las penitencias. Gente que se castiga voluntariamente, pero con recorrido y horario. Es una culpa bastante bien organizada.
—Es que el dolor aquí también es comunitario —respondió Andrés—. No basta con sufrir. Hay que hacerlo acompañado, en fila y con cierta estética.
—Y con vestuario —añadí—. Porque aquí hasta el anonimato tiene uniforme. Nadie sabe quién eres, pero todos saben que perteneces a algo.
—Eso sí que es identidad —dijo el camarero—. Ser irreconocible, pero perfectamente integrado.
«Este país funciona por insistencia. Si algo no tiene sentido, lo repetimos hasta que deja de parecernos raro. Como con las mentiras»
Andrés soltó una risa breve.
—En el fondo, la Semana Santa es eso: una forma elegante de recordarnos que todo pasa, pero con coreografía.
—O igual no —dije—. Pero lo importante es la repetición. Este país funciona por insistencia. Si algo no tiene sentido, lo repetimos hasta que deja de parecernos raro. Como con las mentiras.
—Como este bar —apuntó el camarero—. Aquí todo el mundo entra sin querer y acaba volviendo.
—Porque aquí no hay expectativas —dijo Andrés—. Y eso da mucha paz. Nadie espera nada, y aun así todos opinan.
—Eso sí que es democrático —apunté—. Opinamos sin información, pero con firmeza. Es una forma de fe laica.
«Eso es eficiencia. Centralizar la existencia en un solo espacio. Nacer en un hospital, vivir en un bar y acabar aquí, con opción a tertulia»
Hubo una pausa breve. De esas que no incomodan porque el sitio ya se encarga de mantener cierto nivel de incomodidad permanente.
—¿Sabes qué es lo más curioso? —dijo Andrés, inclinándose hacia mí—. Que en un tanatorio todo esto encaja perfectamente. La muerte, la procesión, el bar… es como si España hubiera decidido unificar conceptos.
—Un modelo integral —respondí—. Aquí puedes despedirte de alguien, tomarte un café y debatir sobre la salvación sin cambiar de mesa.
El camarero levantó la ceja.
—Y sin reserva.
—Eso es eficiencia —dijo Andrés—. Centralizar la existencia en un solo espacio. Nacer en un hospital, vivir en un bar y acabar aquí, con opción a tertulia.
—Y con servicio continuo —añadí—. Porque lo único que no se detiene nunca es la conversación.
El camarero recogió unas tazas con cuidado, como si cada gesto tuviera una trascendencia fuera de lo común.
—Al final —dijo—, todo esto no deja de ser una procesión más. Solo que aquí no sabemos quién sale ni quién entra.
Andrés brindó suavemente, con ese aire de quien ha entendido algo…
—Da igual. Mientras haya bar, hay esperanza.
—Y conversación —añadí.
—Y absurdo —concluyó el camarero.
Y nos quedamos allí, como nazarenos sin destino, avanzando despacio entre la ironía y la costumbre, convencidos de que no entendíamos nada…. Porque, en el fondo, este país no vive de certezas, sino de rituales: de hacer lo mismo con la esperanza de que, esta vez, tenga sentido. Aunque no lo tenga. Aunque nunca lo haya tenido. Aunque, precisamente por eso, siga funcionando.
RSS de noticias de cultura

